LISANDRO BERTERO
Domingo

Por qué me voy

Me convierto en emigrante para intentar asegurar el futuro de mis hijos, con la esperanza de haber aportado mi granito de arena.

 

Sip, ese del que habla Macri soy yo. Seguramente te estés preguntando cómo llegué a esta situación. 

Me crié en una casa alfonsinista y con mucho amor por el país. Se leía el diario y se discutía de política. Mientras mi padre les enseñaba a las empresas a exportar, mi madre me cantaba el cancionero latinoamericano. Desde ya, no me criaron para que me fuera de esta tierra que acogió generosamente a nuestros antepasados: un zeide gaucho judío que nació en un carro bajo las estrellas entrerrianas, una bobe que se nacionalizó con orgullo y otra con dolencias de desarraigo (de su Polonia natal) que dañaron su salud. Esa era la narrativa en mi hogar: no estás de paso, aportá para mejorar tu país.

El amor genuino y optimista por la tierra en que nací, sumado a una visión politizada y constructiva del futuro, me provocaban angustia y sensación de derrota cada vez que algún amigo o conocido se iba a vivir afuera. Hoy soy yo el que se va a escribir la segunda parte del libro de su vida a otro país, pero con la frente en alto y sabiendo que hice todo lo que pude para no estar en esta situación.

Siempre me gustó discutir cómo es el mundo, cómo debería ser y activar para que el salto entre ambos sucediera, cumpliendo el mandato paterno de “ser de los que hacen que las cosas pasen”. Una de mis primeras actividades vinculadas a la política fue la de compilar e imprimir en nuestra Epson LX-810 los “50 motivos por los que usted no debería votar a Menem en 1995”. Tenía 17 años. Con la llegada del e-mail nació La Mateada, una newsletter donde me despachaba sobre los más diversos temas de cultura general con algún editorial político. La Facultad de Ciencias Económicas (UBA) me aportó multiplicidad de visiones (Macroeconomía con un liberal, Dirección General con un peronista) y concluí, con el tiempo, que las ideologías operan sobre las mentes como un filtro de color, y que escuchando a todos los espectros uno puede más o menos reconstruir un blanco que se parezca a la compleja realidad. Otras experiencias, como meterme a “refutar” como judío las teorías conspirativas en algún foro neonazi de Indymedia, me ayudaron a entender que en los fanáticos los filtros ideológicos se vuelven opacos y llegan a la total dato-resistencia.

Hoy soy yo el que se va a escribir la segunda parte del libro de su vida a otro país, pero con la frente en alto y sabiendo que hice todo lo que pude para no estar en esta situación.

No pienso de igual modo hoy que cuando era adolescente (sería una desgracia) pero en mis artículos de hace 20 años encuentro la semilla de mis valores: ser constructivo y rechazar la queja estéril; con un pequeño involucramiento desde abajo y desde afuera podemos lograr cambios y resolver problemas; debemos dejar el mundo un poquito mejor de como lo encontramos (tikkun olam en hebreo); las utopías revolucionarias llevan a tragedias; el cortoplacismo es una trampa porque los cambios importantes tienen costos inmediatos pero mayores beneficios futuros; el desarrollo se ve solo hacia atrás porque es la acumulación de pasos imperceptibles en tiempo presente; el progreso lleva muchos años, ¡arranquemos cuanto antes por la senda correcta!

En todos estos años viajé bastante por el mundo por trabajo y por placer, y me sigue costando relajarme porque siempre estoy intentando entender la trastienda, el back office. Cómo logran esta playa limpia, cómo tienen un espacio público disfrutable a toda hora por adultos y niños, qué ventajas tiene un BRT (aquí conocido como Metrobús) como el de Curitiba. Cómo podría Argentina aprovechar el agua como Israel, reconvertir su economía y tener un crecimiento económico ininterrumpido como Australia o un sistema educativo como el finlandés. 

No quería mudarme a una sociedad desarrollada: quería aprender a desarrollar Argentina y seguir viviendo acá. 

Comunicación

Quizá porque mi salida al mundo laboral a principios de los 2000 fue con desempleo y una crisis económica casi tan grave como la del 2020, sumado a la repentina muerte de mi padre, me dediqué a desarrollar mi carrera profesional ininterrumpidamente en el sector privado, volcando mi vocación cívica solo en tareas de voluntariado en organizaciones no gubernamentales y en las redes sociales, sin nunca animarme a dar el salto a lo público, pero admirando a los valientes que se arriesgaban. 

En 2008, en un semestre que pasé en el exterior, comencé un blog sobre ecología y urbanismo al que bauticé “Apuntes Urbanos: siempre me gustaron las ciudades”. Con el tiempo, Apuntes Urbanos se empezó a abreviar como “Apu” en Twitter. Era una joda y quedó. 

