VICTORIA MORETE
Domingo

Elecciones (IV):
armen un partido

"Fe, esperanza y optimismo". Ni Chetoslovaquia ni choripanlandia. Unidad hasta que no sea necesaria.

Osvaldo Bazán | Periodista | @osvaldobazan

Con fe, con esperanza, con optimismo.

Esta es, creo, la manera de enfrentar los próximos dos largos y terribles años que nos quedan por delante.

Con fe, con esperanza, con optimismo.

Nunca imaginé que algún día reivindicaría el ideario del campeón motonáutico, actual embajador argentino en Brasil.

Llegó ese momento.

El domingo a la noche, el país sufrió la psicopateada k número quichicientos mil. Con la desfachatez habitual, vimos desde el Presidente hacia abajo (o hacia los costados, o hacia arriba, vaya uno a saber dónde se ubica el señor que pasó de vivir de prestado en Puerto Madero a vivir de prestado en Olivos) asegurar a la población que la mayor derrota que el peronismo sufrió en toda su historia era, en realidad, una victoria.

Que no entendemos el mensaje de las urnas donde él escuchó clarito “siga, siga”.

Nada nuevo.

¿O a esta altura del partido vamos a descubrir la distancia que hay entre la realidad y el relato en la voz de esta gente?

No, claro que no.

La sustitución de sentido es el eje de este fascismo ensamblado en Tierra del Fuego, con todas las prebendas imaginables para los capitalistas amigos.

Lo que molesta bastante es que los nuestros se sometan a esta nueva psicopateada, como si no los conociésemos, como si fuese la primera “Gato por Liebre Situation” que nos inflingen.

¿Cómo es que a esta altura de la soirée seguimos abriendo la boca frente al inmenso ventilador de caca que se enciende cada día desde las usinas de propaganda de esta administración?

¿No quedamos en que no se les puede creer nada?

Entonces ¿por qué el domingo no fuimos todos al Obelisco, a festejar la mayor victoria de las fuerzas no tributarias del fascismo sobre el partido de los nietos putativos de Mussolini?

Nada más claro que los números.

Nada.

9.864.868 es más que 7.863.122.

Mucho más.

Pero nos dejamos ganar por la interpretación del Frente de Todos con la misma paciencia que Santilli soportó los veinte “¿por qué perdió?” de Tolosa Paz en el debate televisado. La podría haber cortado cortésmente con un “Perdón, la que perdió fue usted” y seguir.

Pero no.

La candidata derrotada intentó instalar la idea de que su contrincante perdió.

Y nadie le dijo: “Perdón, la que perdió fue usted”.

Esta semana se repitió el escenario.

El 42,5% de los votos fue para Juntos por el Cambio.

El 33,9 % de los votos fue para el Frente de Todos.

¿Se puede saber por qué no salimos a gritar que la victoria fue contundente?

Con fe, con esperanza, con optimismo.

¿Esperábamos mejores resultados?

No al menos el 11 de septiembre de este año, cuando el comentario general era “puede ser que se gane en el país, pero en la provincia de Buenos Aires perdemos por dos o tres puntos”.

El país se ganó por más de ocho puntos; se ganó la provincia de Buenos Aires por casi dos puntos.

¿Queremos más?

Sí, claro.

¿Que es increíble que frente al peor gobierno democrático de la historia estos sean los resultados?

Sí, claro.

Pero si desconocemos la historia, no seremos capaces de entender el presente.

Los bolsones de miseria, la dependencia cultural y material, la vida medieval que aún existe en provincias donde la democracia apenas ha llegado; la lista infinita de delitos disfrazados de picardía que el país aguanta desde siempre con el peronismo, es lo que convierte a este triunfo en monumental.

Se achicó la diferencia que siempre fue exorbitante en provincias feudales.

Estamos yendo hacia un futuro que será mejor que el mejor de los esperados.

Allá adelante está ese país que hará volver a los exiliados.

Allá adelante está ese país que volverá a ser faro de derechos humanos.

Allá adelante está ese país que se insinuó alguna vez en el siglo XX pero que se derritió por completo en el siglo XXI.

Allá adelante está eso que estamos construyendo desde el domingo.

Porque estamos de pie sobre las ruinas.

Serán dos años de psicopateadas, el ventilador de caca es el único electrodoméstico que les funciona.

Obviarlo.

No, no es ingenuidad.

Ingenuidad es creerse que ganaron.

Con fe, con esperanza, con optimismo.

 

 

María Migliore | Ministra de Desarrollo Humano y Hábitat (CABA)| @MariaMigliore

Las elecciones de medio término cristalizaron un contundente triunfo de nuestro espacio político y dejan el mandato de trabajar con más dedicación que nunca para encontrar las soluciones a los problemas que el país necesita desde hace ya mucho tiempo. Para cumplir con esto, primero tenemos que realizar un balance de lo que nos dejaron estos comicios, con la misma madurez política con la que atravesamos el proceso de internas, del cual salimos muy fortalecidos. Acá van tres preguntas que me hago para transitar el tiempo que viene.

1. ¿Radicalizarse? Es claro que en esta elección hubo muchos votos que emigraron a partidos más radicalizados, tanto de izquierda como de derecha. Sin duda hay quienes leerán este resultado como una invitación, o más que eso, una necesidad a radicalizar nuestro posicionamiento político. Mi interpretación de este fenómeno es bien distinta: un “voto bronca” que muestra que el sistema político viene siendo incapaz de generar respuestas estructurales a los problemas mayoritarios de la Argentina, que además están atravesados por el inmenso dolor y la angustia que nos dejó la pandemia. 

