Relación de ideas

#4 | Soy commuter y me la banco

De Boedo a Colegiales escuchando podcasts sobre Washington y Ucrania.

¡Hola! ¿Cómo estás? Te cuento algo de mi vida cotidiana.

De las palabras en inglés que no tienen una equivalente en el español, la que más me gusta es “commute”. Si uno se fija en el diccionario inglés-castellano, la respuesta es “viajar diariamente”, lo que demuestra claramente el fracaso de nuestro idioma. ¿Por qué los hispanoparlantes no disfrutamos de la economía de nombrarlo con una sola palabra si vamos a trabajar todos los días como el resto del mundo? Debe haber una respuesta interesante, yo no la tengo.

Soy varón y no manejo. Hay un auto en la familia, pero es de uso exclusivo de mi mujer. Mi papá no tenía auto y siempre me pareció natural desplazarme en transporte público. Hice un par de intentos no demasiado serios para aprender a manejar, pero por una razón u otra, fracasé. Y me acostumbré a que me lleven, a estar sentado en el lugar del acompañante eligiendo la mejor ruta o, cuando me desplazo solo, a tomar el transporte público.

El hecho de ser varón y no saber manejar genera muchas situaciones graciosas. En los garajes que no usamos habitualmente, los encargados me hablan a mí y no a la que tiene las llaves del auto en la mano. Cuando mi mujer deja el auto en doble fila y baja a comprar o buscar algo rápido dejándome solo dentro del vehículo, paso los peores momentos de mi vida. Pienso que alguien me va a pedir que corra el coche unos metros, una maniobra sencilla que no estoy en condiciones de llevar a cabo. La idea de decirle a otro varón “no sé manejar” me genera una incomodidad tremenda: soy víctima del patriarcado como la que más. Si se preguntan por qué baja mi mujer y no yo a hacer lo que haya que hacer es porque ella piensa que lo voy a hacer mal, trayendo el paquete incorrecto o pagando el doble de lo que corresponde. Tiene razón.

Como commuter no motorizado tengo una convicción: el sistema de transporte público en la ciudad de Buenos Aires y buena parte del conurbano es excelente. Ya sé, no tenemos subte prácticamente o, comparado con otras ciudades, es raquítico. Sin embargo, no hay lugar de la ciudad que no esté conectado con otro a través de dos o tres viajes simples, ridículamente baratos. Para colmo, reforzando la idea del commute, la sucesión de viajes en un período corto de tiempo, así como la acumulación de viajes en el mes, hace que el precio de cada uno de ellos baje automáticamente, algo que se hace en las ciudades más importantes del mundo y también en Buenos Aires. Los coches son de buena calidad y la frecuencia en general es razonable. Tenemos el problema del tránsito, pero ese es un tema global. Si no me creen a mí, acá tienen a un turista extranjero, sorprendiéndose de nuestro transporte (y posteriormente riéndose abiertamente del costo del viaje).

Todos los días tengo que ir de mi casa, en Boedo, a la radio, en el corazón de Colegiales. No hay subte directo y tampoco colectivo. La idea de gastar todos los días más de 600 pesos y estar media hora arriba de un taxi me resultaba inaceptable. Estudié concienzudamente el mapa y las distintas formas de viajar y llegué a la conclusión de que un viaje en tres etapas no sólo era razonable, sino que tenía su encanto. Así es que me tomo un colectivo desde Independencia hasta Corrientes (127 ó 160). En Medrano y Corrientes me tomo el subte que llega hasta Chacarita, en la estación Federico Lacroze, evitándome la pesadilla de transitar por la avenida Córdoba. Y allí me tomo el 42, en un viaje mínimo de 10 cuadras que eventualmente puedo hacer caminando si el tiempo y las condiciones meteorológicas lo permiten.

El trayecto me lleva un poco menos de una hora. El solo hecho de viajar por la ciudad me parece provechoso, pero siempre está la tentación de hacer rendir el viaje un poco más. No tengo problemas en leer en un coche en movimiento, pero descubrí que el problema era otro. Los tres trayectos eran demasiado cortos y corría el peligro de que, sumergido en la lectura, me pasara de la parada, cosa que me ha sucedido a lo largo de la vida demasiadas veces. Pasarme significa alterar un esquema que domino perfectamente alterando el timing y podría ser muy perjudicial para llegar a horario. Así es que decidí sacrificar la lectura y apostar por lo auditivo.

Durante unos días escuché música, pero de pronto me di cuenta de que era el momento de saldar una deuda con la cultura contemporánea: los podcasts, algo en lo que estaba más activo en la producción que en el consumo. Entendí que el commuting es el mejor amigo del podcast, probablemente su razón de ser. Escuchar a gente inteligente conversar sobre un tema que no conocemos es uno de los grandes placeres de la vida. Y la duración de los podcasts generalmente coincide con la del viaje. Así es que el commute que estoy llevando a cabo, con sus tres etapas, con sus ligeras incomodidades e incertidumbres, terminó convirtiéndose no sólo en una práctica ciudadana sana en términos de sustentabilidad, no sólo en una saludable inmersión en la ciudad real, sino también en el momento más enriquecedor del día.

Mi primera experiencia con los podcasts fue excelente. Fui a buscar primero, como cosa segura, a mi admirada Bari Weiss, la columnista del New York Times que renunció con una carta ejemplar, puso un blog (Common Sense) y lo convirtió en una tremenda usina generadora de artículos y conversaciones apasionantes sobre temas contemporáneos, siempre con un punto de vista afilado y desafiante. Leo sistemáticamente Common Sense pero ahora, además, escucho sus podcasts. Arranqué con una conversación entre dos académicos (Eli Lake y Demir Masuric) que discutían amable y muy claramente los pros y los contras de que la NATO estableciera una zona de exclusión aérea sobre Ucrania. Duró exactamente el trayecto entre Boedo y Colegiales. ¿Casualidad? No lo creo.

También decidí que era tiempo de terminar de informarme sobre Joe Rogan, ese podcastero que provocó las iras de Neil Young y otros viejos rockeros, que retiraron su catálogo de Spotify en represalias por lo que supuestamente era un peligroso desinformador. Esa actitud me pareció absurda y reaccionaria en su momento y mucho más apenas hube escuchado uno de sus podcasts. La conversación entre Rogan y el doctor John Abramson, un médico que escribió dos libros acerca de la peligrosa decadencia del sistema de salud norteamericano y del peso aterrador que tiene la industria farmacéutica, dura dos horas y media, con lo cual me cubre varias idas y vueltas de la radio, pero aún así se hace corta. Y acentúa aún más el misterio de por qué una generación como la de los 60, rebelde y activa, se comporta ahora como una mazorca censuradora. Seguiré escuchando las conversaciones de Joe Rogan, por suerte, todavía disponibles en Spotify, a pesar de la presión de la progresía.

Así estamos, entonces, haciendo commuting y escuchando podcasts. Arranqué en Boedo y para llegar a Colegiales pasé por Washington y Ucrania. No por nada este newsletter se llama Relación de ideas. Nos encontramos en una quincena.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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