LEO ACHILLI
Domingo

Rencores verdaderos

Una semana viendo el prime time de C5N.

9 de marzo

No puedo creer que acepté este trabajo. Ya de entrada tengo poca paciencia con la tele. ¿Y tengo que mirar C5N? A lo mejor, como un Alonso Quijano de la grieta, de tanto mirar a Duggan, a Sylvestre o a Cynthia García me hago kirchnerista y escribo una nota que denuncie a Seúl como órgano de los poderes fácticos y la embajada de Estados Unidos. Después, más sobrio, me digo que caricaturizar al kirchnerismo nos hace caer en discursos tilingos: “Son todos fascistas, son todos vagos, mentes fanatizadas que odian al que piensa distinto”. Repetir estas cosas no le sirve a nadie. Hay que entender cómo piensa tu adversario para poder, llegado el momento, oponerle un discurso superador, que pueda interpelar a la parte no militante de su electorado. De eso se trata esta experiencia, entonces. Levemente ebrio de este sentimiento de sacrificio por el bien común, vuelvo a poner el sonido.

Casi enseguida me arrepiento. “Infodemia”, anuncia el tema Gustavo Sylvestre, y se felicita: “¡Programón!” Igual que Walt Whitman, se celebra y se canta a sí mismo. “La palabra del Presidente –entona Sylvestre– está clarificando muchos aspectos de esta Argentina”. Trato de pasar por alto ese tonito lambiscón hacia el jefe, tan frecuente de aquel lado de la grieta, y pienso, tratando de empatizar, que en esta weltanschauung el pueblo, oprimido por los poderosos, espera a un campeón; pienso que el Libro de Isaías, en el Antiguo Testamento, ilustra esa misma identificación con los humillados y esa esperanza en la llegada de un Mesías: “Y Él enarbolará el estandarte de las naciones, y reunirá a los desposeídos” (Isaías, 11:12). ¿Qué puede ofrecer Juntos por el Cambio a personas que sienten la política como redención? Sylvestre me hace difícil seguir este hilo de ideas. Grita como si no tuviera micrófono, como si tuviera que hacerse oír en una plaza: “¡Ahora, sí, se destapa todo! –exclama– ¡Es la campaña contra la salud de Juntos por el Odio!” Según Sylvestre, la oposición organizó una “campaña antivacunas”. Se refiere, supongo, a los reclamos porque la vacuna Sputnik V llegó al país sin haber pasado todas la fases de pruebas.

El escándalo por los vacunatorios VIP, que le costó el ministerio a Ginés González García, sigue en el aire, y al kirchnerismo se lo nota ansioso por matarle ese punto a la oposición. Ahora, con las imágenes de colas de viejos al sol esperando vacunarse en el Luna Park, debido a errores de organización de Larreta, creen encontrar la ocasión. “Crece el malestar de los porteños”, dice el zócalo. Sylvestre exulta: “¡Y se les da vuelta la taba! Los mismos que ayer denunciaban, manchaban movilizaciones… Al ministro de salud de Corrientes le encontraron ¡900 dosis en el auto! ¡Pedían explicaciones sobre Formosa, por una cuestión meramente política! Y mientras la provincia de Buenos Aires bate récords, la capital ¡no tiene plan de vacunación! El Gobierno de la Ciudad dio cupos de la vacuna a ¡hospitales privados! ¡Y se las da vuelta la taba!”

¿Cuál es el mecanismo que les permite creer lo increíble? No pueden ser solo las medias verdades ni las omisiones descomunales. Creo que tiene que haber algo más.

