BERNARDO ERLICH
Domingo

Siete kilos de trotyl

En 'Masacre en el comedor', Ceferino Reato echa luz sobre el olvidado atentado montonero en la Superintendencia de Policía y pone en foco el costado más violento de Rodolfo Walsh.

En 2017 publiqué un libro que recopilaba y comentaba la bibliografía y filmografía dedicada a la violencia durante la década del ’70 en nuestro país (Diccionario crítico de los años 70, editado por Margen Izquierdo). Estaba organizado como un diccionario con cien entradas que correspondían a nombres o sucesos relevantes de la época. Cuando me dispuse a escribir sobre lo que considero uno de los episodios más reveladores del clima político de ese período, el atentado montonero al comedor de la Superintendencia de Policía del 2 de julio de 1976, encontré que, salvo menciones laterales en libros dedicados a otros temas centrales, nadie se había ocupado del episodio.

Esa omisión del periodismo de investigación era gravísima: hasta los atentados de la AMIA y la embajada de Israel había sido el acto terrorista más violento de la historia del país. Sus consecuencias políticas fueron tremendas y la participación de una figura envuelta en mitos y leyendas, como Rodolfo Walsh, le daba más entidad. Era un hecho tremendamente significativo del cual casi no se había hablado y que había desaparecido de la memoria de los argentinos.

Esa omisión del periodismo de investigación era gravísima: hasta los atentados de la AMIA y la embajada de Israel había sido el acto terrorista más violento de la historia del país.

El encargado de subsanar esa omisión es el periodista Ceferino Reato, quien encaró una difícil y minuciosa investigación para Masacre en el comedor, publicado en estos días. Reato revisa el episodio revelando detalles totalmente desconocidos hasta la fecha y pone en contexto la relación de Montoneros con la Policía Federal y el papel de esta fuerza en la represión, especialmente en la ciudad de Buenos Aires. Sin perder un gramo de empatía con las víctimas, durante tantos años silenciadas, el libro pone de manifiesto el fuerte papel que jugó la Federal en la represión clandestina. Sin embargo, el gran aporte del libro es dimensionar el nivel de insensibilidad al que había llegado la cúpula montonera que decidió el destino y la forma del atentado y el rol central que jugó Rodolfo Walsh.

El atentado mató a 23 personas y lastimó gravemente a más de un centenar. Se trataba de una bomba “vietnamita” dejada en una silla del casino de la Superintendencia de Policía, un comedor que no sólo era frecuentado por miembros de la fuerza sino por personas del barrio. El explosivo consistía en un tubo cilíndrico con bolitas de rulemanes en ambos extremos y siete kilos de trotyl en el medio. La tremenda onda expansiva no sólo hacía que las bolitas de acero se convirtieran en proyectiles letales, sino que provocaba que salieran despedidos a tremenda velocidad todos los objetos del lugar, desde cubiertos y vasos hasta patas de las mesas e incluso la caja registradora. La descripción que hace Reato de la carnicería dejada por la bomba es estremecedora y difícil de leer en sus detalles.

Quien dejó la bomba dentro de un maletín, cubierta por un sobretodo, fue el cabo de policía infiltrado por los montoneros, José María Salgado. Se trataba de un muchacho de apenas 21 años, estudiante de ingeniería, quien, bajo el impulso de su mentor, Rodolfo Walsh, había decidido cumplir el servicio militar obligatorio dentro de la Policía Federal. De clase media alta, de zona norte del Gran Buenos Aires, católico, inteligente y meticuloso, sobrino de un general, tenía todas las condiciones para convertirse en un instrumento de la inteligencia montonera.

La descripción que hace Reato de la carnicería dejada por la bomba es estremecedora y difícil de leer en sus detalles.

Su acción no sólo generó la masacre esperada, sino que desató una represión más salvaje y violenta que la que ya venía sucediendo. Una vez conocida su participación, su familia se quebró en dos. Además de los daños materiales, el hecho provoco heridas emocionales que no terminan de cicatrizar casi medio siglo después. Salgado fue secuestrado por la Marina y retenido en la ESMA sin que sus captores supieran que se trataba del ejecutor del atentado. Delatado por un jefe montonero bajo tortura, fue entregado a la Policía Federal que, luego de torturarlo hasta la muerte, lo dio por muerto en un “enfrentamiento”.

