Partes del aire

#63 | Feriados para todos

Yirando por la ciudad vacía, el runrún urbano detenido, y todo para qué. Nadie sabe bien.

Buenas! Cómo estás.

Espero que estés empezando bien tu segundo y penúltimo feriado de la semana, haciendo algo interesante, rodeado por tus afectos o, si no queda otra, tampoco es mal programa, encadenando en pijama y con pizza fría los tres partidos de la Euro con el Argentina-Canadá de esta noche. Mi debut en la ristra de feriados semanales arrancó el lunes frente a los candados del Museo del Agua, en Riobamba y Córdoba, cuya web marcaba que estaba abierto pero las rejas y el silencio decían lo contrario. Mi hijo, que no quería ir al museo y sentía (correctamente) que lo estaba arrastrando fuera de casa para interrumpir su maratón de Minecraft, festejó. Seguimos dos cuadras más hasta la nueva Plaza Houssay –larretizada, comercializada, familiera: muy superior–, pero el chico, a punto de cumplir seis, ha perdido el interés por los patios de juegos.

Lo hice mear contra un arbolito y después, casi resignado al retorno, pero no del héroe, sabiendo que no iba a tener la fortaleza para negarle el Minecraft, me dijo, como si tuviera 20 años más: “Miremos qué hay en el cine”. Eran las 11:30 de la mañana. Bajamos las escaleras, se entusiasmó con el póster de Mi villano favorito 4, todavía no estrenada, y aceptó, como segunda opción, Intensa Mente 2, que empezaba en castellano una hora más tarde. La primera la habíamos visto, no sé si él la había entendido, pero las opciones de un papá urbano en feriado son escasas. Me entregué mansamente al entretenimiento que me ofrecían, salvadoras, las multinacionales: Cajita Feliz en McDonald’s, película en 3D en Cinépolis.

Cine lleno a medias, acentos americanos, amplia diversidad social (estábamos a cuatro cuadras de Santa Fe y Callao pero también del pre-Once): aguantamos la película bien, sin pochoclo ni papelones y con una infrecuente capacidad de concentración. Disfruté mucho la película, que cuenta la llegada de nuevas emociones al cerebro de Riley, la protagonista, cuando entra en la adolescencia: el conflicto es entre las emociones de la niñez, bajo el mando de Alegría, que intentan resistir el golpe de Estado de las emociones adolescentes, comandadas por Ansiedad. Nerviosa y proactiva, bienintencionada pero feúcha, Ansiedad se roba la película con su lugarteniente, el gordo Vergüenza.

Cometí la mariconada, diría Su Santidad, de lagrimear cerca del final, cuando Riley aprende que ya no es una niña pero tampoco debe dejar de serlo. El abrazo final entre Alegría y Ansiedad (spoiler alert), un Perón-Balbín de las neurociencias. ¿Por qué me emocioné? No lo sé, me sorprendí a mí mismo. Intenté disimularlo, pero mi mujer, que se nos había sumado, se dio cuenta y se rió. Los sensibles somos así, nos toca el bullying. El chiquito, por suerte, estoico, macho alfa, reprimió sus emociones y zafó. Espero que haya aprendido la lección: si querés que no se burlen de vos, nunca jamás expreses tus emociones. Seguro le será muy útil en la vida.

Habiendo estado cuatro horas dando vueltas por la ciudad, la mitad de ellas expuestos a la luz natural, volvimos a casa sin culpa, con el derecho bien ganado de pasar el resto de la tarde mirando nuestros teléfonos. Me quedé pensando, igual, mientras swipeaba los reels de Twin Tour Golf, una cuenta de unos gringos que hacen torneos diarios de minigolf y los relatan con la pasión de un US Open, y de la que me hice insólito fan, a pesar de que no juego ni sigo el golf, ni mini ni maxi, me quedé pensando, decía, ignorando por completo el homenaje a Güemes que justificaba el día de ocio, en cómo los feriados se habían metido en la grieta política pero después, como tantas cosas, habían salido: hace diez años los kirchneristas los militaban como a la ampliación de derechos, cuantos más feriados mejor; sus opositores, en contra, basta de feriados, hay que ponerse a laburar.

