ZIPERARTE
Domingo

El sexo de Marra(s)

Breves reflexiones sobre ESI, porno y la hipocresía de ser liberal en privado y retrógrado en público.

Durante tres días, mi vida estuvo inundada por el sexo. No, no tuve relaciones sexuales de ninguna clase: simplemente, y por pura casualidad, el tema dio vueltas entre el jueves y el sábado de la semana pasada. Lo que me dejó pensando en algo. Primero, los antecedentes.

Una vez al mes, me reúno con un grupo de matrimonios que desean hablar sobre cine. De todos mis trabajos es, probablemente, el que me causa más placer: mostrar una película, desarmarla entre amigos, volverla a armar. Siempre preparo dos películas: una reciente o estreno, otra más antigua o clásica. El último tándem fue Boogie Nights (Paul Thomas Anderson, 1997, está en HBO Max) y Pleasure (Ninja Thyberg, 2021; está en MUBI). La particularidad de ambas películas es que muestran el negocio de la pornografía, pero hay muchas diferencias en temas, estilos, formas, etcétera.

Más allá de hablar de qué sentido tenían las elecciones estéticas y cinematográficas en cada caso, la charla derivó un poco hacia el porno. Y de algún modo, aunque son todas personas abiertas e inteligentes, quedó claro que aún hay algo de tabú allí. Es cierto: las imágenes de sexo son tan crudas como las del gore (también más verdaderas), y la explicitud, tenga el sentido que tenga, no es para todo el mundo. Pero sí, es difícil ver el porno como una fantasía más. Que es lo que es.

Las imágenes de sexo son tan crudas como las del gore (también más verdaderas), y la explicitud, tenga el sentido que tenga, no es para todo el mundo.

Dos días más tarde, Ramiro Marra, candidato a jefe de gobierno de la Ciudad de Buenos Aires por La Libertad Avanza, dijo en radio algo totalmente increíble. Consultado respecto de la ESI, dijo que había que abolirla, y también que recomendaría a los chicos (por supuesto se refería a adolescentes) que vieran porno, que fue como él se educó sexualmente. Más tarde aclaró que no quiso decir lo que dijo, una vez que varios —Pola Oloixarac en Twitter, entre otros (me incluyo)— le señalaran que recomendar porno a adolescentes es una de las estrategias de los groomers, y que en general es una actitud perfectamente asociada a la pedofilia.

Pero aquí hay otro tema: para Marra, el sexo es tabú, pero no el porno. Su actitud es similar a la del tío que llevaba a debutar con una prostituta al pibe de 13 años. Por supuesto, su ignorancia respecto de la ESI es absoluta y la idea de abolirla es consecuente con la de ver porno. El sexo debe ser algo oculto, subterráneo y oscuro. No se le pasó por la cabeza que la ESI permitió que muchos chicos denunciaran abusos intrafamiliares y aprendieran a protegerse. Por supuesto que hay algo profundamente machista en todo esto (no me imagino que Marra recomiende ver porno “a las chicas”), pero también, combinado con lo anterior, crea una pregunta que va más allá del sexo.

Stranger things

Flashback: 1985. Ocho adolescentes calenturientos –me incluyo– se meten en el Select San Juan una tarde de sábado a ver El telo y la tele, de Hugo Sofovich. Podría escribir mucho sobre El telo y la tele, que considero una película importante a pesar de su chapucería. No va a ser el caso ahora. Lo que sí recuerdo es que se trataba de filmar parejas en un telo y eso daba pie a una serie de gags y absurdos. El sexo, entonces, era algo gozoso, disfrutable, pero también campo para la risa. Y no porque fuera tabú, sino todo lo contrario. Esto ocurrió en plena primavera alfonsinista, en pleno destape (término importado de España) y la cantidad de desnudos de la película —desnudos desdramatizados, cuerpos que “estaban ahí” y listo, aunque como siempre en estas fantasías con el entorno machista: no se ve ni un pene— era una prueba de que ciertos tabúes estaban quebrados.

En su estructura el film no era más que una serie de sketches televisivos que se van alternando: desde el tipo que va a una “casa de masajes” (así llamábamos a los prostíbulos, era la cobertura legal) y descubre que la mujer atiende ahí (y cuando descubre cuánto gana decide perdonarla…), hasta la pareja casada desde hacía años que buscaba intimidad y no lograba acallar ni la más pequeña necesidad fisiológica. Había un par de personajes femeninos muy empoderados: el de Moria Casán, el de Silvia Pérez, el de Yuyito González. Había varios masculinos decepcionantes: el del Facha Martel, el de Javier Portales, el de Mario Castiglione. El guión —se notaba— era de Sofovich y Ricardo Talesnik. La película, éxito de taquilla con más de un millón y medio de espectadores (cifra impensable hoy para nada nacional y para poco internacional) no podría filmarse.

