JAVIER FURER
Domingo

Casi nada es cultural

Es cierto que los factores culturales pueden tener un impacto sobre los fenómenos económicos, pero en la mayoría de los casos hay una explicación más de ciencias duras: los incentivos.

Hace poco, el diario La Nación publicó una nota muy discutida sobre la brecha cultural entre las clases media y trabajadora. Más allá de los méritos de ese artículo en particular, que ya se ha explorado en diversos ámbitos, lo cierto es que el supuesto detrás de su tesis central es de mayor interés: ¿es razonable atribuir fenómenos económicos a diferencias culturales?

En principio, la pregunta tiene distintas respuestas según la disciplina de estudio de la que se parta. Para un sociólogo, por ejemplo, la respuesta sería obviamente que sí. Para la gran mayoría de los economistas, que no. Los Nobel de economía Gary Becker y George Stigler tienen un paper de 1977 al respecto, y su dictamen es lapidario: “… ningún comportamiento significativo ha sido explicado por diferencias en gustos. En cambio, junto al supuesto de cambios en las preferencias, estas solamente sirven como muleta para apoyarse, convenientemente, cuando el análisis se estanca. Dan la apariencia de juicio considerado, cuando en realidad solamente fueron un argumento ad-hoc para disfrazar un fracaso analítico”. La perspectiva dominante en la disciplina, entonces, es que “de gustos no hay nada escrito”. ¿Es razonable esta postura?

¿La cultura se queda aquí?

Uno de los temas más discutidos en el momento, tanto en Argentina como en el mundo, es la movilidad social: los padres de clase alta pueden esperar que sus hijos mantengan el nivel socioeconómico de la familia, pero los padres de clase media y baja no pueden esperar ningún tipo de ascenso social. En Estados Unidos, contrariamente a lo que se esperaría, esto es cierto para todos los grupos de la población, pero aún más cierto para las minorías raciales: no sólo están relegadas a los niveles de ingresos más bajos, sino que también tienen poca expectativa de mejorar su postura relativa.

Aún así, existe un grupo de la población que sí tiene movilidad económica ascendente: los inmigrantes. Utilizando datos recopilados durante cien años, se puede observar que los hijos de inmigrantes tienen mayores posibilidades de ascender en la escala de ingresos que los hijos de ciudadanos nativos para casi todas las nacionalidades. Esto es especialmente más bajo en los niveles de ingreso menores: los hijos de inmigrantes en el 25% más pobre de la población, tienen mayores posibilidades de ascender en la escala de ingresos que los nativos blancos para todos los países, aunque con diferencias entre géneros. Para la comparación hijos varones─padres, la movilidad es baja para las Indias Occidentales (una región del Caribe), pero muy alta en mujeres. La diferencia, según estudios sobre el tema, puede atribuirse a cuestiones raciales: los inmigrantes de esa región son desproporcionadamente negros, lo cual implica experiencias con la justicia criminal en el caso de los hombres. Aún así, para este grupo, los resultados siguen siendo mejores que para la población nativa de la misma raza. Si bien la diferencia entre géneros persiste para, por ejemplo, países africanos, la movilidad en sí es distinta, por diversos factores.

En este caso, entonces, parece que explicaciones económicas “duras” no alcanzan, y que deberá recurrirse a explicaciones “blandas”.

¿Cuál es la explicación para esta diferencia? Dado que la muestra de países comprende tanto naciones del norte y del sur de Europa como de América Latina y de Asia, no sería razonable atribuirlo a la cultura nativa de los países de origen. Normalmente, en cambio, se explica el éxito de los inmigrantes por un mayor énfasis en la escolaridad y la educación. El problema es que no existe evidencia de que los hijos de inmigrantes sean más exitosos en la escuela o alcancen un nivel educativo más alto que sus contrapartes locales. Tampoco se puede explicar la diferencia en desempeño con prácticamente ningún factor que explique el éxito personal.

En este caso, entonces, parece que explicaciones económicas “duras” no alcanzan, y que deberá recurrirse a explicaciones “blandas”. En primer lugar, la gente que emigra es distinta a la persona promedio, dado que la gran mayoría de las personas no emigran; pueden tener cualidades distintas, como la del emprendedurismo, que beneficien el ingreso. Además, los inmigrantes tienden a vivir en las zonas con mayor oportunidad económica: comparados con hijos de nativos de esas zonas, el efecto se reduce significativamente. Asimismo, una explicación alternativa surgiría de las comunidades inmigrantes: normalmente se agrupan por nacionalidad, lo cual apunta a otra línea de investigación: las amistades entre personas de distintos niveles de ingresos están fuertemente asociadas a mayor movilidad social.

No todo es cultura

Un asunto que normalmente se atribuye a factores culturales y de preferencias es la brecha salarial de género: en prácticamente todos los países para los que hay datos, las mujeres ganan menos que los hombres. Si bien la elección de carreras (que no está libre de consideraciones de costo-beneficio teñidas de género) explica una proporción de la diferencia, la brecha persiste en la gran mayoría de los países incluso luego de eliminar este efecto. En ningún país desarrollado explica más que la mitad de la diferencia en ganancias.

