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Domingo

El alma de Occidente

A 80 años del desembarco en Normandía, el mundo vuelve a estar amenazado por fuerzas reaccionarias y los valores liberales penden de un hilo.

Hola, espero que andes bien.

Como sabrás, mañana se cumplen 80 años del desembarco en Normandía, donde seguramente pelearon algunos de los exalumnos a quienes se rinde homenaje en el cenotafio que está en una de las paredes del hall de secundaria. Si llega a haber assembly estos días, quizás no estaría de más contar algo de esa historia a los chicos, que pasan todos los días frente a ese cenotafio sin siquiera mirar los nombres. En un mundo donde la democracia y la sociedad abierta enfrentan ataques internos y externos por todos lados, quizás valga la pena recordar y valorar a quienes decidieron voluntariamente arriesgar sus vidas para enfrentar al nazismo.

Abrazo, Fer

Cuando les conté a mis hijas, en la cena familiar del miércoles 5 de junio, vísperas del aniversario, que había mandado ese mensaje al director de su escuela, me hicieron el habitual revoleo de ojos. La mayor dijo “qué nerd” y todas, seguramente, recordaron las innumerables ocasiones en las que respondí a alguna pregunta puntual con una pequeña clase de historia. Podemos estar en la mesa y que una de las chicas pregunte, por ejemplo, “¿qué piensan hoy los radicales?”, y yo empiece a responder con un resumen de la historia del radicalismo, empezando por 1880, el quiebre dentro de la eélite gobernante, la Revolución del Parque, Yrigoyen, Alvear y después cómo se rompió todo con el peronismo, pero mucho antes mis hijas pasan a otro tema, se aburren, y nunca llegue a hablar de ningún radical vivo en 2024.

El director de la escuela, egresado unos años después que yo de la misma institución, asociada con la comunidad anglo-argentina, me respondió muy amablemente. Me dijo que le encantaban los valores que yo expresaba en el mensaje y que tendrían presente mi sugerencia. Imaginé que no harían nada, por supuesto, más que “tenerlo presente”. Quizás es por eso que hoy escribo.

Al día siguiente llevé a mi hija menor a la escuela al mediodía, porque finalmente terminaba de salir de una gripe de esas que nos tienen a todos a mal traer. Fuimos en tren y la dejé en la puerta a la que yo ingresé por primera vez en 1984, en el punto medio entre hoy y el Día D, y cuando todavía había ciertas preocupaciones de seguridad por Malvinas. Después caminé a la estación a la que caminé tantas veces en mi adolescencia, y mientras esperaba el tren hice click en una excelente producción de La Nación, firmada por Claudio Meunier, sobre los argentinos que pelearon en Normandía. Me emocioné con la nota desde el comienzo, pero cuando llegué a la historia de Lennard (o Leonard) Bentley, un comando nacido en Bahía Blanca en 1924, muriendo en una zanja, se me llenaron los ojos de lágrimas. Yo estaba parado sobre esas barandas celestes al costado de una de las puertas del tren, y un señor vestido de fajina y con una gorrita con el logo de pinturerías Prestigio me miró a los ojos y vi en los suyos la pregunta por mi estabilidad emocional. Bentley, leí dos párrafos después de mis lágrimas, era ex alumno de mi vieja escuela.

Aquel chico, un par de años más grande ese día que mi hija mayor hoy, dio su vida para enfrentar lo peor de la historia de Occidente.

Aquel chico, un par de años más grande ese día que mi hija mayor hoy, dio su vida para enfrentar lo peor de la historia de Occidente. Los chicos de hoy están más preocupados por TikTok que por Ucrania o los brutales atentados de Hamás, con excepción quizás de algunos jóvenes judíos, que ven, y bien que hacen, un dramático resurgimiento del antisemitismo. Pero mi objetivo no es contraponer a aquellos chicos con los de hoy, sino dos caras de la Argentina, una de ayer y una de hoy. Porque mientras Bentley y tantos otros argentinos durante la Segunda Guerra Mundial decidieron enfrentar el mal absoluto, en la Argentina había un gobierno militar filonazi. Y poco tiempo después llegaría al gobierno un movimiento de obvias influencias fascistas, más allá de las diversas reencarnaciones que adoptó en su historia.

Si me emocioné en el tren, entonces, no creo que haya sido por Bentley, o al menos no sólo por él, sino porque su sacrificio y el de tantos otros argentinos me habló de un sector amplio de nuestro país que estuvo desde el inicio a favor de la libertad y de construir una sociedad abierta. Son los unitarios, son los creadores de la Constitución nacional, son los de la Ley Sáenz Peña. Son los que vienen, venimos, perdiendo mucho más de lo que ganan, ganamos, desde 1930 en adelante, cuando la tormenta del mundo nos desvió de un trayecto de integración internacional y nos dejó cada vez más gobernados por quienes ven un Estado que tutela a la sociedad o por quienes no defienden el derecho del Estado de Israel a existir y crear un país donde los judíos puedan estar seguros de no ser atacados por sus creencias o su origen.

