LEO ACHILLI
Domingo

Malvinas, una causa sin consecuencias

En un nuevo aniversario de la guerra, re-publicamos un recordado y controvertido documento de 2012 firmado por un grupo de intelectuales y le agregamos dos lecturas contemporáneas.

Hoy se cumplen 41 años de la invasión de la dictadura militar a las Islas Malvinas, que desencadenó la guerra donde murieron 649 combatientes argentinos y 255 combatientes británicos. Qué debemos hacer los argentinos con esta herida es un debate que hoy parece petrificado: los colectivos porteños y las rutas nacionales tienen carteles que dicen “las Malvinas son argentinas” y los políticos se conforman con repetir mecánicamente, año tras año, las mismas palabras sobre soberanía y el mantra de “fueron, son y serán”, a pesar de que hoy las Malvinas no son argentinas en ningún sentido real y práctico del término.

En algún momento hubo una reacción a esta situación. En 2012, un grupo de intelectuales, entre los que estaban Juan José Sebreli, Beatriz Sarlo y Luis Alberto Romero, publicó una carta fundamental donde ponían en cuestión el soso consenso imperante y se atrevían a alertar sobre la dura realidad de la situación. En este nuevo aniversario, queremos re-publicar esa carta y complementarla con dos visiones contemporáneas: una de uno de los firmantes originales, Vicente Palermo, y otra de nuestro editor Diego Papic. Nuestro objetivo es volver a darle vida al debate sobre Malvinas: ¿por qué no nos atrevemos a movernos de nuestra posición a pesar de la falta de resultados y de que la queja por Malvinas nos victimiza y nos hace sentir incompletos como país? Acá abajo, en ese orden, están los tres artículos. Empezamos por la carta de 2012.

1. Una visión alternativa

A tres décadas de la trágica aventura militar de 1982 carecemos aún de una crítica pública del apoyo social que acompañó a la guerra de Malvinas y movilizó a casi todos los sectores de la sociedad argentina. Entre los motivos de aquel respaldo no fue menor la adhesión a la causa-Malvinas, que proclama que las Islas son un “territorio irredento”, hace de su “recuperación” una cuestión de identidad y la coloca al tope de nuestras prioridades nacionales y de la agenda internacional del país.

Un análisis mínimamente objetivo demuestra la brecha que existe entre la enormidad de estos actos y la importancia real de la cuestión-Malvinas, así como su escasa relación con los grandes problemas políticos, sociales y económicos que nos aquejan. Sin embargo, un clima de agitación nacionalista impulsado otra vez por ambos gobiernos parece afectar a gran parte de nuestros dirigentes, oficialistas y de la oposición, quienes se exhiben orgullosos de lo que califican de “política de estado”. Creemos que es hora de examinar a fondo esa política a partir de una convicción: la opinión pública argentina está madura para una estrategia que concilie los intereses nacionales legítimos con el principio de autodeterminación sobre el que ha sido fundado este país.

La República Argentina ha sido fundada sobre el principio de autodeterminación de los pueblos y para todos los hombres del mundo.

Una revisión crítica de la guerra de Malvinas debe incluir tanto el examen del vínculo entre nuestra sociedad y sus víctimas directas, los conscriptos combatientes, como la admisión de lo injustificable del uso de la fuerza en 1982 y la comprensión de que esa decisión y la derrota que la siguió tienen inevitables consecuencias de largo plazo. Es necesario poner fin hoy a la contradictoria exigencia del gobierno argentino de abrir una negociación bilateral que incluya el tema de la soberanía al mismo tiempo que se anuncia que la soberanía argentina es innegociable, y ofrecer instancias de diálogo real con los británicos y –en especial– con los malvinenses, con agenda abierta y ámbito regional. En honor de los tratados de derechos humanos incorporados a la Constitución de nuestro país en 1994, los habitantes de Malvinas deben ser reconocidos como sujeto de derecho. Respetar su modo de vida, como expresa su primera cláusula transitoria, implica abdicar de la intención de imponerles una soberanía, una ciudadanía y un gobierno que no desean. La afirmación obsesiva del principio “Las Malvinas son argentinas” y la ignorancia o desprecio del avasallamiento que éste supone debilitan el reclamo justo y pacífico de retirada del Reino Unido y su base militar, y hacen imposible avanzar hacia una gestión de los recursos naturales negociada entre argentinos e isleños.

