Relación de ideas

#23 | Los disidentes

Salvador Benesdra y Claudio Uriarte fueron dos figuras incómodas para el 'Página/12' de los '90, pero también ejemplos de la extraordinaria calidad de escritores e intelectuales con que contaba aquella redacción.

Ya vimos que hay una enorme cantidad de argentinos en Qatar. La mayoría de ellos haciendo uso legítimo de su dinero, otros son periodistas no especializados sponsoreados no muy públicamente por empresas privadas (parecido al famoso viaje de jueces a Lago Escondido), y por último otros con su dinero de dudoso origen. Me llamó la atención la cuenta de Twitter de los delegados sindicales de Página/12 (@delegadesp12), en eterno conflicto por lo magro de sus haberes, alertando sobre la presencia en el mundial de Víctor Santa María, dueño del diario y de otros tantos medios de comunicación, junto a otros directivos del medio.

Twitter Delegados Página/12.

Inmediatamente me acordé de una novela extraordinaria: El traductor, de Salvador Benesdra, una obra de una calidad literaria infrecuente pero que además tiene el atractivo irresistible de ser inescindible de la trágica vida de su autor. Benesdra fue un periodista de Página/12 de una cultura desbordante: hablaba siete idiomas y estaba aprendiendo japonés cuando en 1996 se quitó la vida tirándose desde el balcón de su departamento. De pasado trotskista y título de psicólogo, Benesdra estuvo un tiempo en la sección Internacionales del diario, hasta que los famosos “ajustes” lo dejaron sin trabajo. Había escrito su única novela y no conseguía publicarla. La presentó en los Premios Planeta, en donde llamó la atención de los jurados que, aun entendiendo de que se trataba de una obra superior, priorizaron el hecho de que no cumplía con los objetivos comerciales que se pensaban para ese premio. Aunque quedó preseleccionada, el premio fue otorgado a otra obra.

Salvador Benesdra.

Según todos los testimonios, Benesdra fue una persona encantadora aunque su infinita capacidad argumentativa, su verborragia y sus brotes psiquiátricos lo hacían un poco demasiado intenso para muchos de sus compañeros. Quienes lo acompañaron a lo largo del tiempo, como sus parejas o los compañeros de militancia y de facultad, eran incondicionales y lo siguen siendo hasta el día de hoy, cuando hablan del “Turco” con la misma admiración de hace 30 años y con una emoción siempre a flor de piel.

En El traductor, Benesdra cuenta la historia de su alter ego, Ricardo Zevi, traductor en una editorial de corte progresista pero con las mismas prácticas empresariales que cualquier otra empresa de la burguesía. Son los ’90 y una de las batallas más importantes del siglo XX había terminado con un ganador: el capitalismo. Para los militantes de izquierda, como Benesdra, como Zevi, el desconcierto era extraordinario. El principio de la novela describe el comienzo de la resignación a vivir en un mundo mediocre y gris, sin la ilusión de la Revolución:

Me dije que tal vez era cierto después de todo que las ideologías están muertas; me regodeé mirando por la ventana del bar cómo el sol caliente de la primavera de Buenos Aires comenzaba a fundir todas las convicciones del invierno. Sospechaba por primera vez que podía haber un placer en el vértigo de flotar en ese caldo uniforme que se había adueñado hacía tiempo de todos los espacios del planeta. El sol volcaba su fiesta de distinciones sobre todos los objetos de esa esquina, pero yo sentía que por todas partes estaba drenando una noche gris de gatos universalmente pardos, una apoteosis de la indiferenciación que por primera vez no lograba despertarme miedo.

Empecé a jugar con esas sensaciones. Me imaginaba que no solo había caído el Muro de Berlín, y podía desaparecer la URSS, y con ella la izquierda víctima y la izquierda verduga, sino que el sol mismo se había puesto a transgredir sus propias normas. Se prende y se apaga, se prende y se apaga. Ya titila como una lámpara descompuesta, como los juegos de luces de las discotecas. Los circuitos del planeta se excitan con la alternancia, se recalientan. Están por reventar en una eyaculación final.

