LEO ACHILLI
Domingo

Memorias del macrismo

Diez años entre Bukowski y Marcos Peña.

Getting your Trinity Audio player ready...

 

No me acuerdo del día que Mauricio Macri ganó la presidencia. Estoy seguro de que fui fiscal general en el conurbano, por ahí en Hurlingham. Creo que soy un buen fiscal general. Las responsabilidades básicas son llevarles víveres a los fiscales de mesa, que ponen el traste en la silla todo el día (como no puedo estar tanto tiempo sentado siempre voluntarié para fiscal general), reponer boletas cuando faltan en un cuarto oscuro, estar en la cuenta de votos al final del día. Las tareas políticas del fiscal general, a mi modo de ver, son generar buena relación con los fiscales peronistas, con las autoridades del Correo y con los gendarmes o soldados, hacer migas para acolchonar las tensiones que pueda haber a la hora de abrir las urnas.

Así que el día que ganó Macri seguro estuve vestido con un saco azul para parecer abogado. Temprano a la mañana saludé a la directora de la escuela y mis colegas de otros partidos diciendo “soy Varela, del PRO”, como si fuera una autoridad de un partido en el que nunca existí mucho. Seguro también compré dos docenas de facturas y las repartí como un refuerzo del desayuno que los partidos les dan a los fiscales, que siempre es como una ración triste para astronautas. Después pasé el día, fui al búnker de la victoria en un auto con amigos, todos excitados, creo que después bailamos en Costa Salguero.

Me acuerdo mejor de la noche en que Vidal ganó la gobernación, porque era como adivinar con certeza el futuro, que pronto iba a ser una victoria de Macri. Después del festejo en un lugar gigante con forma de cubo hubo otra fiesta en el boliche Asia de Cuba, en Puerto Madero. El aire estaba transparente y lleno de oxígeno, porque hacia frío y era la continuidad de un día de sol.

Me acuerdo mejor de la noche en que Vidal ganó la gobernación, porque era como adivinar con certeza el futuro.

Un chico que antes había sido periodista deliraba de la borrachera y del inicio de la locura. Miraba las torres de Puerto Madero y decía “todo esto es mío”. A los pocos meses se terminó de volver loco. Adentro del boliche lo crucé a Marcos Peña. Estaba tranquilo como si viniera de un día normal en la oficina. Pensé que si yo fuera él habría entrado a la fiesta en elefante, y que esa era una de las razones por las que no era él.

Después bailé cumbia peligrosa con chicas rubias. Feffo, un publicista que ama la murga y con el que había trabajado en la municipalidad, saltó arriba mío e hicimos pogo de gordos. Decía que María Eugenia iba a llegar a saludar en cualquier momento. Yo me fui antes de eso, en la cresta de la fiesta, porque de las fiestas hay que irse siempre cuando están arriba.

En el embrión está también la muerte, dijo el poeta. El fin del PRO empezó cuando nació, en un edificio chiquito y francés en la calle Lafinur, en 2002, como una expresión a la derecha del “que se se vayan todos” surgido después del choque del país al final de 2001. Macri, Marcos Peña, que era muy joven y ya aprendiz de alquimista, y otros, como Francisco de Narváez, que duró poco ahí, tenían un objetivo doble que resultó demasiado exigente: transformar la Argentina y al mismo tiempo cambiar las reglas de la política, que son antiguas como las ciudades.

En el inicio del PRO, y a lo largo de sus 20 años de gravitación relevante en el país, “la política” fue sinónimo de mala palabra, de lo que obstaculizaba. En cambio, Marcos Peña inventó una oferta a la gente con una fórmula. La nueva política era un aparato que en la primera punta tenía un mecanismo para interpretar demandas reales de los ciudadanos, a los que se les decía vecinos, después se diseñaban respuestas puntuales, a medida, y se desarrollaba un circuito de gestión medible, empujado a tracción sangre de gerentes, coordinadores y obreros para entregar resultados concretos sin charlas ni discursos. 