Esto hace que para muchos sea cada vez más difícil (y menos esperanzador) vivir en la Argentina. Entiendo el sentimiento y comparto que no podemos seguir de esta manera. Pero creo que es un error pensar que de esto se sale radicalizándose. Tenemos que producir las transformaciones y las soluciones dentro del sistema político. Cuando éste se rompe, perdemos todos, empezando por los más pobres. Lo novedoso y disruptivo no es gritar “rompamos todo”: es hacer realidad lo que decimos; es volver a hacer carne el pacto social que hizo grande a la Argentina, ese que nos decía que, sin importar de donde vinieras, ibas a tener una oportunidad real y concreta de esforzarte y poder estar mejor. Porque lo que se rompió no es la cultura del trabajo ni las ganas de esforzarse; lo que día a día sigue resquebrajándose es la materialización de ese deseo; la posibilidad real de conseguir trabajo, educación de calidad y vivir tranquilos y seguros. Hay que trabajar para dejar de añorar lo que teníamos y construir un presente y futuro. En vez de romper, construir. 

2. ¿Qué hacemos con los sectores populares? Como en todas las elecciones, siempre se pone la lupa en cómo le va a nuestro espacio en los barrios populares. Los datos lo muestran: aun cuando nos va bien en una elección, en la enorme mayoría de los distritos más pobres del país todavía perdemos. En el conurbano y los barrios más humildes de la Ciudad, en los cordones industriales de Santa Fe, en el norte grande. 

Ante estos resultados no tenemos que retirarnos, sino profundizar el camino. Necesitamos una representación popular propia y dejar de pensar que es monopólica del peronismo. Esta elección también mostró que hoy el peronismo representa símbolos vacíos, porque no tiene la capacidad real de transformar. Y eso es justamente lo que la sociedad nos demanda: transformar. Que las cosas no sigan como están.

Hay que construir un aspiracional nuevo, del cual todos y todas podamos ser parte. Levantar más fuerte las banderas de la integración y el desarrollo, y defenderlas siempre. Construir una Argentina en donde el lugar donde se nace no condicione las oportunidades de futuro, con el trabajo como gran ordenador social. Y hay que saber que este proceso va a llevar tiempo. Roma no se hizo en un día. Conlleva un trabajo muy silencioso, que se consolida poco a poco. De hecho, en varios de estos distritos estamos más consolidados que en 2015.

3. ¿Halcones o palomas? No hace falta decirlo: las diferencias existen en una coalición política. Y lejos de debilitarnos, nos fortalecen. No necesitamos pensar igual en cada tema, pero hay que salir de esa dicotomía: ni extremismo ni tibieza.

Necesitamos liderazgos que tengan mucha energía e intensidad en sus convicciones, posicionamientos y rumbos claros de lo que buscamos para la Argentina. Y que tengan a la vez la grandeza y audacia para construir marcos nuevos y consensos amplios, que permitan materializar el camino y proyectar a largo plazo. 

Liderazgos intensos en su convicción, audaces en la acción y capaces de tender puentes son los que necesitamos en JxC

Los procesos de integración en los barrios populares de CABA son un ejemplo de que esto es posible. Profundamente convencidos del rumbo, decidimos avanzar y sostener esta política, aún cuando ha sido motivo de muchas críticas. Este convencimiento no nos ha impedido generar consensos, sino más bien todo lo contrario. Hemos constituido mesas de trabajo con organizaciones políticas y sociales, ONG, organismos judiciales y delegados barriales para concretar acuerdos, avanzar y generar dispositivos que nos transciendan, que perduren más allá de nuestro gobierno. 

Liderazgos intensos en su convicción, audaces en la acción y capaces de tender puentes son los que necesitamos en JxC, porque son los que nos permitirán ampliar nuestra representación y construir los acuerdos necesarios para volver a gobernar y transformar la Argentina.

 

 

Luciano Laspina | Diputado nacional (Santa Fe) | @LaspinaL

El peronismo unido hizo la peor elección de su historia pero encontró un motivo para festejar: el “empate técnico” en la provincia de Buenos Aires mantuvo “competitivo” al peronismo kirchnerista en el principal distrito del país, en donde se dirime la interna del PJ. Este objetivo módico bastó para evitar lo peor: un quiebre de la coalición oficialista que amagaba con desembocar en una crisis institucional. De allí la euforia desmedida de Alberto Fernández, inexplicable a partir de una primera lectura de los resultados electorales.

Desde la derrota, y todavía noqueado por un derrumbe de 16 puntos respecto a la elección de 2019, el Presidente ha convocado a un “acuerdo nacional” que se haría carne en una “ley plurianual” de objetivos, metas y propuestas. Es curioso que el oficialismo exhorte a la responsabilidad de la oposición justo ahora que está de capa caída y, más sugestivo, que no haya impulsado este diálogo cuando triunfó en 2019 y cuando administraba a discreción las dos cámaras del Congreso.

Dejemos de lado estas picardías de la política y analicemos el punto. El mito de un “gran acuerdo nacional” capaz de refundar una Argentina fundida reaparece ante cada una de las recurrentes crisis que sufre nuestra economía. Las voces oficialistas, opositoras y empresarias se apilan en torno a la corrección política que envuelve la palabra “diálogo”. El diagnóstico habitual es que los desacuerdos políticos, la inestabilidad de las reglas de juego y el péndulo de las políticas públicas son los culpables del fracaso económico y social.