La República Argentina ha sido fundada sobre el principio de autodeterminación de los pueblos y para todos los hombres del mundo. Como país cuyos antecedentes incluyen la conquista española, nuestra propia construcción como nación es tan imposible de desligar de episodios de ocupación colonial como la de Malvinas. La Historia, por otra parte, no es reversible, y el intento de devolver las fronteras nacionales a una situación existente hace casi dos siglos –es decir: anterior a nuestra unidad nacional y cuando la Patagonia no estaba aún bajo dominio argentino– abre una caja de Pandora que no conduce a la paz.

Como miembros de una sociedad plural y diversa que tiene en la inmigración su fuente principal de integración poblacional no consideramos tener derechos preferenciales que nos permitan avasallar los de quienes viven y trabajan en Malvinas desde hace varias generaciones, mucho antes de que llegaran al país algunos de nuestros ancestros. La sangre de los caídos en Malvinas exige, sobre todo, que no se incurra nuevamente en el patrioterismo que los llevó a la muerte ni se la use como elemento de sacralización de posiciones que en todo sistema democrático son opinables.

Necesitamos abandonar la agitación de la causa-Malvinas y elaborar una visión alternativa que supere el conflicto y aporte a su resolución pacífica. Los principales problemas nacionales y nuestras peores tragedias no han sido causados por la pérdida de territorios ni la escasez de recursos naturales, sino por nuestra falta de respeto a la vida, los derechos humanos, las instituciones democráticas y los valores fundacionales de la República Argentina, como la libertad, la igualdad y la autodeterminación. Ojalá que el dos de abril y el año 2012 no den lugar a la habitual escalada de declamaciones patrioteras sino que sirvan para que los argentinos –gobernantes, dirigentes y ciudadanos– reflexionemos juntos y sin prejuicios sobre la relación entre nuestros propios errores y los fracasos de nuestro país.

Firmantes: Jorge Lanata, Juan José Sebreli, Emilio de Ípola, Pepe Eliaschev, Rafael Filippelli, Roberto Gargarella, Fernando Iglesias, Santiago Kovadloff, Gustavo Noriega, Marcos Novaro, José Miguel Onaindia, Vicente Palermo, Eduardo Antin (Quintín), Luis Alberto Romero, Hilda Sabato, Daniel Sabsay y Beatriz Sarlo.

2. Los derechos de los isleños

por Vicente Palermo

La declaración de 2012 no es nada vueltera. Comienza destacando la ausencia de una crítica pública al vastísimo respaldo social que acompañó la guerra.

Hay que ver, digo de paso, lo frescos que son muchos malvineros contemporáneos. Un ejemplo: como Argentina y Gran Bretaña habían asumido un compromiso de “no innovar” en el curso de negociaciones, ponen el grito en el cielo porque el gobierno británico permitió la realización de un referéndum. ¡Como si la invasión perpetrada en 1982 no significara una “innovación”! La indulgencia con nosotros mismos es uno de los rasgos fuertes de la causa nacional por excelencia.