Un episodio silenciado por víctimas y victimarios

A menudo se dice que no hay que juzgar una época con los valores de otra. En este caso se trataría de no emitir sobre Walsh y la cúpula montonera un juicio extemporáneo. La violencia ya no es vista hoy como era vista en la década del ’70, se podría decir: los juicios morales deberían hacerse con el criterio imperante en la época. Este refugio al relativismo tiene dos puntos débiles. Uno es que esa misma lógica, si fuera correcta, debería aplicarse a los militares y sus horrendos crímenes. Saludablemente, en ese punto todos nos ponemos universalistas y no relativistas. El otro punto es que, si los valores hubieran sido tan distintos, el episodio no habría sido silenciado de la manera en que lo fue.

Las represalias por parte de la Policía incluyeron un fusilado en el Obelisco y la masacre de los sacerdotes palotinos.

Efectivamente, el atentado ha sido ocultado por los victimarios pero también por las víctimas. El hecho no tuvo una consecuencia legal ya que nunca fue judicializado ni investigado. Las represalias por parte de la Policía incluyeron un fusilado en el Obelisco y la masacre de los sacerdotes palotinos, entre otros crímenes. Para la Policía, recuperar el hecho y ponerlo en la conversación pública era remover una parte oscura de su historia.

Los Montoneros, por su parte, comprobaron rápidamente que el salvaje crimen no tenía los réditos políticos imaginados. Un sector enorme de la sociedad estaba harto de la violencia cotidiana y los detalles de este atentado no fueron recibidos con beneplácito. Con el ERP prácticamente desaparecido y los Montoneros embarcados en una lógica terrorista sin salida, la dictadura disfrutaba de, por lo menos, la aquiescencia silenciosa de la mayoría de los argentinos.

La figura de Rodolfo Walsh

El manto puesto sobre el episodio se extendió a lo largo del tiempo y cubrió especialmente a su autor intelectual, Rodolfo Walsh. A lo largo de los años y especialmente cuando el kirchnerismo se adueñó del relato sobre los ’70, la figura de Walsh fue despojándose de la idea de combatiente revolucionario para convertirse en una suerte de santo patrono del periodismo, principalmente el autor de Operación masacre, en sus comienzos, y de la “Carta abierta de un escritor a la Junta Militar”, en el final. El primer sorprendido en esta conversión hacia un símbolo de la libertad de expresión habría sido el primer Walsh, el que se encargó de repudiar ese concepto durante su estadía en Cuba, apoyando la represión a los intelectuales disidentes.

El primer sorprendido en esta conversión hacia un símbolo de la libertad de expresión habría sido el primer Walsh.

El libro de Ceferino Reato cierra con una observación justa y muy aguda. El que marca el camino que llevaría a su propia pasteurización es el propio Walsh. En sus escritos dirigidos a la cúpula montonera de los últimos meses plantea con toda claridad que la batalla militar está perdida, que es hora de un repliegue y ofrecer un cese del fuego “con el reconocimiento de ambas partes de la Declaración Universal de los Derechos del Humanos y la vigencia de sus principios bajo control internacional”.

La lucidez de Walsh al señalar la derrota y su clarividencia al señalar que la tabla de salvación no iba a ser la lucha revolucionaria sino ese maravilloso invento liberal que son los derechos humanos demuestra que su inteligencia estaba muy por delante de quienes habían militarizado al extremo la conducción del movimiento montonero. Los acontecimientos de las décadas posteriores le dieron la razón y la reivindicación de los derechos humanos reemplazó en el imaginario la lucha por instalar un régimen que los consideraba un lujo burgués.

El movimiento revolucionario argentino ofreció pocas figuras tan interesantes y complejas como la de Rodolfo Walsh. Su gran capacidad lógica y su pasión por mapas, claves y sistemas de codificación, herencia quizás de sus gustos literarios, lo convirtieron en una pieza clave de la inteligencia montonera. Nunca terminó de convertirse en un cuadro: mantuvo cierto aire de orgullosa independencia que le permitió en los días del desastre no sólo desafiar a la Junta Militar sino también cuestionar a la conducción de la guerrilla que integraba.

Tuvo muchas facetas, con lo cual no es difícil elegir el Walsh más conveniente. Una de esas caras estaba disimulada, la del combatiente terrorista que no teme ni duda ante las consecuencias de los actos más violentos. Es mérito de Ceferino Reato y su Masacre en el comedor que el retrato general sea más completo.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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