BERNARDO ERLICH
Domingo

Rusia patea la paz
para adelante

Mientras Putin ve la diplomacia como un arma de guerra, Trump la considera un atajo para su gloria personal. En ese escenario, un acuerdo de paz que involucre a los ucranianos parece imposible.

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Durante la Guerra de los Treinta Años (1618-1648), tanto el Duque de Wallenstein, el general más formidable del Imperio Habsburgo, como el cardenal Richelieu, ministro principal de Luis XIII de Francia, perfeccionaron el arte de la diplomacia como un arma de guerra al servicio de los intereses del Estado. Siguiendo el manual maquiaveliano, las negociaciones y las treguas de Wallenstein y Richelieu con sus respectivos enemigos tenían menos que ver con el acuerdo o la reconciliación que con apenas ganar tiempo, para dividir a sus enemigos, reclutar soldados, recaudar impuestos o expoliar territorios ocupados. La guerra, por lo tanto, se prolongaba no a pesar de las negociaciones, sino a causa de ellas.

Cuatro siglos después, Vladimir Putin practica el mismo método. Desde las primeras negociaciones de Minsk, en septiembre de 2014, hasta las de Anchorage, hace dos semanas, Putin se nutre de la confusión y de la timidez de los interlocutores occidentales para debilitar a Ucrania, fragmentar la Alianza Atlántica y preparar el terreno para futuras conquistas. Para exasperación de los ucranianos y sus aliados europeos, Donald Trump parece sentirse a gusto ante esta conversación laberíntica y deshonesta. La futilidad de la postura de Trump sólo es comparable a su absurdo: se basa en la creencia de que un tirano y señor de la guerra, empeñado en la expansión y en desestabilizar el frente interno occidental, puede ser persuadido para que acepte un compromiso permanente.

La ilusión del ‘land swap’

La idea de que Rusia está interesada en la paz no sólo es una ilusión peligrosa, porque requiere ignorar los fundamentos ideológicos del Estado ruso y la estrategia geopolítica que Putin ha seguido durante décadas. Si las guerras se ganan cuando se destruye la voluntad de lucha del enemigo, la realidad es que el Kremlin no va a detenerse hasta que se vea obligado a hacerlo. En el centro de las demandas de Putin se encuentra el “cinturón defensivo” de Ucrania, una línea fortificada de cuatro ciudades cuidadosamente protegida desde 2014, y el reconocimiento de la soberanía rusa sobre la totalidad de los óblasts de Luhansk, Donetsk, Jersón y Zaporiyia. A cambio, Rusia no ha dicho ni una palabra de las decenas de miles de rehenes ucranianos, mientras que sólo devolvería las pequeñas porciones de territorio que ocupa en Sumy y Járkov, zonas estratégicamente menos relevantes y fácilmente penetrables en una futura ofensiva.

Se trataría nada menos que de regalar a Rusia el territorio que no pudo conquistar mediante las armas y de dar una recompensa a su agresión.

Aunque los voceros de Trump han repetido hasta el cansancio los beneficios de este land swap (intercambio de territorios) como un paso necesario hacia la paz, su lógica es derrotista y moralmente cuestionable. Se trataría nada menos que de regalarle a Rusia el territorio que no pudo conquistar mediante las armas y de darle una recompensa a su agresión. Los que mejor entienden esta injusticia son los ucranianos, que saben que renunciar a sus provincias ocupadas sería una traición a los sacrificios realizados y una garantía de futuras invasiones. Como han sugerido fuentes de inteligencia británica, Rusia carece de la capacidad para apoderarse de todo Donbás a corto plazo y le llevaría, al menos, entre cuatro y cinco años agotar todos sus recursos.