El documento del que soy firmante –que me permito elogiar sin cortapisas porque no participé en su redacción– no se anda con chiquitas a la hora de examinar cómo esta causa nacional se traduce en política: la fantasía, repetida hasta el cansancio por tantos y tantos políticos, diplomáticos y analistas autocomplacientes (afortunadamente hay excepciones), de que Malvinas es una política de Estado. Si se puede aplaudir como único y encomiable lo que hacemos en relación a Malvinas y los malvinenses, entonces estamos jodidos. Observesé cómo se hacen un solo bloque dos lugares comunes graníticos: “la causa Malvinas es lo único que une a los argentinos” y “para Malvinas tenemos una política de Estado”. Este regodeo pasa por alto que el momento en que los argentinos estuvieron más unidos fue en abril, mayo y junio de 1982; que desde entonces hasta ahora la “memoria” de la guerra ha devenido en un culto melancólico y ubicuo; que nos atamos de pies y manos (mejor dicho, los constituyentes de una generación, la de 1994, pretendieron amarrar a un curso de acción determinado a todas las generaciones futuras) mediante una “cláusula transitoria” dizque profesa el respeto por los intereses de los isleños, mientras venimos haciendo por décadas exactamente lo contrario.

Mientras tanto, ¿los isleños qué hacen? Muy simple: prosperan y no nos quieren ver ni en figuritas.

Ni siquiera somos indiferentes con los isleños: cada vez que podemos les complicamos la vida, los hostigamos, intentamos ablandarlos para que aflojen, los ninguneamos en los (rituales) entremeses que sostenemos con Gran Bretaña. En fin, somos incapaces de librarnos de ninguna de las ataduras de nuestra “política de Estado”. Así nos causamos más daño a nosotros mismos que a ellos. Mientras tanto, ¿ellos qué hacen? Muy simple: prosperan y no nos quieren ver ni en figuritas.

Por eso el tema absolutamente central de la declaración de 2012 es el de los malvinenses. Para empezar, insta a los argentinos a concretar una auténtica ruptura con el pasado (y el presente): procura introducir a los malvinenses, con sus intereses genuinos, expresados en sus deseos, formulados por ellos mismos y no apenas por los Estados. Afirmar que los isleños debían dejar de ser, en la percepción argentina, convidados de piedra, desató el escándalo, naturalmente. Una pequeña conmoción pública, las aguas se agitaron levemente y luego volvió a reinar la calma. Al menos en la superficie. En la oscura profundidad, me consta, el texto es muy recordado.

Almas bellas

Muchas veces imaginé lo que pueden haber pensado los isleños asiduos a la lectura de nuestros diarios al aparecer la declaración. Por ejemplo: “Estas almas bellas pasan por alto que nosotros ya hemos expresado mil veces nuestros deseos y no tenemos nada que negociar. Además, nunca, nunca jamás, volveremos a confiar en los argentinos”. Pero el propósito de nuestra declaración no fue el de internarnos en cursos de policy o establecer un diálogo inconducente, sino uno “subjetivo”, partir de un plano previo, una ardua conversación entre argentinos. El plano –siempre inaccesible de un modo completo– en el que se procura conjugar lo que es correcto con lo que es conveniente.

Es en ese plano que la declaración propone a los argentinos un modo genuino de definir una interlocución con los isleños, por ahora sólo hipotética: “Es también nuestro deseo que vuestro futuro, y el futuro del archipiélago en que viven, no sea determinado sin ustedes. De momento lo que queremos es dejarlos en paz. El día de mañana, si así lo prefieren, entren sin llamar. Y si prefieren otra cosa, estará en vuestras manos decidir”. Personalmente tengo la certeza de que este tipo de diálogo es lo mejor para los malvinenses, pero también es lo mejor para la Argentina más diversa, más próspera y más justa con la que tantos soñamos.

3. ¿Para qué queremos Bahía Blanca?

por Diego Papic

Una de las veces que más me insultaron en Twitter fue cuando pregunté para qué queremos las Malvinas. No encuentro el tuit, lo debo haber borrado porque se había transformado en un imán de improperios de todo tipo, que iban desde “vendepatria”, “cipayo” o “facho” hasta “gordo”, “enano” o cosas referidas a mi madre. Realmente me dieron para que tuviera. Hay veces que uno tuitea cosas polémicas sabiendo que le va a volver una oleada de odio, pero esa vez me tomó por sorpresa, no estaba preparado. Ni siquiera había afirmado que las Malvinas no fueran argentinas. Sólo había preguntado para qué las queríamos, genuinamente: ¿hay petróleo?, ¿hay oro?, ¿litio?, ¿es un paraíso en donde crecen los olivos, las vides, los iPhones?

