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Domingo

De Verdi a La Beriso

Más grave que darle su escenario a bandas de rock es que el Colón no haga bien las cosas que tiene que hacer. Su temporada de ópera de 2022 es de las más desabridas que se recuerden.

En 2000, el físico estadounidense Leo Beranek buscó determinar cuáles eran los teatros de ópera con la mejor acústica del mundo; tres años después, hizo lo mismo con las salas de concierto. La investigación, que partió del análisis de una encuesta a 22 directores de orquesta sobre cuáles eran sus salas favoritas, arrojó estos resultados: el Teatro Colón salió elegido el teatro de ópera con la mejor acústica del mundo, con mucha distancia del segundo, y estuvo entre las tres mejores salas de concierto.

Se conocen varios elogios al Teatro Colón por parte de grandes cantantes y directores. El más famoso posiblemente sea el de Luciano Pavarotti: “El Teatro Colón tiene un gran defecto: su acústica es perfecta”; dicho de otro modo, es un teatro muy botón. Claudio Abbado dijo: “En el Teatro Colón el sonido vuelve como reforzado”. Jonas Kaufmann, una de las más grandes estrellas de la lírica de los últimos años, manifestó en una entrevista reciente: “El teatro quizás más fascinante del mundo, y sobre todo con la acústica ideal, es el Teatro Colón de Buenos Aires. Es verdaderamente increíble. Su acústica es un sueño. Querés atraparla y llevártela con vos”.

La entrevista a Kaufmann está filmada y el video resurge cada tanto en las redes sociales. La última vez fue hace unos pocos días, cuando se lo compaginó con algunas imágenes del recital de La Beriso en la sala principal. Aunque los recitales de música popular en el Teatro Colón tienen casi tanto tiempo como el teatro mismo, la presentación de esta banda de rock, en el marco del Festival Únicos, fue especialmente resonante, en todo sentido del término. Algunos videos en los que se ve a los seguidores de la banda a los saltos en los palcos del Primer Coliseo pueden haber alimentado cierto sentimiento de estupor entre los abonados, además de confirmar que lo de “show sinfónico” que se agregó como pretexto poco tuvo de verdadero.

El Colón, se dice, no fue hecho para hacer recitales de rock. Y es cierto. Pero también es cierto que recitales como los de La Beriso llamarían menos la atención si el teatro hiciera bien su tarea fundamental, para la cual fue creado.

Una temporada sin sabor

Parecería que ni el ministro de Cultura ni el Jefe de Gobierno de la ciudad tienen sobre el Teatro Colón la misma valoración que tienen Pavarotti, Abbado y Kaufmann, además de la enorme mayoría de los argentinos, que, lo conozcan o no, lo veneran de igual manera. El miércoles, La Nación publicó una incisiva entrevista de Constanza Bertolini a Enrique Avogadro. Allí, Avogadro manifiesta: “Quiero valorar el trabajo que hizo Paloma Herrera en el Colón y su carrera de excelencia. Manifestó algo que nos importa y mucho, que es garantizar la excelencia”. Su carta de renuncia y sus declaraciones posteriores, sin embargo, apuntaban en la dirección contraria: que Herrera había decidido abandonar su puesto por no poder garantizar la excelencia.

El ministro también afirma: “La mayoría de los teatros de la liga en la que se encuentra el Colón mantiene una temporada como la nuestra”. En realidad, la temporada del Teatro Colón para 2022 es una de las más desabridas que haya tenido. De los escasos siete títulos de este año, dos son de Puccini: Tosca, en la misma puesta de Roberto Oswald que ya se vio en 1992, 1993, 1998, 2003 y 2016; y La Bohème, también en una reposición. Las otras óperas más novedosas de la temporada tienen, en general, menos funciones. De las 49 funciones de ópera que va a haber en la sala principal en todo 2022, Puccini se lleva el 37%. No sólo eso: de los cinco conciertos de la Orquesta Estable del Teatro Colón, el primero se llama “Puccini en concierto” y consiste en arias con acompañamiento orquestal (arias que, al menos en parte, provienen de óperas que ya se presentan en la temporada); y, de las tres óperas de la temporada de ópera de cámara, la primera es Gianni Schicchi, también de Puccini. Por último, es de esperar que en el ciclo de Grandes Intérpretes, con invitados como Plácido Domingo y Anna Netrebko, se dejen oír otras tantas arias de Puccini. Puccini es uno de los más grandes genios de la historia de la ópera y es perfectamente sensato que se lo programe a menudo. De hecho, algunas de sus óperas se han representado poco en el Colón y serían más que bienvenidas. Lo que es un despropósito es que un solo compositor, sea el que sea, por poco ocupe la mitad de las funciones del teatro de ópera más importante del país, salvo que se trate de un año especial por alguna razón. Quizás en lo único en que el Teatro Colón es hoy por hoy de avanzada es en haberse adelantado dos años a los homenajes por el centenario de la muerte del compositor.

El Colón es un monumento a la desorganización. Cómo continúa funcionando es un misterio para mí”. Beecham dijo esto en 1958.

