¿Y ahora?

El peronismo es puro teatro

Desde hace décadas unos aplauden y otros abuchean, pero todos somos su público cautivo. Las últimas semanas volvieron a confirmarlo.

El peronismo hace su representación y nosotros miramos. Unos aplauden y otros abuchean, pero todos somos su público cautivo. A pesar de que el creador de la compañía murió hace casi medio siglo, el 1º de julio asistimos a una nueva representación con un reparto apenas renovado porque, desde su viudez, la cabeza indiscutida del elenco es para Cristina Fernández de Kirchner, tal como está inscripto en las marquesinas.

Con dramaturgia y dirección propia, Cristina desempolvó un guión viejo, le agregó unas líneas sobre Perón al principio y al final y empezó su show, mezcla de monólogo psi, relato costumbrista, diatriba direccionada, charla de peluquería y lección escolar con su toque pedagógico característico (como destinataria de sus “explicaciones” nunca está la clase sino la claque). En fin, la sociedad argentina frente al peronismo montando su mismo show cansador de siempre. Y sin embargo, la sala se llena y acá estamos, hablando de ellos.

Un gran logro del peronismo ha sido su propia invención, que lleva en sí las formas de su continuidad en el tiempo. Porque el peronismo nació como mito, uno que durante mucho tiempo lo convirtió en sinónimo de la política argentina. La cantinela de que a este país solo lo puede gobernar el peronismo viene de ahí.

Un mito es un habla, un sistema de comunicación que oculta su historicidad y se presenta como natural, evidente por sí mismo.

La llegada

En Perón o muerte, de 1986, Silvia Sigal y Eliseo Verón dicen que el modelo general de la llegada es constitutivo del discurso peronista. Desde 1943 Perón se presenta como aquel que llega desde un exterior abstracto más allá de las disputas políticas, y en 1973 repite la misma lógica cuando vuelve de su exilio. Es un soldado que, desde el cuartel, observa lo que pasa en el país, no se mete en política, pide confianza y fe en él porque, frente ante una situación crítica, un “punto insostenible, un panorama desolador”, hace falta una intervención especial.

Y la culpa de todo es de los políticos, “los verdaderos enemigos sociales, representados por la mala política, las ideologías extrañas, sean cuales fueren”, dijo Perón en 1943. “Ha terminado la época en que los políticos ponían al Ejército frente al pueblo. Hoy el Ejército y el pueblo marchan en la misma dirección y el mismo camino”, insistió en 1944. “Dicen que somos nazis –agregó poco después–. Declaro que estamos tan lejos del nazismo como de cualquier ideología extraña. Nosotros somos solamente argentinos”. Y en la misma línea, en octubre de ese año: “Esta Revolución debe ser tomada por la juventud argentina, y ésta debe llevarla adelante para estructurar una nueva Argentina que sea más justa, más libre y de la que estén ausentes el fraude, la mentira y los sofismas políticos”.

Perón es un redentor, no un político. Del Ejército al Estado sin pasar por la política, fuente permanente de conflictos. Por eso el peronismo no es un partido, es un movimiento que aspira a la totalidad y se identifica con la Nación: la doctrina peronista es la doctrina nacional. Nada de esto forma parte del campo político, de sus reglas, de su organización institucional, de la distinción republicana entre un partido, el gobierno y el Estado. “Ningún argentino bien nacido puede dejar de querer, sin renegar de su nombre de argentino, lo que nosotros queremos”, explicó Perón ya presidente.

En su discurso de hace diez días Cristina Fernández dijo que no suele leer a Perón, pero le pareció oportuno usarlo para su pelea coyuntural.