Entre el aluvión de insultos ninguno me explicó para qué queríamos las Malvinas, pero hubo uno que me contestó algo que me quedó grabado: “¿Y para qué queremos Bahía Blanca?”. La respuesta era buena porque demostraba cuál era nuestro desacuerdo central: para el malvinero las Malvinas son argentinas como la rotonda de Alpargatas, los esteros del Iberá, la esquina de Nazca y Gaona y la represa El Chocón, pues su blanco está en los montes y en su azul se tiñe el mar. Para mí, en cambio, el significante Malvinas está asociado a unas islas ventosas, heladas, agrestes, lejanas, pobladas por gente que nos odia (con razón), donde se libró la única guerra en la que participó mi país durante mi vida, guerra que fue conducida por una dictadura criminal que cometió atrocidades incluso en esa guerra y contra sus propios compatriotas. Por eso: ¿hay petróleo, oro, litio, iPhones? Porque si no, honestamente, me chupan un huevo las Malvinas.

En el documento de los 17 intelectuales de 2012 se pone el foco en la autodeterminación de los isleños, un argumento que me parece irrefutable y que sirve para contestarle también al amigo que me contraatacó con Bahía Blanca, que después de todo está llena de bahienses, es decir de argentinos. En las Malvinas hay 3.662 personas según el censo de 2021, todas de nacionalidad inglesa, que habitan las islas desde antes de que existiera Argentina como tal, que gritan los goles de Harry Kane, beben golden ale y se parecen más a los personajes de Los espíritus de la isla que a los de División Palermo.

El nacionalismo malvinero es un sentimiento negativo y estéril, impulsado más bien por el odio, la agresividad y el complejo de inferioridad, que nos une en lo peor.

Por eso creo que el sentimiento malvinero representa la peor cara del nacionalismo. No me gusta mucho el nacionalismo en general, pero puedo ver su lado positivo cuando se trata de amor a la tierra de uno, a sus costumbres, a su gente. El nacionalismo malvinero es un sentimiento negativo y estéril, impulsado más bien por el odio, la agresividad y el complejo de inferioridad, que nos une en lo peor.

La Argentina está en una situación dramática. El INDEC informó casi un 40% de pobres y un 8,1% de indigentes (8 de cada 100 argentinos no tienen para comer) en el segundo semestre de 2022, y algunas estimaciones sugieren que la inflación de marzo estará más cerca del 8% que del 6,6% de febrero. Tenemos más de diez tipos de cambio y una brecha de hasta el 100% con el dólar oficial. Para colmo atravesamos la peor sequía en 60 años. Nada de esto es culpa de Gran Bretaña, ni de Margaret Thatcher, ni de la Reina Isabel, ni del general Jeremy Moore. Y no se solucionaría, ni siquiera se mitigaría un milímetro, si mañana desembarcara Sergio Berni a sangre y fuego en Port Stanley y nombrara gobernadora de la Isla Soledad a Juliana Di Tullio y de la Gran Malvina a Matías Lammens.

Si nos ocupáramos de lo importante y lo hiciéramos bien, si la Argentina dentro de diez o veinte años fuera un país económicamente viable y políticamente sano y si dejáramos de tratar a los kelpers como enemigos y a Gran Bretaña como invasora, quizás podríamos empezar una relación con esas islas que nos sirva para algo, y empezar a entender así para qué queremos las Malvinas.

 

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Vicente Palermo

Politólogo y ensayista. Sociólogo (UBA). Fundador del Club Político Argentino.

Diego Papic

Editor de Seúl. Periodista y crítico de cine. Fue redactor de Clarín Espectáculos y editor de La Agenda.

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