Es un razonamiento atendible, pero que encierra un eufemismo: hablar de “pacto” y “diálogo” en abstracto permite omitir la naturaleza de las reformas que el país necesita.

Es un razonamiento atendible, pero que encierra un eufemismo: hablar de “pacto” y “diálogo” en abstracto permite omitir la naturaleza de las reformas que el país necesita, la mayoría de las cuales afectan directamente a grupos de interés, corporaciones ancestrales y/o derriban mitos urbanos que se arrastran desde los tiempos de entreguerras.

La “falta de previsibilidad” es una expresión infalible en los discursos de políticos y empresarios que dicen mucho sin expresar nada. Digamos las cosas con claridad: reglas y previsibilidad existen en países tan disímiles como Cuba o los Estados Unidos o en Corea del Norte y Corea del Sur, ya que estamos en Seúl. Allí no hay imprevisibilidad, hay reglas claras. Buenas o malas, pero reglas.

El problema argentino no es la falta de reglas ni la ausencia de acuerdos políticos, sino la falta de un consenso respecto a cuáles deben ser esas reglas. Una distancia que parece acrecentarse cada día. Por eso no se necesita un “gran acuerdo”, se necesita un “mínimo acuerdo” en torno a las dos o tres reglas que permitieron un desarrollo económico y social en los países más prósperos de la tierra.

¿Cuáles deberían ser las bases de un acuerdo para superar el subdesarrollo y la pobreza? Aunque conocido, comencemos con el diagnóstico: Argentina atraviesa una depresión económica que lleva más de 10 años y una decadencia relativa al resto del mundo que cumplirá entre 50 y 100 años, según con quien se compare.
La depresión económica comenzó cuando la caída de los precios de las exportaciones primarias (que habían explicado el boom de la primera década del siglo en toda América Latina), comenzaron a desnudar el descalabro de política económica que se había gestado en los dos primeros gobiernos kirchneristas y que eclosionó a partir del tercero. Sin pretender ser exhaustivos: el descontrol fiscal federal –que se tradujo en un aumento desmedido de la presión impositiva y del gasto público en los tres niveles de gobierno–, la reaparición del fenómeno inflacionario y la consiguiente desaparición del crédito, la acumulación de enormes distorsiones de precios relativos y la proliferación de restricciones, trámites y “kioscos” públicos y privados que traban la iniciativa privada y atentan contra la eficiencia, la productividad y la capacidad exportadora.

Conviene decir exactamente en torno a qué deberíamos buscar consensos: Argentina necesita un gran acuerdo por la producción, el empleo y las exportaciones.

Con este diagnóstico de base, cuando se habla de un gran acuerdo, conviene decir exactamente en torno a qué deberíamos buscar consensos: Argentina necesita un gran acuerdo por la producción, el empleo y las exportaciones. Para ello se requiere eliminar la proliferación de reglas e impuestos que generan un sesgo anti-inversión, anti-empleo y anti-exportaciones en los tres niveles de gobierno, eliminar las variadas instituciones anticapitalistas que subsisten y corregir el sobredimensionamiento del Estado.

A continuación presento un humilde aporte, unas 10 ideas simples sobre las cuales comenzar a debatir:

1. Una modernización de las leyes laborales que permita incluir al 40% de los trabajadores que están en la informalidad, incluyendo una modificación del régimen de indemnizaciones (sin eliminar el derecho a la indemnización) para que los empresarios (en particular las PYMES, que explican el 70% del empleo total) puedan contratar empleados sin hipotecar sus empresas.

2. Una reducción gradual de impuestos (en particular de impuestos al trabajo), con prioridad en sectores trabajo-intensivos y en aquellos con alta informalidad laboral o con alta capacidad de absorción de mano de obra no calificada (confección, construcción, servicios personales y sociales, entre otros). La idea es sencilla: más impuestos al trabajo implican menos empleos y menores salarios.

3. Un régimen de estabilidad impositiva por ley para nuevas inversiones, por un plazo de 10 años, como existe en Perú y en otros países. La ley de minería de los ‘90 creó un marco similar que funcionó aceptablemente hasta que fue alterado muchos años después por el ex presidente Kirchner. Lo hizo pero no le resultó fácil, a pesar de todo. Algo similar debería extrapolarse al conjunto de la economía. No es la panacea, pero sería una enorme señal para la inversión si fuese parte de un gran acuerdo político nacional como el que pregona el oficialismo.

4. Reducción gradual pero sistemática de las retenciones y eliminación de las trabas cuantitativas a la exportación. Un dólar menos de exportación es un dólar menos de importación, es decir, un dólar menos invertido en bienes de capital, insumos o bienes finales que mejoran la productividad o el bienestar de la población.

5. Un nuevo pacto fiscal federal, que incluya un pacto Nación-provincias y también provincias-municipios, para eliminar el sesgo anti-exportador de toda la estructura impositiva. Un camino es reponer la reducción de Ingresos Brutos que proponía el Pacto Fiscal de 2017. Otro camino –no excluyente- es crear un mecanismo de “reintegros” de impuestos nacionales y provinciales a las exportaciones. Argentina debe dejar de exportar impuestos extravagantes al resto del mundo. En la práctica sería crear una “retención negativa”, es decir, un giro de 180 grados en la política comercial, empezando con las exportaciones industriales y de servicios y, en el futuro, extenderlo a todo los sectores.

6. Un pacto por la estabilidad del empleo público, para que no siga desplazando al trabajo privado en las provincias. Desde 2010 el empleo público creció más de 40% y el privado formal cayó más de 4%. Nuevamente, un primer paso sería volver al espíritu del Pacto Fiscal de 2017, que preveía un límite al crecimiento del empleo público en las provincias.

