Relación de ideas

#13 | Luces y sombras del mundo editorial

'El enigma del oficio', de Guillermo Schavelzon, es un libro fascinante y entretenido, aunque con algún dejo de incomodidad.

Llegó a mis manos El enigma del oficio, las memorias del agente literario Guillermo Schavelzon publicadas por Ediciones Ampersand, y en mis manos quedó hasta terminar la última página. Me gusta mucho el mundo de los libros y especialmente su lado B, el backstage de editores y escritores, y estos recuerdos parecían estar escritos especialmente para mi deleite. No pude abandonar la lectura hasta el final y durante un buen rato lo disfruté, hasta que cierto tono y algunos errores y omisiones importantes me hicieron ruido y me dejaron un malestar sostenido. Intentaré explicarme.

Después de una exitosa carrera como editor en Argentina, México y España, Schavelzon se convirtió en agente literario, probablemente el más conocido y exitoso de nuestras letras, aunque su radio de acción es claramente internacional. Comenzó en la década del ’60 como empleado multitasking del legendario Jorge Álvarez, a quien dedica su apasionante primer capítulo. Álvarez es casi un personaje de ficción: un irresponsable mitómano, pero, al mismo tiempo, un generador de hechos, desde las ediciones de Mafalda y otros éxitos tremendos, hasta su conversión al mundo de la música, creando el sello Mandioca, en el cual se grabaron los primeros discos del rock nacional, como los de Manal, Tanguito y Moris. Álvarez ganó mucha plata y murió en la miseria, viviendo siempre sin hacer cuentas y gastando sin ningún tipo de control. Según Schavelzon (y cualquiera que lo haya conocido), Álvarez jamás pagó un impuesto y fue dejando un tendal de deudas a medida que cambiaba de país y de profesión.

Mientras leía, pensaba que era un personaje que merecía un libro propio. Fue por el propio Schavelzon en estas páginas que me enteré de una autobiografía suya publicada por Libros del Zorzal en 2013 (Memorias), libro que leeré inmediatamente. Según Schavelzon, Álvarez allí no cuenta su vida como fue sino como le hubiera gustado que fuera: “una excelente recreación”, dice.

Casi todos los capítulos encabezan su título con un gran nombre: desde los previsibles Cortázar, Saer y Piglia hasta Lanata, Quino y Maradona, pasando por Roa Bastos, Beatriz Guido y hasta Paul Bowles. Como Schavelzon es un señor de más de 80 años y lleva seis décadas en el negocio, ha visto a muchos de sus retratados en su esplendor y también, tiempo mediante, en su decadencia física y, en algunos casos, espiritual. Hay una sucesión un poco chocante de almuerzos, cenas y sobremesas en buenos y peores restaurantes de todo el mundo, alternada por una serie de descripciones detalladas de enfermedades típicas de la última parte de nuestras vidas, como cáncer, leucemia, Alzheimer y diversas depresiones. Esto le da un tono grave a buena parte del libro que se contrapone con lo chispeante de las secciones más “chismosas”. Schavelzon cuenta bien, es directo y se piensa a sí mismo como alguien del mundo del libro, pero con la conciencia de no ser escritor: con buen tino, elude la floritura literaria y narra. No hay capítulos prescindibles o tediosos (salvo uno, muy empalagoso, sobre la mexicana Elena Poniatowska, de la cual se elude mencionar un famoso blooper).

Mencionados los nombres que alcanzaron la fama fuera del mundo de los libros, como Jorge Lanata, Diego Maradona y Jorge Guinzburg, hay que decir que el autor habla bien de ellos, con respeto personal y generosidad. Sin embargo, un detalle empaña los relatos. En el capítulo dedicado al famoso humorista y conductor de televisión, Jorge Guinzburg, y contando una anécdota que lo pinta como una persona seria y noble, dice que “sin ningún aviso y mucho antes de tiempo, murió de un paro cardíaco”. El popular humorista, como es bien sabido, murió de un cáncer de pulmón. Si bien nunca quiso revelar ese diagnóstico en público, el dato era conocido y figura en la nunca demasiado ponderada Wikipedia, de la cual en estas páginas somos amigos. El error es revelador de cierto descuido, por supuesto (que incluye a sus editores, claro) pero, sobre todo, de cierta distancia, que la amabilidad y el respeto no alcanzan para zanjar, entre el mundo literario y el mundo de la televisión.