En su discurso de hace diez días Cristina Fernández dijo que no suele leer a Perón, pero le pareció oportuno usarlo para su pelea coyuntural. Los adversarios se han multiplicado hacia afuera y hacia adentro, el país está en una  “situación insostenible” y ella pretende elevarse por sobre el barro de su gobierno y llegar como salvadora. De repente y cuando nadie lo imaginaba decidió volver a la naturaleza metafísica que instituyó el líder. Dos veces habló de la ontología peronista en su discurso y, lejos de sus referencias hiperideologizadas, se decantó por una tercera posición mística:

Esto es lo que Perón decía, la conducción, el amor del pueblo, la convicción del pueblo por sus dirigentes es en base a los hechos, las palabras y tal vez Jesucristo, pero ni siquiera Jesucristo porque tuvo que hacer milagros para que lo siguieran, ¿no? Usted, Julián que es muy católico, no estoy, usted sabe que yo también soy católica, no es falta de respeto, es simplemente observación de la realidad, seguir una persona por una cuestión de fe, pero algunas cositas hizo, también, para que lo siguieran, algunos hechos: multiplicar panes y peces, resucitar muertos, en fin… Creo que es propio de la conducta humana, entonces creo que es importante que entendamos la mecánica de la construcción del poder del peronismo, la construcción de la política.

Antes de seguir, me voy a detener un rato en la performance de Cristina Fernández. Su discurso lo tomé de su página web oficial, ¿qué la llevará a subir una transcripción textual de lo que dice, palabra por palabra?

Hola Julián, no te había visto. […] ¿Te acordás, Juan José? […] ¿Quieren que les cuente algo? […] ¡Hoy estoy positiva! Hoy estoy positiva, sí, sí, ¡pum para arriba! […] Y bueno, bueno. Iba a contar, este señor, voy a leer el mensaje que me manda, cualquiera puede abrir mi celular, no sé si todos pueden decir lo mismo. […] Ah bueno, no va a ser la primera vez que alguien me convenza de que estoy equivocada” y hago lo que no pensaba hacer, ojoco. ¡Ojoco, no es la primera vez! […] ¿Se entiende lo que voy diciendo, no? […] Chapeau con los trabajadores y las trabajadoras de comedores, a propósito… Chapeau. Estuve reunida hace muy poco tiempo, en el Senado de la Nación recibí a los integrantes de la Garganta… Poderosa. […] ¿Cómo no se dan cuenta lo que está pasando? Caracho. ¿Cómo no se dan cuenta? […] ¿Qué querés que les conteste? Yo le digo “of course”, está escrito. “Of course”, le digo, “por supuesto”. Me dice “abrazo”, me pone “¿qué me habrá querido decir ahora que escribe en inglés esta chica?” y se ríe. Bueno, nos reímos. […] ¿A qué voy? Que cuando se conoció le dijeron de todo los del otro lado al pobre Melconian, ¡mirá vos, yo diciendo pobre Melconian!

Después de repasar algunos de sus tonitos, digresiones y chicanas, volvamos al peronismo.

Cristina Fernández, como cualquier peronista, hace uso de todas las prerrogativas que tiene el peronismo en nuestro país. Decir y hacer cualquier cosa con el convencimiento de que no van a ser evaluados con la misma vara que analistas, votantes y periodistas usan para todo el sistema político. Ellos están por fuera.

El peronismo es la antipolítica, aunque su construcción como mito lo hace aparecer como “naturalmente” lo contrario. Dice Roland Barthes que un mito funciona así: hay un sistema (en este caso el peronismo) que se adhiere a otro (la política) y se alimenta de él. Es una especie de parásito: toma su fuerza, se alimenta de él y lo vacía de contenido.

El mito no oculta nada porque su función no es hacer desaparecer, sino deformar.

El peronismo, desde el inicio y hasta ahora, se adhirió al sistema político argentino, tomó su sentido y lo convirtió en pura forma: un líder redentor hablándole directamente a las masas, sin las intermediaciones incómodas e ideologizadas de la política.

Esta forma no es un invento peronista. Viktor Klemperer explicó su origen en LTI. La lengua del Tercer Reich: el líder no se dirige a los representantes elegidos del pueblo sino a todos en un contacto directo, cruzando la frontera de la política hacia la demagogia. Hitler lo tomó de Mussolini, copió el tono, la plaza, las banderas, la puesta en escena.

Lo que sí es un invento peronista es su perdurabilidad y naturalización mítica como la forma argentina de hacer política.

 

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Andrea Calamari

Doctora en Comunicación Social. Docente investigadora en la Universidad Nacional de Rosario. Escribe en La Agenda, JotDown, Mercurio y Altaïr Magazine.

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