7. Una ley de simplificación tributaria, eliminación de impuestos y reducción a la mínima expresión de las exenciones impositivas en conjunto con una revisión de los impuestos de asignación específica que han proliferado en los últimos años. Este tipo de instrumentos que desgravan impuestos o derivan impuestos automáticamente deberían reemplazarse por programas de transferencias directas sujetas a metas de cumplimiento que se discutan en anualmente en la Ley de Presupuesto.

8. Un programa de igualación regional que permita crear condiciones para el desarrollo económico sustentable en las provincias del norte y del sur de nuestro territorio. Esto incluye una reconversión de los programas de promoción sectorial y regional –que hoy funcionan como “agujeros negros” sin control– por programas de transferencias programadas y condicionadas de igualación, al estilo de la Unión Europea. Destinando los recursos prioritariamente hacia obras de infraestructura y logística, capacitación laboral e incentivos a la inversión, en lugar de un crear mecanismos de subsidios o de protección que terminan pagando los consumidores más pobres y sometiendo a las economías regionales a seguir dependiendo de los subsidios del Estado nacional.

9. Un pacto para la apertura y la integración económicas. Un dato indiscutible es que la Argentina está entre los países más cerrados del mundo. Y convengamos en que para exportar más hay que importar más. Por eso la famosa “restricción externa” que usan muchos economistas para explicar nuestros males rige sólo en la Argentina. América Latina parece haber dejado atrás esa maldición hace ya tiempo. Esto explica el error conceptual que adjudica la decadencia argentina a “la maldición de exportar alimentos”, como si los países que importan alimentos estuviesen en mejor posición relativa. Abrirse al mundo, buscar acuerdos de comercio y competir –palabra impronunciable en algunos foros– son condiciones necesarias para el desarrollo.

10. Un pacto por la educación y los niños, comenzando por la sanción de una Ley de Esencialidad del Servicio Educativo, que impida que las discusiones gremiales sigan poniendo a los niños como rehenes. Los salarios docentes deben discutirse en función de la eficiencia y la calidad del gasto educativo, generando incentivos a la mejora permanente. Sin educación de calidad no existe inserción laboral posible. La educación es la base de la productividad laboral que permite una suba de los salarios reales. Tenemos que legislar pensando en los alumnos y los docentes, no en el poder de las estructuras gremiales que se acomodan según el color político del gobierno de turno.

Si el gobierno quiere diálogo y consensos, acá tiene una agenda tentativa en torno a la cual sentarse a discutir.

 

 

Mariano Campero | Intendente de Yerba Buena (Tucumán) | @mariano_campero

El resultado del domingo fue contundente. No sólo confirmó el resultado de las PASO sino que además la gente le puso un freno a los atropellos del gobierno nacional que ni siquiera con el “plan platita” pudo dar vuelta la elección. La dignidad no tiene precio.

El gobierno pagó en las urnas haber declarado la cuarentena más larga del mundo, las escuelas cerradas, hacer fiestas en la residencia presidencial mientras nos obligaban a todos a quedarnos en casa, que se hayan fundido miles de Pymes, cientos de miles de nuevos desocupados, el vacunatorio VIP. Todos errores propios por el mal manejo de la pandemia.

No fueron los únicos errores. El gobierno lo primero que hizo fue meterles la mano en el bolsillo a los jubilados, a quienes les había prometido un 20% de aumento al desarmar las Leliq. Nada de eso pasó. Ni les aumentó a los jubilados ni desarmó las Leliqs. Relato puro, que ya ni los mismos kirchneristas se lo creen.

Juntos por el Cambio logró captar gran parte del descontento contra el gobierno nacional porque fue el principal espacio político que supo escuchar los reclamos de la sociedad y fue su voz durante toda la pandemia.

En Tucumán, Juntos por el Cambio hizo una elección histórica, con un 40% de los votos, apenas dos menos que el Frente de Todos, cuando la diferencia solía ser de 10 o más puntos.

En Tucumán, Juntos por el Cambio hizo una elección histórica, con un 40% de los votos, apenas dos menos que el Frente de Todos, cuando la diferencia solía ser de 10 o más puntos. Este es un claro síntoma de que se viene el fin de un ciclo, y la oposición deberá estar a la altura para tener dos años de transición pero sin confiarnos. Todas las elecciones son diferentes y el peronismo huele sangre cuando siente que puede perder el poder. La ventaja para Juntos por el Cambio es jugar con la desesperación que tendrán durante dos años.

Al igual que a nivel nacional, en nuestro espacio político deberemos dar la discusión de cómo llegar de la mejor manera, para tener chances reales de transformar la provincia. Está claro que debemos tener una visión de mayor apertura, donde pongamos las coincidencias por encima de las diferencias. Al ser un espacio tan plural, es lógico que tengamos algunas diferencias como, por ejemplo, la reciente noticia de la renuncia de Germán Alfaro como senador nacional y continuar como intendente de la capital tucumana. De esta manera, Roberto Sánchez quedó como el dirigente mejor posicionado para la gran pelea que tendremos en 2023.

A partir del resultado del domingo, el país se debería encaminar a un escenario de mayor diálogo, porque ninguna fuerza política tiene la hegemonía ni el Congreso funcionará como una escribanía de los caprichos del presidente Alberto Fernández o la vicepresidenta Cristina Kirchner. Sin embargo, la convocatoria lanzada por el Gobierno creo que formará más parte de una escenografía que de una real intención de dialogar para construir el país que los argentinos nos merecemos.

