LEO ACHILLI
Domingo

Leones antiporteños

Un análisis de los votos de Milei muestra que, además de todo lo que ya se dijo, también hubo un repudio del interior al puerto. Qué puede hacer JxC para revertirlo.

La performance electoral de Javier Milei en las PASO del 13 de agosto realmente me asombró, como a tantos otros. Pero lo más sorprendente e intrigante de los resultados no fue tanto el orden de los candidatos como la distribución geográfica de sus votos: Milei no ganó la elección la opulenta Buenos Aires ni en el Conurbano ni en el núcleo de la Pampa fertilísima, sino a lo largo de la bella, pero económicamente atrasada, ruta nacional 40. De Jujuy a Santa Cruz, Milei ganó en diez de las once provincias por las que pasa la RN40 (la excepción fue Catamarca), más San Luis, La Pampa y Tierra del Fuego (que están ahí nomás), Córdoba, Santa Fe y Misiones.

Por supuesto, el punto no es que se trató de un voto “rutero”: la 40 es tan larga y pintoresca como despoblada. Pero si en la noche de las elecciones, antes de conocerse los resultados nacionales, alguien me hubiera mostrado los resultados de Milei en la Ciudad y la Provincia de Buenos Aires (tercero con 17,8% y 24,5%, respectivamente), mi lectura hubiera sido “le fue mejor de lo que esperaba, pero con estos números en CABA y en PBA va a quedar tercero cómodo a nivel nacional, con más o menos el 15% de los votos”.

¿Milei primero? Realmente no lo esperaba, pero entraba dentro de lo imaginable. ¿Los K derrotados en Santa Cruz, o los Posse en San Isidro? Bueno, cada tanto pasa: Quindimil alguna vez perdió en Lanús y los Rodríguez Saá en San Luis, y hace bastante que las elecciones en Santa Cruz son competitivas. Pero si la política argentina tenía una ley de hierro, era que el apoyo a las terceras fuerzas nacionales siempre irradia desde el puerto hacia el resto del país, con focos en algunas provincias de la zona núcleo… y Tierra del Fuego. En 1983 el Partido Intransigente (2,3% a nivel nacional) obtuvo sus mejores resultados en CABA, Tierra del Fuego y la provincia de Buenos Aires. En 1989, la UCeDé (7,2%) hizo su mejor elección en Corrientes (donde iba aliado con el gobierno provincial), seguida de Mendoza, CABA y Tierra del Fuego. En 1995, Bordón y Álvarez (29,3% nacional) le ganaron a Menem en CABA, y consiguieron muy buenos resultados en Santa Fe, Corrientes, y Mendoza.

Si la política argentina tenía una ley de hierro, era que el apoyo a las terceras fuerzas nacionales siempre irradia desde el puerto hacia el resto del país.

Cuatro años después, Cavallo (10,2%) solo superó los 15 puntos en Mendoza, Tierra del Fuego y CABA, en ese orden. En 2007, la Coalición Cívica de Carrió (23%) tuvo sus mejores resultados en CABA (donde ganó), Santa Fe, y Tierra del Fuego. En 2011, Binner y el Frente Amplio Progresista (16,8%) solo le dieron pelea a Cristina Kirchner en Santa Fe, CABA y Córdoba. Y en la primera vuelta de 2015, los mejores resultados de Macri (34%) fueron en Córdoba, CABA y Mendoza. En 2021, la alianza entre Milei y Espert no presentó candidatos en todas las provincias, y allí donde lo hizo sólo obtuvo buenos resultados en CABA y Buenos Aires.

Como Mitre luego de su victoria contra Urquiza, el libreto decía que los ilustrados de frac del puerto salían a conquistar el bárbaro y atrasado interior. El mapa electoral del quintaesencialmente porteño Milei en 2023, en cambio, trae ecos de la invasión de Felipe Varela a Salta a través de los desolados cerros de Tacuil. Su peor resultado fue en la Ciudad de Buenos Aires; de las provincias que supieron votar a terceras fuerzas en el pasado, sólo superó los 40 puntos en Mendoza. Sus mejores resultados fueron en Salta, San Luis, Mendoza, Misiones y Jujuy.