Fue una fórmula ganadora desde que Macri ganó la intendencia de la ciudad en 2007. El PRO transformó Buenos Aires de una manera notable que se va a olvidar rápido, porque la gente se olvida. Lo hizo usando este dispositivo alimentado de herramientas de gestión como el GANTT y los tableros de control, empujados con prolijidad por hombres vestidos de Legacy y chicas bien arregladas que pensaban en la solución para los vecinos y no en los discursos inflamados y la mística. En el PRO nunca hubo un equivalente a las unidades básicas o los comités de los radicales. 

El PRO transformó Buenos Aires de una manera notable que se va a olvidar rápido, porque la gente se olvida.

En todos los lugares donde estuve hice observación participante, estar para mirar. El PRO fue una oportunidad increíble para eso. Entré a la Municipalidad en 2012, cuando me echaron de la consultora en la que trabajaba. Me consiguió el trabajo Juan Tonelli, que había sido un cliente destratado por los dueños en mi trabajo anterior y aún así me ayudó para que tuviera un comienzo nuevo. Ese año estaba muy justo de plata, así que comía en el día solo dos o tres turrones y aprovechaba que en la oficina había café gratis.

En mi nuevo trabajo, en el edificio de la municipalidad, que todavía funcionaba en la frontera sur del microcentro, tenía un escritorio en un piso abierto lleno de gente. Mi nuevo jefe, Marcelo Nachón, no me daba tareas, porque era amigo de mis ex empleadores (con quienes yo estaba en el inicio áspero de un juicio que gané 12 años después) y porque había caído de paracaidista. Me dedicaba entonces a hacerles masajes en la espalda a mis compañeros y compañeras de oficina. Me puso de moda Pablo Perez Correa, que siempre estaba muy contracturado y gritaba “¡Gordooo!” haciendo el gesto con la mano de que fuera a resolverle la espalda.

Tiempo después, Nachón tuvo la oportunidad de despedirme pero fue generoso y me permitió conseguir un lugar en la Dirección de Juventud, donde pasé a estar protegido por el joven Nicolás Pechersky, que se fue poco después y en su lugar llegó Luciana Blasco, con cara de temible. En la primera reunión le dije que íbamos a ser amigos, ella movió rotunda la cabeza diciendo que no, pero yo sabía que estaba cocinada. A Luciana la vi hacer cosas increíbles, como revivir la Bienal de Arte Joven, logrando que los artistas que odiaban mucho a Macri se subieran al bote en pos de un bien mayor; también la vi hacer del Centro Cultural Recoleta, hasta su llegada muy nalgas frías, un lugar donde miles de chicos hicieron y hacen cosas llenas de oxígeno. 

No te hagas el Bukowski

Encontré un montón de cosas buenas en el PRO. Una vez, confundido por el stress de estar empezando de nuevo, le dejé una nota un poco subida de tono en el escritorio a una chica importante en la estructura. Al rato vino, me la devolvió y me dijo “si te haces el Bukowski acá te van a echar” y no me denunció. Nada parecía pasar en ese mar de chicas vestidas a la moda y muchachos con la espalda recta, pero una vez Meli Javkin, que me decía “golden boy derrotado”, me explicó que ahí los amoríos sucedían de manera sigilosa, como un monje shaolin que camina sobre papel de arroz, para no darle lugar al chisme.

En el PRO se podía estár de acuerdo con Marcos o muy de acuerdo, no había otra posiblidad. Yo siempre estuve en contra de su dictadura del pensamiento único aséptica y sin sangre. Los años anteriores a trabajar en la municipalidad había estado a cargo de la materia de comunicación en la Escuela de Dirigentes del PRO, donde me iba muy bien y los alumnos me calificaban de manera favorable, pero Marcos me mandó a sacar. 

Una vez, ya en la presidencia, del equipo de Marcos me pidieron ayuda para hacer un trabajo. Dije que sí, pero que estaba disponible sólo hasta las siete de la tarde. A las nueve de la noche me llamaron para seguir trabajando, dije que no podía porque justo organizaba un recital en el Café Rivas. Esa noche, Martín Llambí, que no era parte de la programación, tocó en la guitarra Unknown Legend, de Neil Young, y yo, que no sé cantar, la canté para la sala llena, feliz de haberme rebelado. Marcos, que era duro pero no sanguinario, no mandó a que me sacaran el contrato. 

