LEO ACHILLI
Domingo

Berlín, zona cero

Por primera vez en castellano, la crónica de dos periodistas argentinos en la Alemania de posguerra.

En 1947, Ernesto Alemann, director del Argentinisches Tageblatt, viajó a Alemania por primera vez en 20 años. La férrea oposición al nazismo de su diario (que se edita en alemán en nuestro país desde 1889) lo había enfrentado con la embajada alemana, con buena parte de la colectividad alemana en Buenos Aires e incluso con los sucesivos gobiernos argentinos de tendencias germanófilas. La Universidad de Heidelberg le retiró el doctorado en Economía y fue seguramente su condición de ciudadano suizo lo que le ahorró disgustos peores.

En aquella visita a la Alemania de posguerra encontró hambre, destrucción y un pueblo golpeado moralmente. Un año más tarde volvió, junto a su hijo Roberto, por entonces de 25 años. Entre ambos escribieron y publicaron Alemania 1948, una crónica de sus viajes por el país ocupado y derrotado. El libro, escrito en alemán, no volvió a reeditarse (existe una versión digital). Gracias a la gentileza de la familia Alemann, Seúl publica por primera vez en castellano un fragmento del capítulo dedicado a la ciudad de Berlín, símbolo de los terribles sucesos pasados y de otros que vendrían.

 

Poco ha cambiado en el centro de la ciudad en comparación con el año pasado. Se han retirado más escombros, pero se ven pocas construcciones nuevas y la gran mayoría de los edificios que fueron reducidos a ruinas siguen sin restaurarse. La avenida Unter den Linden está empezando a merecer otra vez su nombre, pero, si bien es una suerte que se hayan plantado árboles nuevos, esto dista bastante de ser una verdadera reconstrucción. Se ha recuperado parte del edificio del que fue el Ministerio de Propaganda de Goebbels, frente a la Cancillería del Reich, de donde se han retirado las últimas losas de mármol, y se lo usa para oficinas administrativas. Aquí y allá aparecen tiendas con fachadas nuevas casi superpuestas a las ruinas pero, en lo que respecta al sector ruso, la variedad de productos disponibles es pobre y apenas difiere de lo que se conseguía antes de la reforma monetaria de junio de este año. El tránsito de vehículos ha aumentado un poco en la ciudad. La Leipzigerstrasse y la Friedrichstrasse ya no están tan desiertas, y la esquina de la Potsdamer Platz, donde confluyen los límites de los sectores ruso, británico y estadounidense, en realidad es bastante animada.

El mercado negro opera a la vista de todos, a veces interrumpido por redadas policiales, luego de lo cual los pequeños comerciantes ilegales se retiran a unos cientos de metros de distancia. Allí se negocian víveres, chocolate, café, azúcar, manteca y pan. También cigarrillos americanos, por supuesto, pero muy especialmente se cambian divisas. Se lo hace en susurros y casualmente: compro del este, cambio del oeste por el este, del este por el oeste, compro del oeste. Podés elegir a voluntad. Son sobre todo los muchachos jóvenes los que ganan más con este oficio que trabajando en otro lado. Dondequiera que veas gente parada en una calle, entablando una conversación con los transeúntes y llevándolos a un lado con miradas cautelosas, disimulando delante de cualquier policía que se acerque, sabés que estás en el mercado negro.

El canje de marcos está oficialmente permitido en las casas de cambio, y el tipo de cambio se informa todos los días en las pizarras. A diferencia de los cambistas del mercado negro, estos establecimientos pagan altos impuestos y las autoridades hacen lo que pueden para salvaguardar su negocio. Si el valor del marco oriental aumenta, como sucedió cuando las negociaciones de Moscú parecían tomar un curso favorable y la introducción de este marco como moneda única para Berlín se consideraba en general inminente, la prensa pro soviética estalla en salvajes aullidos de victoria y derrama desprecio y burlas para los simpatizantes de las potencias occidentales. Si el valor del marco oriental se hunde, sigue un silencio embarazoso.

