VICTORIA MORETE
Domingo

Un país con buena gente

El inglés John Beaumont llegó a Buenos Aires en 1826 siguiendo una promesa del gobierno porteño para hacer negocios. No le fue bien.

John Beaumont vino a hacerse la América y nada salió como lo esperaba. Lo que le pasó podría explicarse como el desenlace merecido por su afán de ganancia rápida o como un caso de publicidad engañosa o que cayó como un gil cuando los porteños le vendieron un buzón o como el desencuentro entre dos mundos.

La historia, que tiene casi 200 años, involucró a políticos, diplomáticos, empresarios, inmigrantes, puso en juego miles de libras esterlinas y muestra la primera propaganda política con sello nacional. La conocí en uno de esos hallazgos imprevistos de las librerías de usados; en un estante dedicado a viajeros apareció Viajes por Buenos Aires, Entre Ríos y la Banda Oriental (1826-1827), el libro que Beaumont escribió después de venir acá. Hace tiempo que vengo persiguiendo textos que muestran cómo nos ven desde afuera y, como la coyuntura de nuestro país se me hace cada vez más cuento, me gusta meterme en historias de otro tiempo y ver cómo están narradas. Lo que más me entusiasmó de ésta es que rápidamente se olía una inquina, cierto entrevero; y me dieron ganas de seguir leyendo.

Es un libro irritado, mezcla de crónica, panfleto y compendio de desgracias, que en su momento estuvo destinado a participar de una polémica en los mercados londinenses sobre la conveniencia o no de invertir en América.

El enojo del autor tiene dos destinatarios privilegiados: el primero es Rivadavia, origen de sus males; y el segundo es Ignacio Núñez, propagandista oficial de una gran mentira y autor de un libro con el que Beaumont discute: Noticias históricas, políticas y estadísticas de las Provincias Unidas del Río de la Plata. (Déjenme imaginar que hay un lector interesado en estas cosas, contarle que no lo encontré en papel pero sí en la web y advertirle que, si lo busca, no debe confundirlo con Noticias históricas de la República Argentina, una obra posterior del mismo autor).

Espejitos de colores

A comienzos del siglo XIX, Londres era el centro financiero del mundo y había capitales disponibles para la exportación. Inversores y especuladores estaban a la búsqueda de nuevos mercados, no importaba que fueran desconocidos, remotos, imprevisibles o todo eso junto. Cuando llegaron noticias de la independencia de las colonias españolas en Sudamérica deben haberles brillado los ojos con las posibilidades que se abrían. Además, si leían los diarios, encontraban artículos sobre las bondades de los nuevos países, circulaban libros y folletos con mapas y dibujos. Los hombres de negocios deberían haber sabido que eso era parte de un intercambio comercial paralelo: las opiniones se compraban y vendían.

Durante los primeros años ’20 Bernardino Rivadavia fue el ministro de Relaciones Exteriores de la Provincia de Buenos Aires y además era el encargado de asignar y distribuir en la prensa europea el dinero necesario para que se hablara bien del joven país que representaba. El objetivo era atraer inversores e inmigrantes, y para eso debían vender una serie de provincias desperdigadas en un territorio inmenso como si fuera un país. Parte de ese trabajo lo hizo Ignacio Núñez. Y la familia Beaumont fue una de las primeras en comprar: montaron la empresa comercial Río de la Plata Agricultural Association para trasladar y asentar inmigrantes británicos en la pampa húmeda con la certeza de ganancias rápidas. Lo que no sabían era que les habían vendido espejitos de colores.

Núñez escribió lo que en Europa se quería leer sobre el tema sudamericano: unas naciones apenas independizadas, ricas y exuberantes, ansiosas por recibir capitales.