Muestran a un tipo, en la cola del Luna Park, que despotrica: “Primero nos dijo, el Gobierno de la Ciudad, que no existía la pandemia (!), que no había que vacunarse (!!) y que no existía la vacunación (!!!), y ahora nos tratan así”. ¿El Gobierno de la Ciudad les dijo que no existía la pandemia? Se ha vuelto común decir que kirchneristas y republicanos habitamos universos diferentes, pero me pregunto (asumiendo que hablan de buena fe) cómo hacen para creer enormidades que desafían el sentido común. ¿Cuál es el mecanismo que les permite creer lo increíble? No pueden ser solo las medias verdades (por ejemplo, es cierto que esas 900 dosis en el auto de ese ministro demandan una explicación) ni las omisiones descomunales (en el universo que postula este canal, por ejemplo, Horacio Verbitsky nunca admitió haberse vacunado en el Ministerio de Salud, no hubo muchos otros amigos del gobierno vacunados sin esperar turno, nunca renunció González García). Creo que tiene que haber algo más.

10 de marzo

Creo que empiezo a entender qué más.

Sylvestre arranca con más cánticos a sí mismo: “Hoy, más que nunca, clarificando la realidad, y si no lo hacemos nosotros, ¿quién más va a clarificar? Luchando contra la infodemia y los odiadores seriales de la Argentina… Esto que ha dejado como residuo el macrismo, que es la posverdad… Que instala cualquier versión berreta… y no se va a buscar la información”.

El tema del día es Beatriz Sarlo. Que dijo que le habían ofrecido la vacuna por debajo de la mesa, que declaró en Comodoro Py, que después dijo que no habría debido usar la expresión “bajo la mesa”… A mí me fastidia la vanidad de Sarlo: podría haber reprobado públicamente la “campaña de concientización” en la que le proponían participar y habría aportado algo mejor al debate. Pero la virulencia de los panelistas me hace simpatizar con ella. “Se convirtió en una máquina de ensuciar gente digna”, truena Sylvestre, y vuelve a la carga con la “campaña antivacunas”. Por supuesto, es todo absurdo, y no solo porque nunca hubo tal campaña. El hecho es que en la Argentina no alcanzan las vacunas ni siquiera para los médicos y los grupos de riesgo. ¿Los erotiza tanto lo simbólico (y desprecian tanto lo real) que organizaron una “campaña de concientización” sin tener la cosa sobre la que había que concientizar?

Pasan a otra noticia: a Lula da Silva acaban de anularle las condenas por corrupción. “Fui víctima de la mayor mentira jurídica en 500 años –declara el expresidente–, pero el sufrimiento de los brasileños es infinitamente mayor que los crímenes contra mí”. Leopoldo Moreau, invitado al programa, destaca que Lula no se victimiza, como corresponde a un hombre de Estado, y compara su discurso con el de Cristina Kirchner el 4 de marzo, en la Cámara de Casación. Maldito Moreau: me obliga a poner pausa y buscar en YouTube el discurso de Cristina, porque estoy bastante seguro de que, a diferencia de Lula, su eje no fueron los padecimientos de sus compatriotas sino, como siempre, ella misma. Me equivoqué: Cristina sí dice, al pasar, que las decisiones del Poder Judicial afectan a los argentinos, aunque su conclusión está un poco menos revestida de dignidad presidencial que la de Lula: “Yo sentada acá, y el otro [por Macri] mirando fútbol en Qatar”. Dicho esto, me llama la atención otra cosa.

Escuchar hablar a Cristina, después de Sylvestre o Duggan, es como volver a César Aira después de leer a sus imitadores.

