PATRICIA BRECCIA
Mucho texto

#1 | Un auto roto, una espía y todo un encadenamiento

Todo lo que a los intelectuales kirchneristas les llevó años construir a fuerza de neologismos, lo agarra Milei, lo traga, lo mastica y lo devuelve devaluado.

Hola. Otro día vamos a hablar de los saludos, porque se supone que los newsletters, al tener el formato de una carta, deben incluirlos al principio y al final. Por ahora dejo un hola y paso a presentar Mucho texto, con el que nos encontraremos martes de por medio y empezará con una digresión sobre el género gramatical del formato. Si traducimos newsletter literalmente como “carta de novedades”, el sustantivo sería femenino –ese es el uso extendido en España– pero en Argentina es más común el masculino. Sin pensarlo y de manera espontánea, que es como habitamos el lenguaje, nos sale mayoritariamente en masculino y así se quedará por acá.

Mucho texto estará hecho de comentarios a partir de un tema central que es a la vez mi actividad preferida: la lectura. Voy a compartir apuntes sobre lo que leo. Notas al pie, datos inservibles, historias sobre escritores, palabras sobre palabras, libros, comentarios sobre lo que se dice y cómo se dice en los medios, en las redes o en las paredes (como aquel grafiti que vi hace años: TAPIAL PUTO. Haiku mínimo a lo argentino).

Esto nació de Twitter. Hace años que estoy en la red con distintas cuentas y durante mucho tiempo he entrado casi exclusivamente a leer. Me gustó desde el principio esa cosa explosiva de un microrrelato tras otro: humor, inteligencia, síntesis que no se encontraba en ningún otro lado. Era un buen género pero dejó de serlo.

Hace unos meses, con la partida de @MatiildaxD (morrudita tirando a chancho), hubo cierta nostalgia de tiempos mejores y durante unos días se replicaron sus tuits: un compendio de lo mejor pre-Elon Musk y, de paso, un resumen de los últimos 15 años de la Argentina sobre los que está bueno volver cada tanto, cuando te aburrís de scrollear sin sorpresa. Y para colmo ahora se llama X. Me costó acostumbrarme en su momento al salto desde los 140 caracteres a los 280 y hoy me pasa algo similar con esos textos largos que deben desplegarse hacia abajo como si fueran un origami. Independientemente de la calidad de su contenido, me cuesta leerlos.
La forma, definitivamente, es importante.

Todo esto para decir que hay cosas sobre las que me veo tentada a tuitear y después digo no sería muy largo mejor lo dejo y lo anoto por acá (esto es un intento de la muy millennial escritura de corrido y sin signos de puntuación pero soy Generación X, no hay nada que hacerle), por eso, cuando los editores de Seúl me invitaron a escribir un newsletter, me vino a la cabeza la imagen de esos textos que se parecen más a una columna que a un tuit: ¡mucho texto!

Leo sin método ni disciplina. Desprolijo y fragmentado. Así serán estas líneas.

Qué horrible nos resulta el todo.
–Thomas Bernhard

Elementos guardados
Primero, un par de cosas que me quedaron anotadas de febrero. A principios de mes estuve por Buenos Aires (me van a disculpar pero no estoy dispuesta a decirle CABA, ¿se dieron cuenta de lo lindo que es el nombre que les tocó y lo van a cambiar por una sigla?) en medio de la ola de calor, esa bestial de 40 grados. Fui no una sino dos veces. No voy a contar que se me rompió la caja de cambios en el peaje de Estación Campana, que la grúa hasta mi casa tenía una demora de seis horas y decidí dejarlo en un taller en La Boca en manos de un mecánico rockero con un pasado como DJ, que me tomé el Chevallier y que tres días después me tomé otro para volver a buscar el Aveo que se está mereciendo un retiro digno y que ahora estoy en el intento kafkiano de comprar un auto un poco más nuevo en Argentina sin vender ningún órgano. Para que el golpe económico del arreglo no fuera tan fuerte aproveché a pactar una entrevista en una de las mejores librerías de la ciudad cuyo pago servirá para reponer lo que fue a manos del rockero. A la caja de cambios la vamos a llamar “Helena de Buenos Aires”.

