FLORENCIA GUTMAN
Domingo

El reino del revés

El daño causado por un año de escuelas cerradas, sobre todo en los más pequeños y los menos privilegiados, no puede repetirse. La vuelta de los chicos al colegio es el mejor antídoto contra las desigualdades.

En 1840 el educador alemán Friedrich Fröbel creó el término kindergarten, o jardín de infancia, para referirse al sistema de enseñanza basado en el juego como estructurador de los procesos cognitivos del aprendizaje. El jardín de infantes llegó unas décadas más tarde a la Argentina con las maestras de Estados Unidos que vinieron de la mano de Domingo Faustino Sarmiento, que pensó a estos espacios fundamentalmente como una oportunidad de futuro para los niños de menos recursos. El rol de las mujeres fue crucial en ese ámbito. La escritora y docente Juana Manso fundó el primer jardín de infantes subvencionado por el Estado en la ciudad de Buenos Aires. Manso planteó concepciones innovadoras como la importancia de la educación mixta y del aprendizaje placentero. “Una escuela jardín no es, como muchos creen, un jardín con flores donde giran los niños bajo glorietas o latadas. Necesítase, en verdad, un buen patio para recreos, resguardado del sol y de la lluvia, y siempre que puedan proporcionarse árboles y enredaderas olorosas será doble ventaja; sin embargo el apodo de ‘jardines’ dado a estas escuelas, proviene de lo agradable que son a los niños por los métodos, que mucho difieren de la rutina rancia”, escribió Manso en 1867.

Lo que sabían Fröbel, Sarmiento y Manso hace más de 150 años parece olvidado por parte de la Argentina que se reivindica como progresista. La primera infancia (que comprende desde el nacimiento hasta los 5 u 8 años de edad, según distintos organismos) está considerada mundialmente como una etapa clave para el desarrollo cognitivo, emocional y económico futuro. Es el punto de partida exacto donde intervenir puede hacer la diferencia. En un país en el que casi el 65% de los menores de 18 años son pobres, la escuela sigue siendo el mejor antídoto contra las desigualdades de origen. Dar prioridad en la pandemia de covid-19 a la apertura de escuelas, y especialmente de guarderías y jardines de infantes, no es un invento de la oposición ni un capricho. Por el contrario, hay razones profundamente progresistas para defenderlo.

Y con un estornudo, hizo fuerte achís

En primer lugar el covid-19 no es una enfermedad especialmente cruenta con los niños, sobre todo con los más pequeños. En esa franja etaria la mortalidad por influenza, por ejemplo, es mayor. Durante varios meses, y a contramano de la evidencia que llegaba de otros países, en Argentina se mantuvo a los niños y niñas más pequeños confinados. El juego al aire libre se volvió delito.

Tras la reapertura de guarderías en el mundo, la experiencia fue mostrando que no estaban asociadas a un riesgo de transmisión elevado del virus a los docentes y que no incrementaron significativamente los contagios comunitarios. Un estudio basado en el rastreo de tres millones de contactos en India, donde los niños suelen convivir con adultos mayores, reveló que los chicos transmiten el virus principalmente dentro de su mismo grupo de edad y que es precisamente el grupo etario de 0 a 5 años el que enfrenta el riesgo más bajo de infección y transmisión del COVID-19. En Estados Unidos y la Unión Europea se estableció que la prioridad de abrir escuelas en pandemia debía ser para los más pequeños. En Argentina, según los datos oficiales de CABA, los casos no subieron para los menores de 13 años (y más especialmente de 0-5 años) tras ninguno de los momentos que podían considerarse críticos, como pico de contagios, apertura de plazas, actividades de revinculación escolar y colonias de verano. Incluso tras la revinculación escolar de noviembre, las franjas de 0-5 y 6-12 años disminuyeron levemente su incidencia en casos totales.

En un país en el que casi el 65% de los menores de 18 años son pobres, la escuela sigue siendo el mejor antídoto contra las desigualdades de origen.

