Partes del aire

#12 | Tiempos valientes

¿Pueden las películas reflejar su época? Claro que pueden, incluso cuando tratan de evitarlo.

Diecisiete años después de su estreno, el otro día vi en Netflix Tiempo de valientes, la segunda película de Damián Szifron, en la que Diego Peretti y Luis Luque hacen una pareja improbable de detectives que desbaratan una banda corrupta de agentes de inteligencia. La película me gustó mucho, me hizo reír, me dio vértigo (literal: me cosquillearon los pies en la escena de Peretti asomado al precipicio) y, aunque seguramente no era su propósito, porque está hecha para entretener y respetar con profesionalismo los géneros con los que se mete –sobre todo, las buddy-movies hollywoodenses–, me hizo pensar en varias cosas.

No me hizo pensar con nostalgia en una supuesta edad de oro del cine o la industria cultural argentina, porque me acuerdo bien de que Tiempo de valientes fue más una excepción que un ejemplo de las películas que se producían en ese momento, más autorales, intelectuales e intimistas, muchas sobre los efectos de la crisis de 2001, en la senda del Nuevo Cine Argentino iniciado en los ‘90 pero, salvo unas pocas, sin la energía y la frescura de los ejemplos originales. Szifron, que venía de hacer Los simuladores y una primera película simpática, El fondo del mar, era una especie de marciano gringo en un panorama generacional con más influencias europeas. O sea que, si soy honesto conmigo mismo, y aunque la nostalgia siempre es tentadora, difícilmente pueda ser éste un buen caso.

Más me hizo pensar la película en algo sobre lo que ya reflexioné en este consultorio epistolar, que es la terrible visión que teníamos los argentinos sobre nuestro Estado a fines de los ‘90 y a principios de este siglo. Es decir, antes de que aquel escepticismo generalizado fuera reemplazado por la grieta, que puede tener sus problemas pero al menos genera una sociedad de creyentes, no de cínicos. En aquellos años existía la creencia generalizada de que había un poder profundo y permanente, mucho más poderoso que el Estado y los gobiernos, encarnado en una especie de mal absoluto capaz de los peores crímenes. Se podía, por ejemplo, decir que Duhalde era un capo narco y a nadie se lo movía un músculo. Cuando ocurrió el atentado a la AMIA, la primera hipótesis de la oposición y el periodismo fue que el gobierno de Menem estaba involucrado directamente. Al día siguiente de que asesinaron a José Luis Cabezas, el consenso instantáneo fue que a Duhalde “le habían tirado un muerto”.

La clase media, al rescate de la Argentina.

Esa es la visión del país que recoge Tiempo de valientes, estrenada en 2005, y que se expresa en una escena donde Peretti amenaza al malísimo, corrupto y asesino jefe de inteligencia y el tipo le responde: “Pibe, yo puse y saqué presidentes”. Como diciendo, no sabés con quién te estás metiendo, en este país la justicia no existe. Igual al final el tipo termina detenido por una armada brancaleone de policías porteños y panzones, porque la película, fiel a su género, necesitaba un final feliz. Pero esa idea, en la hora y media anterior, estaba muy presente: el poder no estaba en la política o en los gobiernos, estaba en otro lado. No teníamos pruebas, pero tampoco teníamos dudas.

Mi impresión es que esa visión ha perdido fuerza, por dos motivos. Uno es el que ya mencioné: aquel clima de desencanto, hospitalario al “que se vayan todos”, fue reemplazado por la iluminación política de un tercio de la población gracias al kirchnerismo y, después, con la clase media que creyó (y, en mi opinión, sigue creyendo) en Cambiemos. Para hacer una comparación contemporánea, El reino (Netflix), la serie de Piñeyro y Piñeiro que perfectamente podría haber abrazado aquella mirada sobre los poderes profundos, enfoca sus villanos con más precisión: por un lado, la Iglesia Evangélica y, por otro, un partido político que parece una caricatura del PRO con su propio monje negro en el personaje de Joaquín Furriel, que hace una versión vampírica de Marcos Peña. Lo que quiero decir es que, según El reino, el país no está capturado por los “sótanos del poder” sino, más sencillamente, por “la derecha”, que es algo a lo que se puede derrotar y reemplazar.