Escuchar hablar a Cristina, después de Sylvestre o Duggan, es como volver a César Aira después de leer a sus imitadores. Es ver en acción al maestro de un estilo: incomparablemente superior, pero aun así reconocemos los mismos procedimientos que en los discípulos. Cristina maneja un crescendo de indignación, que comienza con tecnicismos y progresivamente crece hacia la impugnación de los fiscales, los jueces y todo el Poder Judicial. Agita el dedo, su voz desciende media octava, modula la sorna y la condescendencia, vuelve a enfurecerse de golpe, por momentos se le quiebra la voz, concluye con un gesto de desprecio. ¿Y el contenido? Medias verdades y mentiras descaradas. Por ejemplo, tiene razón al decir que en 2015 la liberación del cepo aumentó la inflación, pero llamar a eso “devaluación” es ignorar que la mayor parte de la economía ya se manejaba con el valor real del dólar, es decir, el blue. En cambio, miente sin pudor cuando dice que su gobierno dejó al país desendeudado: en realidad, dejó una deuda de 250.000 millones de dólares. Miente también al decir que el préstamo que Macri tomó del FMI violó los propios estatutos del organismo y que se usó para financiar su campaña presidencial. El vocero del FMI, Gerry Rice, desmintió lo primero. Por lo demás, de ese préstamo de 44.149 millones, 37.149 se usaron para pagar deuda en moneda extranjera y 6.072 para pagar deuda en pesos.

Sin embargo, mientras dura el discurso, siento su magnetismo. Parte de mí quiere creer lo que Cristina dice. ¿Por qué? Porque aunque lo que dice es mentira, la emoción de Cristina es verdadera, y toda emoción verdadera activa el reflejo de la empatía. En realidad, el mecanismo de los discursos de Cristina está muy bien explicado en el cuento “Emma Zunz”, de Borges. Emma quiere vengar a su padre, Emanuel, que se suicidó después de ser acusado de un desfalco que había cometido, en realidad, su antiguo socio, Loewenthal; para esto, empieza por acostarse con un marinero en el puerto, acto que traumatiza a Emma y que el lector al principio no comprende; después, con el pretexto de delatar a unos huelguistas, se entrevista con Loewenthal, lo mata a balazos y declara que ese hombre la citó en su oficina y trató de abusar de ella. “La historia era increíble, en efecto –concluye Borges–, pero se impuso a todos, porque sustancialmente era cierta. Verdadero era el tono de Emma Zunz, verdadero el pudor, verdadero el odio. Verdadero también era el ultraje que había padecido; solo eran falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios”.

Ese final le hace justicia al discurso, a todos los discursos, a la entera carrera política de Cristina Kirchner. No me interesa indagar acá lo que se ha dicho sobre su infancia, su matrimonio, sus pérdidas y humillaciones. Además, es perfectamente posible sentir que el mundo te lastimó sin que sea cierto. ¿Quién sabe si el mismo Isaías, en la Biblia, realmente sufrió las ofensas que motivaron su hambre de revancha y su pensamiento mesiánico? Lo que cuenta es que Cristina usa esa “memoria emotiva” igual que un buen narrador, un actor del método Stanislavsky o, de nuevo, la protagonista del cuento de Borges. Con Cristina, siempre es verdadero el tono, verdadero el odio, verdadero el ultraje; solo son falsas las circunstancias, la hora y uno o dos nombres propios.

11 de marzo

Repiten todos los temas de ayer: Sarlo, el lawfare, Lula.

Ernesto Cherquis Bialo dice que los medios hegemónicos instalaron la “mentira” de que a Nisman lo mataron y de que Maldonado se ahogó. En realidad, a esas cosas no las instaló ningún medio: trece peritos, incluidos los designados por la familia Maldonado, determinaron que se ahogó. En cuanto a Nisman, la pericia determinó que el cuerpo fue movido, que registraba golpes, que su computadora y su teléfono habían sido infiltrados, que Lagomarsino mintió al decir que Nisman le había pedido el arma para proteger a sus hijas. Yo mismo vi a Nisman, en la televisión, irradiando confianza y energía, asegurar que tenía pruebas irrefutables contra Cristina Kirchner, y 48 horas después apareció muerto. Ningún “medio hegemónico” me dicta la convicción de que ese hombre no se suicidó. A pesar de todo esto, y aunque Cherquis Bialo es muy inferior a Cristina en el arte de usar emociones reales para sostener afirmaciones falsas, su discurso tiene cierta fuerza gracias al rencor palpable que transmite.