En el simpático capítulo sobre el gran escritor norteamericano instalado en Tánger, Paul Bowles, Schavelzon cuenta que, apremiado económicamente por la internación de su mujer, Jane Bowles, el escritor aceptó escribir una autobiografía que tituló Without Stopping (Sin parar). Su amigo y asiduo visitante en Tánger, William Burroughs, decía que debería haberse llamado Without Telling, ya que no contaba demasiado. (Burroughs, que había matado a su esposa jugando a Guillermo Tell, podría haber sido un poco más comedido en la forma en que consideraba cómo otros cuidaban de sus esposas, pero ése es otro tema).

El libro de memorias de Schavelzon, El enigma del oficio, no es exactamente Without Telling pero elige cuidadosamente qué contar. Lo que no aparece en sus memorias es el episodio del Premio Planeta de 1997, que estaba a su cargo, y que fue destinado a Plata quemada, de Ricardo Piglia. Otro finalista del premio, Gustavo Nielsen, ganó un juicio porque logró demostrar que el premio estaba direccionado hacia Piglia y que la edición de la novela estaba asegurada desde antes. Schavelzon no menciona el tema (que, según la leyenda, le significó nada menos que alejarse de su trabajo editorial para convertirse en agente, entre otros escritores, del propio Ricardo Piglia) pero hace un par de cosas que resaltan esa ausencia. Una es tocar el tema de los premios literarios y revelar que Federico Andahazi casi gana el premio Planeta por la afamada y exitosa novela histórica El anatomista, pero que unos días antes fue galardonada con el Premio Fortabat. Acuciado por la falta de respuestas editoriales a su primera novela, Andahazi la había presentado en todos los concursos posibles, aunque las bases de cada uno de ellos intentaban prohibir esa pluralidad. Es riesgoso y casi psicoanalítico tocar el tema de los premios y hacer revelaciones sobre ellos cuando se oculta su rol no muy claro en uno de ellos. La otra es hacer una mención en el capítulo dedicado a Héctor Tizón sobre un “triste episodio que Ricardo Piglia tuvo que atravesar, motivado por venganzas políticas muy rastreras”. Nada más. Si hay un relato sobre este hecho que ponga a Schavelzon, Planeta y a Piglia en un mejor lugar, no se va a encontrar en este libro.

Por último, El enigma del oficio refleja muy bien de manera indirecta la relación amistosa y condescendiente que el mundo de la literatura ha tenido con la dictadura cubana. Con honestidad, Schavelzon cuenta el fracaso de una gestión en los últimos tiempos por encontrar nuevos escritores cubanos. Por un lado, le resulta imposible gestionar las formalidades: por necesidad, la mayoría vendió sus derechos por algunos pocos centenares de dólares a editores aventureros de Europa que aprovechan la situación precaria de los artistas cubanos. Por el otro, la creatividad artística no aparece: no hay una nueva explosión estética en la Isla. Lo que no aparece en el libro es la relación de los problemas de la literatura de Cuba con la falta de libertad, como si éste no fuera un problema relevante para un escritor. No se menciona a Reynaldo Arenas y en una lista de escritores cubanos que Schavelzon admira no hay lugar para Guillermo Cabrera Infante. Tampoco se menciona en todo el libro a Mario Vargas Llosa, el primer escritor latinoamericano que, escandalizado por el caso Padilla, tomó distancia con el régimen. En otros capítulos se analiza el clasismo inherente a la sociedad chilena o se explica con detalle el riesgo de vivir en una dictadura de derecha, como sufrió la Argentina. Cuba, en cambio, es vista como un país amigo, mal administrado, con funcionarios torpes que controlan, pero que no pueden ofrecer a sus ciudadanos cuidados mínimos. Es eso, pero hay algo más que en el libro no aparece.

Me detuve en los malestares que el libro me provocó, pero creo que aun con sus limitaciones y sus zonas ocultas, El enigma del oficio es un libro que hay que leer, por lo que cuenta y por lo que se le escapa al autor. Schavelzon vivió una vida extraordinaria y ha cultivado una experticia de excelencia en la industria editorial. Son acaso las limitaciones de ese mundo las que determinan las carencias del libro.

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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