ERLICH
Domingo

Periodismo de Estado

Desde su fundación, en 1945, Télam exhibe una historia de propaganda, manipulación y desinformación. Todo lo que un medio público no debería ser.

En los días siguientes al ataque contra Cristina Kirchner, la agencia de noticias oficial Télam publicó una columna titulada Cristina Re-Ungida, donde se decían cosas como éstas: “Cristina no es cualquier nombre, significa ungida, o sea, discípula de Cristo, que está marcada con el óleo Santo”, “Dios y la Virgen la salvaron de la muerte”, “Los opositores braman contra su creencia como vienen atacando la misa de la paz y la fraternidad en la Basílica de Luján”. Poco antes, la agencia, financiada por todos los argentinos, había publicado una increíble y amenazante ilustración de un micrófono convertido en una pistola, sugiriendo –en línea con la versión oficial— que los medios y el periodismo, es decir, la libertad de expresión, habían sido los autores intelectuales del ataque en su contra. 

Ninguno de estos dos ejemplos, por tomar sólo los más recientes, debería extrañar si consideramos que Télam, a lo largo de sus 77 años de existencia, ha sido todo lo contrario de lo debe ser un medio público. En estos tres cuartos de siglo, Télam fue casi siempre una enemiga de la libertad de expresión y una exponente de la propaganda unilateral, la desinformación y la manipulación al servicio de las más rastreras estrategias y operaciones para la conveniencia de cada grupo en el poder.

Al contrario de Radio Nacional y Canal 7, que conocieron épocas mejores, Télam nació fallida y así continuó para siempre. Ejerce hasta hoy una suerte de eterno “periodismo de Estado”, un verdadero oxímoron, y casi nunca sirvió para ayudar a su audiencia –el pueblo argentino– a recibir información certera, comprender asuntos o temas o conocer las múltiples voces del país. 

Al contrario de Radio Nacional y Canal 7, que conocieron épocas mejores, Télam nació fallida y así continuó para siempre.

Como si esto fuera poco, con el tiempo se convirtió también en una “caja” de alto costo económico para el Estado: un medio de competencia desleal que coartó el desarrollo de verdaderas agencias independientes y un reducto para dar trabajo (o privilegios) a propagandistas, militantes, punteros políticos, agentes de “inteligencia” (omito el chiste clásico), sindicalistas formados en la intimidación y acomodados de toda laya. 

Por supuesto que, como en todos lados, hubo y hay en Télam numerosos periodistas y trabajadores profesionales, competentes y honestos; muchos también tienen afecto por la agencia, por haberse iniciado allí o tener amigos en ella. Y es cierto que en un país como Argentina, al menos hasta cierto punto, uno a veces trabaja donde puede y no donde quiere. Pero ningún elemento positivo aislado ha podido neutralizar casi nunca el daño que Télam le ha hecho al periodismo, a la libertad de prensa y a prácticas democráticas y republicanas en sus largos años de actividad.

En este artículo, del que hoy sólo publico la primera mitad, me propongo recorrer la historia de Télam desde su fundación hasta nuestros días, con el objetivo de mostrar sus continuidades como órgano básicamente dedicado a la propaganda y a la defensa del poder de turno. El domingo que viene propondré, además, posibles caminos hacia el futuro.

Casi no hay investigaciones periodísticas ni académicas sobre Télam. Sólo existe un libro reciente, El hecho maldito del periodismo argentino (2019), de Andrés Bargach y Mariano Suárez. Ambos trabajan en Télam e integran la comisión sindical. Como sugiere su título, está escrito desde una perspectiva gremial y “anti-imperialista” y que repite el relato de los defensores y propagandistas de la agencia. Para este trabajo consulté, además, diversas monografías biográficas o anecdóticas, así como libros, artículos o textos académicos sobre política e historia general o periodística donde se mencionan algunos aspectos de Télam, siempre en forma incidental o breve. Hay dos libros muy útiles, que también hablan poco de la agencia pero reflejan bien los entornos en los cuales se originó y actuó al principio: Perón y los medios de comunicación, el clásico texto de Pablo Sirvén; y El inventor del peronismo, la biografía de Raúl Apold, el mandamás de la propaganda del primer peronismo, de Silvia Mercado.