Cuando le comenté a una amiga norteamericana sobre el caso de estos argentinos luchando con los aliados, me contestó, mitad en chiste y mitad en serio: “¿Pero cómo? ¿No estaban del lado de los nazis, ustedes?” Yo quería gritar que no, que no todos, que en una pequeña aldea gala…

“Lest we forget”

La pelea que vemos en Argentina desde que Sarmiento nos definió como civilización y barbarie, nuestros dos humores, para decirlo en términos del florentino que inventó el Estado, es una pelea que también se da en el resto del mundo. El domingo pasado, las elecciones europeas mostraron que la permanencia en el poder de quienes defienden los valores liberales pende de un hilo. Y estas elecciones se dieron en un contexto en el que la cantidad de actos antisemitas se encuentra quizás en su punto más alto desde que los aliados desterraron al nazismo gracias al sacrificio de cientos de miles de hombres como Bentley.

Del otro lado del Atlántico, puede llegar nuevamente a la Casa Blanca un ciudadano que, siendo presidente, al menos permitió el ataque al Capitolio del 6 de enero de 2021. Se trata de alguien recientemente condenado por falsificar documentos y acusado judicialmente de apropiarse de documentos secretos y, en dos casos y tribunales distintos, de interferir ilegalmente en la elección de 2020 para impedir la victoria de su rival. Se trata de alguien, finalmente, pero quizás más importante aún, que ya ha menoscabado a la OTAN, lo que podría significar que Europa, esa Europa dividida de la que hablábamos en el párrafo anterior, deba enfrentar sin su tradicional aliado las fuertes amenazas de seguridad que vienen del Este.

El domingo pasado, las elecciones europeas mostraron que la permanencia en el poder de quienes defienden los valores liberales pende de un hilo.

El Día D fue un día clave en la historia de Occidente. Se enfrentaban las democracias liberales contra lo peor de las fuerzas reaccionarias de Occidente. Una reacción moderna, igualitarista y no de antiguo régimen, pero igualmente reaccionaria, que impuso un reino del terror en los territorios que ocupó y puso en funcionamiento una maquinaria genocida que mató a millones de personas catalogadas como menos que hombres, incluyendo, desde ya, a los judíos. Esa maquinaria, vale recordar, contó con la colaboración de los antisemitas de todos los países de Europa. Ese antisemitismo, tan ubicuo en la historia de Europa, y que estuvo tapado durante décadas, es el que resurge ahora en tantos lugares de Occidente.

Eso se conmemoró la semana pasada. La lucha por recuperar los valores liberales, la libertad de culto, de expresión, de vivir cada uno como bien se le plazca mientras no afecte a los demás. Y ese orden liberal está amenazado: por terroristas islámicos, por poderes autocráticos y por las fuerzas antiliberales que viven en las universidades norteamericanas, en las calles europeas y en algunas de nuestras más fuertes tradiciones políticas. Por eso fue especialmente simbólico que en la conmemoración realizada en Normandía participaran no sólo los jefes de Estado o primeros ministros de Gran Bretaña, Estados Unidos, Francia y Canadá, sino también Olaf Scholtz (canciller de Alemania, el antiguo enemigo) y el presidente ucraniano Volodimir Zelensky, y que no fuera invitado Vladimir Putin, presidente de Rusia, el antiguo aliado.

Fuera del orden liberal sólo hay fuerza y violencia y decadencia y desolación. Fuera de la democracia no hay libertad ni paz ni progreso ni civilización.

Como publicó Cayetana Álvarez de Toledo el día del aniversario: “El orden liberal es una delicada mezcla de inteligencia, humanidad y valentía, y su defensa exige sacrificios a los que nuestra generación no está acostumbrada. Pero no hay alternativa. Fuera del orden liberal sólo hay fuerza y violencia y decadencia y desolación. Fuera de la democracia no hay libertad ni paz ni progreso ni civilización”.

Por eso, creo, lagrimeé en el tren al recordar a esos chicos argentinos que fueron voluntarios contra lo peor de Occidente. Porque hoy nos veo impasibles frente al avance del terror y el retroceso de las libertades. Al final del día, fui a buscar a mis hijas a la escuela y fui al cenotafio y leí el nombre de “Bentley, Leonard”, con una cruz al lado, entre los nombres de Frank Eric Baynes y de Jack Victor Blight. Arriba, el texto del cenotafio dice que la escuela “orgullosamente conmemora y celebra su valiente contribución. Para no olvidar” (“proudly commemorates and celebrates their brave contribution. Lest we forget”).

Si olvidamos, estaremos un paso más cerca de hacer realidad ese verso que nunca pierde actualidad: “Vencen los bárbaros, los gauchos vencen”.

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Fernando Santillan

Escritor, traductor y editor. Politólogo (UBA). Autor de Flanders (novela). Escribe, principalmente sobre libros, en 750aretiro.blogspot.com.

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