Ignacio Núñez fue soldado durante las invasiones inglesas, revolucionario en 1810, después morenista, se enroló en la Logia Lautaro, fue funcionario en Montevideo, secretario del Congreso en Tucumán, redactor de la constitución unitaria del ’19 y periodista, hasta que empezó a trabajar con el ministro Rivadavia y lo acompañó a Londres. Núñez escribió lo que en Europa se quería leer sobre el tema sudamericano: unas naciones apenas independizadas, ricas y exuberantes, ansiosas por recibir capitales. Su libro se publicó en 1825 en castellano, inglés, francés y alemán, y puede considerarse un antecedente del realismo mágico latinoamericano —cautivó con exotismo a los europeos— y la primera campaña de imagen política en el exterior.

Empieza así: “En América ya no hay españoles”, y dice que ahora hay un país independiente y organizado que necesita capitales y brazos para trabajar. A cambio, el gobierno puede asegurar igualdad de derechos entre nativos y extranjeros, libertad de culto, una vida cómoda y un lugar decente en la sociedad. Para que los inversores avancen sobre seguro, Núñez adjunta un relevamiento de información estadística y geográfica de todos los pueblos de las Provincias Unidas que a poco de avanzar en la lectura se intuye muy flojo de papeles. No se detiene demasiado en Buenos Aires “porque todos los extranjeros la conocen”, sin embargo dedica varias líneas a hablar del buen clima, el color celeste del cielo “que da ganas de vivir”, las formas de las nubes, el dorado del ocaso y la calidad del aire.

La primera calidad en el aire produce aquí en los habitantes un efecto que es mejor sentir que explicar: lo llamaremos una confianza de vivir; algunos extranjeros nos han hecho mención de esta sensación exquisita. Como sucede a la juventud, parece que la gente de Buenos Aires no tuviese una idea práctica de la muerte.

Cuando Beaumont cita este fragmento en su libro dice que no sólo es ininteligible, también sería divertido si no fuera porque los datos que brinda no son científicos y porque la realidad lo desmiente: hay una humedad insoportable, cuando sopla el viento sur derrumba las casas y voltea los barcos en el río, el clima es dañino para las personas propensas a la tisis y que es mucho mejor en Montevideo.

Cuando uno lee a Núñez puede imaginar paisajes idílicos y un reino desbordante. Dice que el Paraná es tan bueno como el Nilo, “sólo que mucho más navegable”. Describe animales, plantas y suelos con mil colores. Es capaz de vender algo de cada provincia y ciudad: Famatina en La Rioja, el oro en Salta y Jujuy, los viñedos en San Juan y Mendoza, el espíritu laborioso de los santiagueños, las tierras de Entre Ríos, la yerba mate que en Paraguay “se consume más que el té en la India”. Los lectores deben haber imaginado a Tucumán como las islas del Caribe: hay montes, manantiales y ojos de agua cristalina, nace arroz, trigo, maní, tabaco, sandías, naranjas, melones, zapallos, batatas gigantes y árboles tan frondosos “que siete hombres agarrados de las manos abrazaron con dificultad uno de ellos en 1816”. Un paraíso en la tierra para galeses y escoceses castigados por la crisis y el frío. Si al autor no se le ocurría qué escribir sobre algún lugar, improvisaba. Decía que las mujeres eran “de bella fisonomía, muy amables y acogedoras con los extranjeros”, no ahorraba en promesas porque en las provincias del Río de La Plata hacían falta hombres que pusieran el hombro.

En síntesis, semejante territorio iba a “colmar las mejores esperanzas” de los futuros inmigrantes. Núñez se dedicó a vender riquezas, mujeres y prosperidad en un país que además aseguraba “el libre ejercicio de las facultades individuales; no importa que haya nacido británico, francés o alemán, que se haya educado bajo gobiernos regulares o en la desgracia de los poderes absolutos, nada importa que sea protestante, papista o israelita, basta que sea hombre moral, activo e industrioso.”

