LEO ACHILLI
Domingo

El fin de la pax massista

Dos meses después de su designación, el ex súper-ministro se enfrenta a un panorama económico más difícil y, por primera vez, las críticas del kirchnerismo.

Hay que reconocerle a Sergio Massa que supo capitalizar el susto de Cristina Kirchner cuando el dólar llegó a 350 pesos en julio y la pregunta del momento era, “¿cuándo explota?”. En aquellas primeras semanas como ministro, Massa usó su peso político, mayor a los de Silvina Batakis o Martín Guzmán, y con eso consiguió la luz verde para cambiar la retórica del Gobierno y anotarse un par de porotos rápidos. Sabía cómo hacerlo: es políticamente intuitivo y, pese a haber estado toda su vida del lado de los aumentadores del gasto, no tiene las taras ideológicas del kirchnerismo puro.

También es cierto que Massa siempre tuvo más contactos con el mundo empresario y “los mercados” que la inmensa mayoría del kirchnerismo. Quizás por eso interpretó rápido que había que dar señales fiscales y monetarias para sacar agua de un barco que se iba a pique: anunció reducción de subsidios, congelamiento de vacantes en el Estado y auditoría de planes sociales, un guiño a la clase media. Desde lo monetario la señal fue “no hay más emisión para financiar al Tesoro” y unos días después hubo una fuerte suba en las tasas de interés. En lo financiero hubo un canje que indexó casi toda la deuda interna, lo que impide licuarla por inflación o devaluación (y complica el futuro), pero despejó el camino en el corto plazo. Compró tiempo. Fue vivo. 

Obviamente no se privó de su habitual dosis de humo. Wall Street y unos fondos soberanos, dijo el nuevo ministerio, nos iban a prestar miles de millones; los sectores productivos liquidarían fortunas para erradicar los problemas cambiarios y, ya que estamos, vamos a capacitar a 70.000 programadores. El humo se disipó rápido. No hubo tal operación de “repo” con Wall Street o Qatar y de la auditoría de los planes sociales se sabe tan poco como de los nuevos programadores. Pero lo cierto es que, con la llegada de Massa, la Argentina se alejó dos pasos del abismo. Los problemas no se solucionaron, pero con el dólar blue nuevamente debajo de $300, el Gobierno ganó espacio para pensar.

Con la llegada de Massa, la Argentina se alejó dos pasos del abismo. Los problemas no se solucionaron, pero con el dólar blue debajo de $300, el Gobierno ganó espacio para pensar.

Esa sensación de “lo peor pasó” hizo que dentistas y comerciantes volvieran a su vida normal, pero la tranquilidad no volvió al equipo económico. En todas las conversaciones privadas demostraron estar realmente preocupados por la situación económica, sin espacio para cancherearla, más allá de alguna que otra anécdota. Sabían perfectamente que estaban poniendo parches y casi rezaban para que los parches aguanten hasta el próximo gobierno: lo que el mundillo económico llama el “Plan llegar”. Todos sabemos que esa chance está pero, como dijo el último staff report del FMI, la economía argentina está muy frágil. Es decir, cualquier vientito de frente la voltea.

El documento de 109 páginas muestra con nitidez las dos caras de este nuevo FMI. Por un lado, la sensación es que le aprueban cualquier cosa al Gobierno, dentro de un plan que nació light y morirá light. Por el otro, tienen la obligación de no mentirse y reconocen que está todo medio atado con alambre. La primera prueba que enfrentará el programa será la triple-nelson de diciembre: Mundial de Qatar, el pago de importaciones diferidas por seis meses desde junio y la sequía, que sacaría 7 millones de toneladas de trigo del mercado, unos 2.500 millones de dólares menos de exportaciones.

El subsidio al dólar soja, que costó a los pagadores de impuestos argentinos unos 290.000 millones de pesos, ayudó a rellenar las reservas, pero lo que no hizo fue producir más soja, ya que (lluvia mediante) se empezará a cosechar recién en marzo. Es decir que el alivio de reservas del mes pasado se convertirá en un agujero de octubre a diciembre, quizás morigerado por el nuevo sistema soviético de control de las importaciones. Los cálculos de los economistas difieren en la cantidad, pero no en el signo: el Banco Central venderá reservas de acá a fin de año. Este ejemplo es muy ilustrativo de casi todo lo que viene pasando: pan para hoy, hambre para mañana. 

Garpando almuerzos gratis

Algo distinto para romper con este cliché sería pensar cómo generar más divisas. Pero Massa no ha conseguido ningún dispositivo para aumentar la oferta de dólares. Con una brecha de 100% (es decir, el dólar de mercado vale el doble de lo que le pagan a los exportadores) y un dólar oficial a todas luces barato, es difícil pedirle más dólares al que exporta. Entonces, si el mandato es no devaluar, sólo queda reducir las importaciones o los dólares que usan los turistas. En lo primero pueden, lo segundo es casi imposible.  