Reabrir los jardines no incrementó significativamente los contagios. Cerrarlos prolongadamente, en cambio, sí puede afectar la salud de los chicos. Atender correctamente la primera infancia implica un riesgo menor de sufrir enfermedades cardiovasculares y metabólicas graves, como accidentes cerebrovasculares y diabetes. Además, la exposición prolongada a pantallas en niños pequeños producto de la educación virtual podría generarles problemas oftalmológicos como la miopía.

Dos y dos son cuatro, cuatro y dos son seis

En las redes sociales circularon argumentos desestimando la importancia de los jardines de infantes. Los niños y niñas podían aprender igual en casa, se aseguraba. Eso desmerece el trabajo y la formación específica docente y supone que padres y madres tienen el tiempo suficiente para, además de ser padres y trabajar, ocupar el rol de maestros. Pero, ¿por qué es tan importante para los chicos poder asistir al jardín de infantes?  Es en el nivel inicial cuando los niños y niñas aprenden qué es un número. A partir del juego entienden, por ejemplo, que 1 es menor que 4 y que pueden contar en orden creciente o decreciente. Los docentes ayudan a estimular los conceptos básicos de la lectura y la transición de la motricidad gruesa a la escritura. A través de la experimentación de la horizontalidad, verticalidad y lateralidad los niños integran una visión tridimensional, que también servirá para brindarles las bases de la lectura, como por ejemplo distinguir una C de una M de una P. El idioma alcanza un punto de inflexión crucial a partir de los tres años. Asistir al jardín a esa edad permite que el niño desarrolle dicha “habilidad básica” a la edad adecuada.

El cierre de jardines también impacta sobre la acumulación de habilidades cognitivas y socioemocionales de los niños. Los jardines cerrados implicaron pérdidas de aprendizaje que fueron evaluadas en distintos estudios en el mundo. El cierre de escuelas afecta a todos, pero los niños que provienen de barrios pobres son los que reciben el mayor impacto. Estos efectos pueden identificarse en tres canales que interactúan entre sí. El primero es el de reemplazar las clases presenciales por virtuales; la educación en línea es especialmente problemática para los niños con dificultades para el aprendizaje. Si hay un nivel en el que la virtualidad no funciona, es en el nivel inicial. La educación virtual, además, provocó que los niños con discapacidades sufrieran retrocesos en su desarrollo físico y cognitivo y profundas dificultades emocionales.

El cierre de escuelas afecta a todos, pero los niños que provienen de barrios pobres son los que reciben el mayor impacto.

El segundo canal resulta de alterar el entorno de pares de los niños, que así dejan de ver a sus compañeros de escuela. Esto incluye el impacto psicológico de perder contacto con algunos amigos y reduce especialmente el aprendizaje de los niños con más dificultades al dejar de beneficiarse por la presencia de los compañeros de mayor rendimiento. La alteración del contacto con los pares es el factor que más contribuye al aumento de la desigualdad. En el jardín los niños no solo aprenden de sus maestros sino también de sus compañeros. Aprenden a compartir, a participar en interacciones recíprocas (turnarse, dar y recibir), a tener en cuenta las necesidades y deseos de otros y a manejar sus propios impulsos.

Otra dimensión del problema es la respuesta diferencial de los padres según su nivel de ingreso y educación. Los padres y las madres de más altos ingresos están en mejores condiciones para cumplir con las demandas adicionales que plantea la virtualidad; tienen mayores posibilidades de trabajar desde sus casas o de tener esquemas laborales flexibles. También son quienes pueden tener mejor acceso a la tecnología y otros materiales necesarios para la educación virtual. El cierre de jardines de infantes exacerba las desigualdades socioeconómicas y educativas.

