Partes del aire

#20 | Vidas suspendidas

La vida es lo que nos pasa entre Mundial y Mundial. Pero también durante.

En junio y julio de 2010 tuve una de las mejores changas de mi vida: una web de fútbol mexicana llamada Mediotiempo, que todavía existe, me pagó 2.000 dólares por escribir una columna diaria sobre el Mundial de Sudáfrica. Durante 34 días estuve tirado en el sofá de mi casa mirando partidos y saltando después para escribir mil palabras que al principio eran sobre todo de fútbol pero que, con el tiempo, a medida que me iba quedando sin ideas y había cada vez menos partidos, empezaban a ser sobre casi cualquier cosa. (Algunas de esas columnas todavía se pueden encontrar online.)

El de Sudáfrica es, por lo tanto, uno de los mundiales que más recuerdo, además de los mundiales icónicos de mi infancia (México ‘86, Italia ‘90), que me los sé casi de memoria. El cerebro funciona así, y no me pasa a mí solo: tengo vívida en la retina, por ejemplo, la goleada de Dinamarca contra España en México, hace 36 años, pero tuve que googlear cómo quedó eliminada España en el Mundial de Rusia. Mi excepción de adulto es Sudáfrica, facilitada por la changa obsesiva de Mediotiempo –el gol de Palermo contra Grecia, el penal de Abreu contra Ghana– y por una vida de freelancer en la que pude dedicarle un mes entero. Todavía sentía, como dice Sebastián Wainraich, que la vida era “eso que pasa entre Mundial y Mundial”, una frase divertida, parcialmente verdadera, que los varones argentinos decimos porque creemos que es simpático mostrarnos como eternos adolescentes. 

Cuento esto porque se viene Qatar y tengo la impresión de que, a medida que se me van acumulando, los mundiales dejan de ser los mojones biográficos que eran antes, cuando sólo había visto dos o tres. Como los días y los años, que cada vez, uno siente, pasan más rápido, lo mismo con los mundiales: los espero con ansiedad e impaciencia, pero sus contornos se empiezan a difuminar. Durante México, Italia o Sudáfrica no viví, o no recuerdo haber vivido: fui absorbido por el Mundial. Durante Brasil o Rusia, en cambio, el torneo convivió con ansiedades y obstáculos y novedades de todo tipo, también llamados la vida. A Brasil fui a ver un par de partidos (mi única experiencia mundialista en vivo), pero el resto lo recuerdo poco, a pesar de la gran campaña de la selección. De Rusia tengo más presente el nacimiento de mi hijo, entre los octavos y los cuartos; y el fútbol como batifondo de la actividad frenética de mi trabajo en Casa Rosada, que desde los primeros tembleques del dólar, en abril, vivíamos con una sensación de fragilidad extrema. Aunque gritamos el gol de Rojo contra Nigeria en una oficina del primer piso, con vista al Patio de las Palmeras, el Mundial era algo de lo que entraba y salía, incapaz ya hundirme en un Polonia-Argelia o un Japón-Costa Rica.

Massa: llegar al Mundial

Esa idea del Mundial como suspensión de la vida, a pesar de todo, sigue vigente y es lo que alimenta la hipótesis de que el primer objetivo del plan económico de Massa es “llegar al Mundial”. Después del Mundial, dicen los guionistas en off the record transcritos por los cronistas de los diarios, viene el verano, otra suspensión de la vida, y después del verano hasta las elecciones ya es sólo un ratito. Como si durante el Mundial estuvieran cerrados los mercados cambiarios o se frenara la inflación o no hubiera otras emociones: si llegamos enteros al Mundial, razonan desde julio funcionarios citados pero no nombrados, tiramos enteros hasta la cosecha y con la cosecha vamos pipones de dólares hasta las PASO.

Me interesa saber si quienes dicen esto verdaderamente se lo creen –mi experiencia en el gobierno es que uno, al menos parcialmente, termina creyendo sus deseos– o si saben que es una ficción apalancada en el consenso absoluto entre los argentinos de que el Mundial no es parte de la vida y es otra cosa. Y que esa otra cosa es funcional a una tentación básica de cualquier funcionario, que es demorar, patear para adelante, posponer la batalla final contra su obstáculo. Lleguemos al Mundial, aunque sea abollados y en llanta, que después todo se arregla solo. O al menos negociemos un tregua.

En cualquier caso, no va a funcionar. No debería ser una revelación decir esto, pero paso el aviso: la vida continúa, amigos, incluso durante el Mundial. Quizás la gente proteste menos o se distraiga un poco, pero los problemas no se van, mucho menos los problemas económicos. Tampoco se van los mercados ni la economía. Salvo para algunos, el trabajo continúa. Como continúan los quilombos para el gobierno. Esto me escribió un amigo ex funcionario el otro día: “2018. Partido con Islandia en la casa de [Fulano], para ver si era necesario un cepo, subir encajes, reprogramar Leliqs o algo similar. El empate no ayudó”. Quizás si Messi no fallaba aquel penal, el destino del país habría sido otro. Y sin embargo, cosa e’ mandinga, durante el Mundial de Rusia el dólar bajó: valía 27,20 el día del partido inaugural, cerró en 26,70 el viernes anterior a la final. Tres semanas después volvió a tomar impulso.

Que venga el Mundial entonces. Tenemos un equipo lindo y querible, que se sacó de encima la mochila de las finales perdidas y jugará suelto para llegar lo más lejos posible, sin la presión demoníaca nuestra de tener que ser campeones sí o sí. Misión cumplida, como digo antes de cada Mundial y puso en tapa El Gráfico después de los cuartos en 1990, es llegar a semifinales, jugar los siete partidos, codearse con los grandes. Después que pase lo que tenga que pasar. Nos vemos dentro de dos jueves, ya en la víspera, en el antepenúltimo día de nuestras vidas.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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