Domingo

La casta militante

El autor, con credenciales para calificar como "hijo de la generación diezmada", le responde a Cristina Kirchner.

En agosto de 1976, un grupo de tareas de la ESMA fue a buscar a mi padre a su oficina con la intención de secuestrarlo. Mi papá era abogado, periodista y también un militante “encuadrado” en la más importante organización armada de la izquierda peronista. Trabajaba en una agencia de noticias que era una tapadera de la organización y donde trabajaban periodistas que habían pasado antes por el diario Noticias. Entraron primero discretamente, con la intención de (supongo) hacer “inteligencia” y luego a sangre y fuego. Mi viejo intuyó lo que se venía y escapó. Siempre decía que su entrenamiento militante y su olfato lo habían salvado de lo evidente: secuestro, tortura, desaparición y muerte en el mayor campo de concentración que la dictadura había desplegado en la Escuela de Mecánica de la Armada.

Sobre la represión ilegal, sobre su carácter brutal, asesino y clandestino se ha escrito mucho. También sobre la sana reacción de la democracia argentina de buscar justicia y no venganza. Reacción que comienza, dicho sea de paso, con la valiente decisión de Raúl Alfonsín de activar los juicios, que implicó salir a cazar con pocas armas en una selva llena de leones feroces y con los dientes afilados, y no 20 años después descolgando cuadros en un zoológico con leones cansados y encerrados. En fin.

Algún día habría que escribir sobre eso. Permítanme volver a la situación de mi familia. Después del intento de secuestro, mis viejos nos sacaron de las pestañas de casa, cinco meses después estábamos viviendo en Brasil y dos años después en México (sí, Presidente, yo viví en el “país de la selva” y en el “país de los indios”, como ya le conté una vez). En el medio vivimos clandestinos, fingiendo todos los días que íbamos al colegio (al que habíamos dejado de ir en aquel día de agosto). Fueron tiempos de infierno, de mucho miedo, que en mi caso sólo terminaron el día que atravesamos la frontera. La suerte volvió a acompañarnos, porque 15 días después de irnos, otra patota (en este caso del Ejército) entró al departamento al que nos habíamos mudado y reventó todo. Todo es todo. Yo no tengo casi nada de mi infancia. Ningún juguete, ningún objeto, casi ninguna foto. Todo quedó ahí.

¿Por qué escribo esto? Porque esta historia me permite, supongo, calificar como “hijo de la generación diezmada”, según la definición reciente de Cristina Kirchner, aunque soy un poco grande para eso y, además, mis padres sobrevivieron. Disculpas por eso, pero creo que igual califico.

Política sin violencia

En mi condición de poseedor de estas esotéricas credenciales, me permito reflexionar sobre el concepto. Veinte años después del fin de la dictadura (y hace 20 años) el ex Presidente Kirchner puso por primera vez ese concepto en el espacio público, en su discurso de asunción. Dijo literalmente: “Formo parte de una generación diezmada, castigada con dolorosas ausencias; me sumé a las luchas políticas creyendo en valores y convicciones a las que no pienso dejar en la puerta de entrada de la Casa Rosada”. Bueno.

En ese discurso, Kirchner marcó la cancha y abrió un juego nuevo que cancelaba el primer pacto democrático iniciado bajo el liderazgo de Alfonsín y al que había adherido, en líneas generales, la renovación peronista: la política reducida a violencia es una mala política, produjo una tragedia y hay que reconstruirla bajo nuevas bases. Y esas bases no pueden ser sólo retóricas. Deben incluir un principio básico de justicia y reparación. Fueron años en los que gran parte de la izquierda transitó un camino crítico de la violencia del período anterior. Revistas como Punto de Vista o La Ciudad Futura, conducidas por intelectuales de notoria militancia “encuadrada” en los ’70, fueron un buen indicador de ese sano clima de época. Y en el plano más político, otro emergente de ello fue el Frepaso: militantes provenientes del peronismo y otros de los movimientos de derechos humanos convergieron en una experiencia muy interesante sobre la que se ha escrito poco.

Kirchner le puso un freno a todo eso, miró a los militantes de los ’70 y les planteó que no. Que el pasado setentista estuvo bien, que había habido una generación maravillosa que había dado todo por un futuro de justicia y felicidad, y que había que sentirse orgullosos. Kirchner dio vuelta la historia, lo que luego formalizó incluso en la reescritura del prólogo del Nunca Más. El problema más grave no era la represión. El problema era que había sido contra ellos, contra los compañeros, contra la “generación diezmada”.

El problema más grave no era la represión. El problema era que había sido contra ellos, contra los compañeros, contra la generación diezmada.

Curioso. Kirchner, que no había bajado de ninguna Sierra Maestra ni había vivido clandestino ni había luchado en ninguna selva tucumana, y que formaba parte del partido político que se había negado a apoyar los juicios y a integrar la Conadep, se ponía al frente de la reivindicación histórica de la militancia de los ’70. Kirchner, un importante dirigente de ese PJ, ex intendente de Rio Gallegos, ex gobernador de Santa Cruz, se paraba como el militante clandestino que por fin había podido salir de la cueva y pedía perdón por lo que supuestamente el Estado (conducido por otros) no había hecho.

