Relación de ideas

#15 | Los libros de Ricardo

El destino de nuestras bibliotecas puede ser incierto; y nuestros libros, huellas que trazan los caminos más impensados.

Volví a soñar con mi hermano Ricardo, como me sucede cada tanto desde hace 30 años. Estábamos en Ciudad Universitaria y en el campo de deportes entrenaba la Selección. Nos cruzábamos con Marcelo Gallardo y la situación me resultaba tan divertida y excitante que pensé, en el sueño, que se lo tenía que contar a mi hijo mayor, Francisco. Cuando Ricardo murió de un cáncer de pulmón fulminante, en el invierno de 1992, Gallardo no había debutado en la primera de River como jugador y Francisco no había nacido, dos cosas que sucederían en 1993.

Ricardo me llevaba 12 años y en muchos sentidos fue como un padre para mí. Por él me hice hincha de River (papá era de San Lorenzo), por él escuché a los Beatles y por seguirlo a él terminé, más grande, incorporando a mis gustos a Frank Sinatra y la música country. Cuando yo tenía 5 años me enseñó a leer. Con el tiempo se agiganta en mi corazón el valor de semejante proyecto: ¿qué llevaba a un adolescente de 17 años enseñarle a leer a su hermanito de apenas 5? Ya no sé si es recuerdo directo o recuerdo de recuerdo o de las veces que lo conté pero tengo muy claro ver en el libro Upa la imagen de un farol y no poder leer bien la palabra: me detenía en “faro”. Y Ricardo insistía pacientemente en que siguiera leyendo hasta la ele final.

Ricardo era doctor en Matemáticas, muy querido por sus alumnos. Hoy, una biblioteca del Pabellón I de la Ciudad Universitaria lleva su nombre. Además de su práctica profesional, era un lector muy ávido: leía de diversas ramas de la ciencia, de marxismo, de filosofía. Antes de enfermarse se había comprado las obras completas de Santo Tomás de Aquino, sabiendo que era altamente improbable que las leyera. Creo que él pensaba mucho en la muerte y buscaba en algunas de sus lecturas alguna esperanza, como si supiera lo que el destino estaba a punto de ponerle por delante.

Yo, ya como adulto, lo visitaba muchas veces; demasiadas, pienso ahora retrospectivamente. Le tocaba el timbre sin avisar y nos poníamos a conversar durante mucho tiempo, mientras mi cuñada, seguramente resignada, hacía otra cosa. Su biblioteca era una extensión de la mía. Mejor dicho, había un flujo entre ambas bibliotecas, asimétrico, mucho más sostenido a mi favor.

Cuando murió, la familia quedó en shock. Él era como el aglutinador de cuatro hermanos muy distintos y de dos padres ya ancianos. De alguna manera, su muerte significó el comienzo del final de una etapa para todos. Mi cuñada y yo nos distanciamos porque para ambos el otro era una referencia a quien no estaba y el recuerdo era demasiado doloroso. Simplemente nos dejamos de ver.

Yo esperaba heredar la biblioteca, o al menos parte de ella o que me hicieran alguna consulta al respecto. Nunca sucedió y me pareció de mal gusto solicitarlo. Habría sido un gran consuelo tener muchos de esos volúmenes, todos con su nombre escrito con letra chiquita en la primera página, con la inicial de su segundo nombre, José, en el medio: RICARDO J. NORIEGA .

El tiempo pasó y, como suele suceder, los dolores se acomodan en algún lugar. Sin embargo, la presencia de Ricardo nunca declinó: a los sueños recurrentes se le sumó el contacto creciente, gracias a las redes, de personas que me preguntaban si tenía que ver con el de la biblioteca o con el autor del libro de Análisis Matemático y me contaban lo buen profesor y persona que era.

Cada tanto, gugleaba su nombre para ver si encontraba alguna referencia desconocida hasta que en 2015 me encontré con que una chica en un blog contaba una historia sobre unos libros comprados en una librería de usados. Reproduzco el post completo:

la historia de Ricardo J. Noriega
tendría que inventarla pues no sé mucho al respecto de este personaje.
En la feria de la estación Quilmes hay un puesto de libros usados. Lo atiende una vieja con voz rasposa de Jockey Light y mate. Comparte el clan con viejas artesanas.
En su puesto hay poco pero muy variado. Revistas, historietas, autoayuda, ensayo, diamantes en bruto de la narrativa argentina, clásicos, ciencia ficción en inglés y español y aproximadamente una decena de títulos de “Biblioteca científica Salvat”.
El comerciante de libros suele ser tan viejo como los libros que vende. Se le suman todas las páginas amarillas y ásperas a la cara y el pelo, alcanzan un nivel existencial extraordinario y fuera de nuestra realidad.
Entre los libros que vende esta mujer hay algunos que tienen algo en común. Pertenecieron a la misma persona, un personaje llamado Ricardo J. Noriega. Con letra de matemático este tipo firmó las primeras páginas de los ejemplares de su, ahora extinta, biblioteca.
El primero que compré de Noriega fue casual, sólo un nombre trazado en un libro usado. Otro finado más, como los dueños anteriores de los pantalones adquiridos en una feria americana. Sin embargo, al tercero que compré ya empecé a notar un patrón. Comencé a elaborar hipótesis ¿un viejo en bancarrota? ¿Un muerto?
Me inclino por la segunda. El hombre físicamente desaparecido se hizo presente como un holograma mental, me obsesiono, lo googleo, lo busco en Facebook.
Ricardo J. Noriega tiene tres libros en mi biblioteca. Yo que me siento una huérfana solitaria encuentro cierta tranquilidad en esta especie de patronazgo intelectual que el Prof. Noriega ejerce sobre mí desde el más allá.
Me hace sentir parte de algo más grande y, pese a la racionalización de rigor, sonrío hacia las estrellas.