Está en el microcentro, en Esmeralda 882, y es un gran lugar no sólo para encontrar libros sino para pasar el rato charlando con la dueña, Elena Padin Olinik. No es una librería de usados, es una librería anticuario con primeras ediciones, mapas, joyitas con tapa dura, lomos con relieve, las hojas amarillas, una dedicatoria, la firma del autor o anotaciones de un lector lejano que dejó ahí su marca personal. Hay cosas caras pero también de las otras: libros por mil, dos o tres mil pesos. Después de transferirle al mecánico rockero de La Boca no me quedaba mucho margen para las rarezas y me incliné por uno de los baratos, esas cosas que no sabés que querías hasta que te las encontrás: Cómo fue la vida amorosa de Rosas. No me pude resistir al clickbait.

Editado por Plus Ultra y escrito por un tal Rafael Pineda Yáñez, un libro de 1972 que en el prólogo se vuelve prometedor porque dice que es una reversión de La manceba de Rosas, escrito por el mismo autor en 1932.

El genio acá es el director de la colección, Armando Alonso Piñeiro, historiador, que fue convocando a distintos colaboradores para armar un catálogo de títulos gancheros que empiezan con alguna de las 5W del periodismo:

  • Cómo fueron las relaciones argentino-norteamericanas
  • Qué hicieron los agentes secretos en el Río de La Plata
  • Cómo fue la inmigración judía a la Argentina
  • Qué fue el carlotismo
  • Cómo fue el conflicto entre los jesuitas y Rosas

El libro es una mezcla curiosa. Hay algo de ese revisionismo histórico que surgió en el caldo espeso de los nacionalismos de los años ‘30, un trabajo de fiscalización sobre la historiografía del siglo anterior que incluyó el cuestionamiento del panteón de héroes nacionales. ¿El resultado? Rosas debía ser reivindicado e incluido como prócer nacional a pesar de –o gracias a– sus “excesos”. Pineda Yáñez lo hace y le agrega un condimento extra. Precursor de los ochentosos chismes de alcoba a lo Dolina en la radio o de los desmontadores de mitos en la TV en los ‘90, está empeñado en “humanizar el bronce” a fuerza de intrigas, sexo y traiciones.

El problema con estos libros es que los compro, los leo en el viaje de vuelta y después los dejo, a menos que los use para escribir una nota (uno de los efectos secundarios de haber dejado que la lectura ya no sea puro gasto inútil sino parte de un trabajo).

Me distraigo con las anotaciones del lector anterior, busco sus subrayados y me salteo lo demás, googleo al autor y al editor y a poco de andar lo abandono. Antes de hacerlo, hojeo hasta el final sólo para comprobar que aquel lector desconocido hizo lo mismo que yo y me pregunto si, en la propia biografía lectora, estos libros se cuentan entre los leídos o los no leídos.

Menciones
Cuando el lenguaje inclusivo se había desvanecido en lento y agónico fade out, llegó el Gobierno para resucitarlo. Por unos días se agitó levemente, boqueó en un último estertor y volvió a donde estaba. La intrascendencia.

Ya escribí lo que pienso sobre la lengua –impersonal, anónima, arbitraria, no modificable a voluntad– y los usos políticos del lenguaje en una de mis primeras notas en Seúl: «‘Todes’ nunca es todos». No voy a insistir pero sí recordar algo:

En la Argentina actual, el lenguaje inclusivo opera como una marca de pertenencia, un santo y seña discursivo. Es un discurso político que, agazapado tras el “inclusivo”, intenta borrar el carácter adversativo que tiene: quien no lo usa es un otro negativo.

Era 2021. Pues bien, el péndulo llevó el poder para el otro lado y los que lo ejercen ahora decidieron correr a sus adversarios también con el discurso pero con otros métodos. ¿Se acuerdan de los gauchos que corrieron a los veganos en La Rural?

El kirchnerismo en el poder se dedicó a armar una compleja maquinaria: “todo un encadenamiento, un modelo discursivo-decisional”, y fue bastante efectivo. O por lo menos lo parecía hasta ahora que llegó Milei.