Los términos más comunes tienen un significado completamente diferente, la mayoría de las veces opuesto, bajo el dominio ruso.

La prensa autorizada rusa, con el Tägliche Rundschau como principal órgano, no sólo es una fuente de diversión cuando se trata de cuestiones monetarias, sino que todas sus páginas resultan una farsa para aquellos que tienen la libertad de salir de Berlín. No lo es tanto para los berlineses, demasiado enojados por la distorsión irreflexiva de los hechos que se expresa en el tratamiento de todas las cuestiones y en cada uno de sus artículos. Los términos más comunes tienen un significado completamente diferente, la mayoría de las veces opuesto, bajo el dominio ruso. Nunca se habla de las democracias occidentales de otra manera que no sea con el rótulo de “regímenes fascistas”. El fascismo pronunciado en ruso incluye a todos los países e instituciones que no son “democracia popular”. El ejemplo máximo de este fascismo es, desde luego, Estados Unidos: todos los demás países son sus satélites y esclavos obedientes. La expresión “democracia popular” —me dijo un berlinés que hablaba con un sonido como de papas fritas crujientes— resulta redundante, porque la palabra democracia ya significa gobierno del pueblo. La democracia popular, por lo tanto, es el gobierno de los estados totalitarios de la zona oriental y los partidos e instituciones que se someten a la influencia soviética.

Estas democracias populares son cualquier cosa, menos democráticas, porque no reconocen la base de la democracia: la libertad de expresión y prensa, las elecciones libres y el respeto por la voluntad de la mayoría. Pero abusan de la palabra “democracia” incesantemente y con una hermosa despreocupación. En éste y en muchos otros métodos de su propaganda son como gemelos del nazismo. La radio controlada por Rusia funciona de la misma manera, pero carece del monopolio que quizás podría hacer más efectiva su influencia. La prensa de orientación soviética se opone a la prensa autorizada estadounidense, británica o francesa, y la radio rusa  se opone a la estadounidense. Esta última busca una gran objetividad en sus noticias y comentarios, y tan sólo con eso ya tiene una ventaja sobre su competencia de Moscú.

Las autoridades soviéticas no han logrado ganarse el favor de la población ni siquiera en la zona oriental (que manejan a voluntad), por más que la amabilidad, la humanidad y la ayuda de Moscú se enfatizan repetidamente en la propaganda. Según la prensa del lado oriental, por ejemplo, la Unión Soviética entregó mercancías por valor de 70 millones de dólares a los habitantes de esta zona. Sin embargo, no se sabe cuántos cientos de millones de dólares en bienes de la Alemania Oriental han ido a parar a Rusia. Probablemente no sea necesario publicar estas cifras comparativas, ya que todo habitante de la zona oriental sabe dónde se encuentran. Lo siente en su propio cuerpo. No es ningún secreto para nadie que casi toda la producción de la Zona Este migra más al este aún.

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La confusión monetaria ha llevado a situaciones extrañas en Berlín. El marco occidental sólo circula en los sectores del oeste. En el sector soviético es peligroso tener de estos marcos en el bolsillo si por casualidad los rusos te detienen durante una redada o una verificación de identidad, ya que los suelen confiscar. Y dado que los bienes tienden a huir de las áreas con moneda mala o en constante depreciación a los distritos con moneda más sana, el resultado es que no hay casi nada para comprar en el este de Berlín. Apenas los bienes racionados, que incluyen alimentos, fósforos y tabaco, bombillas eléctricas, ropa y zapatos, pero que rara vez se consiguen. Los alimentos racionados, especialmente las grasas, a menudo se reemplazan por otros alimentos que se dice que son igual de altos en calorías.