En ese momento, el protagonista de la novela es interrumpido de sus cavilaciones por una mujer de rasgos aindiados que le quiere acercar la palabra del Señor. Allí nace una de las dos líneas narrativas de la novela, la que habla de su relación con Romina, una evangelista salteña, con la que entabla una relación tormentosa en la cual todas sus energías, algunas de ellas indudablemente perversas, están puestas en que ella alcance el orgasmo o al menos ponga algún interés en la actividad sexual.

La otra línea narrativa es su trabajo en Turba, esa editorial progre que inequívocamente representa a Página/12: un lugar opresivo, con una práctica empresarial muy alejada de su propia retórica, en donde un personaje brillante como Zevi/Benesdra está siempre rodeado de gente muy alejada de su intelecto. Como su autor, Zevi sufre un brote psicótico que es descrito con una minuciosidad aterradora. Es alguien que alguna vez perdió el control de su mente, contando ese proceso, paradójicamente, con absoluto control narrativo. Benesdra muchas veces anunciaba, como quien habla de un dolor de cabeza: “Me está por dar un brote”.

Me topé con la obra de Benesdra hace relativamente pocos años. Había leído una nota sobre su trágica vida que me había impactado y cuando me llegó en 2017 una versión digital del libro, lo leí de un tirón, cosa difícil que suceda en ese soporte. Cuando se decretó el encierro pandémico compré para consolarme dos libros voluminosos: El traductor, porque quería tenerlo en mi biblioteca, y Los Soria, de Alberto Laiseca, otra obra descomunal que tenía fama de ser una de las novelas más importantes de la Argentina. Leí de nuevo de corrido el libro de Benesdra y caí bajo su hechizo una vez más. Del libro de Laiseca leí algunas páginas que me resultaron maravillosas pero no pude continuar todavía: me parece que voy a necesitar otra pandemia para entregarme a él (Dios no lo permita).

No tengo las lecturas ni la formación necesaria como para afirmar con autoridad que El traductor es la mejor novela que se haya escrito en nuestro país pero me resulta dudoso que haya muchas con ese grado de complejidad y al mismo tiempo acompañado por una destreza literaria tan deslumbrante.

Siempre que se recuerda la historia de Salvador Benesdra y su paso por Página/12, se menciona a su amigo y compañero Claudio Uriarte, otro problemático gigante intelectual que pasó por la sección Internacionales del mismo diario. Uriarte compartió con Benesdra la formación política en el trotskismo pero luego fue virando sus posiciones hacia una derecha cada vez más recalcitrante. Como era un provocador, en su última época en el diario tenía en su computadora, a la vista de todo el mundo, una fotografía de Donald Rumsfeld. Uriarte, desafiante y luminoso, podría haber sido nuestro Christopher Hitchens si hubiera tenido una vida más larga y literariamente productiva.

Conocí en aquellos mismos años de El traductor, la mitad de la década del ’90, a Uriarte. No sólo me honró con su amistad sino que tuvo la generosidad de hacerme sentir su par, aunque intelectualmente no había forma de llegar a sus alturas. Cuando lo conocí ya había leído Almirante Cero, su deslumbrante biografía de Massera, probablemente el mejor libro escrito sobre los años de plomo. Escribió en aquella época en El Amante una defensa del cine porno, que le parecía mucho más honesto que el “erótico” y en la revista La Caja, de Tomás Abraham, un manifiesto sobre el periodismo de una gran lucidez y un rabioso pesimismo.

Mi esbozo de amistad con Claudio se fue diluyendo con el tiempo: era difícil seguirle el tranco en la ingesta de alcohol y, yo con un niño de pocos años y un trabajo estable, estaba aún más alejado de la bohemia periodística de lo que siempre estuve. Sin embargo, lo vi algunas veces más y mantuve mi admiración y cariño. Cuando me enteré de su muerte accidental en julio de 2007, entré en shock. La impresión y el dolor se transformaron en ira cuando leí los primeros obituarios en Página/12: una nota breve y otra plena de resentimiento, donde decía una y otra vez lo dificultoso que era trabajar con él, escrita por alguien que ya no está entre nosotros y que mejor no mencionar. Por suerte, la gran Susana Viau retomó la posta en Página/12 y escribió algo mucho más sentido y justo.