Si en Moscú y en Kiev comprenden que la geografía es el destino en esta guerra, la disposición en Washington a obsequiar territorio ucraniano no es más que negligencia o pereza estratégica. El sueño de Trump de ganar el Nobel como pacificador ha generado una peligrosa asimetría: mientras que Putin ve la diplomacia como una herramienta de guerra, Trump la considera un escenario para alcanzar la gloria personal. A diferencia de la coherencia implacable de Putin, su pandilla de agentes de la KGB y oligarcas, la inconsistencia de Trump, que amenaza con sanciones un día y las retira al siguiente, socava la disuasión y resta seriedad a los estadounidenses. Su insistencia en que Europa y Ucrania pueden confiar en vagas garantías de seguridad suena hueca, especialmente dada su negativa a enviar mayores dotaciones de armamento a Ucrania o a castigar a Rusia con sanciones reales. Para los ucranianos, este palabrerío es el peor de los escenarios, ya que adormece a los aliados en la complacencia, mientras deja a Kiev expuesta a los ataques rusos.

Si el honor de un hombre se mide por cómo trata a sus subordinados, y no a sus iguales o sus superiores, es evidente que el presidente estadounidense no da la talla. Al igual que un mafioso de ficción con complejo de inferioridad —pienso en Henry Hill de Buenos muchachos o Morcilla de El marginal—, Trump insulta y golpea a los débiles, como México o Dinamarca, pero agacha la cabeza y sonríe frente a aquellos que tienen capacidad de daño, como Rusia y China. Más allá de sus grotescos y larguísimos posteos en X ante cada bombardeo ruso, Trump no ha movido un dedo para arrinconar a Putin. Es más, su entusiasmo adolescente con el llamado “plan de paz” ruso demuestra un malentendido fundamental de las intenciones del Kremlin. Como Volodímir Zelenski evidenció en febrero en la Oficina Oval, Rusia ha roto todas las promesas y todos los tratados firmados en el pasado. Al presionar a Ucrania para que entregue territorio no ocupado, Trump no está congelando el frente, sino debilitando preventivamente a Kiev. Su plan dejaría a cientos de miles de ucranianos abandonados a la represión rusa, al reclutamiento forzoso y al borrado cultural. Calificar tal abandono como paz es tergiversar el significado de la palabra hasta hacerlo irreconocible.

Ecos del imperio

Como sostiene el historiador ucraniano Serhii Plokhy, la guerra de Putin tiene sus orígenes remotos en el expansionismo de la Rusia imperial y, más recientemente, en el incompleto proceso de descolonización de la Unión Soviética. De acuerdo con las doctrinas del eurasianismo y del rússkiy mir o “mundo ruso”, el diseño imperial de Putin pretende regir los designios de las antiguas repúblicas soviéticas en Asia Central y el Báltico, así como dominar activamente la región del Mar Negro, mediante la ocupación de Ucrania meridional y el apoyo de regímenes vasallos en Georgia, Moldavia y Rumania. Se trata de una vieja aspiración de los zares, quienes soñaban con apropiarse de Constantinopla y establecer su señorío sobre las poblaciones cristianas del Imperio Otomano. De este modo, la toma de Crimea y el Donbás en 2014, la guerra en Georgia en 2008 y el bloqueo de los puertos ucranianos no son ataques de locura de un tirano envejecido, sino pasos sistemáticos dentro de una estrategia a largo plazo. Si Moscú controla el cinturón fortificado de Ucrania y el acceso al Mar Negro, se asegura una plataforma para desestabilizar a las democracias europeas, amenazar el comercio mundial en el Canal de Suez y afirmarse como gran potencia. En este cálculo, la paz no es más que una pausa en una campaña más amplia. Y si no me creen a mí, presten atención a los gestos y las declaraciones de los intelectuales, periodistas y políticos putinistas. No es una tarea difícil para aquel con ganas de bucear un poco en los portales de noticias y las redes sociales, como se ve en el desparpajo imperialista de personajes como el ministro de Asuntos Exteriores Serguéi Lavrov, el secretario de Prensa Dmitri Peskov, el intelectual y director del canal oficialista Tsargrad TV Aleksandr Duguin y los tertulianos del programa de Vladímir Soloviov en Russia-1.

