VICTORIA MORETE
Domingo

Rosas inventó los planes

Ganado, yerba, tabaco y regalos para los caciques eran el precio que pagaba el Estado para evitar malones. En qué se parecía el llamado "Negocio Pacífico de Indios" a las actuales organizaciones sociales.

Dicen que las comparaciones son odiosas. Y también que es un error juzgar el pasado con valores del presente, y viceversa. Pero hay imágenes, gestos y palabras del siglo XXI que me remiten al XIX. Me ocurre desde hace años, tal vez los primeros 2000, cuando algunos piqueteros comenzaron a marchar en Buenos Aires encapuchados y con palos, un look ya instaurado en cortes de rutas del interior durante el menemismo. En la Capital, la movilización, el arreo de manifestantes, el bloqueo de accesos, el acampe y “al que no le gusta, se jode, se jode” dieron el aspecto simbólico de un malón bien organizado y por lo general pacífico, aunque amenazante. El miedito volvió semanas atrás cuando Juan Grabois sostuvo en el Puente Pueyrredón: “Algunos gauchos acá estamos dispuestos a dejar nuestra sangre en la calle para que no siga habiendo hambre en la Argentina”. El mensaje, de tácito, no tuvo nada. Más bien resultó evidente: planes o saqueos, Salario Universal o disturbios, guita o helicóptero.

En los últimos 15 años me pregunté varias veces si la política asistencial eterna, la administración estatal y paraestatal de la pobreza, el rancho, el todo piola y no armemos bondi (hasta la próxima marcha) no reconocerán inspiración, acaso, en prácticas afianzadas por Juan Manuel de Rosas para mantener una relativa calma en la campaña bonaerense durante sus gobiernos (1829-1832 y 1835-1852).

Hagan la prueba. Googleen “Negocio Pacífico de Indios” y verán que la segunda entrada remite al sitio oficial del Estado argentino. El material es aportado por el Archivo General de la Nación (AGN). Dentro de la serie de publicaciones llamada Inspiraciones: pensamientos desde archivos (realizada en 2021 para celebrar el bicentenario del AGN), le pidieron un texto a Silvia Ratto, doctora en Historia por la UBA, investigadora del CONICET y docente de la Universidad Nacional de Quilmes.

¿En qué consistían las raciones para los indios amigos? Uno de los rubros más importantes era el ganado yeguarizo. También se mandaban los llamados “vicios”.

Ratto, una especialista que ha producido cantidad de trabajos académicos, conferencias y libros de divulgación sobre el tema, dice: “A comienzos de su primer gobierno en la provincia de Buenos Aires, Juan Manuel de Rosas dio forma a una política de pacificación con los indígenas para disminuir la conflictividad que existía en la frontera bonaerense. El Gobierno implementó un sistema de entrega de raciones de ganado y artículos de consumo y obsequios a las principales jefaturas nativas con las que se habían realizado acuerdos de paz. Esta política de obsequios no era nueva para la región y sus antecedentes se remontan al período tardo colonial, pero lo distintivo de este momento es que las entregas se regularizan y para garantizar un fluido continuo de bienes hacia las tolderías se creó una partida presupuestaria llamada Negocio Pacífico de Indios”.

A fin de controlar ese dinero, la Contaduría de la provincia de Buenos Aires llevaba un registro en tres pasos. En los Libros de Caja se asentaban los recibos de pago por cada peso que salía del erario provincial. En una segunda instancia, los Libros Manuales recogían la información indicando el rubro presupuestario al que debía imputarse. Por último, los Libros Mayores reordenaban los gastos por partida presupuestaria. O sea que el Negocio Pacífico está ampliamente documentado.

¿En qué consistían las raciones dirigidas a los indios amigos? Uno de los rubros más importantes era el ganado yeguarizo (alimento preferido de los indígenas). También se mandaban harina, maíz, ropa y los llamados “vicios” (yerba, azúcar, tabaco, aguardiente).

La repartija no era igual para todos. “En algunos casos, el ganado entregado incluía vacunos y ovinos y artículos suntuosos para las jerarquías indígenas”, dice Ratto. Los caciques, a la vez, distribuían entre caciquillos, capitanejos y demás subordinados.

Indios amigos e indios enemigos

En 1826, antes de ser gobernador, Rosas sentó las bases del Negocio Pacífico cuando el presidente Rivadavia le encomendó negociar con las tribus del sur bonaerense en base a su experiencia como estanciero que alojaba y protegía nativos en sus campos. En aquel momento, el futuro Restaurador pagó a los indios “compensaciones por el rescate de cautivas”, dinero que salió de las arcas del Estado. Por otra parte, entabló con jefes aborígenes relaciones personales de amistad que cimentaron su política para la campaña una vez en el poder.