Eso abre varias preguntas, algunas más académicas, otras más directamente relacionadas con lo que puede pasar de acá a octubre. De hecho, si llega a haber otra sorpresa en octubre (y por supuesto puede no haberla), seguramente la geografía va a meter la cola.

Sociología electoral

En los análisis que empezaron a circular desde el domingo, el voto a Milei se suele explicar como una mezcla de dos cosas: voto económico de los jóvenes informales que desprecian a los planeros, carecen de perspectivas de crecimiento a futuro, y perciben (correctamente) que están excluidos de facto de las regulaciones laborales que benefician a otros trabajadores; y reacción juvenil, predominantemente masculina, al lenguaje y la cosmovisión cultural que el progresismo y el kirchnerismo han vuelto hegemónicos: derechos humanos, derechos sociales, aborto, lenguaje inclusivo, etc. En otras palabras, “trabajadores de Rappi + adolescentes virgos”.

El problema con esa explicación es que predice un Milei que arrasa en el conurbano bonaerense y en los muchos conurbanos de provincia. Pero el mapa de las PASO desagregado por departamentos muestra que en las provincias donde ganó, le fue bien en todos lados, no sólo alrededor de las capitales y ciudades grandes. Y a diferencia del mapa “camiseta de Boca” de la primera vuelta de 2019, que parecía contraponer a la zona núcleo frente al interior subsidiado, Milei también ganó en la zona pampeana de Santa Fe y Córdoba, así como en Mendoza y San Luis.

El punto es que los análisis sociológicos del voto a Milei como el famoso análisis cuantitativo de La Matanza, no suelen mirar más allá del tercer cordón. Pero como señala una de las escasas excepciones, la distribución geográfica del voto a Milei sugiere que en el interior, votar a La Libertad Avanza fue una forma de repudiar no sólo a “la casta” y la cosmovisión cultural kirchnerista, sino también al  “puerto” como fuente de los males de la Argentina actual.

Votar a La Libertad Avanza fue una forma de repudiar no sólo a “la casta” y la cosmovisión cultural kirchnerista, sino también al  “puerto” como fuente de los males de la Argentina actual.

Los que crecimos ahí sabemos que el rechazo al centro es un sentimiento bastante extendido, aunque normalmente reciba poca cobertura en los análisis políticos y no suela encontrar una expresión electoral. Pero no deja de ser irónico que las provincias más sobrerrepresentadas en el Congreso nacional, las que más se benefician del sistema de coparticipación federal, donde el empleo público tiene mayor peso y donde el engendro que es el impuesto a los ingresos brutos recibe escasa atención, votaron en masa a un porteñísimo candidato libertario que promete acabar con “la casta” política.

La interpretación cínica es que votar a Milei es una forma de expresar bronca sin pagar costos ni hacerse cargo de las consecuencias, porque al final del día Milei no va a estar en condiciones de cambiar nada, y mucho menos la ley de coparticipación federal. Ésa sería la lectura que están haciendo los empresarios de la patria contratista. Pero los votantes suelen ser menos cínicos (y todavía menos sofisticados) de lo que esta interpretación requiere. Otra posibilidad es que las consecuencias de la crisis económica sean todavía más agudas en el interior que en el conurbano. O que a Milei lo haya ayudado su oposición al aborto y la llegada que su candidata a vicepresidenta tiene entre la “familia militar,” como sugirió Carlos Pagni en Odisea Argentina el 14 de agosto. Todo puede ser, pero no hay datos claros. Sea cual fuere la razón, para entrar en el ballotage y ganarlo, Patricia Bullrich tiene que encontrar la forma de interpelar a esos votantes descontentos, no sólo con la crisis, la casta y el kirchnerismo, sino también con el puerto y el centro.

Aparatos provinciales

En otro contexto, muchos de esos votantes estuvieron dispuestos a votar por Juntos por el Cambio a nivel local. De hecho, otro dato que no pasó desapercibido es que, con la excepción de Santa Cruz, Milei no ganó en ninguna provincia donde las elecciones locales fueron simultáneas con las PASO nacionales: quedó segundo en Catamarca y tercero en Entre Ríos, CABA y Buenos Aires. Eso es sorprendente porque uno esperaría que Catamarca no sea tan distinta de un promedio ponderado de La Rioja, Salta, Tucumán y Jujuy, o que el corazón de la zona núcleo entrerriana y bonaerense no voten tan distinto de sus equivalentes en Córdoba y Santa Fe.