El kirchnerismo nunca tuvo vocación de diálogo, producto de que nunca tuvo la necesidad de consensuar las normas que se iban a sancionar. Pero ahora hay otro mapa de poder en el país. Desde Juntos por el Cambio tenemos la necesidad y la obligación de afianzar el espacio político, pero también de tener una vocación de apertura para las elecciones de 2023.

Con Roberto Sánchez asumimos como intendentes en 2015 y en estos seis años hemos transformado nuestras ciudades.

Con Roberto Sánchez asumimos como intendentes en 2015 y en estos seis años hemos transformado nuestras ciudades. Tenemos pensado y estamos ejecutando la ciudad que queremos para los próximos 50 años. En el país tenemos que tener la misma lógica. Hay que pensar en un país inclusivo que tenga una educación –pública y privada– de calidad, como motor de crecimiento. Tender una alfombra roja para todos los empresarios que quieran invertir en nuestro país y generen trabajo genuino. Tenemos que retomar, como se hizo durante la presidencia de Mauricio Macri, la lucha contra el narcotráfico y el combate al delito. La inseguridad no es una sensación. Tenemos que tener un Poder Judicial acorde a los tiempos que se viven, clausurar la puerta giratoria y de ninguna manera los delincuentes pueden tener más derechos que las víctimas.

Esos son los pilares en los que debemos trabajar, desde Juntos por el Cambio, para cuando nos toque gobernar el país y la provincia de Tucumán en 2023.

 

 

Gabriela Saldaña | Arquitecta| @MissLadrillos

Las legislativas nacionales ratificaron el avance de la coalición. Se confirmó que representar el deseo de cambio, de progreso, de paz y orden de amplios sectores desoídos por años es el camino a triunfos electorales inéditos, incluso en provincias y ciudades históricamente bajo control del aparato peronista.

La coalición ya demostró que es capaz de gobernar la nación, provincias y municipios, de sostenerse con todas las estructuras de poder del status quo en contra: sindicalismo, orgas neo-pobristas, Vaticano, medios, Justicia. Fue capaz de gobernar y sentar las bases del cambio: infraestructura, puertos, comercio internacional, superávit energético, digitalización, transporte, aviones, reducción del Estado y del déficit, todo esto sin mayorías parlamentarias ni provinciales, sin precios altos de commodities y bajo 14 toneladas de piedras. Se demostró que si queremos, el peronismo pierde y salimos adelante.

Lo que sigue ahora es el desafío más grande de todos, mayor aún que terminar el mandato bajo asedio. Es el desafío de crecer en votos sosteniendo al mismo tiempo la unidad, pese a los intentos de quebrarla. Porque van a llover intentos de romper la coalición, por fuera y por dentro, para que volvamos al escenario de 2011. Y el que no lo recuerde, que googlee la desolación del mapa electoral y los porcentajes de esa elección. 

Van a llover intentos de romper la coalición, por fuera y por dentro, para que volvamos al escenario de 2011.

Hoy necesitamos unidad. Y la base de la unidad está en consolidar un objetivo común por encima de toda diferencia: ganar para desterrar el totalitarismo, la violencia y las estructuras corporativas mafiosas. Ganar, consolidar la normalidad republicana en las instituciones, y mandar al populismo anclado en el pasado a pelear el fondo de tabla, donde ya no pueda hacer daño. Ese es el objetivo central de la coalición hoy, una de las dos claves de su éxito y de la unidad posible.

Recién más adelante, cuando el país pise suelo firme y se haya asentado razonablemente un consenso amplio en la sociedad por el respeto a las leyes y la normalidad, recién ahí llegará la etapa de las diferencias ideológicas, de generar nuevas líneas y partidos que compitan entre sí y con otros, todos dentro de un marco común de respeto a las normas. Es demencial pero es la tarea que nos toca: los políticos y los ciudadanos de todos los partidos que queremos orden, paz, progreso y libertad no solo tenemos que impulsar un armado político, sino que también necesitamos generar nuestra propia oposición integrada al sistema para poder tener una conversación política racional e institucional, con alternancia y representación para todos. (Nota: si alguien leyó en este párrafo un deseo antidemocrático de acaparar la escena política, por favor, relea y vaya a su cuarto a pensar.)

Lo inmediato es la unidad bajo el objetivo común, expresado con claridad por sobre cualquier diferencia secundaria. Y ahí también está la clave del crecimiento en votos.

Pero lo inmediato es la unidad bajo el objetivo común, expresado con claridad por sobre cualquier diferencia secundaria. Y ahí también está la clave del crecimiento en votos. Personalmente creo hoy estériles las discusiones sobre ampliar por derecha o por izquierda, o sumar a tal o cual figura, especialmente si después la coalición deriva hacia la política rancia de siempre, ajenos a la voz del militante de base y de la gente de a pie que los votó. La forma de crecer es la misma que nos llevó al triunfo hasta ahora: representar la demanda ciudadana que se expresa masivamente en las calles desde 2012, que impuso su propia presencia a la política y que no aflojó nunca desde entonces: marchas, banderas, movilizaciones, organización. Desde el llano, en las redes, en el territorio o ante la justicia: cada tema que la política abandonó generó una nueva agrupación ciudadana que se arremangó y plantó bandera. 

Aunque el establishment político, académico y cultural lo ignora, el fenómeno más trascendente del país es ese movimiento ciudadano que hace diez años no para, y que es central en la transformación que estamos viendo. En un país loco de gente ruidosa que se dispersa en la chiquita y quiere ir a la guerra por la ley de etiquetado frontal, aun estando al borde de ganarle a la mafia histórica del país, este movimiento ciudadano es un milagro ya consolidado.