Que sepa coser, que sepa bordar

La pandemia tuvo un efecto desproporcionadamente negativo sobre las mujeres y sus oportunidades de empleo. La crisis actual tiene consecuencias muy diferentes en términos de género comparada a otras caídas económicas, con un gran impacto en ramas con altas proporciones de empleo femenino, como restaurantes y hotelería. Una proporción mayor de varones está ocupada en sectores en los que el trabajo remoto es posible, como la consultoría financiera, computación y matemática. En este contexto, más varones que mujeres podrán adaptarse a los nuevos entornos laborales y lo que se pronostica es que más mujeres perderán su trabajo.

Pero son los cierres de guarderías, jardines y escuelas los que han provocado los impactos diferenciales por género más importantes. Ha aumentado dramáticamente la necesidad del trabajo de cuidado y educación de niños pequeños en los hogares, niños que no pueden asistir solos a una clase virtual o que todavía no tienen autonomía. El compartir el cuidado de los chicos con vecinos, amigos y familiares se vio fuertemente limitado por las medidas de aislamiento social. Dentro del hogar, en la mayoría de las familias, son las madres las que se ven más afectadas en la distribución de tareas de cuidado infantil. El cierre de escuelas es un gran shock para todas las familias con hijos, y lo es incluso más para los hogares monoparentales. En Argentina el 84% de este tipo de hogares está a cargo de mujeres. La pérdida del empleo será más severa financieramente si no hay una segunda fuente de ingresos en la familia.

Más varones que mujeres podrán adaptarse a los nuevos entornos laborales y lo que se pronostica es que más mujeres perderán su trabajo.

Para tener una idea más clara del impacto del cierre de escuelas, recordemos que hay cerca de 13 millones de niños menores de 18 años en Argentina. De estos, y según la Encuesta Permanente de Hogares del Indec, casi uno de cada tres vive en hogares monoparentales. El 25% de todos los niños vive solo con su madre, comparado al 4% que vive solo con su padre. Por lo tanto, el peso de esta crisis caerá muy desproporcionadamente sobre las madres. En tiempos normales, las mujeres podían recurrir a esquemas alternativos de cuidado infantil. Hoy, en cambio, la alternativa más habitual dejó de ser una posibilidad: la mayor parte de las guarderías y jardines continúan cerrados.

Así lo lleva hasta la cueva donde el pichón se cansó de esperar

El nivel inicial es considerado prioritario dentro de los sistemas educativos de todo el mundo por su importancia en el desarrollo de los niños y su efecto en sus futuras trayectorias de vida y trabajo. Es el nivel para el que se proyecta la mayor tasa de abandono escolar para 2021 en Argentina. Se trata del segmento que presentó los mayores inconvenientes para sostener la educación virtual: apenas el 19,3% de los niños pudo conectarse a través de una plataforma. Es probable que en 2021 falten vacantes en Argentina para el nivel inicial. La oferta estatal orientada a los niños y niñas más pequeños es muy reducida, especialmente para los niños de menos de cuatro años.

Las restricciones oficiales al derecho a la educación presencial provocaron la proliferación de espacios de enseñanza y cuidado alternativos. Los niños y niñas de los sectores económicamente privilegiados tuvieron acceso a jardines rodantes, jardines “blue”, espacios abordados por docentes y con materiales didácticos apropiados. En los barrios populares también se intentó replicar espacios de cuidado pero con menos recursos. Si la inclusión social es el norte, las escuelas y jardines deberían contarse entre las prioridades a la hora de pensar las reaperturas. Como dijo Juan Perón al inaugurar el año lectivo de 1951: “En Argentina los únicos privilegiados son los niños”.

Según una proyección del Banco Interamericano de Desarrollo, el costo de largo plazo del cierre de los jardines de infantes para Argentina representa un 7% de su PBI. Un resultado probable es un aumento de la pobreza infantil. Estos efectos del cierre de escuelas deberían ser tomados en consideración por la dirigencia política a la hora de evaluar la reapertura, el momento de la misma y para qué estudiantes, así como si deberían ofrecerse clases adicionales y qué estudiantes deberían ser el foco de esos esquemas. Para los niños más pobres la acción focalizada podría reducir la pérdida de aprendizaje equivalente a 11 o 12 meses de clases presenciales a una de entre 6 y 8 meses.