Para decirlo de otra manera: Milei ganó en provincias muy distintas entre sí, pero terminó segundo o tercero en provincias similares en muchos aspectos a las que ganó, pero que tenían elecciones locales. Ahí hay mucha tela para cortar, y otra fuente de posibles sorpresas en octubre. Pero si las elecciones provinciales influyeron, no está claro ni cómo ni por qué.

Todas las explicaciones obvias tienen problemas. ¿Corte de boleta? Milei no era un candidato a gobernador con boleta corta, era candidato presidencial al tope de la sábana. Donde las elecciones eran simultáneas con las nacionales, los que tenían que “esquivar” el voto bronca pro-Milei eran los candidatos provinciales. ¿Rechazo a los oficialismos provinciales? Antes del 13 de agosto, el castigo a los oficialismo locales había sido real, pero mucho menos severo de lo que vimos en las PASO. ¿Clientelismo, compra de votos o distribución de boletas cortadas? Tal vez; nada de eso es nuevo en Argentina.

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Lo que sí sería nuevo es que esas prácticas tengan un impacto tan importante en las elecciones. El mejor paper sobre robo de boletas en Argentina, hecho con datos de Buenos Aires en 2011, muestra que tener un fiscal en una mesa aumenta el porcentaje de votos de un partido entre 1,5 y 6 puntos porcentuales. No es poco, pero esos números no pueden dar cuenta de la performance electoral de Milei. Ahora bien, si eso fue lo que pasó (y no estoy diciendo que eso haya sido lo que pasó), eso significa dos cosas. Una es que en las provincias donde hubo elecciones simultáneas, a Milei no le fue tan bien porque la gente no pudo votarlo, no porque no quiso. En otras palabras, una gran masa de votantes se quedó con las ganas de votar a Milei. ¿Es así?

La otra es que presionando a los gobernadores de las provincias que no tuvieron elecciones simultáneas, Massa tiene mucho margen para mejorar en octubre, a costa principalmente de Milei. De hecho, Massa podría tranquilamente quedar primero y Milei tercero; el resultado de Juntos por el Cambio dependerá de qué tan bien pueda proteger sus boletas y desproteger los de sus rivales en aquellas provincias donde gobierna (Mendoza, Jujuy), va a gobernar (San Luis, Santa Fe, San Juan) o tradicionalmente le fue bien (Córdoba).

Donde no había elecciones locales, en cambio, sólo fueron a votar los que querían votar, que se inclinaron por Milei.

Una última posibilidad es que el clientelismo sirva menos para comprar votos que para comprar participación: que los punteros sean mejores llevando a la gente a votar que convenciendo a la gente de cambiar su voto. La idea es que si conocemos más o menos bien a alguien, como el puntero conoce a la gente de su barrio, podemos inferir a quién va a votar en las elecciones. O sea: en las provincias que tuvieron elecciones locales, los punteros movilizaron a votantes del oficialismo y Juntos por el Cambio. Donde no había elecciones locales, en cambio, sólo fueron a votar los que querían votar, que se inclinaron por Milei. De nuevo: puede ser, ¿pero hay una diferencia tan grande en participación entre ambos grupos de provincias?

En fin: hay algo ahí, pero no me queda claro exactamente qué es ni cómo opera. Desentrañarlo, sin embargo, puede hacer una diferencia en octubre, donde unos pocos puntos pueden determinar quién entra al ballotage, y en qué orden. Porque en muchas de esas provincias el aparato más grande suele ser peronista: si es el aparato el que no operó contra Milei y en octubre lo va a ser, el beneficiario puede ser Massa. Por otro lado, a Juntos por el Cambio habitualmente le fue mejor en las elecciones generales, donde la participación aumenta, que en las PASO; y en 2019 Mendoza, San Luis, Córdoba y Santa Fe votaron a un candidato impopular como Macri en medio de una severa crisis económica. Si recupera a esos votantes, Juntos por el Cambio va a tener muy buenas chances en octubre.

 

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Adrián Lucardi

Profesor de Ciencia Política en el ITAM (Ciudad de México). En Twitter es @alucardi1.

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