Nota mental

#2 | El miedo a parecer tonto

Por principio, estoy en contra de las teorías conspirativas. El Universo es caos y casi nunca un plan sale según lo establecido.

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You’re too online, ok? You’ve lost context.
–Kendall Roy

 

Uno de mis deportes favoritos es despotricar contra las teorías conspirativas. Por principio, estoy en contra de todas. El Universo es caos y casi nunca un plan sale según lo establecido. La solución a un crimen suele ser la más evidente, o alguna que no imaginamos en la que la casualidad jugó un papel importante. Como le dijo Lönnrot a Treviranus, la realidad no tiene la menor obligación de ser interesante (aunque las hipótesis si).

Por otra parte, considero que quienes creen en las teorías conspirativas (al menos quienes creen en ellas en serio, no quienes se divierten con ellas como si fueran ficción) viven con el temor de parecer tontos: “Yo no caigo en el engaño, yo sé que detrás de eso hay algo más, yo no soy ingenuo, a mí no me agarran”. Y creo que uno de los rasgos de la inteligencia es no tener miedo a parecer un tonto.

En su libro Among the Truthers: A Journey through America’s Growing Conspiracist Underground (2011), el periodista canadiense Jonathan Kay es un poco más complaciente: “El conspiracionismo es un culto persistente porque los humanos somos animales que buscamos patrones. Mostranos un cielo lleno de estrellas y las ordenaremos en forma de animales. Mostranos un mundo lleno de miseria arbitraria y utilizaremos el mismo truco para unir los puntos en conspiraciones secretas”.

Sea como sea, la semana pasada fue complicada para los conspiracionistas. La condena a perpetua de Nicolás Pachelo por el crimen de María Marta García Belsunce le puso un punto final al misterio de 22 años de la manera más prosaica. Como dijimos en GADEV el viernes: ni el cartel de Juárez, ni triángulo amoroso, ni conspiración familiar. El asesino era el mayordomo. En este caso, el ladrón de countries. Es que si hubo un crimen en un country al que no podía entrar nadie sin pasar por seguridad y entre los habitantes había un joven con antecedentes de robos a countries a quien los vecinos le tenían miedo y a quien dos chicos habían visto merodeando la casa de María Marta momentos antes del crimen, ¿qué es lo más probable? Sin dudas, no que la haya matado el marido en complicidad con toda la familia por una oscura trama financiera que nunca se terminó de develar.

Otro autor que se ocupó del asunto es el escéptico profesional Michael Shermer en su libro Conspiracy: Why the Rational Believe the Irrational (2022). Ahí Shermer dice que “no hay coincidencias en la mente de un conspiracionista”. Por eso, pensándolo mejor, quizás la semana pasada no haya sido complicada para ellos sino todo lo contrario: quizás la condena a Pachelo haya sido la confirmación de que la conspiración es más grande de lo que creían. Shermer se detiene en las teorías conspirativas de QAnon y parafraseando al físico teórico austríaco Wolfgang Pauli dice que las teorías “ni siquiera son incorrectas, porque no se puede probar que lo sean”.

Es muy divertido discutir en redes sociales, por ejemplo, sobre la muerte de Carlos Menem, Jr., que pese a lo que los conspiracionistas creen fue un accidente y no un atentado. Puede verse en la serie que comentó Hernani (yo no la ví), pero yo lo había leído hace 17 años en un libro que recomiendo: La noticia deseada (2004), de Miguel Wiñazki. Ahí Wiñazki toma los casos de Carlitos Jr. y del suicidio de Alfredo Yabrán (sí, se suicidó, no es Piñón Fijo ni está en las Bahamas), entre otros, para demostrar cómo se construyeron teorías conspirativas a partir de datos falsos, sacados de contexto, rumores o coincidencias. Pero cuando uno afirma que Carlitos Jr. se enredó con los cables del teléfono y no hubo más que eso, no hubo tiros, no hubo testigos asesinados, el interlocutor se brota y cree que uno es ciego u orate pese a que él mismo no sabe por qué cree lo que cree ni de dónde lo sacó. Y no hay prueba posible que lo vaya a convencer de lo contrario: aunque baje Dios mismo y le diga que fue un accidente, el conspiracionista creerá que Dios es parte de la conspiración.