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¿Por qué no se podría filmar algo así hoy? Ésa es la pregunta y en el resto de los párrafos está la respuesta. Hubo un tiempo en el que el sexo podía tomarse para la chacota en el sentido más amplio del término “chacota”. Y, aunque podía molestar, aún así seguía adelante. El Chacho Jaroslavsky se iba a la cama con Moria (en su programa nocturno de TV, la vedette y capocómica invitaba gente a ser entrevistada en la cama), por ejemplo, y nadie se escandalizaba demasiado. De hecho, cada vez menos. Incluso en los ’90, cuando Menem protagonizaba una publicidad que decía “la familia argentina sabe lo que quiere ser” (y sí era, sin decirlo, un mensaje anti legalización del aborto), un desnudo femenino o la alusión a la homosexualidad de algún personaje en alguna tira no causaban mayor problema. Una de las primeras medidas de Alfonsín consistió en abolir la censura cinematográfica, lo que incluía legalizar la pornografía (y hubo cines porno, claro que sí). Si la relación de la sociedad con el sexo no hubiera sido más adulta, más tolerante, menos melodramática (y en mucho tuvieron que ver las mujeres ocupando cada vez más espacios), hoy no tendríamos divorcio, matrimonio igualitario o aborto.

¿Por qué todavía es molesto ver un sexo en una película no pornográfica incluso para personas educadas e inteligentes?

¿Entonces? ¿Por qué da la sensación de que todo es tabú? ¿Por qué un tipo como Marra, que tiene 40 años (es decir, nunca vivió en dictadura, fue chico durante el alfonsinismo y adolescente con Menem), puede decir algo tan retrógrado? ¿Por qué todavía es molesto ver un sexo en una película no pornográfica incluso para personas educadas e inteligentes? Creo que no tiene que ver con el sexo en sí. Creo que, en todo caso, como el sexo pone de relieve la más cruda de las intimidades, allí las contradicciones morales y los traumas aparecen de un modo mucho más claro. Por supuesto, para ello el asunto debe seguir teniendo un dejo de tabú. Y es raro porque los negocios asociados al sexo funcionan bien y sin que haya ligas de la decencia tapando el cartelito “sex shop” que aparece no en zonas especialmente delimitadas para tal ejercicio del comercio, sino en cualquier parte. Pero, como les dije, el verdadero problema no tiene que ver con el sexo, sino con otra cosa.

Nostalgias bipolares

Hay en las sociedades de hoy, una especie de reacción retrógrada. La palabra “retrógrada” es utilizada de modo literal: hacia atrás. Hacia un tiempo en el que tanto las definiciones ideológicas como los márgenes sociales eran clarísimos, donde había un código de “moral y buenas costumbres” que sólo era quebrado de modo clandestino (y guay de que alguien se enterara). Era un mundo mucho más claro y nadie tenía demasiadas herramientas como para saber qué sucedía fuera de las fronteras de su propia comarca. Un mundo bipolar: acá los capitalistas, allá los comunistas (y viceversa). Es totalmente cierto que, en términos reales, el universo de los años ’70 era muchísimo más complejo y menos definible en estas categorías de lo que muchos querrían. Pero, en términos generales, funcionaban. Tras la caída del Muro, la bipolaridad como principio explicativo dejó de funcionar. Con la llegada de Internet, el mundo tuvo que abrirse a su propia complejidad y, cosa curiosa, a una estandarización creciente, a lo que llamamos “globalización”, que no es otra cosa que coincidencias.

Aquel mundo bipolar y con rigideces era un lugar “seguro”, incluso con los misiles atómicos apuntando a nuestras cabezas.

Pero quienes no pudieron —o no pueden, o no quieren— ver que ese mundo a veces contradictorio es la nueva normalidad necesitan sentirse seguros en algún lugar. Y aquel mundo bipolar y con rigideces era un lugar “seguro”, incluso con los misiles atómicos apuntando a nuestras cabezas. Era seguro en el sentido de saber, con seguridad, cada uno de nosotros, cómo eran o debían ser las cosas. Pero hoy ya no es así porque todo conocimiento y toda imagen —es un mito, pero algo de razón tiene— están disponibles. Sólo que (y esto merece desarrollarse mucho más, porque es la madre del borrego, pero quedémonos con esto) para consumo privado e individual.

Si el cine porno desapareció como cine, es por eso: porque finalmente llegaron el VHS, el DVD, e Internet, y cada uno pudo ver —o utilizar como herramienta— lo que en público sería tabú. Entonces creo que ahí está el asunto: uno puede volverse tranquilamente reaccionario en público porque puede ser liberal (en el sentido swinger del término) en privado. Es probable que tanta sobreactuación identitaria también surja de este ejercicio global de la hipocresía.

 

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Leonardo D'Esposito

Crítico de cine, periodista, docente. Edita en BAE Negocios, escribe en Noticias y Brando y publicó cuatro libros, entre ellos "50 películas para ser feliz".

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