Por este motivo es que fracasan las negociaciones de paz. El problema no es la falta de esfuerzo o imaginación, sino la incompatibilidad de los objetivos.

Por este motivo es que fracasan las negociaciones de paz. El problema no es la falta de esfuerzo o imaginación, sino la incompatibilidad de los objetivos. Para Ucrania, cualquier acuerdo debe garantizar la soberanía y la seguridad. Para Rusia, Ucrania no es una nación, sino un pedazo del etnos ruso; cualquier acuerdo debe preservar la opción de una nueva agresión y la mínima presencia de tropas de paz occidentales en territorio ucraniano es un acto de guerra.

A su vez, el proyecto autoritario de Putin en el plano doméstico depende de la guerra permanente. El presidente ruso ha hecho de la guerra en Ucrania su gran legado para la posteridad. La frágil “Unión Sagrada” entre la población rusa que, por convicción, temor o resignación, apoya la guerra en Ucrania, sólo puede mantenerse mediante la continuación del conflicto. La desmilitarización de la sociedad y de la economía socavaría el sistema que sustenta el régimen y devolvería a sus hogares a cientos de miles de veteranos descontentos y desempleados que, como la historia de la primera posguerra demuestra (1919-1923), son el caldo de cultivo para todo tipo de revoluciones, golpes de Estado y movimientos armados. Para Putin, por lo tanto, la paz no es simplemente indeseable, sino existencialmente peligrosa.

La abdicación de EEUU

La postura de Trump ha obligado a Europa a enfrentarse a una dura realidad. Desde enero de 2025, los Estados europeos han comenzado tibiamente a aumentar la producción de armas, coordinar el apoyo a Kiev y prepararse para un futuro cercano en el que Washington reduzca su presencia militar en Europa Oriental. Con todo, el proceso del “despertar europeo” es lento y desigual. La realidad es que, a pesar de las fuertes declaraciones y buenas intenciones de algunos líderes, el desempeño de la Unión Europea en la guerra ha dejado mucho que desear. La reticencia de la mayoría de los ciudadanos y políticos europeos a hacer los sacrificios necesarios para ayudar a Ucrania y castigar a Rusia donde más le duele —con la movilización de sus activos congelados y la suspensión total de las compras de gas— es exasperante para los ucranianos. Es más, la claudicación ante la amenaza rusa no es exclusiva de la derecha o de la izquierda, como se ve en la abierta rusofilia de Víktor Orbán y en el anacrónico pacifismo sesentayochista de Pedro Sánchez.

Mientras los ucranianos se niegan a ser peones en este gran tablero, la Unión Europea no está en condiciones de reemplazar, por ahora, a Estados Unidos como hegemón militar, ni como proveedor de armas y recursos de inteligencia. Una situación peligrosa en tanto que la diplomacia de Trump se basa en una peligrosa ilusión: que Rusia es una potencia confiable con la que se puede negociar. Motivado por ideología, estrategia y sentido de la supervivencia, Putin no sólo no puede ponerle fin a la guerra, sino que su visión es la de un imperio ruso restaurado. La tragedia es que las políticas de Trump hacen que la visión de Putin sea más alcanzable. En lugar de acortar la guerra, corren el riesgo de prolongarla, extenderla y garantizar que las generaciones futuras paguen el precio. La historia del siglo XX demuestra que el apaciguamiento no doma a los autócratas, sino que los envalentona. Cuanto antes reconozca Estados Unidos esta verdad, mayores serán las posibilidades de resistir la marcha rusa hacia Kiev y la desintegración definitiva de su credibilidad como potencia rectora del orden internacional.

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Salvador Lima

Historiador. Investigador doctoral en el Departamento de Historia y Civilización del Instituto Universitario Europeo de Florencia.

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