La tierra prometida

Nada podía salir mal en los planes de Beaumont. El 19 de marzo de 1826 zarpó desde Gran Bretaña llevando un grupo de familias elegidas entre miles de candidatos que traían consigo un molino, arados, fraguas, sierras, materiales de construcción, armas, ropas, libros. El gobierno les había asegurado una y otra vez que las tierras habían sido deslindadas para ellos y que esperaban su llegada. No eran los primeros, la asociación familiar ya había mandado cientos de colonos y, por las noticias recibidas, no todo era como lo habían prometido los sudamericanos. Por eso el propio John Beaumont se embarcó para seguir de cerca el negocio familiar y entrevistarse con Rivadavia, que se mostraba cada vez más esquivo en sus intercambios epistolares.

El destino previsto era la provincia de Entre Ríos, “un paraíso con buen clima y deshabitado” en el que esperaban afincarse para cultivar trigo y fabricar harina. En el puerto de Montevideo enfrentaron el primer inconveniente: la guerra con Brasil por la posesión de la Banda Oriental hacía imposible el avance. Los inmigrantes, que venían huyendo de la crisis que dejaron las guerras napoleónicas, se encontraron de pronto en medio de otra guerra y con futuro incierto, por eso 150 decidieron volver en el mismo barco que los trajo y así terminó la aventura sudamericana para ellos. Quedaron 50. Y Beaumont.

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Fueron meses agitados para el inglés: el desembarco fue difícil y las cosas no mejoraron en tierra. Los 50 que habían quedado se enrolaron en el ejército y abandonaron el proyecto idílico de una comunidad cerrada, controlada y productiva. Cuando Beaumont por fin llegó a Entre Ríos para ver cómo marchaba la colonia formada por los primeros inmigrantes que había enviado, descubrió que ya no existía; algunos se habían unido al ejército, otros habían migrado a Buenos Aires porque preferían los centros urbanos con salarios más atractivos que la soledad del campo. Todo lo invertido se había esfumado, todo el esfuerzo puesto en mantener la cohesión entre los inmigrantes británicos se dispersó en un territorio inmenso donde cada uno hacía lo que quería. Además, el gobierno se negaba a reconocer a la empresa como propietaria de las colonias y alentaba la libertad de sus nuevos habitantes. Estaba en bancarrota.

Llegó a Buenos Aires decidido a enfrentarse con Rivadavia, al que había conocido en Londres cuando no era presidente. Mientras lo esperaba, fue ensayando lo que tenía para decirle: que su familia montó una asociación comercial por las promesas de Su Excelencia, que reclutaron a cientos de agricultores con sus familias para traerlos hasta el fin del mundo porque creyeron que en estas tierras brotaba el oro como la hierba, que finalmente todo había sido propaganda sin sustento, que así no se trata a los emprendedores que arriesgan capital, que sus inmigrantes están a la deriva en un páramo, sin casas, sin tierras seguras donde arrojar sus semillas.

Cuando el tintineo de una campanita lo hizo salir de sus cavilaciones, giró la vista hacia la puerta y vio entrar a Rivadavia; esa figura descaradamente solemne en nada se parecía al hombre que había conocido. Tal vez fue la frustración o la inminencia de su fracaso económico lo que dictó sus palabras pero la descripción es lapidaria: un cuarentón rechoncho “más ancho que alto” esforzado en parecerse a Napoleón, los calzones cortos ajustados en las rodillas con hebillas de plata, otras para los zapatos, medias de seda, casaca verde abotonada, las manos unidas atrás. “Si esto último lo hace para imitar al gran hombre, para contrabalancear el peso de la barriga o para resguardar su mano del tacto impío de la familiaridad, son cosas difíciles de determinar”. Nada más llegar, “el aspirante a Napoleón con actitud majestuosa” le dejó en claro que el Bernardino Rivadavia presidente era muy diferente al Bernardino Rivadavia de Londres. El inglés expuso lo que tenía ensayado sobre las dificultades del negocio inmigratorio y lo único que consiguió fueron saludos para su familia, una excusa por exceso de compromisos y una derivación a sus ministros.

