¿Y ahora?

Se les viene

Ya sin Guzmán, el kirchnerismo se va quedando sin chivos expiatorios. Van a tener que hacerse cargo.

“¿Y si ahora que se fue Guzmán asume Massa y empiezan a hacer las cosas bien?”, se escuchaba el fin de semana. “Ojo, quizás a partir de esto Cristina hace un giro hacia cierta ortodoxia económica”, decían algunos luego de su discurso en El Calafate. Y, si vamos más atrás en el tiempo, todavía se escucha el eco para nada minoritario de “Alberto Fernández va a hacer una suerte de neomenemismo. Las reformas sólo pueden hacerse desde el peronismo”.

No fueron gratuitas las dos décadas en las que la sociedad argentina fue psicopateada por el kirchnerismo. El instinto de supervivencia, hiperactivo en crisis como la actual, busca abrazarse a la esperanza vana de que el kirchnerismo cambie. Estamos chipeados a creer que sólo ellos pueden gobernar o, al menos, que nadie puede gobernar en contra de ellos.

Pero bien mirados esos fantasmas son sólo sábanas colgadas. El cuarto mandato kirchnerista es un fracaso rotundo –y ahora sí visible, sintomático y grandilocuente– cuando aún le falta un año y medio. El Gobierno está colgado del travesaño, pidiendo la hora y recién van 5 minutos del segundo tiempo. Hay fuertes rumores relativos a que la cosa se pueda salir del cauce de la normalidad institucional y sobre ellos Cerruti, la inefable portavoz presidencial, echa un manto de censura, ordenando que no se pregunte. Mejor no hablar de ciertas cosas. En cualquier caso, si no hubiera sorpresas, a este Gobierno le quedan todavía, al momento de escribir esta nota, 518 días de viaje, pero parece no tener combustible (¿gasoil?) ni para un mes.

Punching ball

En este contexto, Cristina hace su acting desde El Calafate. Baja un cambio. Apunta contra Guzmán. Le cayó mal su renuncia. La función del punching ball es recibir el golpe y volver para de nuevo ser golpeado. La vicepresidenta dando puñetazos a la economía del ex ministro ejercitaba la narrativa de que ella no forma parte de este Gobierno. La presencia de Guzmán mantenía la ilusión de que existía un albertismo, algo distinto a ella. Habiéndose escapado Guzmán de la tormenta que ayudó profundizar, a Cristina sólo le queda antagonizar con Alberto y eso, a esta altura, es poca cosa.

Por eso la vicepresidenta se mostró indulgente, compasiva y hasta empática con un presidente que fue “traicionado” por un ministro al que él “bancó”. Las palabras desde El Calafate mostraron menos fuerza que debilidad. Acaso Cristina sabe que se viene la noche en materia económica, social y política. Y quizás, sólo quizás, la pérdida del control de la calle. No le va a resultar fácil la tarea de tejer ficciones y echarle la culpa a otro. ¿A quién? El “ah, pero Macri” tiene rendimientos decrecientes. Si se tira contra el FMI vuela la rama frágil que sostiene al Gobierno. El viejo camelo de la derecha internacional desestabilizadora suena poco creíble en una región que ha virado casi mayormente a la izquierda. Insistir en recalentar narrativas setentistas y relacionar la dictadura con cualquier cosa del presente ya aburre. No sólo es un populismo sin plata, es un populismo sin narrativa.

Van a tener que hacerse cargo. Ese conocimiento la lleva a hablar en contra de “los dogmatismos de derecha e izquierda” y a pedir “que encontremos puntos de coincidencia, comunes, porque no va a haber Argentina para nadie”. La vicepresidenta ahora pide acuerdos “para solucionar los problemas estructurales” y que haya “paz social”. Tiene miedo. Sabe que la cosa se puede desmadrar.

No sería raro que algunos medios coreacentristas empiecen a hablar de una Cristina moderada e, incluso, criticar a la oposición por no prestarse a “dialogar” con el kirchnerismo.

Pero la oposición debe seguir el camino que muestra hoy: seguir creciendo en volumen y trabajando en los planes que llevará a cabo. Ni por asomo dejarse abrazar por un gobierno moribundo y tóxico. Acabar con el kirchnerismo no es razón suficiente pero sí necesaria para cualquier cambio positivo en nuestro país.

 

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Alejandro Bongiovanni

Abogado. Director de Fundación Libertad.

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