Claro que, como dice la ya gastada frase, que seas paranoico no quiere decir que no te estén persiguiendo (acuñada por Joseph Heller en su novela Trampa 22, si la internet no me mintió, ya sabemos como es la cosa con las citas y la internet). Shermer señala en su libro varias teorías conspirativas que resultaron reales: el asesinato de Julio César, la conspiración de la pólvora para matar el rey Jacobo I, el asesinato de Abraham Lincoln, el asesinato del archiduque Francisco Fernando a manos de la organización secreta Mano Negra y la madre de todas las conspiraciones: el Watergate. Y también señala tres hechos que se consideraron teorías conspirativas en su momento y terminaron siendo reales: el ataque sorpresa de Egipto y Siria a Israel el día de Iom Kipur de 1973, la traición de Adolf Hitler al pacto Molotov-Ribbentrop y la invasión de la Unión Soviética y el ataque japonés a Pearl Harbor.

Terminé ayer El problema de los tres cuerpos, de Cixin Liu, la tan comentada novela de ciencia ficción china cuya adaptación se estrenó en Netflix hace un par de semanas, y entre las decenas de comentarios sociológicos-científicos muy sutiles que hace, uno de ellos es sobre las teorías conspirativas, aunque lo hace muy al pasar.

Aviso que se viene el espoiler. La novela tiene una premisa inteligente y original. A la clásica invasión extraterrestre se le suma en este caso un grupo de terrícolas “traidores” que se ponen del lado de los aliens, desencantados por el rumbo que ha tomado la humanidad, y forman el Movimiento Terrícola-trisolariano. Dice entonces la novela: “A pesar de que el afán por reclutar el mayor número de personas impedía a la Organización operar de forma totalmente secreta, conseguía pasar inadvertida ante los distintos gobiernos del mundo gracias a su conservadurismo y su falta de imaginación. Jamás un órgano de poder de un estado se había tomado en serio sus proclamas; los consideraban un grupo extremista que se dedicaban a soltar estupideces”.

Yo ya venía con la cuestión de las teorías conspirativas rondando en la cabeza para este newsletter y solté una carcajada, porque aun sin decirlo expresamente Cixin Liu está reconociendo que sus personajes parecen conspiranoicos clásicos, pero como los venimos siguiendo hace más de 300 páginas en una historia construida con la atención puesta en la verosimilitud científica, no nos habíamos dado cuenta hasta esa frase. (Los conspiracionistas van a decir que sí se habían dado cuenta.)

La fundadora del Movimiento Terrícola-trisolariano, y una de las protagonistas, es Ye Wenjie, una astrofísica cuyo padre fue asesinado por los Guardias Rojos durante la Revolución Cultural china. Ese es uno de los motivos de su resentimiento con la humanidad, que en realidad es un resentimiento con el comunismo chino, lo único que conoció. Los primeros capítulos que transcurren a fines de los ’60 me resultaron de los más interesantes (curiosidad: en la versión china de la novela esos capítulos están ubicados en el medio para no atraer la atención de los censores). Y cuentan una cosa que pensé que era un invento pero googleé y resulta que es verdad.

En el apogeo de la Revolución Cultural, a un grupo de Guardias Rojos se le ocurrió que como el rojo era el color de la Revolución, había que invertir los colores de los semáforos y que el rojo sea para avanzar y el verde para detenerse. Como esto se hizo sin coordinar con el Gobierno ni planificar nada, hubo varios accidentes. Qué boludos son los comunistas.

Cuando conté está anécdota en Twitter, alguien me contestó: “Eso no fue lo peor de la Revolución Cultural”. No tengo pruebas pero no tengo dudas de que esa persona es conspiracionista.

Nos vemos en quince días.

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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