En 2011 el poder autocrático nos aplastó, fragmentados en mil oposiciones inútiles que jugaron a la política vieja y no escucharon. Al año siguiente arrancó la calle.

En 2011 el poder autocrático nos aplastó, fragmentados en mil oposiciones inútiles que jugaron a la política vieja y no escucharon. Al año siguiente arrancó la calle: miles, millones en todo el país, sin líder y con propósito: frenar intentos de reforma constitucional, el avance contra el campo, el asesinato del fiscal Nisman, Once, el asedio a la justicia en todas sus instancias –del fiscal Campagnoli hasta la procuración–, la corrupción y el atropello. De ahí salió 2015. Luego llegaron las marchas de apoyo a Cambiemos, la batalla cultural, la épica fiscalización electoral y la remontada post-PASO que logró ganar dos millones de votos en la derrota. Y a partir de 2019, ante cada tema que abandonó la oposición, surgió un movimiento ciudadano independiente para meterse de lleno y forzarlos a actuar. 

La gente no es tonta. Los que votan Cambiemos además reclaman a viva voz en contra de los acuerdismos y dialoguismos con la mafia, contra el abandono de la representación en temas álgidos, las listas armadas a dedo, la inclusión de figuras fracasadas del pasado, los acuerdos de cúpulas a espaldas del votante. Seguir en la línea de la política tradicional y recostarse en corporaciones hoy es inviable: los representantes que ganan y seguirán ganando son los que escuchan, los que leen la demanda y ponen manos a la obra. De ahí viene el crecimiento pasado y futuro de la coalición, porque este país cambió y la clase media salió a la calle, junto a sectores bajos que no quieren más paternalismo esclavo. No se puede abusar más de la tolerancia de una sociedad movilizada pero exhausta. No podemos vivir cada dos años un resultado electoral con el corazón en la boca y relojeando el pasaporte en la mesa de luz. El camino de la política del pasado que quedó seteada en 2011 sólo logra desmovilizar, regalar la representación y fomentar la emigración. 

El votante está, la demanda también. Hoy se gana, se crece y se logra el cambio apoyándose en la sociedad, de verdad y sin imposturas. 

 

 

Pablo Siciliano | Productor de contenidos | @PabliSiciliano

El dato más relevante de las elecciones trasciende los resultados y es el fortalecimiento federal de Juntos por el Cambio, una coalición que le compite al peronismo en cada ciudad de cada provincia de Argentina. Esto es aún más valioso si tenemos en cuenta que, hace tan sólo dos años, Mauricio Macri perdió las presidenciales. El electorado nos confirma que JxC es una opción que trasciende la coyuntura o el disgusto con determinado oficialismo y que tiene una identidad y un grupo de valores propios con los que la ciudadanía puede identificarse más allá del contexto. 

La existencia de JxC es tan importante que, de hecho, obligó al peronismo a unirse en un frente que es al mismo tiempo un maravilloso tren fantasma. Allí, Fernanda Vallejos se siente autorizada por Cristina Kirchner para agredir de manera bochornosa a Alberto Fernández y Martín Guzmán es incapaz de despedir a uno de sus subsecretarios. La existencia de la coalición y su espíritu competitivo es, si se quiere, un golpe sin retorno al monopolio electoral que se impuso en Santa Cruz o Formosa. Hace pocas semanas, el secretario de Estado Emilio Pérsico dijo: “Necesitamos 20 años. Y yo lo digo más brutal. Creo que esta democracia de la alternancia no camina. Quiero construir una democracia donde el movimiento popular gobierne 20 años en la Argentina”. Juntos por el Cambio es la razón por la que eso no va a suceder y en ese punto radica su importancia histórica. 

No debemos dar por sentada la existencia de JxC. Durante muchos años, las marchas masivas en las que la ciudadanía expresaba su oposición al kirchnerismo no tenían representación partidaria y terminaban siendo ridiculizadas incluso por medios oficiales. Cristina Kirchner dijo en aquel entonces su famosa frase: “Armen un partido y ganen las elecciones”. Eso fue exactamente lo que hizo el PRO junto a la UCR y la Coalición Cívica, con la capacidad política suficiente como para que no sea un “fenómeno electoral” sino una alianza duradera y una opción de poder con decenas de candidatos en cada distrito. Este es el gran legado de Mauricio Macri y es fundamental que, pese a las disidencias naturales, pueda sostenerse en el tiempo. Gran parte del desarrollo posible de Argentina se cifra en esa unidad.

 

 

Marcos Duarte y Francisco Berzal | Abogados (Universidad Nacional de Córdoba) | @marcaristides @franberzal

Cuando Alberto Fernández dijo que Córdoba se tenía que integrar al país no imaginó que el mapa resultante de las elecciones legislativas iba a revelar que una franja creciente del territorio nacional se estaba integrando a Córdoba. 

Juntos por el Cambio logró ganar la elección a nivel nacional por casi 9 puntos contra el Frente de Todos, obteniendo la primera posición en 13 distritos. El triunfo en la Provincia de Buenos Aires frente al peronismo unido, a diferencia de lo que había sucedido en 2015 y 2017, cuando el kirchnerismo y el massismo habían ido en listas separadas, es un dato relevante. Además, esta elección convirtió a Juntos por el Cambio en una fuerza competitiva con despliegue federal, imponiéndose en gran parte del NEA y la Patagonia y obteniendo los segundos lugares en provincias como Río Negro y Neuquén, donde venía siendo un cómodo tercero.

