ZIPERARTE
Domingo

Un ‘nunca más’
de la corrupción

El alegato del fiscal Luciani tiene la consistencia de una narración sólida apoyada en datos. Como el Juicio a las Juntas, marcará un antes y un después. Ya nadie podrá alegar desconocimiento.

La historia sucede en un continuo infinito pero se condensa en episodios puntuales. Uno de esos episodios es la exposición de los fiscales Diego Luciani y Sergio Mola en el juicio seguido contra Cristina Fernández y otros por la adjudicación indebida de obras públicas durante su gobierno al empresario Lázaro Baez. Tres veces por semana, a lo largo de varias semanas, durante casi ocho horas, sucediéndose en el uso de la palabra, los dos fiscales pasan en limpio los argumentos de la acusación y exponen así un descomunal mecanismo de extracción de fondos públicos con destinos privados. Las audiencias se transmiten por un canal de YouTube y son referenciadas en los principales portales. A pesar de que el grueso de la argumentación es detallado y técnico, miles de personas se conectan cada vez para escuchar todo, algunos tramos o como sonido de fondo al que se le presta atención cada tanto. Los días en que hay exposición (lunes, martes y viernes) las revelaciones ocupan la agenda periodística dejando que otros temas, como el rumbo incierto de la economía, ocupen el resto de la semana. La contundencia del relato explica los intentos de la defensa que, lejos de esperar a contar su verdad, tratando de mostrar inconsistencia en las pruebas, ha intentado demorar y obstaculizar las exposiciones con recusaciones forzadas, al borde del ridículo.

Al sobrepolitizado universitario parece darle un poco de vergüenza hablar de corrupción: piensa que está para más. Le parece un tema menor si es de izquierda y, si es antikirchnerista, piensa que no es eso lo que define esencialmente al kirchnerismo, sino otras características como el autoritarismo, la economía pre-moderna, la nula separación entre Estado y partido y la confusión entre público y privado. Sin embargo, todas esas características están resumidas y representadas en estos actos de corrupción. No se trata de un sobreprecio eventual aprovechado por algunos pícaros. Se trata, como se puede apreciar en esta causa y otras, como la de los cuadernos, de un modelo de transferencia de ingresos públicos a manos particulares, con el vértice sistemáticamente puesto en la familia Kirchner. Es muy política esa decisión de poner una aspiradora de fondos públicos: está sustentada en la idea de amigo-enemigo, que justifica cualquier acción en tanto sea realizada por el bando correcto, y en la indiferencia por la rendición de cuentas, gestos políticos que se pueden justificar con alguna lectura académica. Con esas ideas con las cuales se siente cómodo, el kirchnerismo ha recorrido un camino que va desde la intervención al Indec, la quita sistemática de fondos al campo o a la Ciudad de Buenos Aires hasta estos sistemas de acumulación de dinero sucio.

Para el politizado de izquierda todo es política salvo la corrupción, que, en el caso del kirchnerismo, se explica por la naturaleza humana.

Para el politizado de izquierda todo es política salvo la corrupción, que, en el caso del kirchnerismo, se explica por la naturaleza humana. Pues no, se trata de acciones ilegales que demuestran una idea muy clara sobre la relación entre el Estado y los ciudadanos. Por otro lado, siempre fue claro que para Néstor Kirchner, el primer arquitecto de esta forma de entender la función pública, la acumulación de dinero era condición necesaria para hacer política. En algún momento, aparentemente, los medios se convirtieron en fines y todos los eslabones intermedios y la cúpula se enriquecieron personalmente.

La exposición, entonces, revela un accionar: no se trata sólo de una personalidad de la política cometiendo un ilícito sino también de una forma de hacer política que tiene en la ilegalidad una pata fundamental. Entender esto a través de los argumentos de la fiscalía es develar la vida política de las últimas dos décadas. La exposición eminentemente verbal, aunque apoyada en documentos, tiene la consistencia de la narración. Sin entrar en paralelismos imposibles, el efecto es como el logrado en la monumental película Shoah, de Claude Lanzmann, que reniega del material de archivo y se apoya en el relato exclusivamente verbal de víctimas, sobrevivientes y testigos del Holocausto. Hay que estar muy radicalizado en el pensamiento ideológico para seguir siendo negacionista después de ver Shoah. Algo parecido en términos de contundencia argumentativa tiene este juicio.

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El mismo efecto tuvieron en su momento el Nunca Más y el Juicio a las Juntas. No se trata, repito, de equiparar una acción con otra: el kirchnerismo en general ha privilegiado la violencia psicológica sobre la población y no la física. Lo que se quiere remarcar es que una enumeración descriptiva de hechos realizada de manera puramente verbal puede tener consecuencias extraordinarias, como sellar en la conciencia de la ciudadanía los límites de lo permitido.