Dice Pablo Duggan: “Todo el Operativo Sarlo lo armó Majul”. Denuncia la supuesta amistad de Macri y Marcos Galperín. Propone un hashtag: “El caradura saca un libro”. Después Cynthia García dice que investigan si los incendios en el sur son intencionales. Esta parte tiene cierta comicidad involuntaria, porque ni Duggan ni García parecen seguros de cómo deben explicar los incendios. Un bombero dice que hay ataques de “seudomapuches”. Duggan dice que no suena como un bombero y que es amigo de Macri. El zócalo dice: “Volvió la RAM y los mapuches terroristas”. El televidente puede sentirse confuso: ¿la postura de C5N es que a los “incendios intencionales” los causó la RAM o no? Parece que no. Pero entonces ¿por qué sugieren que fueron intencionales?

El tono de voz de Sylvestre, de Duggan y de García me agota. Tienen dos únicos recursos que repiten hasta la náusea: el grito indignado y la sorna de peluquería.

Muestran un clip donde Miguel Pichetto revindica a Julio Argentino Roca. Duggan: “¡Le faltó decir ‘Vayamos a matar indios’!” García: “¡Reivindica el genocidio!” Duggan: “Qué bárbaro”. García: “La RAM es la instalación de la otredad en la Argentina, es… el negro… Es George Floyd en los Estados Unidos… Los sectores vulnerables son negros, la negritud, la otredad, el enemigo interno a combatir… eh…” Duggan: “Cynthia, has estado brillante en el día de hoy”. García: “Gracias”.

El tono de voz de Sylvestre, de Duggan y de García me agota. Tienen dos únicos recursos que repiten hasta la náusea: el grito indignado y la sorna de peluquería. Los dos suenan berretas, impostados. Pero ahora está Leandro Santoro, que habla de las derrotas del peronismo en CABA y que sí dice algo interesante: “Nosotros tenemos que construir un relato, un proyecto de ciudad superador que enamore a las porteñas y los porteños. Con otros valores. Y hay que construir un proyecto cultural. Una mística”. Lo mismo que se repite en Juntos por el Cambio respecto de las elecciones a nivel nacional. El kirchnerismo es nuestro espejo, mon semblable, mon frère; un espejo deformante, de pesadilla, pero espejo al fin.

12 de marzo

¿No van a soltar nunca el delirio de la “campaña antivacunas”? Hoy Antonio Llorente vuelve a la carga: acusa a Patricia Bullrich y a Sandra Pitta por la supuesta campaña. El zócalo dice: “Juntos por el Cambio quiere que se privatice la vacuna”. Alfredo Cornejo, al parecer, propuso que los estados provinciales puedan comprar vacunas. Por alguna razón, para Llorente eso es “privatizar la vacuna”. También recuerda que Cornejo quiso que Mendoza cometiera secesión de la República. Me gusta eso. Le da al programa un toque de ucronía paranoica a lo Philip K. Dick.

Ahora citan a Pichetto diciendo que no hay que dar AUH a los que tienen más de dos hijos, “porque si no, tienen un montón”. En general me cae bien Pichetto, pero esa afirmación de señor paquete que se queja de los negros me resulta estúpida y ofensiva. Llorente: “Para las derechas, siempre la culpa es de otro”. Lo cual, por supuesto, describe perfectamente al kirchnerismo. De nuevo me marea la sensación de un espejo deformante, que se acrecienta cuando pasamos al programa de Darío Gannio. Gannio tiene un aire a Diego Leuco, pero en versión kirchnerista; hasta el nombre suena parecido. Además, Gannio es lo que Abelardo Castillo llamaría una persona somáticamente de derecha, aunque habla de “la oligarquía”, la “ultraderecha”, la “bolsonarización”. El efecto espejo con el joven Leuco es enfermizo.

Espejos, repeticiones, paranoia: ¿empieza a afectarme ya este viaje al universo mental del kirchnerismo? Por suerte hoy es el último día.

