Partes del aire

#22 | La línea Pekerman-Scaloni

La influencia principal de este cuerpo técnico, dentro y fuera de la cancha, son las selecciones juveniles de la era Pekerman, una de las mejores cosas que le pasaron al fútbol argentino.

Como en estas semanas apenas he pensado en otra cosa que no fuera el Mundial, difícilmente podría escribir de otro tema en este newsletter, a pesar de que habría sido una buena ocasión para ofrecer algo distinto. El atajo que ofrezco es escribir de la selección pero desde un ángulo que, creo, ha sido menos comentado de lo que debería, pero que en las últimas semanas se ha vuelto cada vez más evidente, al menos para mí: la sorprendente similitud, dentro y fuera de la cancha, entre esta selección de Scaloni con las selecciones juveniles de José Pekerman, una de las mayores historias de éxito de nuestro fútbol contemporáneo.

Veo esta similitud, por otra parte, como algo positivo, como la reivindicación de un proceso que en los últimos años había perdido, injustamente, parte del reconocimiento que merece. Y es lindo también, para los que nos gustan las simetrías, ver como el círculo se cierra en el mismo lugar donde empezó, en Qatar, donde hace 27 años Pekerman ganó su primer campeonato mundial y hoy Scaloni está a solo un partido de hacer lo mismo en la categoría mayor.

Scaloni, que fue campeón mundial sub-20 en Malasia 1997 con Pekerman como técnico y dos de sus ayudantes (Aimar y Samuel) como compañeros, reconoce la influencia. Pero es impresionante hasta qué punto ha replicado su ética y su estética, quizás involuntariamente. Esta selección, como las de aquella edad de oro, es tranquila, agradable, querible. En la cancha, juega un fútbol un poco clásico y un poco moderno; fuera de ella, habla de valores y de grupo, de trabajo y compromiso y, salvo la llamarada contra los holandeses, no se victimiza ni busca la mística en la bronca o el resentimiento. También es parecido el afecto que genera en los hinchas: sus jugadores son percibidos como pibes queribles, que ponen a la camiseta por delante de todo lo demás. No los vemos como súper estrellas, a las que solo se puede admirar de lejos, sino que los creemos cercanos, como si los conociéramos, como si fueran solamente 26 más de todos nosotros.

Un giro a la derecha

En septiembre de 1994, cuando la AFA de Julio Grondona le dio las selecciones juveniles a Pekerman, fue una decisión inesperada y novedosa para el fútbol argentino, por al menos un par de razones. La primera, porque la Sub-20 ya no dependería, como había sido costumbre, del técnico de la selección mayor. La segunda, porque al nuevo técnico se lo eligió tras un concurso de “proyectos”, del que participaron figuras conocidas y que terminó ganando, en un ejercicio inédito de meritocracia, la minuciosa y detallada carpeta de un humilde desconocido: Pekerman. Había razones para que Grondona quisiera cambiar de aire: la selección mayor venía de la experiencia rocambolesca en Estados Unidos y las juveniles habían sido descalificadas del mundial anterior porque se habían agarrado a piñas en el anterior a ese. Había margen para un giro hacia la “derecha” (planificación, esfuerzo, disciplina) y Grondona, que en la selección la embocaba más que en la organización de los torneos locales, eligió a Passarella y Pekerman.

Al revés que Passarella, el éxito de Pekerman fue inmediato. Ganó tres mundiales en seis años (Qatar 1995, Malasia 1997 y Argentina 2001) y descubrió o impulsó las carreras de futbolistas que terminaron siendo gigantes para la selección, como Riquelme, Sorín, Samuel, Cambiasso, Zabaleta y Saviola, entre muchos otros. Sus equipos enseguida se hicieron populares entre los hinchas. Porque ganaban torneos, por supuesto, pero también porque tenían un aire simpático, adentro y afuera de la cancha. Respetaban el estilo tradicional argentino pero también eran dinámicos y contemporáneos. Ganaban casi siempre, además, el premio fair play, algo que jamás había sido valorado en la cultura futbolera argentina y que de repente, en la escala de valores de Pekerman, empezaba a ser importante. Sus chicos nunca se peleaban con nadie, no fanfarroneaban en sus declaraciones, siempre parecían estar más comprometidos con el destino del grupo que de mostrarse o lucirse ellos mismos.

Respetaban el estilo tradicional argentino pero también eran dinámicos y contemporáneos.

