Relación de ideas

#1 | Perro grande, perro chico

Ayer lanzamos el nuevo newsletter de uno de nuestros autores favoritos, que arranca con un proyecto humilde: explicar el mundo a través de los memes.

Hola, ¿cómo estás? Te voy a acompañar jueves de por medio en este newsletter de la revista Seúl. (Si lo querés empezar a recibir, hace click acá.)

No te preocupes, no te voy a hablar hoy de kirchnerismo ni de la última travesura de Máximo. Hay otras cosas de las cuales uno se puede quejar, más generales y permanentes. Hay otras cosas de las cuales uno se puede quejar, más generales y permanentes.

Soy bastante fan de las redes sociales, especialmente (o, mejor, casi exclusivamente) de Twitter. Conozco en carne propia, como víctima y como victimario, todos los males que provoca. Sin embargo, creo que sus virtudes superan a sus defectos (lo mismo dirá el adicto sobre las propiedades del crack). En todo caso, encuentro en Twitter, además de injurias, temas de conversación, amigos con intereses en común, gente más inteligente que yo que me hace conocer cosas que ignoraba, etc. Y también están los memes, con los cuales guardo una relación de afecto.

La palabra “meme” fue inventada por el biólogo Richard Dawkins en su célebre libro El gen egoísta, un ensayo que llevaba al límite las consecuencias de la idea de la selección natural darwiniana, tomando al gen y no al individuo como unidad reproductiva. Para Dawkins, los memes eran genes culturales que se iban replicando y modificando en el transcurso del tiempo de acuerdo con su utilidad.

Ejemplos de memes son: tonadas o sones, ideas, consignas, modas en cuanto a vestimenta, formas de fabricar vasijas o de construir arcos. Al igual que los genes se propagan en un acervo génico al saltar de un cuerpo a otro mediante los espermatozoides o los óvulos, así los memes se propagan en el acervo de memes al saltar de un cerebro a otro mediante un proceso que, considerado en su sentido más amplio, puede llamarse de imitación. Si un científico escucha o lee una buena idea, la transmite a sus colegas y estudiantes. La menciona en sus artículos y ponencias. Ahí la idea se hace popular, puede decirse que se ha propagado, esparciéndose de cerebro en cerebro.

El libro es de 1976, dos décadas previas a la revolución de Internet y treinta años antes de las redes sociales. Cuando leí el libro, en la década del ’80, la idea del meme me pareció una tontería innecesaria que no estaba a la altura del resto del ensayo. Hoy me resulta tan admirable la lucidez premonitoria de Dawkins como la precisión que tuvo el internauta anónimo que decidió nombrar como meme a esa imagen que podía sintetizar un estado de cosas y que podía usarse indefinidamente, modificándose a la necesidad de cada chiste que se quería hacer.

Toda esta introducción erudita es para decir que me encanta el meme del perro grande y el perro chico. Como en los mejores memes, la imagen condensa conceptualmente una época; en este caso, dos. Como es sabido, se presentan dos imágenes. Una es la de un perro grande, con aspecto feroz y todas las características de su pasado predador. A su lado, el mismo perro, pero en imagen más pequeña y con el lenguaje corporal que define a una mascota. El texto describe junto a la primera imagen una época anterior de fortaleza y resiliencia y, junto al pichicho inofensivo, una descripción de la misma situación, pero en la actualidad: generalmente blanda y victimizada. Funciona tan bien que cada vez que veo a alguien temeroso de una amenaza sobreestimada o sollozando por alguna dificultad que considero menor, pienso “¡perro chico!”, tratando de no decirlo en voz alta ya que las referencias a Twitter fuera de Twitter son el máximo papelón contemporáneo.

La última vez que grité mentalmente “¡perro chico!” fue cuando leí la protesta de Nora Bär porque la UBA había rechazado el intento de la Facultad de Ciencias Exactas y Naturales de establecer un pase sanitario para volver a las clases presenciales.

Tengo la peor opinión de la actitud de buena parte de la comunidad universitaria durante la pandemia. La peor. Los estudiantes pertenecen a grupos de edad cuyo riesgo de enfermedad grave era francamente risible. Uno podría pensar que antes de la llegada de las vacunas se justificaba cierta parálisis para proteger a los docentes mayores. Incluso esa sobreactuación resulta innecesaria con la llegada de las vacunas. Con los docentes vacunados, ya no hay ninguna excusa para no volver a una normalidad plena. La mansedumbre con que los estudiantes y docentes aceptaron los cuidados extremos, la inacción, el sacrificio de dos años de clases presenciales, me resultaron vergonzosos. La pretensión de dejar afuera hoy a un alumno porque no tiene doble dosis de vacunas mancha más todavía a ese sector de la comunidad universitaria. Perro chico y fascista.

En estos días estuve leyendo varios libros de non fiction cuyas historias referían a la segunda mitad del siglo XIX o comienzos del XX, época de perro grande si las hay. En el fenomenal trabajo de Laura Ramos sobre las maestras que trajo Sarmiento, Las señoritas, se cuentan decenas de historias de estas mujeres bravas y audaces, que se enfrentaban a desafíos increíbles para realizar su práctica en un territorio virgen y peligroso. A los riesgos enormes que presentaba un país con su proceso civilizatorio apenas en sus albores, se le sumaba la omnipresencia de la muerte temprana.

Doy un solo ejemplo, el del matrimonio de Addie y George Stearns, quienes, contratados por Sarmiento, construyeron esforzadamente una escuela en Paraná en 1871. Envueltos en dificultades por la caótica situación política del país, los Stearns avanzaban con la escuela mientras construían una familia en tierras extrañas. Y, de pronto, la enfermedad y la muerte. Como cuenta secamente Laura Ramos: “Y, entonces, inesperadamente, con un hijo de dos años y el bebé de tres meses, Addie contrajo fiebre tifoidea”.

Al poco tiempo, Addie murió. Como tantas otras de sus compañeras maestras inmigrantes, ella era anglicana, con lo cual no le permitieron a George enterrarla en el cementerio de Paraná, reservado a los católicos. Entonces George Stearns, mientras esperaba una dispensa especial para usar el camposanto, se instaló en las afueras con el cajón donde reposaban los restos de su mujer y un rifle. Estuvo tres días con sus noches, con el calor del verano y junto a una fogata para alejar a las fieras que merodeaban. A los tres días, Stearns, agobiado por el dolor, el calor y el hedor que despedían los restos de su esposa, decidió enterrarla a la vera del cementerio. Perro grande.

La historia de las últimas décadas, con sus progresos técnicos y científicos, con la conversión de las guerras mundiales a episodios puntuales y confinados geográficamente, con la reducción de la pobreza en la mayor parte del mundo (excepto donde ustedes ya saben) ha generado una sensación de seguridad y confort que convirtió a toda la sociedad en una congregación de perritos chicos blanda y temerosa. Ya hablaremos de eso. Nos reencontramos en dos semanas.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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