Relación de ideas

#17 | Mi prima favorita

Que las despedidas respetuosas a Magdalena Ruiz Guiñazú no nos hagan olvidar que hace diez años el kirchnerismo y el progresismo la acusaba de colaborar con la dictadura.

En estos días murieron tres nonagenarios ilustres: Magdalena Ruiz Guiñazú, la reina Isabel y Jean-Luc Godard. Lo de la Reina me apenó, sólo que de la misma manera en que si me hubieran dicho que había fallecido Logan Roy, el diabólico patriarca de Succession interpretado por Brian Cox; como si sólo hubiera muerto un personaje de la serie The Crown. Había algo irreal en todo el episodio. No es sólo un chiste: la monarquía dentro de un régimen parlamentario opera justamente como una ficción compartida y consensuada, que funciona perfectamente y que ha dado sostén y unidad a los países más avanzados del planeta. A Godard lo respeté más de lo que lo quise, así que fundamentalmente lo lamenté por la tristeza de mis amigos cinéfilos. La muerte de Magda, en cambio, me tuvo llorando y pensando largamente.

De ella ya se ha dicho todo. De su valentía, de su increíble don de gentes, de su elegancia y de cómo formó parte de las mañanas de varias generaciones de argentinos. Trabajé dos años a su lado en radio Continental, junto a María O’Donnell y Edgardo Alfano. Comprobé que toda la mitología que la rodeaba era cierta. Lo que más recuerdo de aquella experiencia laboral es la sensación de haber conocido a alguien distinto, una categoría de ser humano especial. Me fui del programa aliviado de poder evitar los madrugones y con la esperanza de que la vida me acerque alguna vez más a ella.

No diré mucho más de Magdalena salvo que fue por su figura que comencé a ver cómo lo que todavía no se llamaba “la grieta” podía llegar a afectar las relaciones familiares. Comencé a trabajar en su programa en marzo de 2010. Un mes después presenté el libro que había escrito sobre el Indec en la Feria del Libro. La presentación fue interrumpida por un grupo de barrabravas de Nueva Chicago, con una fuerte conexión con el Mercado Central y con el entonces secretario de Comercio, Guillermo Moreno, responsable de la intervención de facto en el Indec. Durante uno o dos días, el libro fue noticia. De alguna manera, tuvo la mejor presentación posible: lo que en sus páginas se denunciaba tenía una confirmación externa. Había patotas en el instituto oficial de estadísticas y estaban relacionadas con el secretario de Comercio.

Poco después, todavía aturdido por los hechos, recibí un mail de una prima, hasta ese momento muy querida. No la veía mucho pero la llamaba “mi prima favorita”. En el mail decía algo así como: “Sé que sucedió algo en la Feria del Libro pero no entendí bien. Pero vi con asombro que estás trabajando con Magdalena. ¿Qué te pasó?”. De pronto, descubrí que una persona que conocía, pariente de sangre, con un marido encantador y dos hijos modelos, absolutamente civilizada, consideraba que era mucho más deshonroso trabajar con Magdalena Ruiz Guiñazú que el hecho de que una patota compuesta de barrabravas fuera a la Feria del Libro a interrumpir de manera violenta la presentación de un libro. Y que lo hacía de tal manera que la pregunta que yo me hacía, atónito, “¿qué le pasó?”, ella me la hacía a mí.

Retrospectivamente, vi el momento en que leía el inesperado mail como una escena de la película Invasion of the Body Snatchers, en donde los habitantes de un pueblo cercano a San Francisco comienzan a notar ligeramente distintos a algunos vecinos, amigos, parientes. Son iguales físicamente, pero algo profundo, muy interior, cambió de una manera radical. ¿Cómo podía ser que una persona empática y básicamente buena, de pronto minimizara el episodio violento que había sufrido un pariente y considerara a Magdalena, nada menos, como algo tan vinculado al mal que su sola cercanía debía ser considerada como sospechosa? ¿Qué les pasó a ellos para cambiar así?