Veinte años después, y luego de haber conducido el país por 16 de esos 20 años, la vicepresidenta Kirchner vuelve a traer ese concepto llamando a los “hijos de la generación diezmada” a continuar el camino. Más allá de la (un poco) obvia legitimación al ministro del Interior como el elegido, hay ahí una ideología muy marcada. La “generación diezmada” es la que inició el camino y ahora “sus hijos” lo continuarán. Cristina Kirchner propone una narrativa en la que se funda y se intenta legitimar una dinastía.

Es una narrativa, como cualquier narrativa, no fundada en la realidad. Ni Cristina ni su marido bajaron de la Sierra Maestra ni hay una “generación” diezmada. Hubo víctimas de la represión, qué duda cabe. Pero no hubo una generación. Hubo un pequeño grupo en general proveniente de la elite económica de nuestro país, o de las clases medias, que decidió tomar las armas y que fue brutalmente reprimido y derrotado por una dictadura que además masacró a cuanta voz crítica se le cruzara. La apelación a la idea de “generación” pretende darle legitimidad a un grupo de elegidos destinados a conducir el país bajo el liderazgo de los Kirchner, que además se reservan el derecho de portar la varita mágica que decide quiénes pertenecen (y quiénes no) a esa generación (no, Alberto, vos no, no te ilusiones). Pero Argentina no es Vietnam ni Paraguay al final de la Guerra de la Triple Alianza, ni Estados Unidos al final de la Guerra Civil. Ahí hubo generaciones diezmadas. Acá no.

Vacunas militantes

Recordemos otro momento de nuestra historia reciente. Cuando Horacio Verbitsky dijo por radio “che, les cuento, me vacuné”, se abrió un debate muy fuerte sobre la falta de límites republicanos de este gobierno para distribuir un bien valioso y escaso. Y en ese momento, al respecto, el Procurador del Tesoro de la Nación, Carlos Zannini, dijo lo siguiente: “Le dije [a Verbitsky]: ‘Estás equivocado, no tenés que actuar con culpa en el tema porque vos tenés derecho a eso porque sos una personalidad que necesita ser protegido por la sociedad”. Mamadera.

¿Qué expresa esta frase? El Chino Zannini, que tiene más credenciales que los Kirchner para reivindicarse parte de “la generación”, está diciendo que Verbitsky no tiene que sentir culpa, porque es uno de ellos, un padre fundador. La sociedad debe estar feliz de que ellos se vacunen primero, a pesar de que no son fundadores de nada (mucho más lo fue Alfonsín, que jamás se habría vacunado antes), pero esas son nimiedades pequeño-burguesas.

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Soy sinceramente muy empático con la historia trágica que atravesó la infancia de Wado de Pedro. Probablemente porque, sin llegar a ese nivel de tragedia, la mía tuvo puntos en común con la suya. Sé lo que debe haber sufrido y no puedo más que conmoverme por aquel chico que tuvo que criarse sin sus padres, asesinados en medio de una dictadura criminal. Pero eso no lo hace poseedor de ningún privilegio ni ningún aura especial. De Pedro, de adulto, es parte de la élite política de este país. Legislador, secretario general de la Presidencia, ministro del Interior. Y si es candidato, deberá poner en juego sus actos como hombre del poder y no como hijo de una supuesta generación diezmada que no es tal. La élite política argentina de los últimos años (en los que el peronismo gobernó gran parte) tiene una deuda con la sociedad. Más desigualdad, una economía desquiciada y un 40% de pobres. Más de la mitad de los menores de 18 años en situación de pobreza constituyen (eso sí) una generación diezmada. Real, masiva, hoy. Una generación abandonada a la vera del camino a la que no ayuda que quienes conducen el país se miren en un espejo autocelebratorio en el que casi nadie los ve ya.

Corea del Norte es un país organizado estamentalmente en base al grupo de pertenencia de cada miembro de la sociedad. El riguroso (y casi esclavista) sistema de castas de ese país se denomina songbun y divide a la sociedad en tres clases (que a su vez se subdividen en 51 categorías): los “leales”, los “vacilantes” y los “hostiles”. Se trata de castas hereditarias (sobre las que los Kim tienen el derecho a incluir o excluir), marcadas por la pertenencia familiar a los descendientes de los combatientes junto a Kim Il Sung en primer lugar; los que sin ser “herederos de ese grupo maravilloso” no tienen lazo con las clases privilegiadas del antiguo régimen, en segundo lugar; y los herederos de las “clases malditas” en último lugar. No toda la población de Corea del Norte vive mal. Los “leales” viven en Pyongyang, acceden a bienes de consumo, integran el ejército y la alta burocracia estatal. El resto vive fuera, no tiene bienes básicos y si se tiene que morir de hambre, así será. ¿Quién se habrá vacunado primero contra el COVID?

Lo bueno del régimen democrático liberal es que no hay dinastías hereditarias. Sin ser “el gobierno del pueblo” es lo que más se le parece. Las elites rotan y nadie tiene el derecho especial a nada por pertenecer a un grupo especial o portar apellido.

 

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Julián Gadano

Sociólogo. Profesor de la UBA y la Universidad de San Andrés. Ex subsecretario de Energía Nuclear.

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