MARISA LICATA
Domingo

La traición de los intelectuales

Victor Klemperer y los "hombres de letras" que abandonan la razón.

Conocí a Victor Klemperer gracias a una nota de Andrea Calamari en Seúl sobre la libreta de notas virtual que había ido llenando durante la cuarentena con expresiones y modismos oficiales que se iban poniendo o imponiendo de moda, como “sanitización” o “anticuarentena”. Klemperer, nacido en 1881 en territorio entonces alemán, hoy polaco, llevó un diario personal desde la adolescencia; ya mayor, se dedicó a la filología y, cuando el Tercer Reich tomó el poder, se encontró con la poco envidiable oportunidad de ser testigo y cronista de lo que el nazismo le hacía a la lengua alemana. Dejó registro de esto en forma de observaciones lingüísticas y sociológicas, reunidas más tarde en un libro que tituló Lingua Tertii Imperii (en latín, literalmente, “La lengua del tercer imperio”).

Me hice traer el libro por Book Depository (¡qué tiempos aquellos!) y lo fui descifrando en mi lento alemán, marcando acá y allá pasajes que me interesaban. En un punto, Klemperer compara el comportamiento de un par de agentes de la Gestapo –a quienes en cierta forma excusa– con el de personas mucho más formadas y sensibles que apoyaron o justificaron a los nazis.

Una y otra vez me he preguntado lo mismo y hasta hoy no puedo responder: ¿cómo fue posible que gente ilustrada traicionara de tal manera toda su educación, su cultura, su humanidad? El Que Golpeaba y El Que Escupía eran bestias primitivas (aunque vistieran uniforme de oficial) […]. ¡Pero un hombre con estudios, como aquel historiador literario! Y tras él veo asomar una multitud de hombres de letras, de poetas, de periodistas, de académicos. Traición hasta donde alcanza la vista.

Si el lector está inclinando la cabeza y arqueando las cejas en gesto de reconocimiento, sepa que yo también lo hice entonces.

Esto lo leí en noviembre de 2022. Un año más tarde me encontré con Klemperer de nuevo leyendo The Pity of It All, de Amos Elon, una historia incisiva e impiadosa de los judíos germano-parlantes desde el siglo XVIII hasta 1933. Elon, nacido en Viena pero llegado a la Palestina británica siendo todavía un niño, hace un recuento de los intelectuales alemanes que antes y durante la Primera Guerra Mundial apoyaron sin reservas el proyecto militarista, expansionista y xenófobo del imperio germano. Y la triste ironía es que uno de esos hombres de letras había sido Klemperer.

“Nosotros, los alemanes, somos mejores que otras naciones, más libres en el pensamiento, más puros en el sentimiento, más justos en la acción. Nosotros, los alemanes, somos un verdadero pueblo elegido”, cita Elon del diario de Klemperer. “Primero debemos poner Europa a nuestros pies; después arreglaremos cuentas con Asia”, continúa. No era, ni de cerca, el único en pensar así entre los alemanes liberales e ilustrados de los primeros años de la década de 1910.

“Nosotros, los alemanes, somos mejores que otras naciones, más libres en el pensamiento, más puros en el sentimiento, más justos en la acción’, escribió Klemperer.

Klemperer —no sé si lo dije o se entendió— era judío. Judío secular, no practicante, luego convertido (como muchísimos otros judíos alemanes, por convicción o conveniencia) al cristianismo, Klemperer tenía la absoluta certeza de que su identidad nacional alemana y su servicio en el frente en la Gran Guerra siempre serían más importantes que su ascendencia. Bajo el Tercer Reich se salvó de la deportación y el exterminio inmediato solo porque su esposa era aria y, más tarde, porque los Aliados arrasaron Dresde antes de que los nazis abandonaran las últimas apariencias de legalidad y decidieran mandarlo a Theresienstadt junto con el puñado de judíos que aún quedaban en la ciudad.

La incredulidad de Klemperer ante la pérdida de la brújula moral de sus compañeros del campo progresista nos puede parecer ingenua a los lectores modernos, tanto como nos sonará hipócrita, imagino, su falta de reflexión y autocrítica sobre su propia postura durante la Primera Guerra. Pero acá no se trata de echar culpas. Lo que yo quería decir era que entiendo, aunque no apruebe.

Bildung el vacío

Ya no somos más ingenuos: el siglo XX y gente como Klemperer ya se encargaron de eso. Sabemos que la inteligencia, la formación y las más altas convicciones pueden volverse en contra de lo que es ético y justo. Entre los alemanes, aquellas ideas se resumían en la de Bildung, que puede traducirse como «formación», pero en realidad, en la autopercepción del pueblo alemán, Bildung unía la educación formal con el conocimiento de la propia naturaleza, la madurez espiritual con la firmeza de carácter, y sobre todo el progreso continuo de la persona íntegra. Todo este hermoso contenido, al final, no importó: el concepto pasó a formar parte de una fatal idea de excepcionalidad alemana y terminó transformado en una cáscara vacía.

Toda la educación moral e intelectual que habían recibido Klemperer y sus compatriotas no impidió su adhesión, salvo excepciones, a la causa nacional. Los campeones de la libertad de pensamiento apoyaron a un gobierno que censuraba sin piedad toda crítica contra sus políticas de guerra. Algunos, incluido Klemperer, se ofrecieron como voluntarios para la lucha. Otros permanecieron cómodamente instalados en sus villas o sentados en sus cátedras, cantando loas a la superioridad alemana, mientras avanzaba la carnicería en la tierra de nadie y el cloro arrojado en las trincheras se comía los ojos y los pulmones de los soldados aliados.