Si había indios amigos es porque también había indios hostiles que no se sometían al gobierno huinca. Los que entraban en el Negocio Pacífico tenían sus obligaciones para con Buenos Aires: debían asentarse dentro de estancias por acuerdo con sus dueños o en proximidades de los fuertes de frontera, como los bautizados Independencia (origen de la ciudad de Tandil) y Federación (germen de Junín). Asimismo, cumplían tareas de chasque o mensajería, acarreo de bienes, provisión de información (espionaje, bah) y podían sumarse a las filas rosistas en acciones militares.

Los obsequios y las raciones alcanzaban a los indios que, sin ser amigos, se consideraban aliados. La diferencia era que los aliados seguían viviendo en territorio indígena, mantenían su independencia política y se relacionaban mediante el comercio y la diplomacia tanto con Buenos Aires como con autoridades chilenas. Reportaban novedades sobre movimientos de grupos hostiles tierra adentro y sostenían largos parlamentos con los delegados de Rosas en los fuertes bonaerenses. Las estadías eran solventadas por la Tesorería de la provincia.

El futuro Restaurador pagó a los indios “compensaciones por el rescate de cautivas”, dinero que salió de las arcas del Estado.

En ocasiones, la cobertura económica llegaba a la ciudad de Buenos Aires. En el texto publicado por el AGN, Ratto cuenta que, entre 1834 y 1835, aparecen gastos médicos para tratar “la enfermedad de los ojos del cacique Catriel en el corralón frente a la iglesia de la Piedad”. En 1836, “el hijo del cacique Venancio Coñuepán recibía periódicamente una cantidad de dinero para alimentación de los indios alojados en dicho sitio, el cual parecía funcionar a la vez como hospital y lugar de hospedaje de partidas indígenas que iban a parlamentar con el gobernador”.

Más tarde, a comienzos de la década de 1840, en Bahía Blanca, alrededor de la Fortaleza Protectora Argentina, hubo un boom de nuevos comerciantes. “El aumento de los pulperos que se convirtieron en proveedores del Estado se corresponde con un incremento de los jefes indígenas que recibían esos bienes; respondían al mando del cacique Calfucurá, asentado en Salinas Grandes. Este flujo constante y voluminoso de bienes hacia esas tolderías indica de manera clara la importancia diplomática que había adquirido el cacique en el entramado de relaciones del Negocio Pacífico”, escribió Ratto.

Otro historiador, Vicente Marino, en un trabajo de 2005 presentado ante las universidades nacionales del Litoral y de Rosario, señala: “El reparto de riquezas hizo que los toldos de Calfucurá se inundaran de inmigrantes que acudían a recibir su parte de las raciones que Calfucurá repartía. Salinas Grandes llegó a tener 20.000 habitantes”.

María Laura Cutrera, doctora y profesora en Historia e investigadora del CONICET, publicó en 2009 un artículo titulado “La trama invisible del Negocio Pacífico de Indios”, donde sostiene que Rosas, conocedor de la cultura, la lengua y el sistema de creencias de los indígenas, se introdujo en sus redes familiares. “A través de bautismos y de su intervención en la concreción y ruptura de los matrimonios, por ejemplo, el gobernador se convertía en pariente de muchos indios”. “Rosas intervenía proporcionando los bienes necesarios a la parentela de algún muchacho que quisiera contraer matrimonio y que no pudiera reunir los regalos solicitados” por la familia de la novia, asegura Cutrera.

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Añade, por otro lado, que en el mundo indígena “se consideraba el adulterio como un atentado odioso a la propiedad y no como una infracción al honor y al orden de la familia. La sanción podía dar lugar a la muerte de la adúltera y su seductor y al pago de una «composición». Cuando quien incurría en adulterio no podía cubrir el resarcimiento exigido, sus parientes debían ayudarlo y si no los tenía o no llegaban a reunir lo necesario, algo que rara vez sucedía, la pena capital era la única opción. Aun cuando no se corriera este riesgo, Rosas solía dar a la familia del acusado aquello que fuese preciso para el arreglo”.

Por medio de estos lazos familiares, según Cutrera, Rosas reconceptualizó la noción indígena de tierra. Continuaba siendo de los indios, pero ya no con exclusividad. Ahora la compartían. “La tierra era el lugar en que vivían en armonía con los criollos. Como tal, debía ser salvaguardada de dos abominables amenazas: el unitario y el indio enemigo. Frente a ellos, la tierra habitada por indios y cristianos creaba, al menos en el plano discursivo, parientes: indígenas y criollos vivían como hermanos”.