El nivel inicial es considerado prioritario dentro de los sistemas educativos de todo el mundo y es el nivel para el que se proyecta la mayor tasa de abandono escolar para 2021 en Argentina.

En Argentina la presión de la sociedad civil rindió frutos. Poco a poco, las escuelas están volviendo a abrir. Ante un aumento de los contagios comunitarios deberían ser lo último en cerrarse; ni lo primero, ni lo único. La inclusión de los jardines de infantes, hace unos meses ausentes incluso de los protocolos de los distritos con mayor voluntad política para la reapertura, fue uno de los pilares de la lucha del grupo Padres Organizados. La educación es un derecho humano de los niños que la virtualidad no garantiza por más esfuerzos docentes que existan. El jardín y los primeros grados de primaria deberían tener prioridad en las reaperturas porque se trata de los niños que menos contagian, que no son pacientes de riesgo y para los cuales la virtualidad no funciona. Los jardines cerrados refuerzan la transmisión intergeneracional de la pobreza y provocan un desajuste en las tareas de cuidados del hogar que daña la economía y profundiza las desigualdades de género.

Hace algunos meses los niños de la Argentina tuvieron que hacer su propia rebelión ante adultos que los ignoraban o no sabían darles respuesta, pero que mientras tanto se paseaban por restaurantes, shoppings y casinos. Fueron los chicos que ya jugaban en los espacios verdes de las plazas los que fueron rompiendo precintos de seguridad que indicaban cosas del tipo “peligro tobogán” o “cuidado hamaca”. Otros tuvieron maneras más dolorosas de hacer su aparición ante los adultos, con crisis de angustia o regresiones. Sobre la cuestión educativa no hubo voluntad firme ni creatividad para buscar soluciones. Sectores que se consideran progresistas recurrieron a los argumentos más conservadores para defender las escuelas cerradas. Centraron el debate en las necesidades de los adultos en lugar de los derechos de los niños. Desconocieron lo que ya sabían Fröbel, Sarmiento y Manso sobre la importancia de ese mundo aparte, del juego en el aprendizaje y de crear un espacio para multiplicar las opciones futuras de los niños de orígenes menos favorecidos. “La infancia tiene sus propias maneras de ver, pensar y sentir; nada hay más insensato que pretender sustituirlas por las nuestras”, dijo Fröbel.

Con frecuencia, las respuestas a la pandemia suelen pensarse considerando exclusivamente la dimensión infectológica de una crisis que plantea dilemas éticos en muchos órdenes distintos. No hay solución total para enfrentar al COVID-19, solo compensaciones. Debemos ponernos de acuerdo como sociedad sobre qué maximizar o minimizar. El virus provoca neumonías bilaterales, no cierra escuelas. Diferentes líderes y organizaciones globales han marcado la necesidad de darle prioridad a la apertura de escuelas. El riesgo cero ante el virus lamentablemente no existe en ningún espacio, pero el beneficio epidemiológico de tener las escuelas y jardines cerrados es bastante modesto al lado de los enormes costos sociales, emocionales, económicos y de salud que se generan, con los niños como los más afectados. Niños que no deberían tener protocolos más estrictos que los adultos. Niños que no pueden organizarse para defender sus reclamos, que muchas veces no pueden siquiera expresar. Niños que necesitan de los adultos para que sus derechos estén garantizados.

 

 

 

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María Victoria Baratta y Juan Pablo Aguad

María Victoria Baratta es historiadora, investigadora en CONICET y docente en la UBA. Co-fundadora de Padres Organizados. Autora de No esenciales, de próxima aparición por Ediciones del Zorzal.

Juan Pablo Aguad es economista UBA-UDESA. Consultor del Banco Mundial en educación y desarrollo de la primera infancia. Docente en la UBA.

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