VICTORIA MORETE
Domingo

¿Quién gana las elecciones?

JxC tiene que disputar la interpretación de los resultados de octubre y hacer foco en el Congreso. No hay razón para que la PBA siga siendo el único distrito relevante.

En un año electoral tan largo como el nuestro, que empieza en junio (con la inscripción de las alianzas) y termina en octubre (o noviembre, si hay segunda vuelta presidencial), lo primero que se calienta, en torno a esta época del año, son los análisis políticos y las elucubraciones sobre posibles escenarios, sorpresas y veredictos. Como casi todas las elecciones de medio término, la elección de 2021 está planteada como un plebiscito de la gestión oficial, en el que la sociedad dirá si está de acuerdo con la dirección general del país. Por eso los análisis preliminares, como en situaciones similares en el pasado, coinciden en que la suerte del Gobierno –y, más aún, la del Frente de Todos– se juega en octubre: con una victoria saldría reforzado, quizás no el presidente pero sí el FdT, lo que le permitiría encarar mejor sus posibilidades de reelección, con o sin Alberto en la boleta. Para la oposición la conclusión es similar: una victoria no solo la dejaría bien parada para 2023 sino que también le permitiría proteger el sistema institucional actual, porque haría mucho más difíciles los sueños de Cristina Kirchner de reformar la Justicia, la Constitución o lo que se le ocurriere en caso de obtener una victoria. Un tercer actor atento a los resultados de octubre es el peronismo no kirchnerista: habrá muchos tratando de detectar el tradicional “olor a cala” que perciben los compañeros cuando sus jefes pierden poder y empieza a ser posible –y casi obligatorio– traicionar su liderazgo.

Todas estas hipótesis están sujetas a responder la pregunta principal del día después: ¿quién ganó? Parece una pregunta fácil, que en los años de elecciones presidenciales no admite dudas: gana el que saca más votos. Sin embargo, en las elecciones de medio término de este siglo el veredicto principal lo ha dado el resultado de la provincia de Buenos Aires, a veces acompañado por el resto del país y a veces no. Todo el mundo recuerda que en 2005 Cristina le ganó a Chiche Duhalde y que en 2009 Néstor Kirchner perdió contra Francisco de Narváez. Igualmente famosas son las derrotas del candidato de Cristina (Martín Insaurralde) contra Sergio Massa en 2013 y la derrota de la propia Cristina contra Esteban Bullrich en 2017. En todos los casos el resultado bonaerense fue la noticia principal de la elección, la que tuvo consecuencias políticas reales y la que determinó el humor dirigencial posterior. Al resultado agregado nacional, o a cómo quedaron las nuevas cámaras del Congreso, casi nadie le prestó mayor atención.

Este año puede pasar lo mismo. Por inercia o por estrategia, de a poco vamos avanzando otra vez hacia un escenario en el que la batalla final entre el oficialismo y la oposición se dará en la provincia de Buenos Aires, aunque no haya verdaderas razones para que eso tenga que ser así. Esta vez no estarán ni Néstor ni Cristina Kirchner en las boletas (cómo sí estuvieron en 2009 y 2017) ni parece que vaya a haber un desafío abierto por la conducción del peronismo, como sí los hubo en 2005 y 2013. Por eso no es indispensable mantener la sinécdoque electoral de que el resultado de la provincia de Buenos Aires es un sustituto de la elección nacional. No hay razones para hacerlo. Además, esta interpretación beneficia a una de las dos grandes coaliciones, el Frente de Todos, que tiene su principal base electoral en el conurbano bonaerense. Por eso Juntos por el Cambio tiene que trabajar todo este año para disputar la interpretación de los resultados de la elección a partir del día siguiente.

Sobre la interpretación

En un escenario en el que el peronismo estará unido en la provincia de Buenos Aires por primera vez en mucho tiempo (no lo estuvo en 2005, 2009, 2013 ni en 2017), JxC tiene que hacer todo lo posible para sacar la mayor cantidad de votos posible –con mensajes, candidatos y territorio dentro de una misma estrategia– pero sabiendo que es posible no ganar y evangelizando en el mundo político que “ganar” no es lo único que hay para ver en este resultado. No solo en el ámbito nacional y en torno a cómo quede la composición del Congreso –en definitiva, lo único que se decide en estas elecciones–, sino también dentro de la propia provincia, porque el peronismo pone en juego en PBA 18 bancas, las que obtuvieron en su momento Unidad Ciudadana y el frente massista, más la de Eduardo Bali Bucca, elegido en la lista de Randazzo pero cercano al oficialismo.

En un escenario tan polarizado como el actual no es delirante pensar que JxC puede repetir la elección de 2017 en PBA y mantener la cantidad de bancas. Para el FdT, en cambio, eso es más difícil.

Esas tres listas sumadas obtuvieron el 52% de los votos, por lo que cualquier resultado inferior a ése le haría perder al Frente de Todos bancas bonaerenses en el Congreso. Y Juntos por el Cambio, mientras tanto, renueva las 15 bancas que obtuvo en 2017, cuando sacó el 42% de los votos. En un escenario tan polarizado como el actual no es delirante pensar que JxC puede repetir esa elección y mantener la cantidad de bancas. Para el FdT, en cambio, eso es más difícil. Por eso no es para nada imposible un escenario en el que el oficialismo sea la opción más votada por los bonaerenses pero al mismo tiempo pierda bancas en el Congreso frente a una oposición que las mantiene. A nivel nacional la situación tiene algunos rasgos similares: las distintas listas del peronismo sumaron en 2017 algo más del 52% de los votos para Diputados, una vara difícil de alcanzar para cualquier partido, incluso para el peronismo unido.