Los partidos políticos son, sobre todo, un sistema para dirimir las internas. El PRO era un partido con dueño, Mauricio Macri, y un esquema de socios, accionistas y obreros que sumaban puntos para sus jefes. Eso fue lo que quedó obsoleto después de la derrota de 2019. El PRO se rompió porque, desde el principio, no inventó una manera para resolver el poder puertas adentro. Entonces todo lo malo que pasó después tuvo que ver con delegarle a los votantes en elecciones abiertas lo que tendría que haberse resuelto en casa, donde se lavan los trapos.

El PRO se rompió porque, desde el principio, no inventó una manera para resolver el poder puertas adentro.

En el PRO nunca fuimos compañeros, ni correligionarios, no hubo sensación de hermandad, de un adentro que es más importante que el afuera. Más bien, fue una unión transitoria de personas procurando su interés propio por adentro de una matriz de resultados. Deben haber pasado más de 5.000 personas por el PRO con roles relevantes; si hubiera sensación fuerte de pertenencia sería todavía una falange política relevante, pero eso no pasó, no hay logia, solo gente desperdigada en pequeños grupos de afinidad. 

Ante la falta de política, en el PRO los lazos se tejieron desde lo social. Pertenecer quería decir participar de los asados y las juntadas correctas, de determinadas escenas donde lo principal era lucir la calma de los salvados, de los que no tienen urgencias, de los que no toman en público más que dos gintonics.

El 11 de diciembre de 2015 entré al edificio de la Secretaría de Comercio, en Roca 651, donde ya había trabajado en el gobierno de Menem, para tomar posesión del edificio. Estaba con El Economista del Rostro Perfecto, Matías Fernández, mi admirado Matiboy, y un par más de muchachos con los que íbamos a trabajar en la nueva administración. El secretario de Comercio entrante era Miguel Braun. Hay algo muy eufórico en llegar a un gobierno el primer día, en recorrer rápido las oficinas del piso de los importantes buscando la tuya. Es un ejercicio delicado, hay que saber hasta dónde te da la legitimidad para aspirar a qué oficina buena.  

En los años de Comercio estuve un poco disperso. Justo se estaban remodelando los baños, que usé para dormir la siesta y tener sexo con una novia con olor muy rico que me conseguí en el edificio. Siento que no serví a mi país como corresponde, algodonoso de salir casi todas las noches, creyendo que recuperaba la juventud perdida, como cuando trabajaba con Cavallo y me sentía de 50 años teniendo 25. 

Un día llegué a la oficina y vi que me habían sacado el perchero, uno de estilo francés que me gustaba mucho. Me enteré de que se lo había llevado la secretaria de José García Hamilton, que era el subsecretario de Relaciones Institucionales y estaba arriba mío en la cadena alimenticia de la administración pública. Entré sin golpear a la oficina de José y me llevé el perchero. Me dijo que me aclaraba que lo había pedido él, le dije que le aclaraba que estaba dispuesto a perder el trabajo por ese perchero. Ese fue el primero de varios gestos ásperos de mi parte, pero cuando José ocupó un lugar importante en el actual gobierno de Milei y yo volví a trabajar ahí de suboficial no tomó ninguna represalia, siempre saludándome con buena onda. Hay gente que está bendecida por saber qué es lo importante y no guardar rencores menores.

Respondiendo a mi desprolijidad, Braun empezó a desconectarme lentamente. Siento que hacía bien.

