Relación de ideas

#6 | Un país sobre las brasas

Los laberintos de Wikipedia me llevaron a Centralia, un pueblo de Pensilvania que está quemándose hace 60 años y pensé que Argentina se le parece un poco.

Amo Wikipedia, no me importa lo que digan. Me parece un invento extraordinario, de lo mejor que nos provee Internet (Google Earth compite ahí nomás). Si hace un par de décadas atrás me hubieran contado el proyecto de hacer una enciclopedia colectiva en la web habría dicho que era una locura impracticable y que sólo podría salir mal. Lo cierto es que Wikipedia ahí está, como enciclopedia de referencia inmediata y, en la mayor parte de sus entradas más relevantes, con un nivel de acierto mayor al de sus milenarias colegas de larga fama impresas en fino papel. Es dato, no opinión.

Es cierto que hay que distinguir la versión en inglés (más “robusta”, como se dice ahora) de la versión en español y especialmente de algunos artículos generados en la Argentina, que suelen estar intervenidos por el kirchnerismo. Contra eso sólo se puede hacer una cosa: anotarse como editor y corregir lo que está mal. Es ridículamente sencillo, yo lo he hecho con éxito, corrigiendo algunas entradas absurdamente falsas y malevolentes. Esa miserable acción programática de intentar sesgar políticamente a esta enciclopedia es de tiro corto: cuanto más importante sea el tema del artículo, más preciso y documentado está. La inteligencia colectiva es uno de esos casos en donde la cantidad deriva en calidad. Hay que leer Wikipedia sin complejos, pero hay que saber que también podemos editarla y mejorarla.

Una de las cosas que me fascinan de la Wikipedia es la posibilidad del humor y la autorreferencia, símbolos de modernidad e inteligencia.

Una de las cosas que me fascinan de esta enciclopedia digital es la posibilidad del humor y la autorreferencia, símbolos de modernidad e inteligencia. Por supuesto que existe la entrada “Wikipedia” en Wikipedia (en la Enciclopedia Britannica no hay un artículo sobre ella misma), pero hay otra también autorreferente que me resulta irresistible: “Wikipedia: Unusual Articles”, una recopilación de las mejores entradas de la propia enciclopedia con datos insólitos, debidamente indexadas y agrupadas en categorías temáticas muy diversas. Allí podemos leer cosas extrañas y apasionantes sobre Historia, Matemáticas, Animales, Arte, Comida, Muerte, lo que se les ocurra.

Durante algunos años, en mi programa de Radio Ciudad, Preferiría no hacerlo, dedicaba parte de los lunes a contarles a mis compañeros Fernanda Iglesias y Ariel Fiorenza, algunas entradas que aparecían en “Wikipedia: Unusual Articles”. Preparar esa intervención radial era una fiesta: ir a los links, visitar las locaciones geográficas en el Street View de Google Earth, saltar de un artículo relacionado a otro, etc. Hasta llegué a bajar y consumir películas y libros relacionados con los artículos en cuestión. Me cargué de datos inútiles, si es que existe en este valle de lágrimas una distinción clara entre cosas útiles e inútiles.

Así, les conté la historia de Joyce Vincent, la joven que murió sentada en un sillón mirando televisión y no fue encontrada hasta más de dos años después sin que nadie se hubiera alertado de su ausencia, o la lista de personas que murieron teniendo sexo o la de los que murieron sentados en el inodoro o la calle más angosta del mundo o la aldea en Sumatra que tiene un monumento que parece una fotocopiadora, y así hasta la eternidad.