Por lo tanto, ésa tiene que ser la discusión para JxC durante todo este año si quiere disputar la interpretación de los resultados: acá lo importante, tienen que machacar sus dirigentes desde hoy hasta octubre, no es qué lista gana la provincia de Buenos Aires sino cómo queda conformado el Congreso, que por otra parte no es una discusión menor en las circunstancias de paridad actuales. Si el oficialismo pierde 5 o 6 bancas en Diputados, le costará más arriar votos ajenos para sus proyectos, algo que ya le costó mucho en este año y pico de legislatura. Los dos grandes éxitos legislativos de Máximo Kirchner como jefe de bloque del FdT han sido el impuesto a la riqueza (perdón, el aporte solidario por la pandemia) y el ajuste legal para convalidar el manotazo presupuestario a la Ciudad de Buenos Aires. Muchos otros proyectos (especialmente la reforma judicial y los cambios en la designación del procurador general) duermen la siesta de aquellos sin mayoría.

En el Senado, que Cristina Kirchner ha manejado casi a voluntad en este año y algo, el panorama es aun más favorable para Juntos por el Cambio, que pone en juego solo 9 bancas, varias de ellas en provincias donde gana casi siempre, como Mendoza y Córdoba, y puede aspirar a sumar hasta tres bancas en Chubut (donde ahora tiene cero), Corrientes (donde gobierna pero solo tiene una) y Santa Fe (donde tiene una pero puede aspirar creíblemente a ganar la elección). El oficialismo, en cambio, pone en juego 15 bancas en el Senado, con el riesgo de perder no solo las tres de Chubut, Corrientes y Santa Fe sino también, en un escenario más negativo, otras dos en Catamarca y La Pampa. Por lo tanto, no parece haber un camino electoral este año para los sueños más disruptivos del kirchnerismo duro, como serían un juicio político a los miembros de la Corte Suprema o, más ambiciosamente, una reforma constitucional. La única manera de que el Frente de Todos sume senadores es ganando Córdoba o Mendoza, lo que hoy parece improbable.

Lo que está en juego y lo que no

¿Quién decide, finalmente, la interpretación de una elección? En otra época uno podría haber dicho que lo más importante era ganar la tapa de los diarios del lunes siguiente. Hoy con eso no alcanza: las tapas de los diarios, metidas como todos en el bullicio digital en el que vivimos, absorben más agenda de la que imponen y compiten con millones de otros emisores –no todos, por supuesto, con la misma influencia– por la definición del sentido, que tampoco ya puede ser unívoco y unánime. Los partidos políticos tienen que tener esto claro. Por eso no sirve decir las cosas una vez para esperar resultados tangibles: hay que insistir con el mismo mensaje una y otra vez, con consistencia y perseverancia, aun si durante semanas o meses no se aprecian resultados visibles.

No parece haber un camino electoral este año para los sueños más disruptivos del kirchnerismo duro.

Si no quiere que la inercia o la conveniencia del oficialismo la arrastren otra vez a la cancha bonaerense, Juntos por el Cambio tiene que empezar lo antes posible a decirle a la sociedad y al mundo político que en estas elecciones lo que está en juego no es solamente el duelo de egos de la provincia sino, sobre todo, la composición del Congreso por los próximos años. En una república el reparto de poder institucional se mide, cuando la presidencia no está en juego, en el reparto de bancas. El foco bonaerense de las cuatro últimas elecciones de medio término fue una anomalía impulsada por la presencia de expresidentes en las boletas o por un falta envido interno del peronismo, puesto en escena en la provincia pero con innegables reverberaciones nacionales. Ahora no pasa ninguna de esas cosas: no habrá figuras de primer nivel nacional en las listas (ni Cristina Kirchner ni Mauricio Macri, las únicas verdaderamente existentes) ni está previsto un desafío por el control del peronismo.

Por eso Juntos por el Cambio no debe dejarse atrapar en la interpretación simplista de que un triunfo del Frente de Todos en octubre en PBA significa automáticamente un aval al rumbo del gobierno o la vigencia del voto de Cristina Kirchner. El oficialismo va a intentar hacerlo, porque sabe que le conviene. Los analistas políticos no opondrán resistencia: vienen diciendo lo mismo (“la provincia define todo”) desde hace 15 años y, a menos que se pongan a pensarlo seriamente, no tienen razones para cambiar. En un país que necesita destetarse del conurbano bonaerense, tanto económicamente como políticamente, una buena manera de empezar es no condicionar el futuro político del país a las decisiones de dos secciones electorales. Pero eso no ocurrirá automáticamente: si JxC quiere que cambie, tiene que hacer algo para cambiarlo.

 

 

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Hernán Iglesias Illa

Editor general de Seúl. Periodista y escritor, autor de American Sarmiento (2013) y Cambiamos (2016), entre otros libros. En el gobierno de Cambiemos fue subsecretario de Comunicación Estratégica de Jefatura de Gabinete.

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