Dos cuentos

Así terminó la empresa en América, con Beaumont fundido y enojado. Dijo que escribió su libro para alertar a los europeos incautos y desalentar las inversiones en el Río de La Plata, aunque lo que se lee es otra cosa. El tono es a veces pesimista, a veces peyorativo, casi siempre peleador. Mezcla de crónica de aventuras, ensayo antropológico, panfleto y compendio de especies autóctonas, el libro de Beaumont, sobre todo, polemiza con el de Núñez. Cuando cayó en la cuenta de que había sido engañado con una tierra prometida que no era más que una ficción, se dedicó a burlarse y a desmentirlo capítulo a capítulo mientras iba tramando su propio relato épico: las peripecias de un honesto inversor en territorio salvaje. El mayor obstáculo que tiene el protagonista no es la naturaleza sino las personas: una sociedad inorgánica propensa al vicio, comerciantes deshonestos, políticos vacilantes o mentirosos. Es un país con instituciones frágiles y cargado de defectos.

Los elementos de la sociedad están todavía desacordes en extremo, la probidad de los vecinos demasiado floja, sus vistas demasiado limitadas al simple yo y al momento presente, la inclinación de los agentes a engañar y robar. El engaño y el fraude se ven enteramente libres de toda sanción legal y no los acompaña el oprobio, las leyes son imprecisas y no se aplican honradamente, el gobierno es demasiado débil y enredador.

La aventura comercial de Beaumont nació con la lectura de un libro y terminó con la escritura de otro. Ante la impotencia, el fracaso se hizo literatura. El historiador Hayden White decía que era imposible distinguir entre un relato histórico y uno de ficción porque sus formas son las mismas, los dos responden a un programa narrativo: es el orden secuencial de una narración lo que nos permite darle sentido a los hechos que son infinitos, sin principio ni fin.

Beaumont quiso contar una epopeya fallida pero con moraleja; sin embargo, es el relato de un encuentro imposible.

La historia que cuenta Núñez comienza con la independencia, transcurre en un lugar idílico y sin conflictos, está llena de expresiones de deseos y tiene la perspectiva de un final feliz. Beaumont quiso contar una epopeya fallida pero con moraleja; sin embargo, es el relato de un encuentro imposible y me hizo acordar a La Historia del guerrero y la cautiva. Cuenta Borges que cuando su abuela inglesa vivía en Junín, cerca de la línea de fortines que intentaba mantener alejados a los indios, se sentía desterrada en el fin del mundo; le dijeron que no era la única y supo de una india rubia que en realidad era una compatriota, quiso conocerla pero descubrió que nada de Inglaterra quedaba en ella. Los indios se la habían llevado, no quería ser rescatada, prefería seguir así. La abuela inglesa se vio obligada a quedarse en un territorio hostil y entonces creyó percibir “en la otra mujer, también arrebatada y transformada por este continente implacable, un espejo monstruoso de su destino”.

Esa historia sucedió unos cincuenta años después de la llegada de los primeros ingleses que mandó Beaumont. En esos tiempos, al desierto del que venían los indios lo llamaban Tierra Adentro y era la pampa, lo desconocido, la representación mental de un espacio indómito, ése que Rivadavia y Núñez quisieron ocultar a los europeos sin advertir que la falta de reglas los incluía también a ellos. No lo sabían pero estaban mucho más cerca del desierto que de ese Londres del que se habían sentido parte. Ellos también eran desierto. Como la abuela de Borges con la india inglesa de las crenchas rubias, quizás Beaumont en Buenos Aires alcanzó a ver —detrás de las ropas francesas de Rivadavia— a un hombre tomado por un continente implacable, un lugar a medio hacer, caótico e imprevisible. Entre ellos se abrió una distancia insalvable que los protagonistas no alcanzaron a ver.

 

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Andrea Calamari

Doctora en Comunicación Social. Docente investigadora en la Universidad Nacional de Rosario. Escribe en La Agenda, JotDown, Mercurio y Altaïr Magazine.

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