Relación de ideas

#20 | ¡Pero que viva el fútbol, Pisculichi!

Hay que desenamorarse de la hinchada y volver a enamorarse del juego, que puede ser espectacular.

Me preguntaba por qué siendo el fútbol una parte tan importante de mi vida nunca lo había usado como tema para este newsletter. Recordaba la historia de la revista El Amante, en donde la mayoría éramos devotos del cine de John Ford pero le teníamos tanta reverencia que tardamos casi una década en dedicarle una nota.

El fútbol es algo que necesito tener presente en mi vida todo el tiempo. Si por mí fuera, siempre, en cualquier actividad, lo ideal sería que en algún lugar cercano haya siempre un televisor prendido en donde se esté transmitiendo un partido de fútbol. Cualquier torneo de cualquier país de cualquier categoría, no hace falta que sea algo relevante.

Cuando sufrí tragedias personales, la manera de poner la mente en blanco era viendo algún partido. Si llega la hora de los éxitos, nada mejor que coronarlos mirando fútbol. La gente que es como yo se detiene en la plaza a ver a unos chiquitos pateando la pelota: no se sigue caminando hasta determinar quién le pega bien.

Afortunadamente para poder hacer esta nota futbolera, llegó la última jornada del campeonato local (ya no sé cómo se llama, cambia todos los años) con su carga de suspenso, dramatismo, dilema moral, casualidades, temple y flojera.

 

Este gusto maníaco por el juego, por suerte, en mi caso no se ve acompañado por la misma obsesión con el hinchismo, que es la forma en que se consume fútbol habitualmente. El espectador de fútbol actual moldea su relación con el juego no sólo tomando partido fervientemente sino –y acá reside el drama– construyendo su identidad en oposición a la figura del archirrival. No se trata de sólo de River–Boca, o San Lorenzo–Huracán o las grietas de cada ciudad importante como Avellaneda, Rosario o La Plata. Cualquier club del conurbano, de categorías menores, imagina una rivalidad milenaria y definitiva contra otro club cuya canchita está a cinco cuadras.

Las sobreactuaciones son obvias. Eso, aunque las jóvenes generaciones no lo crean, es un fenómeno relativamente nuevo y que de ninguna manera es requerimiento indispensable del hincha. Es probable que la irrupción de canales de cable dedicados al fútbol 24 por 7 y la edición de un diario específico haya colaborado a forjar este microfascismo.

Caras sucias

Mi educación sentimental futbolera fue totalmente distinta. Mi papá era de San Lorenzo y me llevó muchas veces al Gasómetro a ver algunos equipos ahora legendarios: los Carasucias y más tarde los Matadores. No recuerdo ni una sola vez que mi padre haya hecho algún tipo de mención sobre Huracán, buena o mala. Salvo, claro, durante 1973, donde el equipo de Menotti brillaba. Ahí mi padre –viejo bolchevique– estaba entusiasmado, no sólo por el buen juego del Globito sino, sospecho, por el hecho de que el Flaco estaba ideológicamente cerca del Partido Comunista. Como se puede ver en este video, en 1969 Boca podía dar la vuelta olímpica en el Monumental y ser aplaudido por la platea de River. Sucedió en mi vida, no en una época remota. Bueno, no son categorías excluyentes.

En 1970, con papá y mi hermano vimos el mundial de México, con Argentina eliminada, hinchando por Brasil, un equipo alucinante. Esas tardes frente al televisor que hoy recuerdo en colores pero que era en blanco y negro, fueron el basamento intelectual y emocional para mi relación con el fútbol. Después hinché por Brasil en 1982, un equipo extraordinario cuya derrota en la final contra Italia significó un retroceso estético para los brasileños que no se detendría hasta la actualidad, y también hinché por Brasil en 1990 (sí, contra Argentina, no habrá bandera ni camiseta que me haga hinchar por un equipo tan malo).

