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Domingo

No la veían

Dos libros recientes cuentan la historia y las paradojas de los intelectuales argentinos de izquierda y explican, quizás involuntariamente, por qué perdieron prestigio e influencia.

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Punto de Vista
Sofía Mercader
Siglo XXI, 2024.
256 páginas, $25.190
Introducción general a la crítica de mí mismo
Ricardo Piglia y Horacio Tarcus
Siglo XXI, 2024.
224 páginas, $20.990

 

Cada tanto, en época de elecciones, aparecen solicitadas firmadas por gente muy destacada, autora o editora de libros, acompañada, seguramente, por algunos periodistas y gente de la cultura en general. La noticia suele darse como que apareció un documento de los “intelectuales”, denominación que desata la burla de las redes sociales. “¿Fulanito es un intelectual? Dejame de joder”, es un tuit posible, repetido en diversas formas. “Intelectual” en esa lectura funciona con un sentido doble y contradictorio: como un norte prestigioso al cual los abajo firmantes nunca llegan, no son dignos, y como la descripción de un trabajo innoble, parasitario.

Se puede ser menos escéptico y admitir que existe una clase de personas que trabaja con el intelecto y que en Argentina ha tenido una historia y una influencia particulares. Nada mejor que revisarla en la compañía de dos libros de aparición reciente: las conversaciones del escritor Ricardo Piglia con el historiador de la izquierda argentina, Horacio Tarcus, y el estudio sobre la revista Punto de Vista llevado adelante por Sofía Mercader. El emprendimiento es interesante por los propios protagonistas, por supuesto, pero sobre todo porque permite vislumbrar la trayectoria de un grupo de gente de izquierda que atravesó las décadas de los ’60 y los ’70 y se articuló en los ’80 con la llegada de la democracia. Son corrientes políticas menos conocidas y estudiadas que los grupos guerrilleros, como Montoneros y ERP, pero es justamente su reticencia para ceder a la tentación de la violencia lo que los distingue para bien y los hace especialmente interesantes.

Punto de Vista nace como revista cultural en 1978, en plena dictadura, por el empeño de un grupo de intelectuales cuya filiación política en ese momento era el maoísmo. La identificación política con un sector en particular tenía en aquellos momentos cierta condición líquida: a menudo, tomaba la forma del recipiente. Piglia en los ’60 quería ser anarquista, y una discusión con un teórico marxista lo hizo cambiar de un momento a otro. “Yo, anarquista, en la discusión le digo que no tiene razón. Pero me vuelvo a casa y pienso que tiene razón”, cuenta en sus conversaciones con Tarcus. Sarlo, por su parte, pasó súbitamente del peronismo católico —que podría haberla llevado del lado de Montoneros—a ser miembro del Partido Comunista Revolucionario (PCR), de orientación pro china, gracias a su relación personal con el sociólogo Carlos Altamirano.

Otra tercera vía

El maoísmo de los ’70 fue una de las formas más tortuosas de búsqueda por parte de la izquierda de un encuentro con el peronismo, ese objeto del deseo. Lo hacían a través de la “tercera posición”, de su distancia con el comunismo soviético (donde muchos se habían formado para luego emanciparse) y con la idea de que era China el modelo revolucionario a seguir. Por su parte, el Partido Comunista chino, a diferencia del cubano, no fomentaba la lucha armada en otros países, lo cual dejaba al maoísmo como una opción atractiva para aquellos revolucionarios que no se sentían cómodos con el uso de la violencia. El maoísmo en Argentina se reunía en torno a dos partidos. El más oficial era el PCR, muy alineado retóricamente con el gobierno de Isabel Perón; el otro, más independiente y pequeño, era Vanguardia Comunista (VC).

La antecesora de Punto de Vista fue Los Libros (1969-1976), una revista de crítica literaria que arrancó como un proyecto de la Editorial Galerna a cargo de Héctor Toto Schmucler y que finalmente quedó en manos del trío maoísta. Como sucedería en Punto de Vista, Piglia —en ese momento cercano a VC— iba a abandonarla por disidencias políticas con el dúo Sarlo-Altamirano, más cercanos al PCR. Piglia viajaría en 1975 unos meses a China con dirigentes de VC y traería para el partido 50.000 dólares, parte de los cuales se usarían para financiar después las primeras ediciones de Punto de Vista.