Los feriados los pasamos en voz baja, yirando por la ciudad vacía, el runrún urbano detenido –menos bocinas, menos colectivos–, y todo para qué. Nadie sabe bien. El turismo, decían los kirchneristas para defender la inflación de feriados. Con tantos feriados no salimos más, gruñían sus opositores, con el dato a favor de que es cierto que tenemos más feriados que casi cualquier otro país. Feriados que se pueden mover o puentear, feriados que no, como el del 24 de marzo, que el macrismo quiso usar para fomentar el turismo y le dijeron que no, que justo ése no era para turismo sino para reflexionar. Dieron (dimos) marcha atrás, como en otras cosas. Hoy creo que ponés un festival de motosierras y licuadoras en el aniversario del golpe y no pasa nada.

Todo esto pensaba mientras miraba un reel tras otro. Además de a los minigolfistas, vengo siguiendo el viaje de Londres a Ciudad del Cabo de tres amigos ingleses en una Hilux: después de 84 días están en Luanda, yendo de mecánico en mecánico, alternando posadas de mala muerte con hoteles lujosos que los invitan a la suite presidencial gracias a su cualidad de influencers. Los chicos cumplen con su rol y hacen bien la publicidad. Ser blanquitos no los perjudica. Afuera las ciudades son todo mosquitos y barro, pero los resorts, que parecen vacíos, y donde desayunan huevos y comen hamburguesas, les resultan un poco como volver a casa.

A la noche fui a buscar el auto a la cochera externa para dejárselo estacionado en la puerta a mi mujer, que salía temprano al otro día. Favores que hacemos los maridos: demandan diez minutos pero son agradecidos como hazañas. El único lugar libre en toda la cuadra estaba frente al Museo del Holocausto, donde está prohibido pero siempre hay autos. Cuando lo dejo, una agente de policía (el museo tiene guardia permanente) me pide que baje la ventana y me pregunta, apuntando al cartel de prohibido estacionar: “¿Está teniendo problemas para interpretar la señal correctamente?”

Tuitera la agente, pensé, con ese uso innecesario del sarcasmo. Debí responderle “es la primera vez que la veo”, pero dije, siempre a tiro de mi crisis de mediana edad: “Tengo 50 años”. Insistí, como hago a veces inútilmente en Twitter: “No es necesario ser socarrona, oficial, si quiere decirme algo digamelo”. No me trate como a un niño, quise decirle. “Está prohibido estacionar acá”, me dijo finalmente, sometiéndose al lenguaje denotativo. Le recordé que todo el tiempo hay autos ahí, yo mismo lo dejo si no voy a quedar mucho tiempo y no pasa nada, ella argumentó que cada agente es un mundo y ella no puede hacerse cargo de sus colegas permisivos. La típica arbitrariedad de la ley en Argentina: esto no se puede, lo hace todo el mundo, parece una injusticia cuando te aplican la ley a vos solo. En fin. Di una vuelta manzana y lo dejé diez metros más atrás, apretado entre un tacho de basura y una Taos negra.

Siempre me hace gracia el chiste del que a mediados de marzo, ante el menor contratiempo, sentencia “el año está perdido”. Mi semana se perdió el lunes. Trabajé a media máquina el martes y ayer, más interesado por Alemania-Hungría que por mis tareas pendientes, y acá estoy, como vos, ante el abismo de cuatro días que son menos un respiro que un desafío logístico. Mi mujer se va esta noche de viaje, me quedo una semana a solas con el niño. Intentaré estar por encima de las maratones de Minecraft y panchos todas las noches. ¿Lo lograré?

La respuesta, el jueves que viene. ¡Buen fin de semana largo largo!

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

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