Mi ídolos futbolísticos no necesariamente eran de River: además de mi devoción por el Beto Alonso lo seguí a Hugo Gatti en Gimnasia, Unión y Boca y a Riquelme en Boca. Ni hablar de los jugadores de otros países en donde todos podríamos sentirnos más libres de simpatizar alternativamente con unos u otros.

No es que me dé todo lo mismo: este fin de semana deseé fervientemente que Racing fuera el campeón, sobre todo porque Racing no es Boca.

No es que me dé todo lo mismo: este fin de semana deseé fervientemente que Racing fuera el campeón, sobre todo porque Racing no es Boca. Desde ya que cuando le dieron el penal que podría haberlos consagrado campeones, esperé que fuera gol y es probable que lo hubiera gritado de haber sido convertido, aunque fuera contra River, mi equipo del corazón. Sin embargo, al ver que, contrariamente a su costumbre, Armani lo había atajado, me provocó una mezcla única de decepción, risa, excitación y asombro. Lo disfruté, como todo evento deportivo inusual y sorprendente.

Una parte importante (pero menor a la que se supone) de los hinchas millonarios se sintió frustrada porque River no se dejó ganar. Leí un tuit de una persona que no voy a identificar porque parece educada, inteligente y normal y quizás en unos días piense distinto. Decía: “Cómo hincha de River te digo que del descenso volvimos (mejores) pero de hacer que tu máximo rival salga campeón no se vuelve. Más allá de grandeza, etc etc. Ese es el sentimiento del hincha hoy”. El disparate es extraordinario: vive peor que Boca haya salido campeón gracias a que River jugó “normalmente” que un desastre deportivo como el descenso. Para ese hincha, insisto, de educación universitaria, es más importante no facilitar la felicidad de tu clásico rival antes que cualquier otra cosa.

La pretensión de que un equipo juegue a desgano para perjudicar a un tercero es una tontería gigantesca. Desde ya que está en contra del espíritu deportivo pero aun si uno no creyera en esas cosas civilizadas, diría que va en contra de la formación de los jugadores y de los incentivos en juego. No es que crea que los jugadores sean impolutos sino que entre su formación eminentemente competitiva y la falta de estímulos para hacer algo tan contrario a su instinto como dejarse ganar, las probabilidades de que hagan algo así sólo porque su hinchada no quiere que el clásico rival salga campeón son muy bajas. Un estímulo posible para ir en contra de sus instintos y su ética deportiva puede ser el dinero pero no el malhumor de sus hinchas más furibundos.

Distintos incentivos

Normalmente estas cosas se resuelven con la disparidad de estímulos. Un equipo que se juega el campeonato tiene una intensidad superior a la de otros que –como River e Independiente en esta última fecha– vienen de campañas mediocres y ya no tienen nada que ganar ni que perder. Con esa diferencia de intereses, no hace falta “ir a menos”, normalmente el que se juega algo lo hace con una intensidad que termina por imponerse. Esa fue la gran sorpresa de este último domingo, no que dos equipos grandes jueguen a perder, algo más fácil de imaginar que de convertirse en realidad. Lo sorprendente, en definitiva, fue que los dos equipos más ganadores del torneo demostraron no estar significativamente por encima de rivales mediocres y sin estímulos. O quizás no sea tan sorprendente.

En todo caso, fue una jornada espectacular, y sólo los hinchas de Racing tienen motivos para querer olvidarla. Los hinchas de River de cierta edad hemos visto salir campeón a nuestro equipo y a Boca decenas de veces; una más u otra menos no altera demasiado la cuenta final. El fútbol se disfruta mucho más y da más posibilidades de felicidad si uno se concentra en la belleza dentro del rectángulo que en el deseo de sufrimiento del compañero de oficina. Hay que desenamorarse de la hinchada y volver a enamorarse del juego, que puede ser espectacular. Por lo menos así lo veo yo.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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