El otro motivo es aún más dudoso: creo que si en algún momento fue certero aquel diagnóstico sobre un país dominado por intereses oscuros (siempre me pareció exagerado, pero supongamos), ahora lo es menos. Ni la AFI tiene el poder que tenía cuando se llamaba SIDE ni Comodoro Py parece estar tan cautivo políticamente como lo estaba en la época de la servilleta de Corach o el iPhone de Javier Fernández. Las policías Federal y Bonaerense, con sus más y sus menos, parecen mucho mejor encuadradas bajo el poder civil que hace 15 o 20 años, los de la “Maldita Policía”. Nadie se anima a decir esto –que algunas cosas, sin ser perfectas, han mejorado–, por miedo a quedar como un boludo o un ingenuo, pero bueno, perdí ese miedo hace tiempo. Además, vi el documental sobre el caso Nisman, también en Netflix, donde tuve una revelación. Hasta ese momento pensaba que Antonio Stiuso era un genio del mal, una mente terrorífica pero brillante. Después del documental, donde aparece entrevistado largamente, me di cuenta de que Stiuso era un chanta argentino más, un buscavidas de la mezquindad, ni tan genio ni tan demoníaco.

De 2005 a 2014: otro Szifron, otro país

En lo último en lo que me hizo pensar Tiempo de valientes es en Relatos salvajes, la siguiente película de Szifron, que le llevó nueve años de preparación mientras se decía que aquella joven estrella del cine y la televisión estaba bloqueada, encerrada y había perdido la inspiración. En cualquier caso, el Szifron que salió de aquel retiro involuntario en 2014 fue un Szifron más oscuro, menos alegre y también, como el anterior, intoxicado por el clima social. Cuando se estrenó Relatos salvajes hubo un gran debate sobre si era una película kirchnerista. Una respuesta que me gusta es la de Martín Rodríguez, que dice que la película no es kirchnerista pero hace kirchnerismo, con una explicación muy elocuente sobre la pasión política dominante en aquellos años. La película, escribe Martín, hace kirchnerismo porque “no quiere un mundo feliz, quiere una infelicidad asumida”.

Es cierto que entre 2005 y 2014 el país había pasado de la hegemonía cultural progresista a la hegemonía cultural del kirchnerismo. Por eso no sé si la película es kirchnerista, pero seguro, como Tiempo de valientes, respiraba el clima de su época. En el Szifron de 2005, los que salvaban al país eran los personajes de clase media (uno decididamente burgués, como Peretti), incorruptibles y comprometidos. En el de 2014, todos los villanos o despreciables son de la clase media cosmopolita a la que el segundo kirchnerismo había elegido odiar, desde Leo Sbaraglia manejando hacia Cafayate a Oscar Martínez encubriendo a su hijo en su casona de San Isidro a los novios que se casan a todo culo y transforman su casamiento en un festival de crueldad y humillación. En Tiempo de valientes los valores de la clase media luchaban contra (y le ganaban) al poder oculto enquistado en el Estado. En Relatos, esa clase media cosmopolita (¡tilinga!) era la causa de que viviéramos en aquel clima de mierda.

Me despido con una reflexión sobre si una fuerza política exitosa necesita derramar sus valores sobre la producción cultural de la época. Era una pregunta que nos hacían todo el tiempo cuándo estábamos en el gobierno, generalmente en tono de crítica: ¿por qué Cambiemos no hace un esfuerzo mayor por imponer en la sociedad un relato distinto al del kirchnerismo? Nosotros contestábamos que los relatos de una época, de las películas a la TV, la web y la literatura, los tiene que construir la sociedad, no debe impulsarlos un partido político y mucho menos el Gobierno: ésa es una de las cosas que vinimos a cambiar. Eso decíamos. Con el tiempo, más viejo y en el llano, puedo matizar esta respuesta diciendo esto: mantengo que no debe ser una tarea de un Gobierno (nunca jamás la gronchada de hacer una Néstor, la película, de Paula de Luque), pero sí creo que uno de los terrenos de la política es la disputa por el sentido común de la sociedad, por las cosas que la gente piensa aún sin darse cuenta de que las está pensando. Como Szifron, por ejemplo, que sin intenciones abiertas de bajar línea estaba, en 2005 y en 2014, propagando valores dominantes. Y, más humildemente, con menos éxito comercial, como Seúl, que también vino a dar su pelea simbólica.

Nos vemos dentro de dos semanas.

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Autor de Golden Boys (2007) y Cambiamos (2016), entre otros libros.

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