Las imágenes de José López

A esta demoledora narración oral hay que agregarle, sí, una imagen, que conocíamos desde 2016: la del exsecretario de Obras Públicas, José López, tirando de madrugada bolsos llenos de dólares en un convento. Las causas aún no son conexas en el ámbito judicial, pero el dato es irrefutable: López estaba en el centro de todas estas maniobras destinadas a adjudicar obras a Lázaro Baez y seis meses después de haber salido del gobierno (con el Operativo Limpieza como último acto) tenía en su casa nueve millones de dólares en efectivo y, por algún motivo que se desconoce, en ese momento temió ser descubierto. Imposible no cruzar el relato de Luciani con esas imágenes insólitas.

Si los alegatos desarrollan una narración clara sobre los hechos sucedidos, también resignifican otros episodios laterales. Por ejemplo, a la luz del grado de involucramiento y su rol como líder política obsesiva que controla todas las acciones de sus acólitos, las declaraciones de CFK cuando aparecieron las imágenes de López en el convento revelan de una manera intolerable su cinismo: “Tuve una gran indignación y un gran enojo, mucho, mucho, mucho. Pensé en cómo se podían sentir con esa escena los miles y miles de pibes que nosotros habíamos incorporado a la política. Para mí fue brutal y fue terrible”. Se preguntó en ese momento de dónde habría salido todo ese dinero ya que “siempre que hay un corrupto hay un corruptor”. Ahora tenemos claro de dónde venía ese dinero y hacia dónde iba.

No se trata de un “arrepentido” que cuenta una historia inverificable: se trata de decenas de piezas independientes que encajan unas con otras.

Una de las características sobresalientes de la exposición de los fiscales fue la de tomar elementos de otras causas y articularlos en esta. No existe una causa madre que una lo que a todas luces es una actividad sistemática y que no podría no tener conexiones. Por ejemplo, de los teléfonos requisados en el episodio de José López y los bolsos, se detectó el Operativo Limpieza, es decir, el cobro apresurado de todo lo que debía ser efectivizado para la empresa de Lázaro Báez y el cierre de esta. Esa operatoria se articulaba perfectamente con toda la actividad anterior del secretario de Obras Públicas y contaba con los mismos actores. Lo mismo cuando los fiscales utilizaron las testimoniales de José López en la causa de los cuadernos, en donde expresaba que él mismo le había explicado a Cristina Fernández la actividad pensada por su marido respecto de las obras viales adjudicadas a Lázaro Báez. No se trata de un “arrepentido” que cuenta una historia inverificable: se trata de decenas de piezas independientes que encajan unas con otras develando en el rompecabezas armado la figura de la apropiación de fondos públicos.

A favor del “honestismo”

Se podría decir que buena parte de estos hechos ya eran conocidos y que aun así, la ciudadanía decidió ignorarlos beneficiando con su voto a sus responsables. Es cierto, pero hay que señalar un par de cosas. En primer lugar, el rol jugado por los denunciadores, a menudos denostados y acusados de “honestismo”. Se trata, claro, por un lado, de algunas personalidades de la política, como Elisa Carrió y gente de su entorno, que señaló el hecho en un grado de soledad política que habría amilanado a más de uno.

Por otro lado, el periodismo de investigación puso el ojo sobre la forma de administrar las obras públicas por parte del kirchnerismo en épocas tan tempranas como 2007 (año de publicación de Hablen con Julio, de Diego Cabot y Francisco Olivera). A menudo, estos valientes solitarios han pagado el precio de la frustración compartida por parte de la población al comprobar que la ciudadanía en su conjunto no sentía que los episodios descriptos eran políticamente descalificatorios y que sus responsables podían seguir en la función pública con un éxito creciente. Sin embargo, el juicio que hoy comentamos probablemente sería imposible sin aquellos señalamientos iniciales.

A menudo, estos valientes solitarios han pagado el precio de la frustración al comprobar que la ciudadanía no sentía que los episodios descriptos eran descalificatorios.

Necesarias y valiosas como fueron esas denuncias, hay una dignidad en el ámbito judicial que convierte a este juicio de Vialidad, y seguramente otros que están por venir, en un relato cualitativamente diferente. Después de la circulación de los alegatos, nadie podrá decir que los rasgos distintivos del kirchnerismo les resultaban desconocidos. Si lo hacen, será, una vez más, responsabilidad de la sociedad argentina, no de corporaciones como la de los periodistas, que después son usados como chivos expiatorios.

Desde ya que una condena a la máxima responsable sería un hecho sanador. Sin embargo, lo más importante sería que la sociedad haga carne del conocimiento que se expresa en el juicio y decida de una vez por todas dar vuelta la página a uno de los capítulos más bochornosos de nuestra historia.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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