Había tenido unos años antes una muestra menor de lo que se venía en términos de “grieta”. El día de las elecciones de 2007 me tocó estar en un cumpleaños lleno de sociólogos que, con mucho entusiasmo, habían votado a CFK y suponían que cualquier otra persona que estuviera en la fiesta había hecho lo mismo. Muy tímidamente esbocé que no era mi caso, que había votado a Elisa Carrió y que lo que estaba pasando en el Indec –que ya llevaba diez meses– me resultaba intolerable. Uno de ellos, de los más amables y racionales, casi como mi prima, me dijo: “Claro, vos tenés un compromiso emocional con el Indec, te afecta mucho”. No intenté explicarle que la violación de las estadísticas oficiales era un desastre que nos afectaba a todos, más allá del compromiso emocional. Hoy, cada tanto, quince años después, sigo contestándole en mi mente.

La despedida casi universal que recibió Magdalena en estos días nos puede hacer olvidar el clima que se comenzó a vivir en esos años. Por supuesto que la brutal intervención del Indec comenzó en enero de 2007 y que poco después el conflicto con el campo por la 125 hizo que el gobierno se enfrentara con Clarín, hasta ese momento su socio estratégico, y radicalizara sus posiciones. Sin embargo, el clima se puso especialmente espeso en esos días de 2010 y de ahí en adelante, impulsado por el resurgimiento de la imagen de CFK luego de la muerte del marido y su impresionante reelección con el 54 % de los votos en primera vuelta en 2011.

En aquellos días aciagos, Magdalena, que había abierto el micrófono a Madres y Abuelas de Plaza de Mayo cuando eso era peligroso y que tuvo participación destacada en la realización del Nunca Más, era escupida simbólicamente en los actos masivos y hasta tuvo un “juicio popular”.

Ese episodio es probablemente el más increíble de todos. Impulsado por un sector marginal del periodismo K, encabezado por Claudia Acuña y Pablo Llonto, y con la bendición de Hebe de Bonafini, se realizó cuatro días después de la irrupción de la patota en la Feria del Libro, el 29 de abril de 2010.

Según las crónicas de esa fecha:

En los “alegatos finales”, Hebe de Bonafini dijo que los periodistas juzgados tienen que “pedir perdón por tanta ignominia, por tanta locura, por haber avalado la tortura, perdón, eso es lo que hace falta que hagan algunos, aunque no alcanza” y agregó: “Esta es la plaza del pueblo, donde reclama y exige. Falta tan poco para el bicentenario, cuando el pueblo quería saber de qué se trataba… hoy quisimos saber de qué se trataba y lo hemos conseguido”. A mano alzada, todos los presentes “condenaron” a los periodistas juzgados por “complicidad con la dictadura”.

Que el kirchnerismo hoy parezca ser una banda de desarrapados que no puede dominar la economía ni controlar al Poder Judicial, como pretende, ni convocar a jóvenes ni a pobres, como hacía en su momento, y que Magdalena se haya ido con un gran reconocimiento general no nos tiene que oscurecer que todo puede ser distinto otra vez. La pregunta sigue en pie: ¿cómo puede ser que millones de personas refrendaron ese estado de cosas en las elecciones de 2011? ¿Cómo pudieron hacerlo nuevamente en 2019?

No me refiero especialmente al resultado de los comicios sino a las elecciones que hicieron las personas como mi prima favorita. No se trata de gente desesperada, a la que cada crisis económica la va acercando al abismo. Me refiero a universitarios completos que tenían las capacidades cognitivas suficientes como para poder distinguir entre Magdalena Ruiz Guiñazú y Guillermo Moreno y terminaron eligiendo a este último o, por lo menos, a quienes le dieron poder en la economía y liderazgo en la guerra salvaje contra un diario.

Sólo hay dos maneras de pensar que Magdalena había sido colaboradora de la dictadura mientras que los Kirchner habían resistido heroicamente defendiendo la democracia. Una sería por ignorancia. Otra, la más tortuosa, la más dañina, es la de los que elaboran una construcción teórica que se impone por encima de los hechos, una especialidad de las facultades de humanidades. Esa es la que más me desespera porque son personas que hasta hace unos años eran mis amigos, mis parientes, mi gente cercana. Es una tradición del progresismo que adhiere a lo indefendible: relegar los hechos a un rincón sin importancia, apoyado por lecturas de la coyuntura, conveniencias ideológicas e interpretaciones rebuscadas de enemigos ideales.

Hoy puede que muchos de esos universitarios bilingües, tal vez mi prima, tal vez aquel sociólogo del cumpleaños, hayan despedido a Magdalena con respeto y melancolía y olvidando los agravios proferidos en su momento. La lección es que pueden volver a poner el velo en sus ojos en cualquier otra circunstancia.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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