Las lapidarias palabras del director británico Thomas Beecham resuenan en la actualidad: “En Buenos Aires hay un bello y viejo teatro. Un bello teatro con buena acústica y buena tradición tras él, pero abandonado a la destrucción y a la rutina, sin la menor semblanza de una dirección inteligente. En realidad, un monumento a la desorganización. Cómo continúa funcionando es un misterio para mí”. Beecham dijo esto en 1958. La temporada de ese año fue infinitamente superior que la de éste. Hubo Verdi (como todos los años desde 1908 y así seguirá siendo, ya que es el santo patrono de la sala) y Puccini, pero hubo también muchas otras cosas. Se presentaron trece óperas distintas, entre ellas Wozzeck, de Alban Berg, y un estreno de Juan José Castro. El total de funciones de ópera en la sala principal en 1958 fue de 65, un 35% más que las previstas para 2022. Además, ese año el Teatro Colón presentó su temporada de verano en el Parque Centenario: seis óperas, con un total de 17 funciones.

De hecho, si se suman las funciones dedicadas este año a Verdi (Nabucco), Donizetti (L’elisir d’amore) y Bizet (Los pescadores de perlas) el porcentaje de óperas del Teatro Colón anteriores al siglo XX se eleva en la temporada 2022 a 84%. El resto queda destinado a tres óperas del siglo XX: El cónsul (que casualmente también se vio en la temporada de 1958), El castillo de Barbazul y Los siete pecados capitales. Las dos primeras ya se presentaron más de una vez en el teatro; solo la tercera, de Kurt Weill, es un estreno para la sala, aunque ya tiene 89 años. Del siglo XXI no hay ninguna producción. Por volver a Puccini: cuando se vieron por primera vez en el Colón Tosca y Madama Butterfly, hacía tan solo ocho y cuatro años que se habían estrenado, respectivamente. El Colón fue durante décadas uno de los centros neurálgicos de la ópera mundial. No hubo cantante o director de primera línea que no pasara por sus escenarios. La temporada que empezó hace unos pocos días lo muestra como un teatro de provincias.

Administradores y artistas

Detrás del poder del Director General Artístico y de Producción del Teatro Colón y Director Musical de la Orquesta Filarmónica de Buenos Aires, Enrique Arturo Diemecke, no hay visión artística alguna. Una dirección artística puede ser buena y estar más escorada hacia el pasado o hacia el futuro; podría ser más conservadora o más avanzada, mientras sea un poco de ambas al mismo tiempo. En 2014, por ejemplo, durante la gestión de Pedro Pablo García Caffi, se presentaron ocho óperas. Apenas una más que este año, pero entre ellas tuvieron lugar un estreno latinoamericano (Calígula, de Detlev Glanert), un estreno mundial (Réquiem para una monja, de Oscar Strasnoy) y Tristán e Isolda, de Richard Wagner, que no se veía en el escenario desde 1977. A García Caffi lo sucedió Darío Lopérfido, en alguna medida el último director artístico que tuvo el Colón. Lopérfido fue alguien que, con aciertos y errores, buscó defender una visión del arte y la cultura y profundizar la proyección regional e internacional del teatro. Durante su gestión, tuvo lugar el histórico estreno latinoamericano, en una producción íntegramente realizada por el Colón, de Die Soldaten, ópera de Bernd Alois Zimermann que desde su composición en 1964 no se hizo más que un puñado de veces, en lugares como la Ópera de la Ciudad de Nueva York, la Ópera de Múnich y el Festival de Salzburgo. Esa es la liga a la que el Teatro Colón debe pertenecer. En la entrevista de La Nación, Avogadro sugiere que la programación de recitales como el de La Beriso es una manera de generar recursos. ¿No sería mucho mejor generar recursos haciendo que el teatro volviera a ser un faro cultural para –por lo menos– América Latina? Si el Teatro Colón se lleva el 40% del presupuesto oficial del Ministerio de Cultura, ¿no habría que exigir una gestión mucho más ambiciosa?

A la renuncia de Paloma Herrera a la dirección del Ballet Estable se sumó hace unos días la de Miguel Galperin a la dirección del Centro de Experimentación. Galperin explicó sus razones en una breve nota publicada en esta revista: al Teatro Colón lo aqueja, dice, “una dirección voluble y sin rumbo que, seguramente más por la carencia de ideas que por convicción, valida una y otra vez el modo de ‘funcionamiento’ del Colón como museo”. La crítica de Galperin va más allá que la de Herrera; si esta última pretende un cuerpo estable que trabaje como es debido, con bailarines que bailen y funciones que funcionen, el primero ensaya una reflexión más general, según la cual el Teatro Colón debería verse “doblegado” ante un circuito de instituciones culturales de vanguardia, al que se integre como una pieza más. Más allá de esas diferencias de enfoque, ambos coinciden en el punto central: el Teatro Colón no está haciendo lo que tiene que hacer.

De haberse complementado con un equipo de Dirección Artística más interesante, quizás el esquema podría haber funcionado.