Esto quiere decir que la mayoría de la diferencia de ingresos entre hombres y mujeres es dentro del mismo campo. Es decir, abogados contra abogadas, y no abogados contra enfermeras. En tanto, esta brecha es máxima entre las personas de altos ingresos. Existe una diferencia pequeña en el 10% de menor salario, y una muy amplia en el 10% más rico. Observando por qué existe esta diferencia, se puede llegar a la conclusión de que es, principalmente, porque las mujeres trabajan menos horas y sufren más interrupciones en su carrera, consistente con la relación negativa entre encargarse del trabajo doméstico y los ingresos, y especialmente consistente con estudios que encuentran una brecha de género únicamente en mujeres con hijos, pero no en mujeres sin familia. Esto puede verse en países tan progresistas como Dinamarca o, más aplicable, en Chile. Además existe un career track distinto para mujeres luego de tener hijos, que cuentan con menores posibilidades de ascenso y menores ingresos.

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Aún así existen factores culturales: por ejemplo, las mujeres realizan la gran mayoría del trabajo doméstico, y en mujeres existe una relación fuertemente negativa entre más tiempo dedicado a tareas domésticas y salarios menores. Al mismo tiempo, la existencia de alternativas para el cuidado de los niños (tanto por otros miembros de la familia como alternativas institucionales) permite que las mujeres trabajen. Por ejemplo, en México la muerte de una abuela se ve asociada a una caída en la participación laboral tanto de forma dicotómica como en número de horas.

El problema en atribuir la brecha salarial a factores puramente culturales, entonces, es que no se condice con los hechos económicos. Pero al mismo tiempo, es claro que estos hechos tienen, efectivamente, un impacto sobre la vida laboral de las mujeres. Durante los años ‘50, el piso histórico de participación laboral en Estados Unidos, las universitarias mujeres decían que encontrar un marido exitoso era su principal motivo para obtener una educación. En términos económicos, casarse con un hombre exitoso era más conveniente que trabajar, especialmente por la existencia de prohibiciones legales sobre la actividad económica o el alto costo de reemplazar trabajo doméstico con servicios o electrodomésticos. Asimismo, factores más culturales que económicos permitieron una mayor participación en la fuerza de trabajo: el divorcio, los anticonceptivos, y el aborto fueron legalizados entre los ’50 y los ’70, además del impacto en los hombres que crecieron en torno a la Segunda Guerra Mundial de tener madres trabajando.

Cultura e incentivos

Es evidente, entonces, que existen límites a las explicaciones puramente culturales o a las puramente económicas. Las actividades de mercado ocurren en un contexto social, pero es obvio que cambian, en muchos casos, por factores “de plata”.

La clave, entonces, surge en el contexto de los incentivos. A los economistas nos gusta analizar las situaciones en términos de qué comportamiento se incentiva y qué comportamiento se castiga. Cambios de reglas implican cambios de incentivos, y cambios de respuesta a esas reglas. Si hacer algo es difícil, la gente no lo hace; si es fácil, lo hace. Entonces surge la pregunta de si un comportamiento “indeseable” no está incentivado por factores culturales/sociales o por el diseño de las reglas. ¿Los empresarios son malos, o la evasión es alta porque pagar impuestos es difícil y hay pocas posibilidades de que te agarren? ¿Ahorrar en dólares es un fenómeno cultural o es un resultado de 70 años de inflación altísima? Pensando en términos de qué actitudes se favorecen cuando se fijan las reglas, estas preguntas son bastante simples.

Tomemos el ejemplo de los planes sociales. En muchos casos, se habla de que las personas que los reciben se niegan a trabajar en blanco. Esto no ocurre por una cultura de dependencia y clientelismo, sino porque prefieren trabajar en negro y seguir cobrando el plan. Tener el mismo salario neto sin prestaciones sociales es peor, indudablemente. La gran mayoría de los planes sociales en Argentina tienen ese diseño, con criterios de elegibilidad muy estrictos y muy limitantes. Es posible que una cultura de “choriplaneros” emerja, pero es más posible que la gente esté respondiendo óptimamente a las reglas del juego. Especialmente cuando no hay evidencia de que los requerimientos laborales tengan algún tipo de efecto en la participación laboral.

“Es cultural” es una excusa para cualquier falsedad que se quiera justificar.

Un último ejemplo surge de las críticas a las políticas urbanas de la ciudad de Buenos Aires: “Larreta está privilegiando a peatones y ciclistas sobre conductores”. Más allá de las dimensiones de género o de ingresos, lo cierto es que la infraestructura urbana de la ciudad no apareció por acto divino, el Gobierno la construyó y decidió explícitamente favorecer ciertas formas de transportarse. Las preferencias simplemente surgen alrededor de esos incentivos: es más cómodo manejar porque gran parte de la ciudad se construyó para que sea más cómodo manejar. Poner las necesidades de los conductores en segundo lugar es una decisión intencional y explícita, tanto como lo sería ponerlas en primer lugar.

En conclusión, es evidente que los factores culturales tienen un impacto importante sobre los fenómenos económicos. Existen hechos que no pueden explicarse sin ellos. El problema es que todo tipo de opiniones infundadas en la evidencia, tanto de izquierda como de derecha, pueden surgir y nutrirse de ellas. “Es cultural” es una excusa para cualquier falsedad que se quiera justificar. Conviene tomar una postura abierta a este tipo de explicaciones, pero solamente cuando haya datos que lo justifiquen, o cuando no haya otras alternativas. En muchos casos, “la cultura” es solamente el resultado de lo que la política pública favorece hacer.

 

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Maia Mindel

Economista (UBA). Bloguera en Some Unpleasant Arithmetic. En Twitter es @maiamindel.

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