Partes del aire

#97 | La hija de todas las batallas

Basar la lectura de las elecciones en lo que pase en PBA distorsiona la política y no sirve para nada.

Hoy vengo con un newsletter más político porque hay una tara que tengo, una “unpopular opinion”, como decimos los viejitos de Twitter, que me quiero sacar de encima.

En las elecciones para puestos ejecutivos lo más importante es el resultado, porque gana uno, que se convierte en intendente, gobernador o presidente, y los demás pierden. En las elecciones de medio término, en cambio, es importante el resultado pero también la interpretación. Y la interpretación más habitual de la política argentina del último cuarto de siglo es que la popularidad (y la gobernabilidad) de un gobierno nacional se mide menos por cuántos diputados y senadores gana o pierde a nivel nacional que por el resultado de la provincia de Buenos Aires, la llamada (me deprime escribir esto) “madre de todas las batallas”.

El lunes posterior a las elecciones de octubre los analistas, el sistema político y los inversores decidirán si el gobierno de Milei se vio reforzado o debilitado mirando sólo una elección, la bonaerense. La nueva composición del Congreso no será ignorada pero se le dará una relevancia menor, a pesar de que es lo único real (el resultado) que está en juego. En la Argentina contemporánea, la pregunta “¿quién ganó las elecciones?” puede tener más de una respuesta, pero casi siempre es “el que ganó en PBA”.

Esto me parece mal, pero es así desde al menos los ‘90, por decisión de nadie pero por costumbre ya arraigada. En 1997 el peronismo perdió frente a Graciela Fernández Meijide en la provincia de Buenos Aires y quedó herido de cara a las siguientes elecciones presidenciales. De 2005 nadie recuerda los resultados nacionales pero sí que Cristina Kirchner le ganó a Chiche Duhalde e inauguró una nueva dinastía dentro del peronismo (que todavía dura). En 2009, el Néstor testimonial perdió contra Francisco de Narváez; en 2013 el candidato de Cristina (Insaurralde) perdió contra el falta envido de Massa; en 2017 Cristina perdió contra Esteban Bullrich; y en 2021 Diego Santilli le ganó a la candidata del peronismo unificado. En todas estas elecciones, el resultado bonaerense fue tomado como no sólo como un microclima del estado de ánimo nacional sino como un predictor de la fortaleza del gobierno en los dos años siguientes.

Por eso los analistas, políticos e inversores están otra vez encaminados, por convicción o resignación, a juzgar el resultado de las elecciones de octubre de este año más por lo que pase en la provincia de Buenos Aires que por lo que pase en el resto del país. Si se viene haciendo así hace tanto tiempo, ¿por qué cambiar?

Se me ocurren varias razones, pero la primera es que en las últimas cuatro elecciones el método fracasó, sobre todo en su capacidad predictiva. Cristina perdió en 2009 pero arrasó en 2011; Massa ganó en 2013 pero perdió en 2015; Macri arrasó en 2017 pero perdió en 2019; y Juntos por el Cambio le ganó al peronismo bonaerense en 2021 pero después no llegó al ballotage presidencial en 2023. ¿Por qué ahora pensamos que lo que pase en octubre de 2025 sí determinará lo que pase en 2026 y 2027?

Otra razón es que la presión para ganar PBA puede distorsionar la oferta política en el distrito. Por ejemplo, forzando a una alianza entre La Libertad Avanza y el PRO que no va a existir en (por ahora) ningún otro distrito. ¿Vale la pena hacer una alianza particular sólo porque los inversores y los políticos dicen que lo único importante este año es ganarle a Kicillof? Vengo luchando contra esto hace años. Para esta época de 2021 publiqué un artículo donde ya pedía disputar la interpretación de las elecciones y responder la pregunta “¿quién ganó?” con el método más simple a mano: bancas ganadas, bancas perdidas. Nadie me dio mucha bola, algún peronista se me burló (“dejen de llorar y ganen en PBA”) y al final no hizo falta, porque JxC ganó en PBA y ganó en todo el país.

