La aventura interior

#4 | Matar a nuestros darlings

Elegir traicionar los detalles íntimos de amigos desprevenidos que no son para el lector ni picantes ni divertidos, es elegir lo peor de los dos mundos.

Singular lector:

Frente al asombro de tu existencia, quien escribe no puede sino dedicarte este humilde gabinete de curiosidades. Si en el camino te tropezás con una carcajada o la indignación de un correctivo mal o demasiado bien aplicado (a mucha gente le ofende la precisión), recordarás que la única guía de este tren de escritura es la necesidad endiablada de hacer saltar todos esos pequeños consensos vergonzosos que, por alguna razón, decidimos pactar en silencio como sociedad. A veces somos apenas una aldea. Es cuando mejor la pasamos.

Por eso, lector, no te asustes si de semana en semana estos párrafos atacan la endogamia elegante que nos funda; destruir el amiguismo solo puede volvernos más fuertes, así como criticar una obra o un autor nos acerca íntimamente a ellos. Tener ojos y ver, tener boca y hablar, no aceptar ser culpados por haber visto aquello que nos ha sido mostrado. Avanzar sin disculparse, aunque sea a paso de hombre y explicando demasiado. Un poco justicieros, un poco vanidosos, un poco tirabombas, un poco adictos al sonido de una buena risa, en La aventura interior nos anima la necesidad inexplicable –que bien podría haber sido dictada por un dios– de escribir como si el mundo fuera a acabarse mañana.

La diosa Bhadrakali se manifiesta
en una orbe similar al Sol, ca. 1660-70.
Los escarabajos forman parte del tocado de Bhadrakali.

En el ámbito de las novedades literarias nacionales, explotó el erotismo filosófico de Luis Novaresio que, como tantos hombres argentinos, está dispuesto a dar Todo por amor, pero no todo (así se llama su primera y flamante novela).

Martín Caparrós, por su parte, cansado quizá del peso de su propio bigote, explora la publicación digital de la mano Anfibia. ¿Cuántos cibernautas habrá dispuestos a seguir de cerca la narración venenosa de un largo y lento abuso infantil? Por alguna razón (quizá el bigote) la propuesta interactiva suena a bodrio. Más que a Rayuela, en cuya filiación intentan con enormes esfuerzos inscribirlo, el proyecto nos recuerda al Ludo Matic, un juego de mesa retro que ya no se puede jugar.

La que, en cambio, sí sorprende con un monstruo cuya cara nadie ha visto aún, es la filosa Pola Oloixarac. Sí, pasó lo que tenía que pasar: había un tabú que ninguno de nosotros pensaba tocar, llegó Pola y lo detonó. ¿Te creo, hermana? ¿Te creo en serio? ¿Sos mi hermana? (Música inquietante). Quien se anime a recorrer las páginas de Bad hombre (2024) conocerá el genio peligroso de una mujer puérpera que se investiga a sí misma observando a los hombres a través de las denuncias de las demás. Tienen quince días para leerlo y lo discutimos.

Tumbas vecinas

En busca del temblor perdido. No lo dicen las malas lenguas, sino su propia escritura: aquel poeta porteño que temblaba en versos perfectos perdió en París el tren de la poesía. Entregado a la prosa de un matrimonio ascendente de buen comer y buen beber, de amigos cancheros (cómodos rehenes de un gueto que solo podrán ver una vez que hayan logrado escapar), el poeta diarista cedió a la vanidad compensatoria de escribir una vida indigna de ser escrita.

Todo escritor sabe que tarde o temprano tendrá que matar a sus darlings, pero elegir traicionar los detalles íntimos de amigos desprevenidos que no son para el lector ni picantes ni divertidos, es elegir lo peor de los dos mundos: la traición sin la literatura y el chisme sin el jugo. Aunque hay que reconocerle un mérito sin dudas generoso para quienes vivan en nuestra opulenta ciudad como vivía Emma Bovary en Yonville: si llegara, lector, a raptarte el síndrome del FOMO mientras mirás Emily in Paris o leés A Moveable Feast, sabé que existe un libro argentino capaz de curarte de inmediato.

A Degas, que en sus tiempos libres padecía el oficio de poeta, Mallarmé le respondió un vez: “No es con ideas, mi querido Degas, con lo que se hacen versos. Es con palabras”. Un diario íntimo no se hace con anotaciones cotidianas que cualquier cámara de seguridad podría registrar. “Si pudieras decirlo con palabras –decía Edward Hopper, por su lado– no habría razón para pintar”.

“Intento de representar la gorra de Charles Bovary”
del dibujante Gaston Bigard, (1883-1962).

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