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Domingo

Historia máxima

El acuerdo con el FMI resultó un límite insoportable para el purismo kirchnerista. Al patear el tablero, Máximo Kirchner condiciona a su propio gobierno. Sin advertir quizás las consecuencias.

Hace poco más de una semana todo era alegría en el gobierno de Alberto Fernández. El ministro Guzmán había anunciado un principio de entendimiento con el Fondo Monetario Internacional (FMI), alejando así el temido fantasma de entrar en atrasos con el organismo multilateral. Más aún, el anuncio del ministro sugería que se trataba de un acuerdo muy favorable al Gobierno, que le permitiría transitar los últimos veinte meses de mandato sin tener que realizar un ajuste significativo y con un cronograma despejado de pagos de deuda en moneda extranjera. El presidente mismo, pocos minutos antes de la conferencia de prensa de Martín Guzmán, dio por concluida la negociación a través de un mensaje grabado.

Los hechos de esta semana muestran que en realidad la cuestión era más compleja. Como escribió Andrés Borenstein en Seúl la semana pasada, el diablo está en los detalles. Ciertamente lo que anunció Martín Guzmán sugiere que el gobierno ha obtenido del Fondo un programa Stand-by tradicional disfrazado de acuerdo de facilidades ampliadas (EFF en inglés). El Gobierno se beneficiará de la refinanciación de los vencimientos durante 2022 y 2023 y la factura deberá pagarla no quien suceda a Alberto Fernández, sino quien en ocupe la Casa Rosada a partir de 2027, momento en que habrá gracias a la reestructuración ‘exitosa’ de Martín Guzmán y al arreglo con el FMI una concentración de vencimientos con acreedores privados y organismos multilaterales.

Sin embargo, el portazo del hijo vicepresidencial sugiere que no todo es tan beneficioso como parece y que el ajuste requerido durante el tiempo que resta del mandato de Alberto Fernández no será tan suave. El comunicado del propio FMI, los tuits de Gita Gopinath –la vicedirectora gerente del organismo– y las recientes declaraciones de Kristalina Georgieva parecen indicar lo mismo. El problema del acuerdo con el Fondo parecería ser no tanto el hecho de que no resuelva los problemas estructurales de la economía argentina –tal como señaló Ilan Goldfajn, director para el Hemisferio Occidental del organismo en una reunión con inversores– sino más bien que, a ojos de la facción principal del oficialismo, no resuelve los problemas electorales del Frente de Todos.

Los límites de la fuga hacia adelante

Cerca de un año atrás acuñé la expresión election targeting para caracterizar la política económica del gobierno. Las reglas básicas de este tipo de política económica son sencillas: 1) la orientación económica está completamente subordinada al objetivo electoral; 2) de lo cual se desprende que no hay que ajustar ni permitir un salto discreto del tipo de cambio, dado que quien ajusta o devalúa, pierde. La política económica vive así en una constante fuga hacia adelante. Si el eventual programa que Argentina termine acordando con el FMI no resulta tan light como sugirió Guzmán, evidentemente chocará con la dinámica que hasta ahora ha mostrado la política económica del Frente de Todos, colisionando con la meta electoral.

Y si la meta electoral resulta comprometida, como presupone en teoría la vicepresidenta y el ala del Frente de Todos que ella conduce, la coalición gobernante habrá perdido su razón de ser. La unidad del peronismo se forjó en 2019 a partir de una suma de debilidades: la de la vicepresidenta, que era consciente que en soledad no podría ganar las elecciones, y la del peronismo no kirchnerista, que fracasó en su intento de armar una alternativa electoral competitiva que prescindiera de Cristina Fernández de Kirchner. El principal impulso fue sin dudas el horror al llano y la expectativa de permanencia en el poder. Si esa expectativa se desvanece, es lógico que el kirchnerismo, accionista mayoritario de la coalición y pretendido portador de una identidad ideológica menos pragmática y flexible que la del resto de las tribus peronistas, busque preservar su pureza para argumentar ante sus fieles que no sacrificó sus ideales en las puertas de Balcarce 50.

Más allá de las cuestiones ideológicas o de la incomodidad que para el kirchnerismo duro supone la idea de enfrentar revisiones trimestrales del Fondo, motivos que probablemente también llevaron a la intempestiva decisión de Máximo Kirchner, el ala más dura del oficialismo no parece contemplar dos cuestiones.

¿Por qué se llegó a esta instancia en la que la Argentina se encuentra al borde del default habida cuenta que el cronograma de pagos con el FMI era conocido desde fines de 2018?

En primer lugar, ¿por qué se llegó a esta instancia en la que la Argentina se encuentra al borde del default habida cuenta que el cronograma de pagos con el FMI era conocido desde fines de 2018? Si se llegó hasta aquí sin tener un acuerdo con el Fondo, la responsabilidad excede a Martín Guzmán y Alberto Fernández. Incluso considerando como deficiente la estrategia de reestructurar primero la deuda con los privados para luego ir al FMI (¿acaso no habría sido más fácil transitar el momento más duro de la pandemia con acceso a los recurso pendientes de desembolso del abortado programa de 2018, o quizás negociando primero con el Fondo no habría tenido la Argentina una carta más fuerte para pedir una mayor quita a los acreedores privados?), la causa detrás de la demora en la negociación con el principal acreedor externo de la Argentina, negociación que solo comenzó luego de las elecciones del 14 de noviembre pasado, solo es entendible a través del veto de la vicepresidenta al intento de cerrar un arreglo entre fines de 2020 y principios de 2021. Es decir, si luego de más de dos años desde el comienzo del gobierno de Alberto Fernández y Cristina Kirchner la cuestión del Fondo continúa irresuelta, ello se explica fundamentalmente por las preferencias del accionista mayoritario de la coalición de gobierno.