Aun en las regiones que presentan más dificultades para la oposición, los progresos son verificables. El solo hecho de hacer elecciones competitivas y estar muy cerca de ganar en distritos como Tucumán, San Juan, Chaco o Salta, sumado a los contundentes resultados del Frente Cambia Jujuy, constituye un avance político que genera una perspectiva prometedora para lo que viene.

Algunas claves para resolverlos se pueden obtener de lo que parece ser su núcleo geográfico, electoral y político: La Argentina del Centro.

Es la primera vez en la historia reciente que el espacio no peronista supera el 40% de votos en tres elecciones seguidas y que el justicialismo no tendrá quórum propio en el Senado. Estos elementos abren un nuevo escenario: la oposición tiene capacidad de incidencia y el FdT requerirá de los aliados para poder sesionar y generar acuerdos. 

Este contexto inédito presenta desafíos para Juntos por el Cambio. Algunas claves para resolverlos se pueden obtener de lo que parece ser su núcleo geográfico, electoral y político: La Argentina del Centro. 

Este territorio viene expandiéndose y consolidándose con cada cita electoral. La inicial soledad cordobesa, que motivó bromas secesionistas y alucinados boicots turísticos por parte de la grey kirchnerista, se fue convirtiendo en una extensa región que va desde Mendoza en su extremo oeste, abarca gran parte del interior de la provincia de Buenos Aires, Santa Fe y las provincias de la Mesopotamia, llegando hasta Misiones.

Hay diferencias de todo tipo al interior de esta región. No es Chetoslovaquia y está lejos de las simplificaciones peyorativas del tipo “es donde se pagan los impuestos vs. donde se gastan”. Sin embargo, parece existir un elemento común que redunda en su comportamiento electoral: existe expectativa cierta por un modelo que combine el desarrollo pleno de nuestro potencial económico, la centralidad de la educación y la necesidad de políticas activas para combatir las brechas sociales. 

No es Chetoslovaquia y está lejos de las simplificaciones peyorativas del tipo “es donde se pagan los impuestos vs. donde se gastan”.

Sin dudas, el desafío de Juntos por el Cambio en esta región es reproducir la potencia electoral que viene exhibiendo en las elecciones nacionales cuando se renueven las autoridades provinciales. Las gobernaciones de la mayoría de las provincias del centro se van a poner en juego antes de las elecciones nacionales y esta vez merecen una atención prioritaria, tanto por su importancia como antecedente en la campaña como por su importancia estratégica ante la eventualidad de un nuevo período de gobierno de JxC.

El peronismo de Argentina del Centro viene siendo exitoso en el plano provincial, pero advierte que el riesgo de perder crece. Hacemos por Córdoba, nave insignia de esta versión del PJ, no consiguió su principal objetivo en las pasadas legislativas: reducir a su mínima expresión al kirchnerismo hegemonizando el espacio peronista. Esto le hubiera permitido, como sugirió el gobernador Schiaretti en la campaña, vertebrar una alternativa nacional diferenciada del gobierno nacional (obtuvo el 25% contra el 10% del FdT). 

La proyección nacional de Schiaretti, que no puede ser reelecto en Córdoba, habría sido funcional al objetivo local y, posiblemente, a las aspiraciones del PJ de toda la región. Conocidos los resultados, parece inclinarse a diseñar una formación con marcados tintes distritales sin enrolamiento nacional.

Por su parte, Juntos por el Cambio parece haber encontrado la configuración más apta para disputar las gobernaciones de Argentina del Centro. Encuentro por Corrientes (ECO) y Cambia Mendoza expresan un modelo de coalición que ha mostrado resultados contundentes en esta franja.

Ambas abrevan en el concepto de lo que se denominó Coalición de Centro Popular e integran expresiones que van desde sectores de centro izquierda hasta el liberalismo democrático.

Ambas abrevan en el concepto de lo que se denominó Coalición de Centro Popular e integran expresiones que van desde sectores de centro izquierda hasta el liberalismo democrático. A los partidos fundantes de Juntos por el Cambio se le suman formaciones como el Partido Socialista o el Partido Liberal Correntino. De replicarse este modelo en distritos como Córdoba, Santa Fe, Entre Ríos, San Luis y La Pampa, las posibilidades de obtener las respectivas gobernaciones se incrementan notablemente. 

Es posible que los resultados de esta región del país sean claves para la próxima elección presidencial. Es necesario profundizar la discusión sobre el perfil de Juntos por el Cambio desde una perspectiva integral y desterrar los falsos dilemas. 

La irrupción de una variante populista reaccionaria como Avanza Libertad acarrea más riesgos políticos que electorales. Desde el punto de vista de los números, constituye un fenómeno no muy diferente al de las sucesivas terceras fuerzas que tomaron fuerza en el AMBA desde la apertura democrática. 

Desde lo estrictamente político, el peor error que podría cometer la dirigencia de JxC sería ceder ante la estrategia dirigida a imponer la agenda política y generar tensiones al interior de la coalición opositora. Si al poco edificante debate ornitológico con epicentro en la CABA se le suman los ideologismos livianos y las caricaturizaciones que proponen los pésimamente llamados “libertarios”, perderemos una oportunidad muy nítida de construir una coalición que logre concentrar y expresar todas las ideas de progreso que necesita nuestro país para salir del atraso y la decadencia.