Respondiendo a mi desprolijidad, Braun empezó a desconectarme lentamente. Siento que hacía bien. Ya con bastante experiencia política para esa época, me di cuenta de que tenía que conseguirme patrón nuevo, así que le pedí asilo a Nacho Perez Riba, que era el jefe de Gabinete del ministro de Producción, Francisco Cabrera. Para cerrar el trato fuimos con El Economista del Rostro Perfecto a comer a un restaurant vasco entre el centro y Balvanera. Ese día conté que había estado en el Borda, pero Pérez Riba me hizo un lugar igual. Pasé un par de años buenos conchabado en lo de Nacho, que a veces era medio turro en el trato pero se las arreglaba al mismo tiempo para hacernos sentir a todos que formábamos parte de algo cálido que giraba en torno a él. 

El gobierno de Macri apostó por la creación del clima de inversiones, una idea clásica de la derecha argentina. Se construyó por oposición a los modales violatorios del kirchnerismo para construir previsibilidad, blancura de Occidente y apostar a la confianza que incita a la gente de afuera y a la de adentro a poner la plata en el país. La comunicación visual y de gestos de la presidencia de Macri era del Primer Mundo, el Presidente como un ejemplo de lo que tenemos que ser todos. 

Los dos primeros años tuvieron el optimismo del dólar muy barato, desde adentro el clima de trabajo era luminoso, por objetivos, sin apuros. Sin embargo, la política está hecha de tiempo: el gobierno calculó que tenía más del que tuvo y le cayó la ducha helada de la corrida de 2018. En el medio, una mañana, Macri hizo una aparición relámpago en la tele para calmar a los mercados. Le vi la inquietud tremenda en los ojos. Los ojos nunca mienten, como dice Tony Montana en Scarface: the eyes, chico, they never lie. 

Sin embargo, la política está hecha de tiempo: el gobierno calculó que tenía más del que tuvo y le cayó la ducha helada de la corrida de 2018.

Una noche estaba haciendo las compras en un supermercado chino de la calle Gascón y vi cómo un señor grande y vestido prolijo hacía una cola larga para comprar dos bananas en saldo por demasiado maduras. Sentí, como se siente la parte por el todo, que perdíamos las elecciones. Empecé a comentarlo en el trabajo, enseguida vino el Capitán Frío y me dijo “dejá de decir que perdemos”.

Apegado a su propio manual de buenas prácticas, a la idea de que ser mejores y más dignos iba mejorar el país, Marcos decidió no usar la estructura del Estado para intentar ganar las elecciones. Eso me pasma todavía. En cambio, organizó como único esfuerzo una especie de club Tupperware por Whatsapp llamado los Defensores del Cambio, que consistía en pedirles a los propios que mandaran mensajes a sus contactos a favor de Mauricio, pidiéndoles a su vez que reproduzcan los mensajes entre los conocidos para crear una red invisible de apoyo en los teléfonos.  

El último día del macrismo en el gobierno Matías Fernández y Pérez Riba organizaron unas empanadas para el equipo en la oficina del ministro, en el piso 11 del ministerio de Economía, desde las ventanas se ve el río. Me dio nostalgia despedirme de gente querida a quien iba a dejar de ver, sobre todo una chica en particular, que me había tenido fascinado de manera sublimada y me dijo siempre que no, inclusive en el casorio de El Economista del Rostro Perfecto, cuando estuvimos dos horas sentados en una hamaca y todo era transparente.

Si te gustó esta nota, hacete socio de Seúl.
Si querés hacer un comentario, mandanos un mail.

Compartir:
Lisandro Varela

Autor de www.50argentinos.com, una herramienta de entrevistas en profundidad que sirve para enterarse de cosas. En Twitter e Instagram es @buenbipolar.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

Rusia patea la paz
para adelante

Mientras Putin ve la diplomacia como un arma de guerra, Trump la considera un atajo para su gloria personal. En ese escenario, un acuerdo de paz que involucre a los ucranianos parece imposible.

Por

Descongelando a Menem

Un libro del hermano Eduardo llega justo cuando la revalorización de los ’90 entra en pausa por el protagonismo del apellido en los recientes titulares sobre corrupción en el Gobierno.

Por

Todo es stories

De los manuales al feed, de la tesis doctoral al TikTok viral, nunca antes tanta gente consumió, discutió y reinterpreta el pasado con tanta intensidad como ahora.

Por