BERNARDO ERLICH
Domingo

La revolución del
progresismo moralista

El caso de David Sabatini, un científico hijo de argentinos despedido del MIT tras una confusa denuncia de acoso, muestra el creciente impulso puritano de la izquierda estadounidense.

Uno de los fenómenos más sorprendentes del clima cultural actual es que la consolidación de una fuerte ola de puritanismo no proviene, como tradicionalmente, de la derecha conservadora sino de los sectores supuestamente más progresistas. La idea del sexo como algo intrínsecamente malo, o al menos peligroso, era el territorio de la Iglesia Católica. Contra esa idea se produjo la revolución sexual de la década del ’60, impulsada por el desarrollo de métodos anticonceptivos, seguramente, pero en el marco de una liberalización total de las costumbres. Estar en contra del sistema implicaba descreer de su moral represiva y ejercer la libertad de los cuerpos, lo cual implicaba experimentación sexual y con drogas.

Con el tiempo, las costumbres más radicalizadas se fueron acomodando en una dirección más que razonable: nada era juzgable, sólo era importante el consentimiento. Si los participantes eran adultos responsables que se ponían de acuerdo, el resto quedaba del lado de la privacidad. Eso dejaba afuera a los menores, lo cual no deja de tener sus matices ya que los límites de la edad en que se alcanza la responsabilidad suficiente como para dar un consentimiento necesariamente son arbitrarios y pueden variar de país en país o entre culturas. En todo caso, la idea era clara: lo que los adultos consienten queda en el marco de su relación personal y privada.

En lo que es sexo y género, las relaciones sociales son más fuertes y determinantes que las biológicas. Es un determinismo, digamos, raro.

La “deconstrucción” de los últimos años, en cambio, propone otra cosa. Por un lado, uno es lo que se piensa, no lo que “es”, ahora con comillas: la autopercepción es todo. Uno puede representarse a sí mismo como mujer teniendo pene. Sin embargo, si tiene sexo con otra persona, aunque ambos estén de acuerdo y piensen solamente en el placer, ahora el ámbito de esa relación es más importante que el consentimiento. El consentimiento no es tal: como en la conciencia invertida que describía Marx, lo que el pobre sujeto sexuante considera placer no es otra cosa que dominación. O sea, en lo que es sexo y género, las relaciones sociales son más fuertes y determinantes que las biológicas. Es un determinismo, digamos, raro.

Amor y sexo en el trabajo

Ese cambio de paradigma desató la tragedia que vivió David Sabatini, un prestigioso médico investigador del Instituto Whitehead, formado en el MIT, hijo de un reconocido científico argentino del mismo nombre. Sabatini hijo tenía a su cargo un laboratorio que desarrollaba una línea de investigación relacionada con el cáncer. En abril de 2018 inició una relación con una investigadora del mismo instituto, aunque no a su cargo ni control. David tenía 50 años, se estaba separando de la madre de su hijo, y la científica 29. Se pusieron de común de acuerdo en los términos de una relación que tuvo idas y venidas, conflictos y reencuentros, y duró un cierto tiempo. Acordaron que con el consentimiento mutuo bastaba.

El primer problema de su relación apareció en agosto de 2018, cuatro meses después del comienzo, momento en el que el Instituto Whitehead adoptó su “política de relaciones románticas y sexuales consentidas” (ese es el título literal). Vale la pena citarlo ampliamente porque ahí se expone en toda su crudeza el nuevo puritanismo de izquierda:

Es inapropiado que los supervisores de HHMI mantengan relaciones sentimentales o sexuales con cualquier empleado de HHMI o de la institución anfitriona o con otras personas (incluidos científicos visitantes o empleados de proveedores de servicios) que dependan jerárquicamente de ellos. Estas relaciones tienen el potencial de crear entornos de trabajo difíciles, tanto para los participantes en la relación como para otras personas que trabajan con ellos. Una relación sentimental o sexual en el lugar de trabajo puede generar percepciones de prejuicios y favoritismo; el deterioro de la relación puede dar lugar a percepciones de acoso o represalias.

No había relación jerárquica entre Sabatini y la mujer, que trabajaba en otra área del instituto. Se interpretó, de todas maneras, que el científico era una personalidad tan prominente que cualquier contacto con él se realizaba desde una asimetría de poder. De acuerdo con los protocolos, esa relación personal, privada, consensual y despojada de todo tipo de violencia, debía ser informada a las autoridades y cancelada.

En un alarde de lenguaje estalinista, el acta determina los procedimientos a seguir en caso de que dos personas del laboratorio tengan una relación romántica o sexual.

