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Domingo

Disparen contra Elon

El progresismo busca argumentos para oponerse a la venta de Twitter y a veces los encuentra, pero lo que más les molesta es que Musk no es uno de ellos.

Elon Musk compró Twitter y el progresismo universal enloqueció. “Será un lugar escalofriante”, advirtieron en el New York Times. “Peligroso para nuestra democracia”, dijo la senadora demócrata Elizabeth Warren. “¿Quién protegerá a los usuarios?”, se preguntaron en Los Angeles Times. Hasta Amnesty International tuiteó un enigmático “Dos palabras: tuiter tóxico”. Podría seguir con más ejemplos, incluso con algunos autóctonos, pero no hace falta. Basta con señalar que en la batalla cultural mundial (las “culture wars”) la compra de Twitter por parte de Elon Musk es un acontecimiento sobre el que ya sabemos qué va a opinar cada uno de los bandos. Nosotros en Corea del Sur estamos a favor. Ahora vamos a ver por qué.

Los argumentos que dan para criticarlo van desde los más sofisticados a los más rudimentarios. Vamos a ignorar los últimos porque no resisten el menor análisis, pero el progresismo más inteligente plantea que la libertad de expresión “absoluta” que pregona Elon Musk puede exacerbar los “discursos de odio” y volver a Twitter más tóxico de lo que es.

Esos son sus argumentos, pero lo que no dicen es que están asustados porque Musk es bocón y se niega a jugar su juego. Saben que no es de ellos y que tampoco le interesa simular serlo. Por eso mismo de este lado de la trinchera nos cae simpático. Dice que no le gusta la declaración de pronombres en apoyo al colectivo trans (la delirante costumbre de que hasta el presidente de los Estados Unidos Joe Biden aclare que es “él” y no “ella” ), tuitea memes antiprogres como cualquiera de nosotros, se burló del pánico del covid (¡en marzo de 2020!) y cree que Twitter estuvo mal al bloquear la cuenta del New York Post cuando publicó una investigación contra el hijo de Joe Biden pocos días antes de las elecciones.

A favor del garantismo

Hasta los mayores defensores de la “moderación de contenido” reconocen que Twitter no está funcionando bien. El uso de robots, que todavía no pueden reemplazar a un humano porque no captan la intención (ironía, humor, cita, referencia), la falta de transparencia en la toma de decisiones y la ambigüedad de las reglas hacen que muchos usuarios sean obligados a borrar tuits o sean directamente bloqueados. El caso del New York Post fue emblemático y hasta el CEO de ese momento, Jack Dorsey, reconoció que se equivocaron.

El paso siguiente fue etiquetar tuits y cuentas en lugar de borrarlos. Así, por ejemplo, muchos usuarios se encontraron con una leyenda en su biografía de Twitter que decía “Medios afiliados al gobierno, Rusia”. Le pasó a la cuenta de la agencia oficial Sputnik, pero también a periodistas de todo el mundo que colaboraban externamente con algún medio ruso y cuyas opiniones no necesariamente reflejaban las opiniones del Kremlin.

También se agregaron etiquetas a algunos tuits específicos. “Este tuit es engañoso. Conocé más sobre el funcionamiento de las vacunas” fue la etiqueta que le apareció al político holandés Thierry Baudet por decir que no se pensaba vacunar, que el riesgo del virus para él era completamente insignificante y que el efecto a largo plazo en el sistema inmune es desconocido. Decir que ese tuit es engañoso es, a su vez, bastante engañoso, porque no deja de ser una opinión personal y porque es indiscutible que no se conoce el efecto de las vacunas a largo plazo.

Pero concedamos por un momento que su tuit es, en efecto, engañoso. También se etiquetaron tuits de usuarios argentinos que, cuando el Gobierno aprobó la Sinopharm para chicos de 3 a 11 años, advirtieron que no había todavía resultados publicados de Fase 3, lo cual era rigurosamente cierto.

La cosa se pone aún más espesa cuando pasamos del intento de erradicar las fake news a erradicar el llamado “discurso de odio”

La cosa se pone aún más espesa cuando pasamos del intento de erradicar las fake news a erradicar el llamado “discurso de odio”. Todos los que usamos Twitter sabemos (por ser víctimas y victimarios) que la brevedad, inmediatez, facilidad y “democraticidad” contribuyen a generar un ambiente muchas veces hostil. Pero más allá de los delitos comunes (amenazas de muerte, publicación de información privada y cosas por el estilo), ¿quién decide qué constituye un discurso de odio? Si lo decide la persona ofendida, ¿no tendrían derecho, por ejemplo, los católicos a solicitar el bloqueo de todas las personas que militan a favor del aborto?