El problema es que, pese a que muchos políticos lo intentan, en economía de verdad que no hay almuerzos gratis. Siempre alguien los garpa. En este caso, frenar las importaciones reducirá el nivel de actividad. Además, aumenta la inflación, ya que o desaparecen los productos o vienen a un precio de dólar celeste o directamente blue. En la jerga importadora, el dólar celeste es el clásico “parte oficial, parte blue”. Nótese que como los importadores no pueden comprar dólares MEP ni contado con liquidación por regulación del Banco Central, comprar dólar blue los obliga a hacer movimientos de efectivo con rulos contables inéditos. Es la distorsión de la distorsión de la distorsión. La Argentina es el único país del mundo en donde la plata blanca se hace negra.

Es la distorsión de la distorsión de la distorsión. La Argentina es el único país del mundo en donde la plata blanca se hace negra.

La voluntad de bajar el déficit también enfrenta problemas por todos lados. La reducción del déficit pasa casi exclusivamente por dos avenidas: subir tarifas para bajar subsidios y licuar el gasto con inflación. Por ejemplo, el gasto en jubilaciones cayó más de 7% en términos reales en agosto y casi 4% en septiembre. Sería inmensamente sorprendente que 2022 no cierre como el quinto año consecutivo con caídas reales de gasto jubilatorio. Y ahí entramos en un círculo vicioso en donde la inflación viene bárbara para reducir el déficit, pero políticamente es matapasiones. En la jerga financiera decimos que el Gobierno está fiscalmente comprado en inflación y políticamente vendido. 

Algo parecido pasa con las tasas de interés. El FMI pide tasas positivas y todos pensamos que con más tasa la brecha puede bajar algunos puntos. Pero no olvidamos que más tasa puede poner en marcha esa potencial bola de nieve que anida en el Banco Central bajo la forma de pases y Leliqs. Con estas tasas y esta inflación hoy la cosa parece controlada. Pero con tasas reales positivas, la dinámica es claramente otra. 

La política mete la cola

El problema para Massa es que en algún momento pudo pesar más la señal fiscal, pero ahora empezó a hablar la política. Cristina Kirchner se “desasustó” y los máximos y moyanos de este mundo están empezando a marcar la cancha: que “los márgenes son altos”, que “hay que intervenir más en la política de precios”, que “se necesita reformar la banca” y hasta casi pornográficamente se habló de la deuda. Moyano no cierra la paritaria por menos de 130% de aumento, Axel les tira un hueso a los empleados públicos de la provincia. Claramente el peronismo le está marcando la cancha al programa económico.

Massa, que reconoce la encerrona, empieza entonces a alimentar con miguitas la presión política: bonos de 45.000 pesos para indigentes (que podrían ser dos millones de beneficiarios), planes de cuotas y, especialmente, suba del mínimo no imponible de Ganancias, que libera del pago del impuesto a unas 300.000 personas. La baja en ganancias es una bandera histórica de Massa y una pesadilla recurrente para el 99% de los economistas, que valoramos la progresividad de Ganancias y no nos gusta que eximan al segundo decil más rico de la Argentina cuando el 50% de los niños son pobres.

Y todo esto sin que haya comenzado el año electoral. Cuando en unos meses las campañas estén a toda bomba, la necesidad de dar aumentos, bonos, cuotas y precios justos va a hacer vano cualquier esfuerzo fiscal. Además, los vencimientos de deuda del año que viene son muy pesados para enfrentarlos sólo con retórica setentista. ¿Volveremos a tener una escaramuza como la de junio o julio pasado? ¿Se volverán a asustar Cristina y compañía? ¿Podrá Massa cumplir con la consigna de evitar un salto discreto del tipo de cambio? Obviamente no lo sabemos, pero de ninguna manera lo descartamos. Lo que sí sabemos es que para evitar el salto devaluatorio se necesita una combinación de ajuste fiscal con freno de la economía, dos malas noticias para la campaña.

Para evitar el salto devaluatorio se necesita una combinación de ajuste fiscal con freno de la economía, dos malas noticias para la campaña.

Mientras tanto, Massa manda una publinota en un diario económico diciendo que se viene un plan de estabilización en noviembre. Al parecer lo que tiene es una negociación con empresas para algo que se llama “precios justos”, con la posibilidad de que quienes congelen precios tengan acceso a un dólar más caro para sus exportaciones. Una distorsión grande como la puerta de una escuela. 

Está claro que eso no es un plan de estabilización. Si fuera así de fácil, con un DNU se congelan precios y salarios y listo el pollo. Para hacer un plan de estabilización es bien sabido que se necesita primero tener alineados los precios relativos, lo que en castellano quiere decir subir tarifas y dólar, dos cosas que Cristina no deja hacer. 

En resumen, el hombre la tiene difícil. No tiene consenso en la coalición de gobierno y los dirigentes más importante no parecen dispuestos a bajar sus tradicionales banderas de arreglar todo con más gasto público. Cada uno de los botones del tablero de control que le soluciona un problema, automáticamente le crea otro, quizás más difícil de controlar. Entonces, si se miran los equilibrios políticos y los (des) equilibrios económicos, podemos inferir que Massa está jugando al póker, pero sin ases. Y él lo sabe. De otra manera es inexplicable que alguien tan ambicioso hable de que no se presentará como candidato a presidente el año que viene. No es cierto que no quiera: entiende que lo más probable es que no le den los números.   

 

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Andrés Borenstein

Economista jefe de Econviews. Profesor de economía (UBA y UTDT). Conductor del podcast 'La economía en 3 minutos'.

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