Los últimos coletazos de la era Pekerman fueron en 2005 y 2007, con Ferraro y Tocalli como entrenadores y dos nuevos campeonatos mundiales, liderados, respectivamente, por Leo Messi y el Kun Agüero. A partir de ahí, otra vez oscuridad, desorganización, falta de rumbo: de los últimos seis mundiales sub-20 nos quedamos afuera de dos, en otros dos nos volvimos en primera ronda y nunca volvimos a ser semifinalistas. Quizás ahora, que las selecciones juveniles también están a cargo de pekermanianos (Mascherano, Placente, Romeo) las cosas puedan retomar el camino perdido.

La de Pekerman fue, por lo tanto, una época –una era–, que quizás no dejó rastros en la estructura de AFA pero sí, indudablemente, en dos o tres generaciones de jugadores, a los que en algún momento les iba a llegar su turno. Hace unos años los campeones de México ‘86 reclamaron su lugar. Se los dieron: así llegaron el Checho Batista a la selección mayor y Marcelo Trobbiani a la sub-20. Duraron poco. Los años siguientes fueron un ir y venir de técnicos, en ambos niveles, desconocido para el fútbol argentino, que siempre se mandó mil macanas pero durante décadas había tenido una política de Estado para la selección: todos los entrenadores llegaban hasta el mundial siguiente, si les iba bien seguían, si les iba mal, afuera. El caos de arriba, tras la muerte de Grondona, en 2015, sin embargo, había engendrado caos abajo.

Agotadas todas las demás opciones, una serie de carambolas, la consolidación de Chiqui Tapia y el paso del tiempo pusieron en su lugar a Scaloni. Mérito también del Chiqui, que, como Grondona, tiene mejores instintos para la selección que para el fútbol local, donde cada año los torneos son más estrambóticos. Todo técnico que llega se apoya, a propósito o por casualidad, en alguna tradición o modelo anterior, para seguirlo o para desafiarlo. Scaloni enseguida se apoyó en el modelo Pekerman. Porque eligió para que lo acompañaran a dos de sus compinches de adolescencia y porque quiso diferenciarse de la improvisación y los exabruptos anteriores (el más inmediato, Sampaoli) a través del trabajo, la serenidad y una ética austera casi calvinista, que algunos atribuyen a sus orígenes gringos santafesinos.

Mérito también del Chiqui, que, como Grondona, tiene mejores instintos para la selección que para el fútbol local.

En la cancha, intentó primero con un modelo de moda, el de la presión y la verticalidad popularizado por el Liverpool de Jürgen Klopp, pero con el tiempo se fue calmando y haciendo más pragmático. En estos días se dice mucho que esta selección juega “la nuestra”, el estilo argentino de toque y gambeta, pero Scaloni también hace muchas cosas que los tradicionalistas rechazan, como cambiar el esquema táctico entre partidos (o incluso durante el partido), rotar las formaciones (“los equipos tienen que saberse de memoria”) y jugar con cinco defensores o sin un enganche clásico. Su equilibrio entre tradición y modernidad es parecido al de Pekerman, como también lo es su equilibrio entre posesión y presión o entre ataque y defensa. A Scaloni, en cualquier caso, lo veo más abierto y versátil que a Pekerman, a quien le costó encontrar recursos en 2006 cuando las cosas se le pusieron difíciles.

Justamente por su trabajo en el Mundial de Alemania, donde nos quedamos con sabor a poco (a que no dimos todo lo que teníamos), es que la imagen de Pekerman quedó algo dañada en esta década y media. Eso contribuyó a esconder o quitarle mérito a su ciclo brillante con la sub-20, sin dudas una de las mejores cosas que le pasaron al fútbol argentino en los últimos 40 años. Por eso me gusta ver esta reivindicación de Scaloni a Pekerman, que va mucho más allá de las potenciales declaraciones que pueda hacer. Es una imitación que le surge casi sin buscarla, de tan incrustada que la tiene en su ADN como entrenador y como persona. Me gusta ver que el trabajo bien hecho, con sentido y cariño, buscando construir y dejar raíces para que las aprovechen otros, vale la pena. Ojalá los ex pibes de Pekerman, ahora adultos, manejen las selecciones durante muchos años.

Nos vemos dentro de dos jueves, ya rasgando el fin de año. Espero que ya todos, los pibes y nosotros, campeones del mundo.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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