Superada la conmoción y las lágrimas, le dejé un mensaje a la bloguera, que me lo contestó pocos días después:

Gustavo Noriega dijo…

No sé si alguien va a leer esto pero acabo de descubrir. Ricardo era mi hermano, murió en 1992, tenía una biblioteca espectacular, mucha filosofía y ciencia, además de novelas. En cada libro, escribía con su letra chiquita y perfecta su nombre, con la J. de José en el medio. Nunca supe por qué mi cuñada nunca me dio esos libros que yo tanto amé y que ahora están en una librería de viejo. Me alegro de que hayan llegado, por lo menos algunos de ellos, a manos de una persona sensible. 5/05/2015 7:34 p. m.

marina dijo…

hola Gustavo, no te pongas triste.
Buenísimo que los libros se pierdan para circular, tu hermano un groso total! Y al parecer, un gran tipo.
Gracias a él me reencontré con lo conocido y descubrí lo nuevo. El desgüase de su biblio/mente es una bella forma de la entropía, dependiendo de quién lo mire.
Saludos! 5/26/2015 7:01 p. m.

Ahora bien, Ricardo era una persona especialmente inteligente y sensible pero, lo que más lo definía era su condición de distraído irrecuperable. Era como la caricatura de un científico loco, abstraído en sus pensamientos. Él decía de sí mismo: “Tengo todas las características del genio, menos el genio”. Aprendió a manejar de grande y con su Citröen íbamos al Monumental o, como en 1982, a la cancha de Vélez, el año en que el Beto Alonso, ídolo que teníamos en conjunto, se peleó con la dirigencia de River y se fue a jugar a Liniers. Bueno, a veces Ricardo iba a la Ciudad Universitaria en auto, y a la hora de volver se olvidaba y se tomaba el colectivo. O, como en otra época, donde coincidían nuestros horarios en la facultad: me llamaba para que lo espere y llevarme y en el trayecto se olvidaba y seguía su camino dejándome varado en una esquina. Hace poco volví al blog a ver si había alguna otra entrada o comentario y me encontré con esto:

Unknown dijo…

Hola Gustavo !! Ricardo me tomó los finales de Análisis II y de Cálculo Avanzado. En el de Análisis nos citó en su cuarto del departamento de Matemáticas y se confundió de día y no fue. Nos avisó para tomarnos la fecha siguiente , y no sabía cómo pedirnos disculpas !! Fue un 9 la nota. Y en Cálculo Avanzado , se me vencía el plazo para darlo , lo fui a ver, y me dijo : Yo doy seguido esa materia , yo te tomo el final. Me tomó , fue otro 9. Cuando terminé , a mi y a los otros que dieron otra materia , nos dice : les dejo las libretas en Alumnos , pasen a buscarlas el lunes. El lunes fui , la libreta no estaba. Se ve que yendo del pabellón I al II la perdió en el camino. Me decía que nunca le había pasado una cosa así. Meses después , yo había hecho una libreta nueva , la vieja apareció de la nada tirada en el pabellón II. A él , a Santaló y a Gentile , les debo mi amor total por las matemáticas. Tu hermano era un genio matemático y un Excepcional SER , una de las mejores personas que yo haya conocido. Saludos Gustavo , desde lo más profundo de mi alma !! 6/20/2021 10:21 p. m.

No se me ocurre mejor pintura que esta para representar lo que Ricardo causaba en la gente: te podía dejar a pata, olvidarse las citas, perderte los documentos y lo primero que decías de él era lo extraordinaria persona que era.

No creo en ningún tipo de trascendencia, it is what it is, nunca lo voy a recuperar y por eso la pena no se extingue. Sin embargo, tengo una suerte de consuelo. Veo que algo de la relación que yo tenía con él se repite en la que yo tengo con mi hijo mayor y también en la que tienen mis dos hijos entre sí, dos hermanos separados por exactamente quince años y seis meses (cumplen años con medio año justo de separación, algo que me da un orgullo matemático francamente ridículo). Cuando intercambio información de libros, películas o música con el mayor o cuando veo cómo interactúan ellos dos, riendo y jugando, siento la presencia de Ricardo, a quien ninguno de los dos, obviamente, conoció.

En estos días, en este invierno, se cumplieron 30 años exactos de su fallecimiento. Soy malo para las fechas y ni siquiera sé el día exacto en que murió. Creo que a él tampoco le importaría ni el aniversario redondo ni recordar la fecha. Nunca lo vi ofendido, nunca lo vi enojado. Sí triste y melancólico pero, ¿quién no?

Te espero en la esquina de siempre, brother, y si tardás demasiado es que te olvidaste y seguiste de largo. No te preocupes. Te extraño.

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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