Es interesante, para tener un aire del espíritu de la época, leer las cartas públicas donde se anuncia la desvinculación de Piglia de la revista Los Libros. Se trata de tres intelectuales destacadísimos —dicho sea esto sin la menor ironía— que en aqul contexto político achatan su discurso con todos los lugares comunes y el esquematismo del más dogmático de los militantes. Piglia dice:

Caracterizar este gobierno como nacionalista y tercermundista significa, a mi juicio, no tener en cuenta que el sector de la gran burguesía en él avanza cada día más en su política de claudicación y abierta conciliación con el imperialismo norteamericano, traicionando así los objetivos de liberación en defensa de los cuales el pueblo luchó contra la dictadura militar.

A lo que Sarlo y Altamirano responden:

Nosotros pensamos como vos que Isabel de Perón no debe ser confundida con el imperialismo yanqui y sus aliados locales, es decir, con el enemigo principal. Pero pensamos además que la acción del gobierno peronista hegemonizado por un sector de la burguesía nacionalista y tercermundista no puede ser definida políticamente al margen de la actividad conspirativa del imperialismo yanqui y el socialimperialismo soviético.

El disparatado intercambio sucede en abril de 1975, cuando el gobierno de Isabel Perón está dominado por el ministro López Rega, uno de los personajes más siniestros de la historia argentina, creador de la organización paraestatal triple A, que asesinaba militantes a la luz del día y cuyo sostén fundamental eran los organizaciones sindicales de derecha. El afán clasificatorio buscando al “enemigo principal” dejaba pasar de largo que se trataba de un gobierno de gángsters y asesinos. La situación económica se estaba agravando al punto de estar incubando el “Rodrigazo”, que tendría como consecuencia la caída en desgracia de López Rega y del gobierno en general. Todo eso para no hablar de Mao y su dictadura hambreadora, la que más muertes causó en el siglo XX, pero la admiración de los intelectuales del mundo —particularmente franceses— por la revolución china es otra delusión que merece una nota aparte.

Asoma entonces una condición doble en nuestros intelectuales, la de estar al día con las lecturas más sofisticadas de la crítica literaria contemporánea y, al mismo tiempo, la imposibilidad de ver las cosas más obvias que se presentan ante sus ojos. El lenguaje cambia consecuentemente, todo el refinamiento académico se convierte en jerga codificada cuando se habla de política. Este ejemplo de intercambio es un poco extremo y no habría de repetirse en la historia personal de estos participantes de la misma manera, pero sienta un precedente inquietante.

Asoma una condición doble en nuestros intelectuales, la de estar al día con las lecturas más sofisticadas y, al mismo tiempo, la imposibilidad de ver las cosas más obvias que se presentan ante sus ojos.

Lo cierto es que, en 1978, ya con los militares instalados en el poder y ejerciendo la más cruel violencia, los tres intelectuales se reunieron una vez más, decidiendo concentrar su tarea en la confección de otra revista, Punto de Vista. En esa primera etapa, hasta la vuelta de la democracia, en el marco de una censura muy fuerte, se limitaban a desarrollar sus ideas respecto de la crítica literaria, con artículos originales, cuentos de autores consagrados o traducciones.

Sin embargo, la revista tuvo dos impulsos políticos virtuosos. A medida que la dictadura perdía fuerza, la revista sintió que podía comenzar a criticar abiertamente. Y en Malvinas tuvo su momento más honorable. Contra lo que pensaban sus amigos en el exilio en México, reunidos en torno a la revista Controversia (José Aricó, Juan Carlos Portantiero, Emilio de Ipola), los intelectuales reunidos en Punto de Vista no consideraron a la invasión de las Malvinas por parte del ejército argentino como una gesta con legitimación popular sino simplemente eso: una invasión. Ya liberados del lenguaje de la militancia, el posicionamiento fue valiente y explícito, animándose a ir contra la corriente no solo de la sociedad — a eso un poco estaban acostumbrados— sino también de sus compañeros de izquierda exiliados.