Podemos pensar en otros ejemplos, menos espantosos, más o menos cercanos. Ya no somos ingenuos, pero nos sigue sorprendiendo que existan. Nos resultan más fáciles de comprender, y es a la vez más horrible constatar la traición, cuando ocurre, como en el caso de Alemania, en el contexto de una «causa nacional» que se debe defender con sangre. Quizá sea porque a esas causas las suele acompañar una mayoría popular, que ejerce una presión irresistible (¿pero qué es la inteligencia, qué es el pensamiento crítico, qué son la ética y el autoconocimiento sino herramientas para escapar de la irracionalidad del rebaño?). De nuestra causa nacional más célebre y de la guerra a la que nos llevó en 1982 no tengo presentes muchos detractores que hayan alzado la voz desde los púlpitos habituales. La entrega de las banderas de la academia, de las personalidades de la cultura y la intelectualidad, de los referentes políticos más respetables de todos los partidos, fue casi unánime, aun cuando esas banderas se las ofrendaban a un régimen autoritario que despreciaba la vida humana.

Más difícil de tolerar es la traición cuando del otro lado no hay un enemigo mortal o un territorio irredento

Más difícil de tolerar es la traición cuando del otro lado no hay un enemigo mortal o un territorio irredento idealizado. Quienes convocan a estas otras causas intentan, por lo general, revestirlas de esa épica. Nos pueden enfrentar contra el FMI, guardián del neoliberalismo global y de los intereses de las potencias hegemónicas, pintándolo de invasor. Pueden mover corazones transformando la re-estatización ruinosa y turbia de un par de empresas en una gesta de recuperación de soberanía. Si construimos la narrativa, los traidores vendrán. Es un mecanismo tan antiguo como la organización política de la humanidad. Lo sabemos, ya no somos ingenuos, y sin embargo nos seguimos sorprendiendo.

La última de nuestras grandes causas nacionales no tenía mucho de dónde colgar una épica, pero lo logramos, porque también hay un manual de instrucciones retóricas y sofísticas para lidiar con la enfermedad y la muerte. Escribo lidiar con consciencia plena de la ironía: por este verbo, que viene del latín litigare, «luchar», y que nos remite a batallas o al peligro vertiginoso de la plaza de toros, entro sin poder evitarlo en el mismo terreno de miedo y paranoia que nos presentaron como conducta moral excluyente para que toleráramos una de las cuarentenas más largas y estrictas de la pandemia de COVID.

Metáforas pandémicas

Las metáforas usuales ya estaban disponibles, listas para usarse, y poca culpa tenemos de haberlas adoptado sin pensar, porque ya estamos acostumbrados a «combatir la diabetes» y a «luchar contra el cáncer». La costumbre no nos hizo ingenuos; reconocimos el abuso de la retórica de guerra, la deriva autoritaria que autorizó. Pero de todas formas, de nuevo, nos sorprendimos cuando no hubo reacción de parte de quienes decían defender la ética, la razón y los derechos y garantías constitucionales. Grandes pensadores y eminentes científicos, personas habituadas al raciocinio activo, supuestamente equipadas para resistir a las apelaciones más básicas de la propaganda, se plegaron con entusiasmo a la causa del encierro sin límite, como si allá afuera hubiese un enemigo al acecho en vez de un virus respiratorio. Sabíamos que muchos de ellos eran venales, pero nos sorprendió igual, y la desilusión de esa desagradable sorpresa no se apaga, y está bien que no se apague.

Como a toda persona que no se haya rendido (¡otra vez una de esas metáforas militares!) al pesimismo o al cinismo, vuelvo a echarle una mirada a la historia y vuelvo a percibir esa imposibilidad aparente, como un sobresalto, ante las palabras y acciones de quienes tenían recursos intelectuales y morales para encontrar una salida mejor, para obrar de otra manera. No hablo de sacrificios ni de heroísmo, que no pueden exigírseles a nadie, sino de al menos callar y no contribuir a la causa de la guerra, real o metafórica.

Me sorprendo de que no hayan podido siquiera reconocer su error, y quizá me sorprendo porque todavía tengo ilusiones, y también porque creo que los entiendo.

Me sorprendo de que no hayan podido siquiera reconocer su error, y quizá me sorprendo porque todavía tengo ilusiones, y también porque creo que los entiendo. Hay una hipótesis o una idea, que alguna vez leí por ahí, de que la racionalidad puede ser herramienta de su propia destrucción, porque puede construir estructuras mentales defensivas complejas. Cuanto más inteligentes y educados somos, más capaces somos también de usar nuestra formación para argumentar a favor de lo que sea, incluidas ideas fantásticas, ridículas o inmorales.

Esto no es una crítica final ni una proclama de que «el sueño de la razón produce monstruos». Aun si quisiéramos, no es que podemos renunciar a la razón, al discernimiento ético ordenado y a la lógica científica. No podemos sustituir el raciocinio por espiritualidad ingenua o por esa trampa a la que llaman «sentido común». En realidad, no tenemos alternativa. Estamos obligados a caminar por el filo de esta navaja y mantener durante toda la vida este precario equilibrio: sin caer en la ingenuidad, escapar también del cinismo. Es difícil y es correcto que nos cueste este lugar. Está bien que nos sorprendamos y sepamos expresar nuestra sorpresa –que nos eduquemos para sorprendernos y dolernos, siempre— ante la repetida e inevitable traición de los intelectuales.

 

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Pablo Flores

Informático. Wikipedista, redditor, bloguero. En Twitter es @pablodf76.

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