La semana pasada, el sitio satírico conservador The Babylon Bee (una especie de The Onion de derecha) fue suspendido por nombrar a la Secretaria de Salud de los Estados Unidos, Rachel Levine, como “Hombre del año”. El “chiste” es que Levine es trans. El dueño de The Babylon Bee se negó a borrar el tuit. Su tozudez dio frutos: le reactivaron la cuenta y el tuit sigue ahí, lo cual es una admisión del error. El argumento de Twitter es que había violado las reglas contra la “conducta de odio”, según las cuales se prohíbe promover la violencia, amenazar o acosar a la gente por su raza, orientación sexual, etc. Es comprensible que Rachel Levine pueda haberse molestado por el chiste, también que les haya molestado a muchas otras personas trans, pero ¿promueve la violencia, amenaza o acosa? Podrían alegar que se trata de “violencia simbólica”, pero ¿cuál es el límite, entonces?

La cuenta Libs of Tik Tok, con más de un millón de seguidores, es la estrella de la alt-right en las redes. Lo único que hace es postear videos que suben los mismos progres a sus redes (los “libs”). Antes lo hacía sin siquiera agregar ningún comentario. Obviamente eligen los más delirantes, por lo que el resultado, cuando uno los ve todos juntos, es bastante tendencioso. Twitter también la suspendió varias veces por “conducta de odio”. Es cierto que decir que “sólo tuitea videos de progres” se parece bastante a la justificación de Micky Vainilla cuando decía “sólo hago pop para divertirme”, pero ¿no tiene la derecha también derecho a expresar sus opiniones?

Musk dijo que es un “absolutista de la libertad de expresión”, mientras que el actual CEO, Parag Agrawal, reconoció que su prioridad no es acatar la Primera Enmienda.

Estos son los debates que se agitan con la compra de Elon Musk. Él mismo dijo que es un “absolutista de la libertad de expresión” (aunque después aclaró que siempre dentro de la ley), mientras que el actual CEO, Parag Agrawal, reconoció que su prioridad no es acatar la Primera Enmienda sino construir una conversación pública sana.

El problema es que el camino al infierno está empedrado con buenas intenciones. ¿Quién decide cuán sana es una conversación? Los robots son ineficaces, pero los humanos somos tendenciosos. Estos días estuvo circulando un gráfico de 2018 según el cual el 98,7% de las donaciones de los empleados de Twitter fueron para el candidato demócrata en las elecciones de medio término.

Musk aludió a esta idea de que Twitter es tendencioso hacia la izquierda señalando a la abogada Vijaya Gadde, algo así como una “jefa de legales” de Twitter y una de las responsables, entre otras decisiones de ese tenor, del bloqueo de la cuenta del expresidente Donald Trump. Las razones oficiales que dieron son interesantes: el problema no fueron tanto los tuits de Trump sino “cómo fueron percibidos e interpretados dentro y fuera de Twitter”. Se refieren a la supuesta incitación a sus seguidores para tomar el Capitolio.

El problema con la suspensión de la cuenta de Trump, aun si concedemos por un momento que fue correcta, es que parece haber un doble estándar. Por ejemplo, el llamado del ayatolá Alí Jamenei para eliminar Israel, según Twitter, no es discurso de odio sino simplemente una opinión política.

Como se ve, la moderación de Twitter es complejísima, quizás imposible. En este sentido soy “garantista”: ante la duda, siga siga. En esa dirección promete ir Elon Musk.

No seamos malvados

La miniserie de Showtime Super Pumped: The Battle for Uber cuenta cómo Travis Kalanick, el CEO de Uber, modificó su aplicación para espiar a los usuarios, algo prohibido por Apple, que revisa cuidadosamente el código de cada aplicación para aprobarla e incluirla o no en su App Store. Cuando en Apple descubren el engaño convocan a Kalanick a una reunión con el CEO Tim Cook. A cualquier otra aplicación la hubieran bloqueado directamente, pero Uber es demasiado popular. Kalanick da unas excusas, se disculpa y promete modificar el código para cumplir con las reglas. En la reunión, queda claro que Kalanick es un CEO “malo”, pero que Cook es “bueno”. Uber es tóxica, pero Apple es sana. Al final, Cook le dice a Kalanick: “A Steve (Jobs) no le habrías caído bien”.

Sobrevuela en la miniserie la idea de que la voluntad personal de los CEOs de big techs, o sus características psicológicas, pueden generar compañías “buenas” o compañías “malas”. Parece una idea un poco maniquea, pero es cierto que dependemos de su buena voluntad. Los creadores de Google lo vieron cuando todavía no tenían el enorme poder que tienen ahora, e idearon el lema “Don’t be evil” (“No seamos malvados”).

Sus promesas de libertad de expresión son seductoras, sobre todo para los que estamos cansados del paternalismo de burócratas que deciden qué discurso es peligroso.

Esa es otra cuestión que surge de la compra de Twitter por parte de Elon Musk. Sus promesas de libertad de expresión son seductoras, sobre todo para los que estamos cansados del paternalismo de burócratas que deciden qué discurso es peligroso. Pero estamos en sus manos, nos encomendamos a él.

No es que antes fuera muy distinto, claro. Como insinúa Super Pumped, es un problema inherente a todas las big techs. “¡Nadie te votó, Elon Musk!”, podría decir alguien, y tendría razón. Pero si algo nos enseñó la distopía de los últimos años es que las instituciones gubernamentales tampoco son tan confiables, las mayorías no necesariamente tienen la razón y lo único que nos queda es tener la libertad para decirlo.

 

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Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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