Fui descubriendo funcionarios desconocidos que hacían cosas importantes e intenté darles difusión, siempre complementando con material propio, sacado de foros especializados como SkyScraperCity o participando de recorridas in situ que Cambiemos ofrecía a ciudadanos de a pie. Ir a ver cómo se estaba construyendo la ciudad y la Argentina del futuro, con hitos que nunca se habían visto, para mí era como ir a Disney. Trataba de curar lo que veía en hilos de twitter que ordenaban las distintas noticias en el mapa al desarrollo que yo tenía en mi cabeza.

Con el tiempo, Apuntes Urbanos se empezó a abreviar como “Apu” en Twitter. Era una ‘joda’ y quedó.

En algunas oportunidades tuve ofertas para formar parte de equipos de gobierno o políticos, pero siempre llegaba a la misma conclusión: de aceptar, perdería grados de libertad personal, así como la independencia de no depender del Estado y de no deberle nada a nadie. También acotaría mi foco a la función específica que me asignaran y seguramente ganaría menos que en el sector privado. “Empujo desde afuera”, fue siempre mi conclusión. Yo no quería nada, simplemente estaba honrado de que alguien me leyera. Cuando el servicio público se ejerce de manera profesional y honesta es una piedra fundamental del camino al desarrollo y para mí era y es una satisfacción contar las batallas que se estaban dando contra la corrupción estructural y el estancamiento secular, más teniendo en cuenta el natural sesgo anti oficialista de los medios, con su tendencia a poner el foco en lo escandaloso. Como dijo alguna vez Rodolfo Terragno, “los aviones que llegan no son noticia pero el progreso se logra con los que sí llegan”, y yo decidí contar esas historias.

Hay gente del micromundo cambiemita que me recordará por el “broteverdismo” o por los videos espontáneos caseros de ciudadanos comunes disfrutando las nuevas obras públicas. También porque por deformación profesional (gestión), insistiera en que los cambios se comunicaran con un punto de partida, otro de llegada, y comparando la variación lograda (equis kilómetros de ruta asfaltada por año) con los avances bajo otras gestiones. A la manera visual de presentar eso la llamé en broma “antesdespuesismo”, en oposición a las fotos de tipos de traje cortando una cinta o en reuniones tomando mate que no comunican nada.

El populismo es cortoplacismo: habían quemado los stocks acumulados (en general, por otros) para aguantar mientras se patean todos los problemas para adelante.

Éramos tan felices y optimistas… ¿y qué pasó? Está claro que el escenario en el que Macri asumió el gobierno era muy finito. La herencia era espantosa, porque había que pagar los costos del cepo K, el default K, los futuros K, la falta de crédito K, la presión impositiva récord sobre empresas y familias y la emisión K descontrolada para financiar el déficit K (que genera necesidad de endeudamiento), así como el vaciamiento de las exhaustas reservas de dólares del Banco Central. A esto se sumaba el colapso de las exportaciones, la producción de energía, el stock de hacienda, las hectáreas de siembra y un largo etcétera. El populismo es cortoplacismo: habían quemado los stocks acumulados (en general, por otros) para aguantar mientras se patean todos los problemas para adelante.

Macri se enfrentó a ellos con una coalición nueva y de identidad en formación, en una minoría legislativa que ni De la Rua sufrió y con una sociedad anestesiada por 12 años de tarifas subsidiadas y 15 puntos de aumento del gasto público desde 2002. Donde quiera que tocara tenía que ajustar y alguien iba a llorar. Ahí está la trampa de salir del populismo. No obstante, se lograron avances increíbles en casi todos los frentes.

Acción

Entre las posesiones que vendí en la #ApuOpenHouse virtual, soltando lastre para nuestra mudanza, había varios libros sobre desarrollo, política y economía, de Daniel Filmus a Andrés Oppenheimer, de Bernardo Kliksberg a Friedrich Hayek, de Aldo Ferrer a las historias de los Tigres Asiáticos, países que se desarrollaron dentro del capitalismo pero sin libre mercado ni Estatismo puros, sino con un Estado en rol de catalizador. Y ser de los que hacen que las cosas pasen también se puede hacer, no como protagonista, sino como catalizador. 

