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#14 | El único deber, ser moderno

El cine suele reflejar las preocupaciones de su tiempo más allá de la voluntad de los realizadores. Las películas como "Nope" o "Men", con una agenda tan calculada, parecieran no tener fe en la magia del propio medio.

Un lugar común dice que el terror es el género cinematográfico que mejor refleja su época. Hay toneladas de bibliografía, quizás empezando por el seminal De Caligari a Hitler, de Siegfried Kracauer. El tipo analiza el cine alemán desde sus comienzos y dice que el expresionismo vaticinó el surgimiento de Hitler. O, más precisamente, que el expresionismo fue la manifestación cultural de una sociedad que hizo posible a Hitler.

Siempre me maravillaron esos análisis medio mágicos. Aquellos que ponen al autor en un pedestal dirán: ¿Robert Wiene quiso advertir sobre la posibilidad de un Hitler cuando filmó El gabinete del Doctor Caligari en 1920? Era judío y se terminó exiliando en 1933, pero no era adivino y por lo que pude averiguar con un googleo veloz no era muy politizado tampoco. Simplemente hizo su película y captó, sin quererlo, algo del clima de su época. El cine tiene eso. Es un arte colectivo, detalle que a veces olvidamos por culpa de los muchachos de Cahiers du Cinéma, y lo que se suele llamar “magia” no es solamente la del mago Georges Méliès, la magia de los efectos especiales. Es una magia más profunda. Es magia de verdad, no es ilusionismo.

Entonces tenemos al terror de los años ’50 que reflejaba la paranoia de la guerra nuclear y del comunismo. No creo que (y no importa si) Don Siegel (director) o Jack Finney (autor de la novela) quisieran parodiar a o alertar sobre la amenaza comunista. Pero Los usurpadores de cuerpos es una fábula perfecta sobre cómo tu amigo o tu pariente de pronto puede ser cooptado y transformado en un ser sin alma. Cualquiera que haya perdido amigos o parientes abducidos por la locura kirchnerista va a sentir ecos familiares en esa vieja película clase B.

Es sabido que la elección de Duane Jones como protagonista de La noche de los muertos vivientes fue totalmente fortuita. George Romero no buscaba a un actor negro para su película, pero en el casting se encontró con él y consideró que era el mejor para el papel. Una decisión valiente para la época y más por el final: luego de sobrevivir al ataque zombie, el protagonista es asesinado por una bala policial. La película estrenó seis meses después del asesinato de Martin Luther King, Jr., pero el rodaje había terminado antes. Romero siempre dijo que el asesinato de su protagonista negro no fue una referencia al de King. Pero, otra vez, algo había dando vueltas.

Hay mil ejemplos como estos. La escena de La cosa, de John Carpenter, en la que los personajes se sacan sangre para ver cuál de ellos está infectado puede ser leída como un comentario sobre la epidemia de HIV y la paranoia, aunque la película se empezó a filmar en 1981, cuando los diarios recién hablaban de “un raro cáncer que afecta a homosexuales”.

 

Duane Jones en “La noche de los muertos vivientes”

 

Hago este racconto veloz y superficial para pensar en el cine de terror de hoy. Cuando hablé de X, de Ti West, hace unos meses, comenté la gran escena de la última Scream en la que la protagonista dice que le gusta el “terror elevado” y menciona The BabadookIt Follows y Hereditary. Dije en ese momento que podría haber mencionado Get Out.

Ahora salió la nueva película de Jordan Peele, el director de Get Out. Es la tercera (la segunda fue Us) y se llama Nope. Está en cines y se puede conseguir si se dan maña con los torrentsNope sigue en la línea de las dos películas anteriores: una trama que hace énfasis en la originalidad y las referencias a la negritud.

Empieza bien con la ironía de que el protagonista (Daniel Kaluuya) se llame OJ. Un personaje (blanco, claro) se sorprende al principio: “¿Te llamás OJ?”. Él confiesa, con cierto hastío, que es por Otis Junior. Su trabajo es el de entrenador de caballos para rodajes. Su hermana Emerald (Keke Palmer) es bastante más extrovertida y lanza el speech: la primera película, que fue apenas una sucesión de fotografías, la hizo Eadweard Muybridge en 1878. Era la imagen de un caballo galopando con un jinete negro. Es decir que la primera estrella de cine fue un negro, ancestro de OJ y de Em, según ellos.

Ese comienzo ya setea el ánimo general. Después hay un ataque extraterrestre y cierta crítica a la explotación animal en el mundo del espectáculo. La mejor escena es la del flashback con el chimpancé. ¿Busca Peele cierto paralelismo entre la explotación animal y la de las minorías? No queda del todo claro, y tampoco está claro hasta qué punto hay un paralelismo entre el extraterrestre y los animales. Pareciera también que hay cierta justificación de la violencia. Cuando el chimpancé es derribado, nos da lástima. Solo se defendió. ¿Un endorsement a Black Lives Matter?

Pero todas estas cuestiones, que podemos discutir y en un punto están buenas para hacerlo y enriquecen la película, están colocadas cuidadosamente para eso. No tienen nada que ver con Caligari o con Los usurpadores de cuerpos o los zombies de Romero. Jordan Peele no cuenta lo que le sale de las tripas sino que capta con ingenio lo que anda dando vueltas y lo convierte en objeto cultural. No capta el Zeitgeist, se nutre de él. Es una película ex post.

Me hizo acordar a otra tercera película de otro director nacido en los ’70: Men, de Alex Garland. Igual que la primera de Peele, la primera de Garland, Ex Machina, me gustó. Un poco más, debo confesar (soy blanco, después de todo, perdón, aunque también judío, espero que eso me de cierto changüí). Pero Men, aunque igual que Nope está muy bien filmada y tiene grandes momentos e imágenes que me quedaron grabadas, también igual que Nope está pensada ex post. En el caso de Men se trata del otro gran tema contemporáneo junto con la negritud: la violencia de género.

Harper (Jessie Buckley) es una mujer que se va a descansar a una casa en el campo después de un suceso traumático: el suicidio de su novio, que además la maltrataba. En ese lugar solitario, cada hombre con el que se cruza parece una amenaza. Desde el casero hasta el barman del único bar o los parroquianos, el cura o el policía del pueblo. Para que la idea quede más clara, a todos esos hombres los interpreta el mismo actor, Rory Kinnear. ¡Todos los hombres son iguales!, dice Men, aunque como está escrita y dirigida por un hombre, más bien dice “somos”.

Tanto Garland como Peele tienen talento. Son buenos. Filman bien y tienen ideas. Algunas mejores que otras, pero eso no es tan importante. El problema principal es que están demasiado pendientes de lo que hay que decir. No tienen fe en la magia del cine, en que aun si no explicitan sus ideas ellas van a estar, inevitablemente.

Recuerdo el prólogo de Borges a su segundo libro, Luna de enfrente, en las obras completas: “Hacia 1905, Herman Bahr decidió: «El único deber, ser moderno». Veintitantos años después, yo me impuse también esa obligación del todo superflua. Ser moderno es ser contemporáneo, ser actual: todos fatalmente lo somos. Nadie –fuera de cierto aventurero que soñó Wells– ha descubierto el arte de vivir en el futuro o en el pasado. No hay obra que no sea de su tiempo”.

 

Daniel Kaluuya en “Nope”

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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