1. Ninguna cantidad de evidencia

Sería inabordable ocuparse de una revisión histórica del contenido noticioso y las prácticas de publicidad oficial de Télam, casi siempre facciosas y orientadas a privilegiar mensajes y medios amigos en detrimento del resto del universo comunicacional del país. Excepto el de fotografía, que conserva varias décadas de producción, el archivo público de Télam es escaso y de imposible acceso, pese a tratarse de una institución pública. Si algún día se pudiera recuperar todos los cables publicados desde 1945, se podría hacer un análisis de discurso y contenido: lo que Télam comunicó, manipuló y omitió y con qué propósitos. Acaso futuros historiadores de la comunicación, en una Argentina quizás muy diferente a la actual (o no), tengan a cargo esa tarea.

Podría, no obstante, ser una tarea inútil: ninguna cantidad de evidencia convence a los fanáticos, sostenemos nosotros, aunque la frase original de Mark Twain se refería a los idiotas. Y es que la propia Télam cuenta con un grupo numeroso de defensores y propagandistas: peronistas, kirchneristas y sindicalistas cuyas concepciones sobre la libertad de expresión no sólo son conocidas, sino que las han puesto en práctica numerosas veces. Muchos de ellos son miembros o están aliados con los académicos, políticos, periodistas e intelectuales que integran lo que José Crettaz llama “el partido de la Ley de Medios”. Para una mayoría de este colectivo, la propaganda y las manipulaciones –si es que no las han internalizado– son disculpables si están al servicio de una buena causa, para hacer “pedagogía” ideológica o para enfrentar a los medios hegemónicos y a sus sicofantes (que supuestamente seríamos nosotros, sus críticos).

La verdad está ahí afuera

Mi análisis de la historia de Télam no se dedicará a demostrar la propaganda, las manipulaciones, las censuras o los ninguneos a la oposición y la desinformación de sus contenidos, salvo algunas menciones incidentales. Estos elementos están y estuvieron presentes desde su fundación y son evidentes para cualquiera que tenga la voluntad de verlos. Como en el lema de Los expedientes X, pero sin misterios sobrenaturales, la verdad está (casi siempre) ahí afuera: afuera de la agencia.

Tampoco es necesario estudiar sus cuantiosos déficits históricos, no sólo porque alguien dirá que esto ignora su supuesta función “ciudadana” (sería como exigirle a la Biblioteca Nacional que devengue ganancias), sino porque sus presupuestos anuales son meros dibujos en los cuales muchas veces los cuantiosos aportes del Tesoro son considerados como ingresos. Todo esto sin contar que, según las épocas o los medios, apenas se les cobra a sus suscriptores, menos aún cuando hoy gran parte del contenido está disponible gratis en su portal online. Un verdadero “servicio a la comunidad”, pero que a muchos no les interesa ni regalado.

Tampoco vamos a hablar de su sobredimensionamiento, que la ha llevado a tener insólitamente más personal (proporcionalmente y a veces hasta en forma absoluta) que agencias globales como AP, EFE o AFP, las que a diferencia de Télam actúan en todo el mundo y son confiables para la mayoría de los medios mundiales.

Basta decir que Télam ha sido dirigida en su fundación por peronistas y nacionalistas filofascistas y más tarde directamente por la SIDE peronista.

Basta decir que Télam ha sido dirigida en su fundación por peronistas y nacionalistas filofascistas de la Alianza Libertadora Nacionalista y más tarde directamente por la SIDE peronista; que entre 1946 y 1955 manipuló la información de modo tal que los opositores nunca aparecieron en sus cables sino para ser denostados; y que actuó como agencia privada oficiosa del gobierno de facto que siguió a esa etapa: ahora estaba prohibido decir “Perón”.