En segundo lugar, si efectivamente el ajuste asociado al arreglo con el Fondo pone en riesgo la continuidad del Frente de Todos en el gobierno en 2023, ¿acaso no es peor el escenario alternativo de entrada en atrasos con el FMI? ¿Hay conciencia dentro del ala dura del oficialismo acerca de las implicancias de convertir a la Argentina en un “paria internacional” tal como dijo el propio Martín Guzmán que ocurriría si la Argentina dejaba de pagarle al Fondo? Nadie dentro del ala mayoritaria del oficialismo parecería reparar en el impacto que una mora con el Fondo tendría sobre los tipos de cambio paralelos, sobre las consecuencias de una brecha cambiaria probablemente muy superior a la actual o, peor aún, de poner al país al borde de un nuevo default con los acreedores privados, entre tantos otros efectos asociados a patear el tablero con el FMI.

Nadie dentro del ala mayoritaria del oficialismo parecería reparar en el impacto que una mora con el Fondo tendría sobre los tipos de cambio paralelos.

Ciertamente, y tomando la negociación de manera aislada, el diputado Leopoldo Moreau tiene un punto al señalar que, si la idea era entrar en atrasos con el FMI, la semana pasada era el momento para hacerlo. El monto era relativamente pequeño, aún quedaban recursos en el Banco Central y la Argentina preservaría algo de poder negociador. Pero este razonamiento es simplista, dado que la negociación con el Fondo no ocurre en el vacío. Posiblemente el impago en ese momento habría acelerado las negociaciones, pero también habría venido asociado a las efectos perniciosos descriptos en el párrafo anterior. O como señaló el propio Presidente en el reportaje con Mario Wainfeld: de no haberse hecho el pago del viernes 28 de enero, el gobierno se habría visto forzado a decretar un feriado cambiario para el lunes siguiente.

“La política es el arte de tragarse sapos” y “la política es una construcción colectiva” son expresiones conocidas por todos a quienes nos interesa lo público. El ex jefe del bloque de diputados del Frente de Todos parece desconocerlas. Entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, el líder de La Cámpora sin dudas privilegia la primera. Si lo hace por cálculo político o por ideología es indistinto. Su portazo sembró dudas sobre una negociación que no está terminada. Y que incluso de concluirse con éxito para el 21 de marzo, fecha límite para que la Argentina evite entrar en atrasos con el FMI, no será el último episodio de esta saga, ya que después vendrán las metas incluidas en el programa con el FMI y las revisiones trimestrales.

Veinte años no es nada

A algunos podrá sorprenderles la irresponsabilidad del comportamiento de Máximo Kirchner. Sin embargo, como reza el dicho, “de tal palo tal astilla”. Veinte años atrás la Argentina enfrentó una negociación muchísimo más ardua y complicada con un Fondo mucho menos contemplativo y condescendiente. La institución que actualmente conduce Kristalina Georgieva es un convento de carmelitas descalzas en comparación con el FMI con el que debió lidiar Eduardo Duhalde. En aquel entonces, el Fondo exigió una multiplicidad de acciones previas, como condición para sentarse a negociar. Entre ellas la derogación de la controvertida Ley de Subversión Económica. El oficialismo estaba con los votos justos en el Senado. El fracaso de la iniciativa probablemente hubiera volteado la negociación con el Fondo y tumbado al gobierno de Duhalde. Lázaro Chiappe, senador correntino del Partido Liberal, se oponía a la abrogación de la ley, pero se encontraba en su provincia y no llegaría a tiempo a la sesión. El entonces gobernador de Santa Cruz, Néstor Kirchner, envió el avión de la gobernación para que Chiappe pudiera votar en contra del gobierno. Los dos senadores santacruceños, Cristina Fernández de Kirchner y Nicolás Fernández, lógicamente también se opusieron a la derogación de la ley en cuestión. La votación terminó empatada gracias a la ausencia de la senadora radical Amanda Isidori. El ahora juez de la Corte Suprema Juan Carlos Maqueda, por entonces presidente provisional del Senado, desempató en favor del gobierno.

El eventual arreglo con el FMI, gracias a una iniciativa impulsada por el propio oficialismo, deberá pasar por el Congreso. Tal como hace veinte años el kirchnerismo parece estar más inclinado a atarse a las banderas y desentenderse de las consecuencias de sus acciones. La historia se repite, primero como tragedia, luego como farsa, dice Marx al comienzo de El 18 Brumario de Luis Bonaparte. Todo parece indicar que nuevamente será así.

 

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Ignacio Labaqui

Analista político y docente universitario.

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