Un caso fue cuando asustado por la dinámica de conflicto entre el gobierno y el sector científico salí a pedir que aquellos que no fueran fanáticos K se agruparan y conocieran. Me llovieron los DM de investigadores que hasta ese momento no se veían representados por las caras visibles del ámbito. Mi pequeño aporte fue ordenarlos para presentar a los funcionarios propuestas concretas que les mejoraran la vida y el trabajo, para luego retirarme. De esos encuentros surgió, por ejemplo, la desburocratización total de la importación de insumos y equipamiento científico (Roecyt), una reingeniería de procesos que ocupó por años a varias áreas del gobierno. Dos años después, muchos firmaron la solicitada de personalidades del mundo académico y científico a favor de JxC (potenciada después por el apriete de Alberto Fernández a la investigadora Sandra Pitta). Son reacciones que quizá se hubieran dado igual, pero hubieran requerido mucha más energía. Tal es la función del catalizador. 

De esos encuentros surgió, por ejemplo, la desburocratización total de la importación de insumos y equipamiento científico (Roecyt).

Gracias a mi independencia editorial, no tuve inconvenientes en ser el primero en ventilar el proyecto (de estado público, pero desconocido hasta el momento) de una diputada del PRO contra la vacunación obligatoria. La noticia se viralizó, la mayoría de Cambiemos lo repudió y el resultado final de la reacción en cadena fue la sanción de una ley promulgada por Macri en enero de 2019. La sociedad se había generado anticuerpos contra los antivacunas.

En esta carta a Mauricio expliqué lo revolucionario que era, en el sentido liberal, habilitar las discusiones en el Congreso de temas hasta entonces tutelados y volví a mi etapa juvenil de debate y argumentación al pasar cinco meses de 2018 militando la postura “verde” a favor de la despenalización del aborto. Hasta el último momento del gobierno intenté explicar la importancia de los liberales-progresistas (mejor explicado en este hilo) dentro de Cambiemos. Comparto espacios con “celestes” cambiemitas todos los días y esto jamás fue un problema. Tenemos claro que de este lado estamos los que queremos ser Canadá, Nueva Zelanda o Australia, y enfrente los populistas que nos llevan a Venezuela. No hay fisuras. 

Nuestro último esfuerzo fue después de la caída de las PASO. Pocas veces se vivió una campaña con tanta épica como aquellas masivas plazas del Sí se Puede, coronadas en la histórica avenida 9 de Julio, colmada más que en cualquier movilización política de la historia argentina. Hablo en plural porque para ese entonces ya muchos que nos habíamos conocido en las redes nos habíamos auto-organizado, empujando de abajo hacia arriba. Algunos de nuestros aportes fueron diagramar volantes específicos por localidad/provincia, colaborar con la organización de la fiscalización y descubrir un yacimiento de votos en la semana previa a las elecciones: los jóvenes que estudiaban lejos de donde votaban y no tenían dinero para el pasaje

Si bien no se logró “darla vuelta” como queríamos, esa campaña cosechó 2 millones de votos más para JxC mientras que el Frente de Todos no sumó casi nada. Esos legisladores extra han sido clave para que el Frente de todos no pudiera avanzar en ningún proyecto revolucionario. A su vez, ese 41% logró la solidificación de Cambiemos como polo republicano opuesto al populismo (de repetir el resultado de las PASO, no dudo que muchos referentes hubieran salido a partir la unidad del espacio). Esto se debe sostener e incrementar este año. 

Telón

El proceso electoral y el inicio del nuevo gobierno, en diciembre de 2019, me despertaron a la realidad de que un piso de votos demasiado alto no entendía para nada el futuro que la sociedad argentina estaba construyendo. Y muchos votantes de clase media hoy están descubriendo, tarde, que no son “todos lo mismo”. Que si se les rompe la laptop (su herramienta de trabajo) nunca la van a poder cambiar, porque el dólar se triplicó desde agosto de 2019 y el gobierno dificultó y encareció las importaciones tecnológicas. Que no van a poder moverse por el país con nuevas aerolíneas baratas porque la mayoría votó por el monopolio estatal. Que “el asado” pasó de 170 a 700 pesos (con Cambiemos “el cemento no se comía”: ahora tampoco el asado). Que en vez de salir a venderle orgullosos nuestro talento al mundo vamos a encerrarnos entre cuatro paredes a vendernos entre nosotros. Que se frenó la expansión de la mayoría de las autopistas, trenes y obras de saneamiento de Cambiemos, por incapacidad y corrupción pero además porque un Estado fundido y sin crédito no podrá más que invertir a cuentagotas. Que vuelven los procesos turbios que facilitan la corrupción (como en el PAMI, que volvió del expediente electrónico al papel). Que de nuevo no va a haber remedios e insumos importados. Que las villas no se van a urbanizar (y que los nuevos asentamientos no se van a desalojar, por lo que cada vez habrá más villas). Que se hace campaña contra las UVA sin entender que ayudan a disminuir el déficit habitacional siendo el puente entre los ahorristas que no quieren prestar pesos a largo plazo y los que necesitan vivienda pero no quieren endeudarse en dólares. Que en vez de encarcelar presos, se los libera. Que en el largo plazo, no vamos a ver mejoras en la educación porque se repudia la meritocracia desde la mismísima comunicación oficial y porque la inversión reptará por mínimos históricos. Y que hay demasiada gente a la que todo esto le parece aceptable.