Vuelven a hablar de los incendios en Chubut. Creo que siguen sin decidir si deben acusar a alguien o no. Se los nota incómodos, como esperando instrucciones más claras. Ante la duda, dicen que el actual gobierno “quintuplicó los recursos contra incendios del macrismo”. Después vuelven a pasar los dichos de Pichetto. Vuelven a Sarlo. Esther Díaz emerge de algún sarcófago para ajustar cuentas con la autora de La ciudad vista. “Desde jovencita fue tan despectiva como es ahora –rezonga–. Cuando nos vemos en un bar, me da vuelta la cara”. Otra vez, fugazmente, siento simpatía por Sarlo.

Igual que en las pesadillas, igual que en algunas novelas de Dick, el relato de C5N no llega a ninguna parte, no concluye, solo se repite y se repite hasta que se deshilacha.

Igual que en las pesadillas, igual que en algunas novelas de Dick, el relato de C5N no llega a ninguna parte, no concluye, solo se repite y se repite hasta que se deshilacha, como si lo trabajara la entropía. Gannio conversa con el sociólogo Nahuel Sosa. Ponen de fondo una frase de Rodolfo Walsh sobre el deber que tienen los intelectuales de comprender su tiempo; la frase es demasiado larga o Sosa no está sentado en el ángulo correcto y la lee con dificultad, trabándose con palabras como “comprendiendo” y “contradicción”. “Vamos a leerla de nuevo”, dice Gannio. Lo intenta él, pero también se traba en algunas palabras. Risas nerviosas. “O sea, Beatriz Sarlo no comprendió el tiempo que estamos viviendo”, se apura a concluir Sosa. Hay algo de estudiantina simpática en el programa de Gannio. Todos, sin importar el tema, hablan con una sonrisa reprimida, como si estuvieran fumados o como si todo fuera una broma. Y tal vez sea el caso.

Antes de apagar la tele, paso fugazmente por TN. Ahí muestran una realidad más familiar para mí: se comenta que YPF anunció un aumento del 15%, que se robaron un bolso con once millones de pesos en la TV Pública, la reducción de los vuelos a algunos países, el 3,6% de inflación en febrero, las mujeres formoseñas escondidas en el monte por miedo a que les practiquen cesáreas forzadas y los separen de sus hijos.

En fin, lo sabemos hace tiempo: en la Argentina hay dos países que pugnan por imponer su propio relato. Yo estoy seguro de que es mucho más real el que maneja la actual oposición. Pero el kirchnerismo tiene de su lado, manejado con maestría por su jefa y con mayor o menor felicidad por sus seguidores, el arte de Emma Zunz: el de prestar verosimilitud a mentiras, locuras y canalladas, gracias a que el rencor que los sostiene es verdadero.

 

Compartir:
Gonzalo Garcés

Escritor. Publicó Los impacientes (2000), El futuro (2003), El miedo (2012), Hacete hombre (2014) y Cómo ser malos (2016). Hace una columna semanal en el programa Pensandolo bien, por Radio Mitre.

Seguir leyendo

Ver todas →︎

¡Está vivo!

La autora cuenta su experiencia como Vicerrectora del Nacional Buenos Aires, un “colegio político” demasiado grande como para morir.

Por Silvina Marsimian

Bifes angostitos

El cepo a las exportaciones de carne ya fracasó y volverá a fracasar. No bajará la inflación pero sí la producción de carne. Mientras perdemos el tiempo, Brasil sigue a toda velocidad.

Por Iván Ordoñez

La aldea CABA

La reforma constitucional de 1994 otorgó la autonomía porteña para atenuar el presidencialismo. El DNU de Alberto Fernández no solo es inconstitucional: también debilita el federalismo y, con él, a la democracia.

Por Osvaldo Pérez Sammartino y Florencia Saulino

El año de los marmotas

La suba en los casos de Covid está generando la misma paranoia que el año pasado, aunque ahora existen las vacunas. Hay que enfocarse en ese remedio y no en el de las restricciones, que ya ha fracasado.

Por Gustavo Noriega