Que con Frondizi volvió a la SIDE (ahora antiperonista) y fue pieza de los entonces militares “azules” y otros servicios de inteligencia. Que aún en la época de Illia todavía fue manejada por la inteligencia, algunos militares “colorados” y funcionarios que querían con ella “defender” al presidente de los ataques que culminaron en su derrocamiento. Que con Onganía regresaron a la agencia los nacionalistas peronistas junto a militares integristas para manipular la información, incluso después de que fuera formalmente estatizada en 1968. 

Que a partir de ahí creció como elemento clave de la comunicación gubernamental, desarrollando una función dual casi única en el mundo: en un verdadero conflicto de intereses daba noticias y monopolizaba la publicidad oficial, lo que forzaba a los medios a contratarla para recibir avisos. Que luego fue puesta al servicio del Gran Acuerdo Nacional de Lanusse, aunque sin nacionalistas. Que en 1973 volvieron los nacionalistas peronistas manejados por el temible coronel Jorge Osinde y luego cayó en la órbita de López Rega, fundador de la Triple A, enfrentada a su vez con la JP y los Montoneros dentro y fuera de la agencia: peronistas éramos todos.

En 1973 volvieron los nacionalistas peronistas manejados por el temible coronel Jorge Osinde y luego cayó en la órbita de López Rega.

Que en la dictadura militar se la usó para marcarle la agenda a los medios censurados, naturalmente omitiendo el terror y las menciones a desaparecidos y sumándose a la mentirosa desinformación sobre Malvinas, incluso con la colaboración, en este último caso, de una parte del sindicalismo peronista. Que con Alfonsín los políticos radicales aparecían desproporcionadamente en sus cables frente a menciones mínimas de la oposición, a tono con el manejo de los canales estatales, casi monopólicos entonces, no obstante que hubiera amplia libertad de prensa en otros medios. 

Que en los ‘90 quedó en manos de amigos del presidente (algunos provenientes del nacionalismo y el sindicalismo peronista), para exaltar sus acciones y omitir a los díscolos de la “interna” partidaria, sin perjuicio también de existir libertad de expresión en un país con poca grieta: apenas se escuchaba el término “gorila” y había casi desaparecido el “antiperonismo sociológico”, ambos revividos después por acción y reacción del kirchnerismo. Que en 2000 se intentó hacerla pluralista, pero en un gobierno donde un actual radical K manejaba el Comfer (hoy Enacom) y propuso censurar a las señales de noticias para que no mostraran las protestas de 2001.

Una agencia ‘6-7-8’ 

Que con los Kirchner tuvo etapas desparejas: primero quedó en manos de personajes vinculados a Página/12, luego de un peronista “militante” que decía que los periodistas profesionales eran “mercenarios” y sólo eran buenos los “militantes” (de su propio sector, claro) y finalmente en manos del sectarismo de La Cámpora. Y que en esas etapas estuvieron al día la propaganda, la manipulación y las operaciones contra la oposición, las omisiones y los “escraches” (tipo 6-7-8), como así también un uso ultra-faccioso y nunca visto de la publicidad oficial. Como si fuera poco, se puso a la agencia al servicio de la campaña contra el periodismo crítico en ocasión de la Ley de Medios.

Que a partir de 2015 se trató nuevamente de hacerla plural, pero siguió conservando la incompatible condición noticiosa y de administradora de la publicidad oficial. Y que la vez, en un intento por reconvertirla, que incluyó una etapa de despidos en la cual se denunciaron casos de injusticias o nombramientos con conflictos de intereses, disparó una fuerte campaña sindical y K. Y que a partir de 2019, pero mucho más desde la pandemia, el “plan platita” y el “perdimos ganando” (¿o era al revés?) volvió a ser manejada con criterios parecidos a los de la etapa kirchneristas previa (algo atenuados en la distribución publicitaria) por Bernarda Llorente, esposa del ministro de Defensa y ex co-titular de un efímero canal de cable armado con pauta oficial. Las últimas iteraciones de esta política son publicaciones como Cristina Re-Ungida y el dibujo del micrófono-revólver.