El otro momento virtuoso de Punto de Vista fue cuando en el retorno a la democracia apostaron al candidato radical, Raúl Alfonsín. Al hacerlo, completaban un movimiento de resignación respecto de la idea de revolución, que los había marcado en las décadas del ’60 y del ’70, apostando a lo que pensaban que era una socialdemocracia. Esta toma de posición fue el motivo de la nueva escisión entre Ricardo Piglia (“el último bolchevique”, como lo llamaba un amigo) y el dúo Sarlo-Altamirano, ambos muy entusiasmados con el impulso democratizador de Raúl Alfonsín.

A medida que la dictadura perdía fuerza, la revista sintió que podía comenzar a criticar abiertamente. Y en Malvinas tuvo su momento más honorable.

En sus conversaciones con Tarcus, Piglia es especialmente crítico y cruel respecto de la relación de sus ex compañeros con el alfonsinismo. Le resulta irritante la admiración con que Sarlo y el cineasta Rafael Filippelli, su nueva pareja, en una conversación casual, le hablan de Antonio Mucci, un efímero ministro de Trabajo que quiso terminar con la burocracia sindical. “Me decían que Mucci era como un actor de Hollywood, venían embelesados”, cuenta el escritor. La discusión parece superficial, pero es de fondo. Piglia piensa en su rol como intelectual como en alguien que no interactúa con el poder sino de la manera más crítica, en tanto Beatriz Sarlo, su némesis, en ese momento entiende que hay que involucrarse activamente, sosteniendo de alguna manera un gobierno que satisface sus ahora moderadas demandas.

Si Piglia se mostraba algo cruel, más cruel es la política, que siempre deja al involucrado de buena fe decepcionado. El alfonsinismo tuvo su momentum inicial, con la ofensiva contra el poder de los sindicatos y los militares, para luego de estancarse económicamente, terminar en una crisis hiperinflacionaria y que dio lugar al surgimiento en los ’90 de Carlos Menem como la figura política dominante.

Según el libro de Sofía Mercader, en Punto de Vista coexistieron dos impulsos: el político y el vanguardista. El primero se divorció del segundo al convertir el anhelo revolucionario en un conformismo reformista, mucho menos romántico, pero más realista y apegado al sentido común y al sentir de la época. La revista, entonces, reservó toda su radicalización en el terreno estético. Uno podría pensar que suena bastante paradójico que los comunistas chinos hayan financiado el arranque de una revista cuyo logro material más irrefutable haya sido la incoporación de Juan José Saer al canon literario argentino, uno de los grandes intereses de Sarlo.

Escritores burgueses

Con Tarcus, Piglia desarrolla una idea respecto de Rodolfo Walsh. Dice que el editor Jorge Alvarez le había adelantado el dinero para una novela, con la idea comercial de que Walsh se subiera al colectivo exitoso del boom de la literatura latinoamericana arrancado por García Márquez y Vargas Llosa. Piglia siente que Walsh está en crisis con ese encargo, que las cosas no están encaminadas para el lado pensado y se siente trabado. Y que la opción por la militancia que toma Walsh, según el autor de Plata quemada, es una salida a esa crisis. “La crisis literaria se resuelve con un pase a la aventura, a la acción”, le dice a Tarcus, explicando la opción de Walsh por la militancia revolucionaria y la conversión al periodismo de batalla y a los trabajos de inteligencia para Montoneros.

Unas páginas después, va a decir de ese momento en que Sarlo está “embelesada” con el alfonsinismo que es el mismo caso de Walsh, una crisis literaria saldada con un pase a la política, en este caso no la acción revolucionaria sino la de los pasillos del poder, de la conversación con ministros.

