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#11 | Como un western sin los caballos

'Buena suerte Leo Grande' es una película sobre sexo sin sexo. 'Vení que te llevo', en cambio, sin ser sobre sexo lo muestra con naturalidad, y eso la hace libre.

A todos aquellos que desprecian la crítica de cine (por momentos yo mismo) me gusta mostrarles el texto de Norman Mailer sobre Último tango en París. Lo publicó en 1973 en The New York Review of Books (se consigue en castellano en el volumen de ensayos Fuera de la ley, editado por Emecé). Aunque releyéndolo ahora creo que peca un poco de contrera, mal muchas veces inevitable en la crítica de cine, es un texto extraordinario. En primer lugar, por lo único por lo que un texto puede ser calificado de extraordinario: por lo bien escrito que está. “Pagar nuestros cinco dólares y entrar a la sala llena del Translux para la función nocturna de Último tango en París nos recuerda otra vez que el planeta está en un estado de pululación”, empieza Mailer. No cualquiera. Gran palabra pullulation, por otra parte.

Cuando digo que peca de contrera me refiero a que es un texto escrito más que contra la película, contra sus devotos, contra ese público pululante de boludos esnobs que fueron al cine a ver una película “fuerte” y también contra la crítica del New Yorker que la elogió tanto, la insigne Pauline Kael, a quien llama “Lady Vinegar”. Pero gracias a ese gesto medio caprichoso descubre algo fundamental: si bien la película corre los límites del cine no pornográfico en cuanto al sexo, termina sin dar el último paso, tan fundamental como imposible. “No ha habido ninguna toma de Brando penetrando a Schneider –escribe Mailer–, y como el público ha estado observando con el sobrecogimiento sombrío que uno sentiría en la primera fila de una mesa de operaciones, es como ver una operación sin la entrada del escalpelo”.

Y después dice la frase más famosa, reproducida mil veces, que yo leí mucho antes de haber leído el texto completo y que fue una revelación: “Nos dieron una película de coger sin la cogida. Es como un western sin los caballos”.

María Schneider y Marlon Brando en ‘Último tango en París’.

Pensé en esta frase de Mailer cuando terminé de ver Buena suerte Leo Grande (estrena en cines el 4 de agosto, pero ya se consigue por canales non sanctos). La película transcurre casi toda en una habitación de hotel, durante cuatro encuentros entre Nancy (Emma Thompson), una maestra jubilada y viuda, y Leo Grande (Daryl McCormack), un escort. Nancy nunca tuvo un orgasmo, la vida sexual con su difunto esposo era desgraciada e infeliz, y luego de vencer el temor y la vergüenza se decide a contratar los servicios de un joven y atractivo escort para hacer todas esas cosas que dicen que están buenas y ella nunca hizo. Y, en el mejor de los casos, acabar de una vez por todas, aunque no lo cree posible.

Aunque evidentemente teatral (imagino una versión local en el Maipo con Mercedes Morán y el Chino Darín), el planteo, los personajes y los diálogos sinceros y explícitos son interesantes. Ella le cuenta a él su situación, él la contiene, la tranquiliza, la toca, ella se retrae, se tensiona, charlan, hacen chistes, ella se relaja, se besan… corte a la ventana del hotel y el sonido en off del sexo unos segundos, y corte nuevamente al siguiente encuentro, en el que ella desbloqueó un nivel de pudor y tiene que conquistar un nuevo objetivo (sexo oral, por ejemplo).

Esto es peor que “una película de coger sin la cogida”, porque no se trata simplemente de una promesa incumplida sino de una obligación: la película escamotea lo que nos vino a contar. A pesar de ese ánimo desprejuiciado, que incluye un desnudo frontal de Emma Thompson a sus 63 años (lo menciono porque está puesto para ser mencionado), la película no se anima a mostrar todo eso que dice con palabras y una actitud de “mirá lo que te digo”.

Daryl McCormack y Emma Thompson en ‘Buena suerte Leo Grande’.

¡Qué diferente es Viens je t’emmène, de Alain Guiraudie! Su título fue traducido al castellano en el catálogo del BAFICI (fue la película de cierre) como Vení que te llevo, que es mucho mejor que el título internacional en inglés, Nobody’s Hero (Héroe de nadie), y me hace acordar a Sandro.

El protagonista Médéric (Jean-Charles Clichet), un solitario programador de computadoras, se engancha con la prostituta veterana Isadora (Noémie Lvovsky). No diría que se enamora, al menos no al principio, pero hay algo más que sexo. Un metejón. El problema es que Isadora está casada con un hombre muy celoso que la tiene vigilada con el gps del celular. En la otra línea argumental está Selim (Ilies Kadri), un joven homeless árabe que le pide albergue a Médéric y de quien los vecinos y el propio Méderic empiezan a sospechar que puede ser el autor del atentado terrorista en la plaza principal de la ciudad.

Vení que te llevo es una comedia de enredos en la que aunque el sexo no juega un papel principal como en Buena suerte Leo Grande, sí está mostrado con desparpajo y naturalidad, innecesario como las mejores cosas, y le da a la película un aire de libertad y frescura que le sienta muy bien al género de vodevil picaresco. Guiraudie no habla: hace. No explica: muestra. Y la desnudez de Noémie Lvovsky (57 años) no es una proclama como la de Emma Thompson, no está reservada a una escena “importante” al final para que todo el mundo hable de ella y diga “qué actriz comprometida y jugada que es Emma Thompson”, está mostrada con la espontaneidad de quien sabe que no es necesario aclarar que se puede ser sexy a los 60.

Nos vemos en quince días.

 

Jean-Charles Clichet y Noémie Lvovsky en ‘Vení que te llevo’.

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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