2. Fabricante de mentiras

Como un presagio de sus actividades, los orígenes de Télam (llamada entonces Telenoticiosa Americana) son oscuros. Se dice que fue fundada como entidad privada el 14 de abril de 1945, pero una revisión del Boletín Oficial no arroja ningún resultado: aparentemente  fue inscripta como empresa (una SRL) recién en 1951. No se sabe tampoco cuándo comenzó a funcionar; a veces se cita sin fuentes la sospechosa fecha del 11 de octubre (dia siguiente a la despedida de Perón de la Secretaría de Trabajo), pero la revista económica Veritas la menciona como funcionando ya en agosto.

Según el relato repetido por la agencia, sus propagandistas y el peronismo, Télam fue en sus orígenes una empresa mixta, a veces descripta como “público-privada”, creada por Perón para disputarle el dominio informativo a las agencias norteamericanas, Associated Press (AP) y United Press (UP), que, supuestamente, “difamaban al gobierno” como parte de una campaña antiargentina (argumento que volverá a escucharse entre 1976-1983). Aquel relato, sin embargo, es falso, porque Télam no era un amable partnership público-privado, sino una agencia “privada” nacida desde los sótanos del poder. Mucho después, aunque siempre hubo rumores en el ambiente, se supo la verdad. En 1965 Primera Plana reveló que fue financiada con 15.000 pesos iniciales aportados por la Inteligencia del Ejército, para llegar con su mensaje a los pocos medios afines que tenía la dictadura (generalmente nacionalistas, subvencionados por la Alemania nazi) o a los independientes que se creyeran el embuste. El enlace entre la agencia y el gobierno era el capitán Alberto Librera.

En 1965 ‘Primera Plana’ reveló que fue financiada con 15.000 pesos iniciales aportados por la Inteligencia del Ejército.

Su primer director fue un periodista algo buscavidas, Jerónimo Jutronich, un nacionalista de segunda línea que acababa de renunciar a la Subsecretaría de Informaciones, el órgano creado por el gobierno militar para controlar a los medios. Jutronich había sido jefe de prensa de Roberto M. Ortiz, el presidente que había intentado sin éxito combatir el fraude que lo llevó al poder. Su número dos era el periodista Palmiro Vanoli, cuya trayectoria fue también sinuosa: en el futuro trabajará como propagandista peronista internacional (en una agencia de noticias continental creada por el peronismo en 1950) y en 1972 resurgirá como un importante funcionario lanussista del antiperonista ministro de Bienestar Social, Francisco Manrique. Será, después, el segundo presidente del entonces recién creado PAMI.

La otra mentira es que fue fundada para contrarrestar a las norteamericanas UP y AP. Todo indica que fue creada para impulsar la posible candidatura de Perón, quien con su indudable pragmatismo y cintura política advertía que le convenía despegarse de los militares nacionalistas más dogmáticos. La única alternativa viable que le quedaba a la dictadura era el peronismo, que terminó legitimado en elecciones libres, como las que no habían existido en el país desde 1928.

Subida a un monopolio

Si las elecciones fueron libres, la comunicación lo fue mucho menos. Télam fue un elemento, aunque muy limitado, del aparato que construyó Perón con gran sagacidad desde el poder (red de sindicatos y comunicación dirigida) y que terminó ayudándole a ganar con el 53% de los votos en 1946.

Es cierto que casi toda la prensa importante, luego del 17 de octubre de 1945 y durante la campaña de 1946, fue opositora y antiperonista (antes del 17 de octubre había sido duramente perseguida). Pero el gobierno se las ingenió para que las radios privadas (cuya vida pendía de un hilo, porque tenían licencias “precarias”) y los noticieros de cine (subvencionados), dos canales de mucha audiencia, estuvieran volcados en buena parte hacia el peronismo. Es un mito, como tantos otros, que el peronismo ganó con “todos los medios en contra”.