La política es comunicar para cambiar la percepción de las cosas, pero eso lleva tiempo. Siempre que pensaba en el progreso decía “cuando sea grande, lo voy a ver”. Ahora lo pongo en duda. 

Me mudo pero siempre seré argentino, por lo que me mantendré insalubremente al tanto de todo y ayudando en lo que pueda.

Irse no es “hacer la fácil”. Encontrar un nuevo destino, ir vaciando un hogar de años, ocuparse de los que quedan en Argentina, dejar poderes, conseguir trabajo en otro país, vender departamento y auto, hacernos chequeos médicos de todo tipo, conseguir toda la documentación consular (una pesadilla en tiempos de pandemia), encontrar escuela para los chicos, estudiar otro idioma, rendir exámenes y toda la logística de viajar en tiempos de segunda ola de coronavirus. 

Me mudo pero siempre seré argentino, por lo que me mantendré insalubremente al tanto de todo y ayudando en lo que pueda. Seguiré conectado a mis grupos de discusión, donde hay consenso de que en la gestión de Cambiemos hubo un frente en donde no se ganó ni un centímetro, y que esto no puede volver a pasar: debemos tener la voluntad de disputar el sentido común.

Se debe explicar, convencer y predicar que una sociedad, para crecer, necesita que quien presta sus ahorros los pueda recuperar sin que se los licúen o repudien. Que las tarifas de servicios públicos y transporte se paguen a un valor similar a lo que cuesta dar el servicio. Que la restricción presupuestaria existe y el Estado no puede gastar más de lo que puede financiar, porque el déficit es el padre del endeudamiento (y no al revés). Que si los gastos del Estado superan a los ingresos, financiarlos emitiendo sin respaldo es veneno para nuestra moneda y pagarlos subiendo impuestos es veneno para nuestras empresas. 

Que el mérito educativo y laboral importan. Que si no se puede desalojar a un mal inquilino cuando no paga, los dueños retiran sus propiedades del mercado y eso castiga a los buenos inquilinos. Que si un productor agropecuario no puede liquidar sus dólares al precio que le cuesta lo que importa, se descapitaliza y esto es malo. Que el empleador debe poder despedir (con una indemnización razonable) porque hacer inviable despedir convierte en inviable contratar. Que crecer no debe ser penado fiscalmente. Que la culpa de la inflación no es del comerciante ni del productor. Que las empresas y los productores deben tener rentabilidad pero tienen sus costos inflados por los impuestos, tasas y la imprevisibilidad de las reglas de juego. Que no hay economía posible sin respeto a la propiedad privada, sin oferta y solo con demanda. Que exportar es el sueldo del país y debemos abrir más mercados. Que para exportar y producir hace falta importar porque la mayoría de las importaciones son de insumos, materia prima, máquinas y repuestos. 

Que la restricción presupuestaria existe y el Estado no puede gastar más de lo que puede financiar, porque el déficit es el padre del endeudamiento (y no al revés).

Que si todo esto no se entiende, el piso de pobreza va a seguir creciendo crisis tras crisis y se le van a seguir pateando las escaleras del progreso a los excluidos del sistema.

Para avanzar en ese frente es muy importante no tener vergüenza ni miedo de decir lo que pensamos: en la casa, en el trabajo, en el aula, con amigos. Porque si no cortamos la espiral del silencio en la que nos han metido los que nos llevan a la catástrofe, no hay salida posible. 

Quizá haya salida si el techo del voto del populismo se sigue horadando y el deterioro sin fondo de la situación socioeconómica, ya innegable para sus propios votantes, le pone un freno al rumbo del gobierno. Pero sobre todo, si nuestros jóvenes pueden dar la lucha a favor del progreso y del desarrollo, esa lucha que no empezó ayer y que tampoco terminará mañana.

Lamentablemente, los tiempos de la sociedad no son los del individuo, y pasando la cuarta década me convierto en emigrante para intentar asegurar el futuro de mis hijos, con la esperanza de haber aportado mi granito de arena y de que los jóvenes continúen el camino del cambio cultural, económico y político. Ojalá llegue a ver el resultado. Ojalá.

 

 

 

 

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Hugo Glagovsky

Licenciado en Sistemas de Información de las Organizaciones (FCE-UBA) y Analista Programador (ORT). Trabaja desde 2003 en consultoría de sistemas.

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