“En el discurso del rosismo, los indios amigos y los cristianos, hijos de un gran padre, Rosas, ligados por relaciones fraternales entre sí, no podían más que oponerse a quienes quedaban fuera de esa familia. El parentesco proporcionaba un eficaz criterio de «inclusión-exclusión»; quien no estaba dentro de la comunidad de parientes era enemigo y salvaje, inmundo y asqueroso”, concluye Cutrera.

Todo bien hasta que se pudre el rancho

Por supuesto que el Negocio Pacífico de Indios no fue el paraíso. Durante su vigencia se produjo la entrada masiva de indios de Calfucurá y otros caciques provenientes de Chile, atraídos justamente por las raciones y los obsequios. Los gastos y la estructura burocrática alrededor de esta política aumentaron. A veces el ganado y otros bienes no llegaban, entonces se producían malones para robar yeguas, vacas y ovejas en las estancias. De paso, se cautivaban personas. Había conflictos entre distintas tribus y tanto Buenos Aires como otras provincias desplegaron campañas punitivas y de conquista sobre territorio indígena.

Volvemos a Silvia Ratto, esta vez en su libro Indios y cristianos. Entre la guerra y la paz en las fronteras. Allí cita una carta de 1831 escrita por Rosas a Vicente González, su colaborador en la Guardia del Monte (actual ciudad de San Miguel del Monte): “Acabada la guerra con los unitarios me es necesario decir tales y tales indios son enemigos para declararles guerra de frente y conseguir de este modo salir del riesgo que se corre por los celos entre los amigos y porque a todos ha de ser imposible mantener”.

Entre 1833 y 1834, Rosas participó de una Campaña al Desierto. Acción conjunta de Buenos Aires, Córdoba, San Luis y Mendoza, constituyó uno de los antecedentes de la conquista definitiva iniciada por Julio Argentino Roca en 1879. Sólo la columna del Rosas se consideró exitosa ya que alcanzó el Río Colorado (actual límite entre La Pampa y Río Negro).

Los gastos y la estructura burocrática alrededor de esta política aumentaron. A veces los bienes no llegaban, entonces se producían malones para robar yeguas y vacas.

Lejos de la amistad y la fraternidad, durante la campaña de 1833 Rosas le ordenó por carta al coronel Pedro Ramos, uno de sus oficiales de mayor confianza: “Cuando tome prisioneros indios, una vez que les haya tomado declaración puede, al dejar el punto, mantener una pequeña guardia para que cuando no haya nadie en el campo los fusile (…). Si los indios que van con usted preguntan por ellos debe decírseles que intentaron escapar y fueron ultimados. Por eso mismo no conviene que al avanzar una toldería traigan muchos prisioneros vivos, con dos o cuatro hay bastantes y si más se agarran ésos allí en caliente nomás se matan a la vista de todo el que esté presente, pues que entonces en caliente nada hay de extraño y es lo que corresponde”.

En 1852, cuando cayó derrotado en la Batalla de Caseros, el aporte militar indígena en favor de Rosas fue limitado y llegó desde Tapalqué a las órdenes del coronel Pedro Rosas y Belgrano, hijo natural de Manuel Belgrano adoptado por el caudillo federal. A poco de iniciados los disparos y las cargas de caballería, la división de indios pampas abandonó el lugar de la contienda, en El Palomar, y regresó a los toldos con todo el ganado que pudo arrear.

Atenciones especiales para caciques, caciquillos y capitanejos. Lenguaraces para llevar adelante las negociaciones. Lanzas, hoy cañas tacuara para enarbolar banderas en las marchas. Entregas periódicas y reguladas de comida para los demás indios de chusma y de pelea, hoy para la población marginada y empobrecida. Todo a cargo del Estado, pagado con dinero de impuestos, en aras de la paz, aunque había y hay otra moneda de cambio y era y es el apoyo al caudillo. Hasta que se pudre el rancho.

Si alguien más ve similitudes entre el pasado y el presente, quizás no se trate de una mera coincidencia.

 

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José Montero

Nació en Buenos Aires en 1968. Es periodista, escritor y guionista. Autor de literatura infantil y juvenil, sus libros se leen en escuelas primarias y secundarias. Colabora en La Agenda. Acaba de cursar la Diplomatura en Dramaturgia de la UBA.

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