La afirmación según la cual Télam buscaba ser una alternativa de “agencia nacional” para evitar a AP y UP queda desbaratada si se considera que en 1945 había dos grandes agencias de noticias argentinas que suministraban información local a medios argentinos: la histórica Saporiti (la más antigua entonces en América Latina, fundada en 1900) y ANDI (Agencia de Noticias del Interior, de 1931), ambas completamente nacionales e independientes (aunque este último carácter lo perderían más tarde). De las internacionales, sólo UP tenía un servicio interno nacional, manejado por argentinos, que llegaba a unos 30 suscriptores, en general los diarios más importantes. Las noticias del exterior, sí, venían abrumadoramente de UP y AP y en menor medida de la británica Reuters y la alemana (nazi) Transocean, cerrada a desgano por Perón para no quedarse afuera del orden mundial de posguerra.

3. Ni mixta ni nacional ni “contrahegemónica”

Es decir, Télam no era mixta (estaba financiada por el Ejército) ni era la única agencia argentina ni era un instrumento (interno o externo) para enfrentar la “hegemonía” norteamericana. Ni siquiera era útil para defender “la imagen argentina en el exterior”, obsesión clásica de las dictaduras militares argentinas. Télam no tenía ninguna posibilidad de disputarle cobertura interna a las bien establecidas agencias nacionales (a menos que se le otorgara algún privilegio) ni mercado internacional a las agencias mundiales. Era lo que fue siempre: una agencia de propaganda, en este caso al servicio de una candidatura. Y sería, mucho después, una agencia de publicidad estatal (que a menudo era también propaganda).

Para peor, la creación de Télam tuvo lugar después de un intento de Perón de cooptar ANDI, que ya había sido infiltrada por periodistas nacionalistas y pro-gobierno. Como hombre fuerte de la dictadura, Perón creyó que ANDI podía ser el instrumento noticioso para controlar radios y diarios. Recordemos que durante décadas, hasta la aparición de los canales de noticias internacionales y, después, de Internet, las agencias de noticias eran una de las fuentes principales de información de los medios. El gobierno decretó entonces que todas las emisoras argentinas debían contratar obligatoriamente los servicios de ANDI, convenientemente convertida en una entidad paraestatal, por una muy elevada suma (5% a 10% de sus ingresos brutos). Esto implicaba una próspera existencia asegurada para la agencia, pero la completa sumisión informativa de la radiodifusión al gobierno.

Esto implicaba una próspera existencia asegurada para la agencia, pero la completa sumisión informativa de la radiodifusión al gobierno.

El asunto, de todas maneras, duró poco, porque las tres emisoras más grandes reunieron la muy apreciable cantidad de 150.000 pesos y se los dieron a un abogado amigo de Perón, según contó el locutor Alberto J. Aguirre a la revista Sur en 1961. Frente al propietario de Radio Belgrano, relató Aguirre, Perón llamó inmediatamente al presidente Farrell y le dijo: “Che, Edelmiro, el decreto de ANDI no corre”.

Abortada esta posibilidad, Jutronich renunció a la Subsecretaría de Informaciones y, junto con un pequeño grupo de periodistas de ANDI que hicieron lo propio, fundaron Télam. Sin embargo, al poco tiempo la dictadura y Perón perdieron interés en la agencia, porque se dieron cuenta de que era más efectivo cooptar directamente a las emisoras, y la dejaron relativamente librada a su suerte. 

Télam, no obstante, podría haberse redimido de sus pecados de origen. Después de todo, la agencia española EFE (cuyo nombre lleva la inicial del fundador del franquismo, aunque no se sabe bien el origen de esa sigla) surgió también como instrumento de una dictadura. Pero hoy es una agencia internacional confiable de una democracia, que hace rato superó en América Latina a la “hegemonía norteamericana” informativa.