Milei también usa las palabras para demarcar la frontera entre amigos y enemigos, pero lo hace a los rebencazos. Todo lo que a los intelectuales kirchneristas les llevó años construir a fuerza de neologismos, lo agarra Milei, lo traga, lo mastica y lo devuelve devaluado. ¿Todo es más complejo? No parece. A los papers y comunicados y declaraciones los simplifica en una o dos palabras y, a la vez, los ridiculiza. Un movimiento social con perspectiva de género es un tongo, un representante del pueblo es una rata, los referentes políticos o sindicales son la casta, un artista nacional y popular es un parásito, un dispositivo de transversalización de saberes es un curro. Es como si cada mañana se levantara buscando un vegano nuevo como objetivo: cada día un rebencazo. Definitivamente, estamos frente a un diferente tipo de encadenamiento.

Favoritos
Desde hace unas semanas, por un trabajo, estoy leyendo por primera vez a Elena Garro. Había leído varias cosas biográficas sobre ella y el personaje no puede ser más fascinante. Esposa de Octavio Paz durante más de 20 años, uno de los grandes amores de Bioy Casares, bailarina, escritora, acusada de trabajar para la CIA, de ser espía, de tener conexiones con el asesino de JFK, Lee Harvey Oswald, de colaborar con el PRI, de estar más loca que una cabra y arrastrar en su delirio a su hija. Desde hace un tiempo, se construyó una imagen de Elena Garro como víctima del patriarcado en general y de Octavio Paz en particular, empezaron los desagravios y las reivindicaciones para ella y las acusaciones y agravios para él. Se metieron entre las sábanas y ya no se habló más de literatura.

Incluso hay un libro de 2005, escrito por una académica mexicana de nombre Patricia Rosas Lopátegui, cuyo título no deja dudas sobre el tono de las 1.091 páginas que siguen: El asesinato de Elena Garro. Aunque murió en 1998, unos meses después que su ex marido y tras 40 años de divorciados, la autora del libro dice que Octavio Paz asesinó a Elena Garro el día en que se casó con ella. Porque se dedicó a “invisibilizarla”, esa es su tesis.

Es cierto que Elena Garro tuvo un largo período de ostracismo y eso tuvo que ver con un hecho mucho menos personal que un marido posesivo: la masacre de Tlatelolco del 2 de octubre de 1968, que ocurrió nueve años después de su divorcio. El tema es un rompecabezas político y diplomático que se está intentando armar aún hoy en día y que involucra a la CIA, al servicio de inteligencia mexicano, denuncias de espionaje y colaboraciones con el PRI más una guerra de acusaciones con los intelectuales de izquierda: los señaló como instigadores y los acusó de llevar “a los estudiantes a promover la agitación y el derramamiento de sangre”. No se lo perdonaron. Hasta su muerte, Elena Garro sostuvo que su desprestigio entre la intelectualidad mexicana de izquierda fue a causa de una campaña ideada por su ex marido, su “único enemigo”, y sin embargo le habían hecho la cruz sin la ayuda de Octavio Paz y pasó a ser una escritora maldita, la espía.

Hay dos lugares comunes para hablar de los escritores y lo que escriben. Uno dice “hay que separar al autor de su obra” y el otro, “no se puede separar al autor de su obra”. No estoy de acuerdo con ninguno, aunque en realidad sí con el segundo pero por razones diferentes.

El sentido más extendido es juzgar la obra por lo que el escritor piensa o hace: si un autor hizo cosas condenables su obra pierde valor y, al revés, lo gana si es buena gente. El argumento no resiste análisis.

Y sin embargo yo tampoco puedo separar a los autores de su obra pero no se trata de simpatía o antipatía sino de un efecto de lectura: para mí los escritores son personajes. En la literatura de Borges está ese hombre ciego, conservador, enamorado a veces, amigo de Bioy, hablador, etcétera. ¿Cómo podría aislar su obra de su biografía? Y así me pasa con Hemingway armado hasta los dientes, con Salinger tipeando en las trincheras de Normandía y después recluido en la montaña, con Virginia Woolf empastillada, con Chéjov tuberculoso. Cuando uno los lee, está leyendo también su biografía y no porque hicieran literatura del yo (hicieron literatura a secas) sino porque el tiempo los convirtió en personajes de una trama mayor que excede la obra de cada uno.

Nos vemos en quince días.

 

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Andrea Calamari

Doctora en Comunicación Social. Docente investigadora en la Universidad Nacional de Rosario. Escribe en La Agenda, JotDown, Mercurio y Altaïr Magazine.

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