Furioso, escribí una pequeña nota tratando de poner las cosas en su lugar. Unos días después, se contactó por correo para agradecerme Gabriel Uriarte, su hijo, quien vivía en el estado de Washington, en Estados Unidos. Tenía que venir a arreglar los asuntos de su padre y quedamos en que me llamaría cuando estuviera en Buenos Aires. El llamado se produjo unas semanas después y fue una experiencia estremecedora. Gabriel hablaba exactamente igual que su padre. Colgué y me puse a llorar, como si efectivamente me hubieran dado el privilegio de volver a escuchar la voz de Claudio una vez más.

Claudio Uriarte fue quien escribió en Página/12 la noticia de la muerte de Salvador Benesdra. No la pude encontrar en los archivos digitales del diario pero se puede entrever en la película Entre gatos universalmente pardos, dirigida por Damián Finvarb y Ariel Borenstein, un documental muy respetuoso y con un material sencillamente extraordinario: aparecen sus compañeros de militancia, críticos literarios, sus parejas (incluyendo sorpresivamente a la que inspiró a la evangelista Romina de la novela, una salteña hermosa y simple), el propio Benesdra en un video casero, y una y otra vez la sombra de Claudio Uriarte. Una de las genialidades de El traductor es la invención de un pensador alemán, Bruckner, de extrema derecha, al cual en la novela Zevi traduce larguísimas disquisiciones de tonos liberales y hasta nazis. Es fácil imaginar que fuera Claudio Uriarte el inspirador de ese personaje y que lo hubiera ayudado, entre risas cómplices, a pergeñar sus extensos soliloquios.

Aún con las vicisitudes que describe ficcionalmente Benesdra, en los ’90 en Página/12 se cruzaban Susana Viau con Federico Monjeau, Claudio Uriarte con Salvador Benesdra. Desde Radar conocíamos de música con Rodrigo Fresán y las contratapas de Juan Forn nos llevaban de paseo por el mundo literario.

Cuando uno ve lo que es Página/12 actualmente, no sólo la voracidad sindical de su dueño sino el elemento propagandístico y uniforme de su contenido, no puede dejar de asombrarse que en su redacción hayan convivido alguna vez dos disidentes fenomenales como Salvador Benesdra y Claudio Uriarte. Uno anclado en la izquierda y el otro provocando en la derecha, representaron dos maneras de mantenerse íntegros en su excelencia, casi aristocráticos. No se trata, sin embargo, de un problema puramente ideológico: la idea de que cualquier medio, de cualquier sesgo político, tenga hoy en sus planteles gente con esa independencia de criterio y semejante excelencia es absolutamente inimaginable. Vivimos en algunos ámbitos, quizás en todos, en una noche gris de gatos universalmente pardos, peor que lo que Salvador Benesdra entreveía hace 30 años. Hay que hacer un esfuerzo grande para que estos nombres, hoy casi secretos, no pasen al olvido. Se lo debemos.

(Nota bibliográfica. Eterna Cadencia reeditó El traductor, originalmente editado por Ediciones de la Flor. También editaron El camino total. Técnicas no ingenuas de autoayuda para gente en crisis en tiempos de cambio, un libro de Salvador Benesdra que va más allá de la autoayuda y recorre con erudición, y apoyado en el budismo zen, algunas soluciones posibles al insoluble problema de la existencia. La película Entre gatos universalmente pardos fue estrenada en 2018, se me pasó en el momento de su estreno y me la hizo conocer un amable seguidor de Twitter, Julián Hasse, a quien le estoy muy agradecido. Se puede ver en YouTube. Por otra parte, en 2017, con Luciana Vázquez entrevistamos en Radio Nacional a Alejandro Mantero, padre de la periodista Luciana Mantero, quien fue uno de los amigos más fieles de Benesdra y uno de los que llevó adelante la edición de la obra. La nouvelle de Claudio Uriarte que menciona Susana Viau en su despedida, El precio del oro, es otro gran documento sobre la década del ’90 y aún, pese algunos intentos que hice al respecto, permanece inédita.)

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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