Los juicios de Piglia respecto de sus ex compañeros y su evaluación respecto del pase a la política “profesional”, burguesa, formal, pueden ser justos o no, pero lo interesante es lo que viene después de la frustración de la experiencia alfonsinista. Notablemente, según se lee en el trabajo de Mercader, la revista se va a alejando de la discusión política para volver a poner el acento en la cuestión cultural, con un fuerte predominio de estéticas vanguardistas. Con Rafael Filippelli y Raúl Beceyro hablando de cine, la propia Sarlo de literatura, Federico Monjeau de música, Adrián Gorelik de arquitectura y urbanismo, entre otros, el movimiento estético predominante es vanguardista y el rechazo a lo masivo o a lo comercial es total (más allá de que algunos de ellos, como Monjeau, fuera de este ámbito de reflexión, tuvieran una relación personal muy cálida con la producción popular, en su caso la música).

Se podría entonces dar vuelta la tesis de Piglia respecto de Walsh y del grupo capitaneado por Sarlo, en el sentido de que la crisis política fue resuelta por este grupo volviendo a la crítica cultural, y que esta está muy delimitada por la vanguardia.

A la taxonomía como método de análisis, se le suma un desdén total por el conocimiento de los fundamentos de la ciencia económica, algo que no sufrieron las izquierdas de los países vecinos.

De hecho, según cuenta Mercader, el quiebre final de la revista, cuando cierra en 2008, no se produce, como en experiencias anteriores, por diferencias políticas, sino por desavenencias fuertes en los intereses estéticos. El grupo “vanguardista” (Sarlo, Filippelli, Gorelik) queda muy enfrentado al “moderno” (Hilda Sábato, Carlos Altamirano, María Teresa Gramuglio) y la disolución del espíritu grupal se hace irreversible. La llegada del kirchnerismo, con su hiperpolitización, no logró movilizar los intereses de la revista en sus últimos años, donde casi no se pronunció sobre el fenómeno político que iba a marcar a la Argentina de esos años.

En los años posteriores, hegemonizados políticamente por el kirchnerismo, la líder de Punto de Vista, Beatriz Sarlo, se convirtió en una figura casi popular, con participación en diarios, revistas, radio y televisión. Sarlo mantiene sus intereses estéticos radicalizados, pero, al mismo tiempo, se convierte en una analista política frecuentemente consultada por los medios. A diferencia de otros compañeros de la revista, como José Nun, mantiene distancia con el kirchnerismo, distancia que quedó inmortalizada en una frase (“conmigo no, Barone”) que al tiempo que pone límites implica una cierta familiaridad. Según lo que decía Piglia en 1998 en su conversación con Tarcus: “Sarlo está más cerca de lo que yo decía en aquel tiempo, diciendo no mirá, yo estoy flotando arriba, y no me voy a andar mezclando con esa porquería”.

Para esta corriente intelectual —representada involuntariamente por Beatriz Sarlo—, las categorías izquierda-derecha siguen siendo relevantes y dispensan de cualquier análisis posterior. A menudo, para ellos, argumentar es clasificar; es decir, con saber que alguien está a la izquierda de su contrincante bastará para tomar partido. De esa manera se explica cierta permisividad con el kirchnerismo que contrasta con la acritud instantánea que se tuvo con la experiencia de Cambiemos o ahora con Javier Milei. A la taxonomía como método de análisis, heredera de aquella discusión de Piglia con Sarlo-Altamirano por Isabel Perón, se le suma un desdén total por el conocimiento de los fundamentos de la ciencia económica, algo que no sufrieron las izquierdas de los países vecinos, como Chile, Uruguay, Brasil, Perú y Bolivia. Allá, la clase política concordó en ideas básicas elementales sobre el manejo económico del país, lo cual derivó en todos los casos en buenos resultados, infinitamente superiores a los nuestros.

Nuestra izquierda intelectual podría haber jugado un gran rol en denunciar no sólo el autoritarismo kirchnerista sino también su analfabetismo económico. Su rechazo a la violencia en los ’70 (o la debida autocrítica en años posteriores) y su adecuación a la idea democrática a partir de los ’80 son los mejores rasgos de nuestra intelectualidad de izquierda; el peor, la falta de registro de la realidad inmediata, expresada esta vez a través de la ignorancia de la economía. Las discusiones que quiere llevar adelante nuestra intelectualidad de izquierda no tienen nada que ver hoy con las necesidades materiales de la sociedad. Como consecuencia de eso, los intelectuales han perdido la influencia y prestigio que tuvieron en otros tiempos.

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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