Pero incluso en los sectores occidentales necesitás ambos tipos de dinero. El transporte, los periódicos, los alquileres, los impuestos, los bienes racionados se pagan en marcos orientales; un tercio de los salarios en marcos occidentales, dos tercios en orientales; los artículos en las tiendas casi siempre en occidentales; las entradas para el teatro se pueden pagar mitad y mitad. Esto da como resultado cálculos que a las mujeres en particular les resultan complicados. Como los ingresos de todos se dividen entre ambas monedas, la relación de valores entre ambos marcos es un problema generalizado. Nadie sabe bien a cuánto equivale un marco occidental en moneda del este, porque el tipo de cambio cambia diariamente según la situación política. Nadie confía entonces en el marco oriental, ya que sólo los rusos controlan la emisión de billetes. No se sabe cuántos billetes han impreso y puesto en circulación desde la reforma monetaria aplicada en el sector occidental, que según ellos fue una farsa, un fraude, otra forma de saquear a los alemanes. Lo único que se sabe es que emitieron billetes sin números o con números idénticos. De todos modos, incluso después de la reforma, el dinero en circulación en la zona oriental es demasiado elevado en relación con la cantidad de bienes disponibles. Esto equivale a un aumento progresivo y aparentemente inexorable del precio de todos los bienes no racionados. O, lo que es lo mismo, a un creciente empobrecimiento de la población.

Incluso después de la reforma, el dinero en circulación en la zona oriental es demasiado elevado en relación con la cantidad de bienes disponibles.

Los libros son más baratos en las tiendas de antigüedades orientales que en las occidentales, porque se pagan en marcos del este. No parece haber una razón clara que explique el hecho de que estos libros no hayan migrado en masa a las zonas occidentales, donde se pueden obtener precios más altos. Tampoco se explica bien en verdad por qué los berlineses del oeste no hacen la mayoría de sus compras a precios más baratos en los sectores orientales. Tal vez lo hagan, en la medida en que se atrevan a entrar en los distritos donde gobiernan los Ivanes. Muchos todavía están aterrorizados de cruzar los límites de las zonas, y me han advertido particularmente que no tome fotografías o circule por la calle del lado ruso después del anochecer. Pero hicimos las dos cosas y no nos pasó nada.

También sucede una y otra vez que los rusos arrestan a periodistas estadounidenses a quienes suelen liberar al cabo de algunas horas, a veces días. Por otro lado, otorgan la mayor importancia a la visita de extranjeros con moneda fuerte en su sector. A nadie se le pregunta de qué nacionalidad es si quiere cenar en el restaurante Intourist de la Friedrichstrasse, justo al lado del puente Weidendammer. Sólo tiene que indicar la naturaleza de sus divisas. No se requieren cupones de racionamiento y la lista de precios está en dólares. Fuimos entonces a cenar al tal Intourist. No se puede entrar al restaurante directamente desde la calle. Se debe pasar por el lobby del hotel, en donde un recepcionista te registra. Esto se hace para disuadir a los borrachos con planes sospechosos para que sea más difícil escapar, o para negar a los alemanes mal alimentados con la democracia popular la experiencia de apreciar cómo es un hospedaje dirigido por rusos en donde se puede comer y beber como en un cuento de hadas de antes de la guerra.

Salimos, pese a todo

El restaurante es grande, de techos altos, muy iluminado, incómodo y decorado con mal gusto. La comida no está mal, pero tampoco es refinada. Los precios son más o menos los mismos que en Suiza, salvo el caviar, que se puede comer hasta el hartazgo. No hay vinos alemanes, sólo rusos, de una calidad que deja mucho que desear. Estos restaurantes Intourist son una fuente de divisas, ya que son visitados por extranjeros que están de paso por Berlín y que no encuentran comida americana o británica en otro lado. Allí también se puede comprar café, azúcar, pan y manteca, que se retiran así de la economía alemana, siempre que se paguen en divisas. Toca una banda de música alemana y los camareros sirven de frac, que debe ser lo que los rusos imaginan que dicta el lujo occidental. Los propios camareros llevan consigo una tabla de conversión que utilizan para pasar el precio del dólar a otras monedas, excepto a rublos o marcos. No les interesan esas monedas, ya que ellos sólo necesitan planchas, máquinas y papel para conseguirlas.

