Partes del aire

#44 | Fusionistas vs. mejoristas

Una vuelta por el acto de la CGT, la lectura de 'Está entre nosotros', el libro compilado por Pablo Semán sobre el triunfo de Milei, y una pregunta: ¿la ven o no la ven?

¡Hola! Espero que estés bien.

Paré ayer en un kiosco de Montevideo y Tucumán a comprar un agua con gas y un Marroc y estaban pasando de fondo “Me puedo programar”, una canción central de mi autobiografía sentimental porque era la que sonaba desde una disquería de la calle Alem en Mar del Plata la tarde nublada de 1985 en que le dije a mi viejo, con apenas 11 años y sin conocer la existencia de Virus: “Compremos ese cassette”. Impregnado de nostalgia salí del kiosco con ese disco en los auriculares e hice lo que había ido a hacer –chusmear la movilización de la CGT y el peronismo– sonorizado por clásicos como “Dame una señal”, “Desesperado secuencia uno” (la favorita de la familia mientras volvíamos de Miramar por la ruta 29) y “Amor descartable”.

De la tarde de ayer tengo más para decir sobre la música que sobre lo que vi en Avenida de Mayo, el habitual ritual de pecheras y banderas sin músculo ni gracia de todos estos años. Si desde su llegada el Gobierno tuvo que bajar un par de cambios e intercambiar figuritas, como cualquier gobierno, fue por las demandas del palacio (diputados, gobernadores), no por los gritos de la calle, que ayer fueron apenas susurros. Algo de energía había porque estar en la oposición siempre da energía para protestar, pero la coreografía mecanizada de los grupos y sus pastores no tenía nada para decir sobre el estado de la situación. Deglutidos por el PJ y por Massa, a su vez deglutido simbólicamente por el kirchnerismo, los líderes sindicales siguen sin tener ganas de entender por qué ganó Milei, dónde está parada la sociedad, qué se les reclama a ellos mismos. Hablan sólo para los de la pecheras.

Más ganas de entender el triunfo de Milei tienen Pablo Semán y los co-autores del flamante Está entre nosotros (Siglo XXI), que terminé de leer en la oficina después de mi contacto pasajero con los compañeros, donde casi quedé escrachado cuando no salté durante el “Y ya lo ve / el que no salta / votó a Milei”. Hace ocho años, la victoria de Macri había generado un mini boom editorial donde también autores progresistas y académicos se preguntaban cómo había podido pasar una cosa así, pero su respuesta había sido en general decepcionante: habían usado bien las redes, decían, gracias a Peña y Durán Barba; habían mentido en la campaña; habían disimulado su cariño por la dictadura, en el fondo los del PRO eran los mismos garcas de siempre, un poco disimulados por la propaganda. Nada muy distinto de la explicación de Cristina, que varias veces calificó el triunfo de Cambiemos como un engaño o una estafa, negándole su legitimidad de origen. No había derrota del peronismo, entonces, y los libros se esforzaban por consolar a dirigentes y lectores: el pueblo sigue siendo peronista, no hay ningún cambio estructural.

Nada de eso ocurre en el libro compilado por Pablo Semán, a quien califico como peronista porque una vez lo vi gritar “¡A mí me gusta Perón!”, a los saltos y con los brazos levantados en la presentación de un libro de su hermano Ernesto en una librería del centro. Quizás ya no lo es más, o se califica de otra manera, pero digo esto porque el libro parece tener como público principal a los progresistas y kirchneristas que dominaron intelectualmente el gobierno de Alberto y, según Semán, dejaron afuera con sus consignas “irritantes” a muchos jóvenes y otros fronterizos de la inclusión que terminaron votando por Milei. Por eso es un libro distinto al promedio de los publicados en 2016 y 2017, cuando todavía se podía echarle al otro toda la culpa: porque dice (parafraseo) “acá está pasando algo y hay que mirarlo de cerca, reconocer responsabilidades”.

Ninguno de los co-autores parece haber votado a Milei y la editorial, faro del ensayismo progresista, es propiedad de Hugo Sigman, pero aún así una idea muy fuerte del libro, especialmente de los dos capítulos escritos por Semán, es que la mezcla intelectual-política de progresismo y kirchnerismo, que lleva años sin decirle nada a sectores cada vez más amplios de la población (burlándose, por ejemplo, de la idea de mérito ante una sociedad cada vez más cuentapropista), es responsable razonable, si no principal, del crecimiento de Milei, sobre todo en votantes que parecían formateados sociológicamente para votar peronismo por siempre.