La historia de Centralia

De todas esas historias y lugares increíbles, una entrada en particular me quedó grabada en la mente. Es la de una localidad del estado de Pensilvania, Estados Unidos, llamada Centralia y cuya característica más importante es que está asentada sobre un yacimiento de carbón que está quemándose desde hace 60 años. Aparentemente en 1962, intentando quemar un vertedero de basura de la zona, el fuego alcanzó al yacimiento que, como en las postrimerías de un asado, empezó a quemar el carbón en un proceso subterráneo lento y casi interminable. Como en una película de terror, surgieron con el tiempo algunos signos misteriosos: temperaturas anormalmente altas, pozos que aparecían espontáneamente y que contenían una proporción de monóxido de carbono inapropiada, humaredas saliendo de la tierra, etc. Los vecinos tenían distintas opiniones sobre el nivel de riesgo que implicaba vivir sobre esas brasas subterráneas y no se ponían de acuerdo en lo que había que hacer. Los intentos de apagar la combustión no sólo fracasaron, sino que probablemente avivaron el proceso.

Finalmente se hizo presente el Estado. En 1983, el Congreso de los Estados Unidos destinó 42 millones de dólares para financiar la relocalización de los habitantes de Centralia. Más de mil habitantes aceptaron la oferta y se derribaron 500 edificaciones. El censo de 1990 registraba 63 personas. En 1992, el gobernador de Pensilvania decidió expropiar las viviendas que no habían sido afectadas por la relocalización. Hacia 2010, quedaban en pie cinco viviendas y la población en 2017 era de siete personas.

La última información que viene de Centralia (parece el nombre de una aldea de Europa Central inventada para una película de Hollywood de los ’40) presagia su desaparición. El último vestigio de civilización en la zona era que la parte de la ruta 61 que la atravesaba había sido desde el realojamiento cubierta con graffitis, convirtiéndola en un atractivo turístico. Ahora, toda esa zona de la ruta será cubierta con desechos para que la naturaleza la envuelva con su manto verde y la termine de borrar del mapa. Prontamente, todo lo que quedará de Centralia será su mítica entrada en la Wikipedia.

No hace falta ser un maestro de la relación de ideas para asociar la triste historia de Centralia con la de Argentina, con sus procesos subterráneos cargados de fuego y veneno.

No hace falta ser un maestro de la relación de ideas para asociar la triste historia de Centralia con la de Argentina, con sus procesos subterráneos cargados de fuego y veneno que se prolongan a lo largo de las décadas y la consecuente expulsión de sus habitantes. Solemos usar para describir nuestro hastío y nuestra resignación la historia de la rana sin reacción en un recipiente con agua que se va calentando hasta el hervor. Nunca me gustó esa metáfora, aunque yo mismo la usé decenas de veces. Admitiendo que no es necesario que una figura retórica se corresponda estrictamente con los hechos, siempre pensé que no había tal acostumbramiento al calor; que, a partir de cierta temperatura, la rana intentaría escapar por todos los medios. Centralia, en cambio, reduciéndose progresivamente en la insignificancia, funciona mucho mejor como imagen de nuestra experiencia, desprovista de futuro y de esperanza.

Que cada uno le ponga el nombre que quiera al carbón que se quema bajo nuestros pies y nos expulsa, no es eso de lo que queremos conversar esta vez. Ojalá la historia se revierta y que la Argentina no sea, dentro de algunas pocas décadas, solamente una curiosidad más en el artículo “Wikipedia: Unusal articles”.

Nos encontramos en un par de semanas.

 

Si querés anotarte en este newsletter, hacé click acá (llega a tu casilla jueves por medio).
Si te gustó esta nota, hacete socio de Seúl.
Si querés hacer un comentario, mandanos un mail.

 

Compartir:
Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

#11 | Elogio de la valentía

Ante la invasión a su país, el presidente ucraniano Volodímir Zelensky se encontró con su destino borgeano.

Por Gustavo Noriega

#10 | La sangre de Jesús nunca me falló

Una película de Berlanga, el recuerdo de un ‘homeless’ de los ’70 y la diferencia entre aprovecharse de la miseria humana o dignificarla con la belleza.

Por Gustavo Noriega

#9 | No sos vos, soy yo

La pandemia pasó hace rato, pero dejó secuelas psicológicas graves y comportamientos erráticos y excéntricos.

Por Gustavo Noriega