Problemas parecidos a los que denunció Paloma Herrera respecto del Ballet Estable se vienen produciendo con cada vez más intensidad en todo el Teatro Colón de Diemecke y sus acólitos, ante quienes la Directora General saliente, María Victoria Alcaraz, no hizo demasiado. Hacía bastantes años que la Dirección General y la Dirección Artística venían recayendo en la misma persona. Lopérfido había sido Director General y Artístico, como Pedro Pablo García Caffi antes que él. Posiblemente como resultado de esta escisión Alcaraz prefirió ocuparse de actividades de formación, extensión cultural y relaciones internacionales, y no tanto del quehacer sustancial del teatro: sus temporadas de ópera y ballet. En un video que el teatro le dedica a Alcaraz recientemente a modo de despedida, se señalan los hitos de su gestión. La mayoría se concentra en Colón Fábrica, el Colón para Bebés, Disney y Star Wars en el Teatro Colón y actividades internacionales. De haberse complementado con un equipo de Dirección Artística más interesante, quizás el esquema podría haber funcionado.

¿Quién se beneficia de este estado de cosas? Da la impresión de que la política porteña ve al Teatro Colón como una moneda de cambio. En lugar de poner a alguien con una visión y respaldarlo (Lopérfido, Galperin, Herrera), se elige a alguien que cumpla con ciertos requisitos políticos. La consigna para el campo cultural de parte del gobierno parece ser la de no hacer olas. Se reparten beneficios para evitar problemas –a pesar de que en otras áreas del mismo gobierno, incluso cercanas a la cultura, no ocurre lo mismo: pensemos en la vuelta a clases durante la pandemia–, un punto que tienen en común la gestión cultural en la ciudad y la Nación. Cuando a Avogadro le preguntan qué lo distingue de su par nacional, Tristán Bauer, contesta: “Me cuesta encontrar ahora un tema para decirte”.

El ministro podría haber contestado que su visión de la cultura es mucho más pluralista y democrática que la de Bauer. Sin ir más lejos, una de las pocas nuevas producciones de este año en el Teatro Colón le fue encomendada al dramaturgo Rubén Szuchmacher, que tuitea a diario cosas como ésta: “El jefe de gobierno @horaciorlarreta y su ministro @eavogadro siguen destruyendo la Cultura y la vida de sus artistas”. O esta:

En su nota, Galperin formula el siguiente postulado: cuando figuras renovadoras se ven obligadas a dejar su lugar, el reemplazo tenderá indefectiblemente a la inacción. Por dar un ejemplo externo al Colón: Martín Bauer dirigió durante 20 años el Ciclo de Conciertos de Música Contemporánea del Teatro San Martín y cambió el panorama de la música argentina de cabo a rabo. Mientras pasaban distintos gobiernos de distintos partidos, Steve Reich y Morton Feldman se fueron transformando en viejos amigos del público porteño. Gracias a la mala gestión que vino después, ese mismo ciclo, en ese mismo teatro, se extinguió hasta desaparecer. Entre una cosa y otra no hubo peores devaluaciones que las habituales para el país, ni aparecieron gremios que antes no existían, ni nada por el estilo.

Horacio Rodríguez Larreta cumplió el postulado cuando, tras la salida de Darío Lopérfido del Ministerio de Cultura, designó en su lugar a Ángel Mahler, quien a su vez lo cumplió al nombrar como Director Artístico del Teatro Colón a Enrique Arturo Diemecke, que hacía ya diez años era Director de la Filarmónica. En un tiempo sabremos si el nombramiento de Jorge Telerman también lo cumple. Por lo pronto, el reemplazo de Paloma Herrera por Mario Galizzi, que en una entrevista en La Nación dijo “soy un fanático defensor de la estabilidad”, no es demasiado auspicioso.

Un teatro es ante todo una entidad llena de profesionales que tienen que hacer las cosas bien. Los músicos tienen que ensayar, el ballet tiene que bailar, y así de seguido. No hay demasiado misterio. Una gestión podrá ser más genial que otra pero ninguna puede dejar de cumplir con lo indispensable. La Ley de Autarquía del Teatro Colón establece que la institución debe “incentivar la investigación, experimentación, producción y creación artístico-cultural”, cosa que por otro lado el Colón hizo durante décadas antes de que existiera la ley. Luego podrá argumentarse si La Beriso tiene que presentarse o no en el Teatro Colón. Mucho más grave que el hecho de que en el Colón se hagan cosas para los que no fue hecho es que no se hagan aquellas para las que sí lo fue. Así como en la Argentina (a diferencia de otros países del mundo) los directores de escuela no son personas que se formaron específicamente para ser directores sino que son los maestros más viejos, el Colón parece ser una recompensa para gente que tuvo durante el tiempo suficiente el mérito de no llamar la atención.

 

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Eugenio Monjeau

Licenciado en Filosofía (UBA). Master en Educación (Universidad de Harvard). Autor de La mala educación (Sudamericana, 2017, con Helena Rovner).

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