Reitero entonces mi advertencia cuatro años después: no está bueno ni es indispensable tomar la parte (Buenos Aires) por el todo (Argentina) y tampoco sirve de mucho, porque dos años en este país es mucho tiempo y puede pasar cualquier cosa.

Mejor miremos los niveles. Una de las razones por las cuales los mercados van a mirar de cerca la elección PBA es porque le tienen miedo a un fortalecimiento del kirchnerismo. Más allá de cómo termine la disputa de Kicillof con Cristina, una gran elección del PJ bonaerense sería interpretado como un golpe para la sostenibilidad política del plan económico. Comparto en parte el temor: una de las razones de por qué el riesgo país no está por debajo de los 400 puntos es la posibilidad del regreso de la irresponsabilidad macroeconómica de Kicillof o Cristina, rivales indistinguibles. Pero propongo dos escenarios para PBA y después hago una pregunta:

1. La lista de Kicillof gana con 35% frente a una oferta dividida de LLA y PRO pero cuyos votos, sumados, llegan al 43%.

2. La lista de Kicillof saca 38% pero pierde frente a una alianza de LLA y PRO que saca 41%.

¿En cuál de estos escenarios Kicillof recibió más apoyo? En el modo de pensamiento habitual, cualquier inversor diría que prefiere el escenario b), porque lo más importante para despejar dudas es que el kirchnerismo pierda. Yo, sin embargo, dudo. Uno podría decir que lo más importante no es el ranking final sino cuántos votos obtiene la irresponsabilidad macro. Por lo tanto, mejor 35% que 38%, que además podría significar un diputado menos.

En la Ciudad de Buenos Aires pasa algo parecido, con menos dramatismo pero más urgencia, porque la elección es dentro de seis semanas: la obsesión por el ganador aunque obtenga los mismos diputados que el segundo o incluso que el tercero. ¿Es tan importante sacar un voto más que otro en una elección legislativa si no tiene ningún efecto real? Qué sé yo. Quizás me falta el instinto asesino, el olfato de tiburón como para involucrarme más en política.

De lo que no tengo dudas es de que si tres listas quedan parejas (digamos, por poner las favoritas: LLA, PJ, PRO, en ese orden, al menos por ahora) y meten cantidades similares de diputados porteños sería difícil sacar grandes conclusiones políticas del orden en que terminan esas tres. O podría ser importante la primera semana en el juego de las interpretaciones, pero a partir del 10 de diciembre los que se van porque perdieron y los que llegan porque ganaron son personas reales con mandatos reales: lo que importa es la nueva Legislatura.

Desde el año pasado vengo diciendo que al Gobierno (y también al PRO) le conviene ver el escenario electoral como un enfrentamiento entre dos coaliciones informales: la “coalición del ajuste”, es decir, el 55% que votó a Milei en la segunda vuelta y está explícitamente de acuerdo con las líneas generales del rumbo económico; contra la “coalición del déficit”, según la nomenclatura de Esteban Schmidt, aquellos que todavía sueñan con algún tipo de magia económica. Lo que debe maximizar el gobierno no es sólo la cantidad de votos propios, que en democracia nunca pasó del 43% para un gobierno en elecciones intermedias, sino también la cantidad de bancas y apoyo popular de la “coalición del ajuste” para el proceso de reformas económicas. Por eso recomendaba (y lo sigo haciendo) no fusionarse en listas entre gente que se tiene desconfianza, no comparte la misma cultura política y no está a dispuesta a compartir bloque después de diciembre. ¿Para qué?

Ya está, lo dije. No pretendo convencer a nadie ni ir al absurdo de que ganar no importa (“ganar es lo único que importa”, me dirá el mismo peronista que me respondió en 2021). Sólo digo que en el mediano plazo el único resultado que vale de las elecciones intermedias es cuántos culos de legisladores y legisladoras se sientan en el Congreso. Eso da mucha más gobernabilidad y apoyo a reformas.

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

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