“Un hombre extremadamente honesto”

Aquella Télam de 1945-1946 tenía muy pocos abonados, generalmente marginales, sus textos eran escasos, invisibles en la gran prensa y eran más bien de opinión (bajada de línea del gobierno militar o del proto-peronismo), cortas noticias oficiales o extractos de los escasos diarios o boletines peronistas. Con apenas una docena de empleados, no tenía corresponsales en el interior, teletipos ni sistemas propios de emisión. Sólo usaba hojas mimeografiadas distribuidas por mensajeros, así como (con algún trato preferencial) el correo y telegramas públicos.

El pobre Jutronich, quien pese a todo era considerado, al menos en lo económico, como extremadamente honesto –según recuerda Oscar Camilión en sus memorias, “debía tener un pantalón de verano, uno de invierno y un saco”– se debatía en la misma pobreza franciscana de la oficina de 25 de Mayo 140 para mantener a flote la agencia, que en 1946 se trasladó a Esmeralda 433. Y esto aun cuando Perón, mentor inicial de la agencia, ya había ganado las elecciones. 

Entre 1947 y 1949 el peronismo compró secretamente a través de dos empresas (una paraestatal y otra “privada”) todas las emisoras del país (menos una en San Juan) y numerosos diarios. Nadie se quejó de “concentración de medios”. En esas compras se usaron palos o zanahorias, según los casos. Pero no había una idea clara de qué hacer con las agencias. En ese momento el gobierno se volvió a fijar en Télam, agencia amiga pero que seguía viviendo precariamente y tratando de competir con las nacionales ANDI (ahora equidistante) y Saporiti (afín a los medios independientes). Con el considerable poder monopsónico de los medios cooptados, el gobierno decidió neutralizar a Saporiti (que quedó en estado vegetativo) y a ANDI (que debió cerrar).

Télam comenzó a recibir 50.000 pesos mensuales del gobierno peronista y quedó bajo la influencia del grupo filo-fascista del coronel Jorge Osinde.

Según documentos norteamericanos desclasificados, Télam comenzó a recibir 50.000 pesos mensuales del gobierno peronista y quedó bajo la influencia del grupo filo-fascista del coronel Jorge Osinde, quien volverá muchos años más tarde a estar vinculado con la agencia. Jutronich seguía como cabeza visible. Con estos nuevos fondos, Télam armó en 1948 su primera red de corresponsales en el interior y pasó a suministrar un servicio noticioso más completo a los medios comprados por el peronismo. También intentó organizar un sistema de transmisión propio de radioteletipo para llegar al interior, pero por problemas técnicos y económicos fue desactivado al poco tiempo y volvió a usar el telégrafo y el teléfono. 

Por esas épocas, un muy joven Roberto Di Sandro ingresó como corresponsal de Télam en la Casa Rosada, donde permanece (récord mundial) desde hace 74 años. También pasó por Télam el entonces nacionalista Ricardo Masetti, quien en 1959 se convertirá al castrismo, fundará en Cuba la agencia oficial Prensa Latina y morirá tras querer convertirse en un Che Guevara de Salta, a través de una guerrilla contra el gobierno constitucional de Arturo Illia.

La historia de Télam continuó: nunca llegó a redimirse ni tampoco consiguió ocupar un papel central durante el primer peronismo, porque durante su vigencia se privilegió a otras agencias especialmente creadas, hoy olvidadas. Su despegue real se producirá en 1959. Y sólo desde 1968 se transformará en pieza central de ese orwelliano, pero al fin de cuentas criollo e ineficaz, Ministerio de la Verdad del subdesarrollo que es el aparato de comunicación del Estado argentino. 

Todo esto podrá advertirse en la nota siguiente. Usando la fórmula clásica de las viejas teletipos podríamos decir: ATENCIÓN SUSCRIPTORES = AMPLIAREMOS EN PRÓXIMO ENVÍO.

 

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Roberto H. Iglesias

Periodista e investigador sobre temas de medios y comunicación. Trabajó en EFE y UPI. Autor de 'El Medio es el Relato: propaganda, manipulación y restricciones para todos' (2014).

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