 

 

Irene Benito | Periodista (La Gaceta de Tucumán) | @i_benito

La Argentina no es Nicaragua ni Venezuela ni Cuba. Tampoco es Chile ni Colombia ni Perú. El 14 de noviembre el país reveló una personalidad única al colorearse con tonalidades que expresan el descontento de la mayoría de la población. Esta pintura presenta a un electorado que encontró en las urnas la manera de comunicar su rechazo, aunque la inasistencia alcanzó el nivel más alto para unas generales desde el retorno de la democracia. Casi un tercio de los electores se declaró prescindente, pese a la obligación de sufragar impuesta por el artículo 37 de la Constitución Nacional. Es otra constatación del lirismo en el que caen las obligaciones legales cuando el incumplimiento no acarrea sanciones contundentes. En cualquier caso, alrededor del 29% del padrón no se sintió convocado a participar en la competencia y seleccionar representantes. La cifra aflige porque amenaza al que podría ser el último madero al que se aferra una sociedad náufraga de expectativas. El voto es lo único que funciona en la retardataria Argentina.

Al menos desde 2013 existe con matices un clima reacio a la fidelidad electoral. Los votantes van y vienen. No se “casan” con nadie o los enlaces duran menos que un noviazgo. Cada 24 meses vuelve a abrirse un mercado de pases donde el eclecticismo ideológico se experimenta sin culpa. Si antes había votantes inconfesos de Carlos Menem, hoy hay electores que se dejan guiar por la piel, como si de una sola noche de amor se tratara. Esta propensión a barajar y dar de nuevo en cada ocasión, sin prejuicios o condicionamientos partidistas, facilita la vida a las oposiciones y se la complica a los oficialismos. Ocurrió con nitidez en 2019 y volvió a suceder, en el sentido contrario, en 2021.

Esta propensión a barajar y dar de nuevo en cada ocasión, sin prejuicios o condicionamientos partidistas, facilita la vida a las oposiciones y se la complica a los oficialismos.

El voto presiona sobre tiempos políticos que ya militaban en el cortoplacismo y que, como quien bebe dosis de su propia medicina, ahora deben lidiar con la máxima impaciencia. Los márgenes de acción para la dirigencia lucen acotadísimos y esa ansiedad ha sido decodificada como desesperación. Emisión desenfrenada de pesos; inflación desbocada; clientelismo exasperante y discursos para el efectismo instantáneo. Cada vez hay que forzar más el sistema para lograr un resultado menos satisfactorio. Los votos parecen indiferentes a la estrategia de seducción de siempre. Donde antes había una recepción cálida, hoy hay caras de pocos amigos.

La pérdida de la capacidad de entusiasmar pone en aprietos a quienes, en el terreno electoral, se creían “He-Manes” portadores del poder de Grayskull: la espada se está quedando sin filo, aunque en algunas jurisdicciones todavía alcance con desenvainarla para cantar victoria. Ello no despeja la percepción de que el aparato ya no aparatea; la grieta fideliza menos y la pobreza empieza a rebelarse como un espacio sin propietarios fijos. El cansancio con el fracaso argentino estaría llegando también a los más desfavorecidos del sistema. ¿Lo hizo la pandemia, o la pandemia sólo profundizó las desigualdades y las exclusiones previas? Da la impresión de que el coronavirus acentuó los estragos preexistentes como consecuencia de la carencia de anticuerpos institucionales. La plaga daña más a quienes encuentra más postrados.

Los votantes están diciendo que mientras haya crisis económica ningún partido podrá arrogarse el papel de hegemónico en la arena nacional. El mismo mensaje comienza a penetrar en los bastiones provinciales del peronismo. Pese a que la oposición se esfuerza por fracasar en Tucumán, la lista del encumbrado jefe de Gabinete de la Nación, Juan Manzur, se impuso por apenas dos puntos. Los pedacitos opositores “festejaron la derrota” en tres escenarios distintos. Estos hechos, sumados al abstencionismo, y al avance de las propuestas de la derecha y de la izquierda extremas, exponen hasta qué punto los gobernantes se deben una autocrítica. El voto castiga la inclinación por las recetas que invariablemente desembocan en retrocesos. Y también penaliza caprichos como la decisión de colocar en la cúspide de la agenda la estrategia de blindaje judicial de la vicepresidenta Cristina Kirchner. En el plano de las ideas, hubo una derrota para la prédica del “lawfare”.

Habrá que archivar los fanatismos y los coqueteos autoritaristas. Puro pragmatismo para que la Argentina no se derrumbe por completo hasta 2023

Habrá que archivar los fanatismos y los coqueteos autoritaristas. Puro pragmatismo para que la Argentina no se derrumbe por completo hasta 2023 y el caos no haga los ajustes que la dirigencia evade. En el aire flota la invitación a sentarse y a acordar al menos en los rubros más acuciantes. ¿Aprovechará esta oportunidad el sector que reconquistó el poder con la promesa de que iba a poner al país de pie o su suerte ya está echada? Los electores decidieron que el “vamos por todo” sea aplazado para una mejor ocasión. Bienvenidos los límites: la consigna vale tanto para oficialistas como para opositores en parte porque ya está visto cuán mutables e intercambiables son esos roles. En el horizonte surge la premisa de que lo único constante es la alternancia. Esta circunstancia realiza el principio de que el poder reside en el pueblo y que este es el dueño de su destino. Esa posibilidad de depositar la bronca en las urnas alimenta la esperanza de mejorar y profesionalizar la representación política. El voto funciona y habrá que ver qué reacciones produce de aquí a dos años, cuando la democracia cumpla los 40.

 

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