En un alarde de lenguaje estalinista, el acta determina los procedimientos a seguir en caso de que dos personas del laboratorio tengan una relación romántica o sexual. Es importante leer detenidamente este párrafo, ya que pone en claro el carácter policial infinitamente burocratizado del nuevo orden:

En caso de una relación de este tipo, es responsabilidad del supervisor de HHMI informar de inmediato sobre la situación a su Socio Comercial de RR. HH., después tomar la iniciativa de trabajar con el Socio Comercial de RR. HH. y, si se encuentra en un sitio del anfitrión, al Director de Operaciones Científicas y (si corresponde) al personal de la institución anfitriona, con el fin de garantizar una resolución coherente con esta política. Si la otra persona en la relación también es un empleado de HHMI, esa persona también es responsable de informar de inmediato sobre la situación a su Socio Comercial de RR. HH. y de cooperar con los esfuerzos para garantizar una resolución apropiada. En todos los casos, el Departamento de Personal y Cultura de HHMI es responsable de supervisar la resolución de los asuntos que surjan en virtud de esta política.

Bajo estas reglas de conducta, por ejemplo, Marie Skłodowska jamás se habría convertido en Marie Curie, la famosa científica polaco-francesa. La pionera en el campo de la radioactividad fue convocada por Pierre Curie en 1894 para que trabaje en la Escuela Superior de Física y de Química Industriales de París, donde era instructor. Pierre se enamoró de ella y no cejó hasta que Marie lo aceptara como marido. Ganaron en conjunto el premio Nobel en 1904 y se convirtieron en los científicos más famosos de la historia de su país. Hoy descansan juntos en el Panteón de París y no hubo “Acta de Buenas Conductas” que los separaran.

Revelación woke

Como decíamos, bajo este paradigma de pensamiento, el sexo reproduce las relaciones de poder de la sociedad. Si una mujer consiente (y desea) tener una relación con un hombre con el que comparte el lugar de trabajo, está reproduciendo, quiera o no, las relaciones de poder. Lo personal es político y ella, aunque esté pasando el momento más placentero de su vida, está siendo “acosada”. Contra lo que indicaban las reglas de comportamiento, David Sabatini y su compañera no declararon su relación, la mantuvieron clandestina. Y, en 2020, esta mujer, asumiendo que Sabatini no estaba interesado en la relación de la misma manera que ella, tuvo su revelación woke y “comprendió” que todas esos encuentros que habían aparecido en su percepción como una relación entre pares habían sido “acoso”.

El resultado –contado con detalles en el sitio Common Sense, nota traducida al español en esta cuenta de Twitter– fue que Sabatini no sólo fue expulsado de su trabajo siendo un científico de renombre en un área de interés especial, sino que su potencial ingreso a la Universidad de New York fue impedido por la presión pública de los grupos progresistas. Sabatini así, de buenas a primeras, pasó de ser un candidato al Nobel y un gran recolector de premios y becas a ser un paria desempleado al que nadie del mundo académico quiere o puede apoyar públicamente. Los intentos de desacreditarlo, llevados adelante por un exitoso estudio de abogados, no consiguieron más pecados para sumar a la de la relación no permitida que algunas catas de whisky en el laboratorio y cierta tendencia a hablar desenfadadamente de sexo. No hubo comprobación de ninguna violencia física asociada a los hechos y ningún favoritismo derivado de sus relaciones personales. La desproporción entre el pecado y el castigo es tan enorme que es difícil pensar que no se trata de otra cosa que un caso ejemplificador, que tenga que sentar las normas de comportamiento en los ámbitos académicos.

La desproporción entre el pecado y el castigo es tan enorme que es difícil pensar que no se trata de otra cosa que un caso ejemplificador.

De esta manera, se considera a la mujer en estas relaciones como a una persona totalmente incapacitada para manejar sus sentimientos y sus elecciones. En este caso particular, una científica llegando a la treintena, trabajando en uno de los laboratorios más prestigiosos del mundo, fue reducida en la descripción de los hechos a una menor de edad, pasiva y sufriente, incapacitada de establecer una relación adulta, con límites claros impuestos por el consenso mutuo. Es muy difícil pensar que este paradigma de pensamiento sea liberador respecto de personas que estaban siendo históricamente sojuzgadas. Más bien, todo lo contrario.

Muchas empresas prohibían desde siempre que se formen parejas entre sus empleados. Era una norma escrita que los trabajadores conocían y en general no cumplían. En estos casos, el único castigo efectivo era que uno de los miembros de la pareja debía abandonar la empresa y buscar trabajo en otra. Podrá cuestionarse la norma pero la sanción no era moral. Ahora los miembros más educados de la sociedad, con recursos culturales y económicos, se erigen en los salvaguardas de la moral y las buenas costumbres. George Orwell lo anticipó en 1984 y Margaret Atwood nos lo recordó en El cuento de la criada: el totalitarismo, ya sea de derecha o de izquierda, sanciona al que rompe las reglas y lo inhabilita para siempre.

 

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Gustavo Noriega

Licenciado en Ciencias Biológicas de la UBA. Participa de programas de televisión y radio de interés general y escribe regularmente en el diario La Nación.

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