El brillo radiante de este lugar contrasta fuertemente con la oscuridad en los otros sectores. En el sector ruso no hay apagón, ya que las autoridades soviéticas suministran carbón a sus centrales eléctricas, mientras que para los sectores occidentales hay que transportarlo por vía aérea. Una cena que tuvimos en una especie de café concert en Kurfürstendamm tuvo una atmósfera mucho más sugestiva. Dos o tres velas ardían en cada mesa, iluminando la superficie de la mesa y a los invitados, cuyas caras cambiaban con la luz parpadeante. Todo estaba oscuro alrededor, pero no para crear un ambiente romántico, sino por el corte de luz. Uno se sentía como si hubiera sido transportado de vuelta a la Edad Media: bajamos a tientas las escaleras bajo el tenue resplandor de una vela y salimos a la calle sin luz, apenas iluminada por los faros de los automóviles que pasaban.

El contraste entre el Berlín de hoy y la metrópoli del pasado, bañada por una luz radiante, nunca es tan evidente como por las noches.

El contraste entre el Berlín de hoy y la metrópoli del pasado, bañada por una luz radiante, nunca es tan evidente como por las noches. La destrucción del centro de una ciudad de tres millones de habitantes rompe el contexto. Todos los hilos confluían allí, era el centro de los negocios, allí se acumulaban el aparato administrativo de un imperio y los lugares de esparcimiento. Además, se desarrollaron otros pequeños centros para la clase alta o, al menos, para aquellos que se sentían parte de ella, y a los trabajadores la industria del entretenimiento también les reservaba lugares más modestos. Estos bastiones periféricos son casi tan necesarios e importantes (a menudo, incluso más) para estas criaturas sociables a las que solemos llamar “seres humanos” que la comida, la ropa o la vivienda, por eso es que han logrado mantenerse o han vuelto a surgir. En los alrededores del zoológico hay cafeterías y discotecas, en el barrio de Arteiter hay locales en donde el sudor de tu frente desprende calorías al son de la música. Pero el centro de la ciudad sigue tan muerto en 1948 como lo estaba inmediatamente después del final de las hostilidades. El hecho de que un restaurante funcione en el ala parcialmente conservada del Hotel Adlon, donde las sopas y los platos de verduras se venden por menos de dos marcos orientales, sólo ilustra la caída de una ciudad cosmopolita.

En los teatros, algunos de los cuales están en esta zona si sobrevivieron a los bombardeos aéreos, se conserva la vieja dinámica, la voluntad de arte, el viejo espíritu; pero parecen aislados, casi fantasmales entre las ruinas. Berlín no sólo está destrozada por la ocupación militar y la división en cuatro sectores, sino por la devastación de su núcleo. Una enorme voluntad de construir, una tenacidad incansable, una paciencia sin precedentes son visibles, pero no pueden desplegarse. Mientras tanto, el Tiergarten ha sido completamente despejado y convertido en huertos. Los girasoles maduran en Grunewald y en muchos jardines, sembrados no como ornamentos, sino por el aceite que se extrae de sus semillas.

Decenas y cientos de miles de personas se reúnen frente al Reichstag incendiado cuando se trata de proclamar la voluntad de libertad y la defensa contra el totalitarismo. Berlín todavía se siente como la capital alemana de hoy, luchando en el puesto más avanzado, pero su destino no se decidirá allí. ¿Es una ciudad moribunda? Es lo más probable si llega a aislarse por completo de Occidente. Pero, incluso si se mantiene la conexión, ¿puede una ciudad tan cercana a la frontera ser una metrópoli alemana? Los próximos años responderán a esta pregunta.

 

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Ernesto Alemann

Periodista y economista argentino (1893-1982). Doctor en Economía por la Universidad de Heidelberg. Director del periódico 'Argentinisches Tageblatt' y fundador del Colegio Pestalozzi.

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