Otras razones, se me ocurre, de por qué el libro es más abierto con Milei de lo que quizás los mismos autores podrían haberlo sido con Macri son: 1) que Macri sigue siendo una barrera infranqueable para el intelectual progresista: de ahí no viene nada nuevo ni bueno y, de hecho, las pocas menciones al ex presidente en Está entre nosotros son negativas, exageradas, forzadas; 2) que Milei es, para sus autores, “plebeyo” (no “elitista”) y “popular” (no “gorila”), lo que lo hace mejor en sus categorías habituales, y 3) que reivindica la ideología, se inspira en intelectuales y tiene una visión de la historia, frente a aquel PRO de 2015 que renegaba de las ideologías y el pasado y cuyo discurso enfocado en la gestión y el futuro era sistemáticamente desdeñado por los intelectuales.

Aun así el libro ya en su primera página dice que Milei es de “extrema derecha” y de “derecha radical”, dos conceptos que me parecen enormemente problemáticos porque colocan al otro fuera del escenario democrático y le borronean la legitimidad. Estos calificativos (como “ultraderecha”) deberían estar reservados a quienes proponen un modelo por fuera de la Constitución o están dispuestos a usar la violencia para alcanzar sus objetivos. Todo lo demás –lo que estamos viendo: un gobierno que porotea en Diputados como cualquier otro– es fair play de la política y debe ser admitido como parte.

Ser anti-feminista, por ejemplo, puede ser irritante o reaccionario, pero no es extremista. Lo mismo con querer cambiar la legislación laboral o privatizar Aerolíneas: tenés derecho a militarlo en contra, pero no a decir que son medidas extremistas, radicales o “ultra”, que están fuera de la democracia. Como mínimo deberían los autores haber explicado por qué usan estos modificadores: en un libro que parece tener una genuina intención de entender y explicar, darlos por sentado es una verruga, o quizás un mimo a sus lectores antes de hacerles chas-chas en la colita.

Si quisiera definir el libro en dos de sus palabras, diría “fusionismo” y “mejorismo”, que además muestran los dos talantes de sus autores. Por “fusionismo” quiere decir, sobre todo en el capítulo escrito por Sergio Morresi y Martín Vicente, que la sopa ideológica de La Libertad Avanza incluye retazos reaccionarios y liberales, nacionalistas y cosmopolitas, religiosos y paganos, que se mezclan lo mejor que pueden y que son herederos de la política argentina del último siglo, que ya ha visto alianzas entre conservadores liberales y nacionalistas reaccionarios. El camino histórico que trazan Morresi y Vicente me parece elegante pero algo simplista, aunque reconozco como válido el calificativo de “fusionista” para llamar a esta mescolanza ideológica que se fue tropezando hasta la Casa Rosada.

“Mejorismo” es la forma en la que Semán llama a las personas que quieren mejorar sus vidas un tanto despreocupadas del destino del país, que son ambiciosas pero no demasiado, que se fueron acostumbrando a arreglarse solas a medida que empeoraba el Estado y se estancaba el empleo formal. Creen en el mérito, porque es lo único que los salva del colapso. Y ven al Estado muchas veces como un obstáculo para alcanzar sus objetivos. Son individualistas (el peor pecado para el relato kirchnerista) pero bien, advierte Semán: no son malas personas. El problema es que el peronismo ya no sólo no les daba soluciones sino que ni siquiera les hablaba el mismo idioma. Esta mirada me pareció más aguda que la del “fusionismo”, que en el fondo está en el nivel de abstracción de los libros y ordena demasiado algo mucho más desornado; “mejorismo” habla, en cambio, en el nivel de las personas, que son finalmente las que cuentan.

Al libro le falta economía y policy, como a tantos de las ciencias sociales, pero no reemplaza esa falta de énfasis con eslóganes o salidas rápidas. No dice “se la fugaron toda”, por exagerar un poco. El capítulo del que más aprendí es el de Ezequiel Saferstein, que cuenta con detalle la expansión de la industria cultural para la “batalla cultural” de esta nueva derecha: los fenómenos editoriales de Agustín Laje, por ejemplo, y la circulación de ideas (“tenés que estar formado para discutir con tu cuñado”) para ocupar espacios e incomodar a la izquierda. El contenido es mejor que la edición, sobre todo que el título, ese Está entre nosotros ominoso y de ciencia ficción (invasión de un cuerpo extraño que hay que expulsar) y el subtítulo, que insiste con lo de “extrema derecha” y, en una muy reveladora primera persona del plural, agrega “que no vimos venir”. ¿Quién es ese nosotros? ¿Quiénes no la vieron venir? Se la dejan picando a los pibes ahora en la cresta de la ola: no la vieron.

¡Gracias por leer! Nos vemos dentro de dos jueves. ¡Abrazo!

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y American Sarmiento (2013), entre otros libros.

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