BERNARDO ERLICH
Domingo

Fuerte contra la corriente

En una época en la que el discurso de los artistas es homogéneo y cobarde, Andrés Calamaro opina lo que se le canta.

El hecho ocurrió en 2010 en España, en el canal televisivo La Sexta, durante la visita de Andrés Calamaro al late night show que conducía Andreu Buenafuente, el David Letterman español, para promocionar su disco On the Rock. El músico se quejó de un compatriota que juntó firmas para prohibir la tauromaquia en Cataluña. En respuesta a eso, leyó unas rimas que escribió camino al estudio, pero antes hizo un anuncio contundente: “Voy a renunciar a mi progresía. Llegué siendo un progre de toda la vida, un simpatizante de izquierda, una persona biempensante, y me voy de aquí convertido en otra cosa, tal vez en un hedonista ético o un burgués social, ya veremos qué”.

Flashfoward a hoy. Toda la progresía no dudó en tomar posición y apoyar al grupo terrorista palestino Hamás tras la agresión hacia Israel el 7 de octubre y la respuesta por parte de la nación agredida. Entre ellos, el boricua Residente, ex voz líder de Calle 13, que el mes pasado dio a conocer la canción “Bajo los escombros”, interpretada a dúo con la cantante palestina Amal Murkus. Residente y sus músicos, todos arropados con sendas kufiyas (los chales típicos de Palestina), entonan estas estrofas: “El invasor es un puerco, la clara, porque aunque yo levante las manos, dispara. Pero resistimos con poca agua. Como los árboles de olivo vivimos, y en nuestros hombros cargamos con todo los escombros”. Desde su cuenta de Instagram, Residente amplió su posición: “La verdad es que no entiendo el silencio de muchos colegas artistas, me hace perder la esperanza en la humanidad. Como escribió León Gieco alguna vez, «Sólo le pido a Dios» que la guerra no me sea indiferente’”.

Quien sí habló fue uno de los pocos artistas que asumió una postura pro Israel: Calamaro. “Adoro a René, pero me permito disentir. Reclamar por la paz y omitir los crímenes medievales de hace apenas meses no me parece adecuado”.

Quien sí habló, también a través de Instagram, fue uno de los pocos artistas que asumió una postura pro-Israel en este lío: Andrés Calamaro. “Adoro a René y le admiro mucho, pero me permito disentir. Reclamar por la paz y omitir los crímenes medievales de hace apenas meses no me parece en nada adecuado. Mis hermanos están en Israel, donde muchos argentinos viven y trabajan con dignidad. Criminales en una fiesta electrónica secuestrando y violando reiteradas veces a muchachas occidentales es imperdonable crimen brutal y cobarde. No existe el pueblo palestino, esto es lo peor del «mundo» árabe. Ni Palestina ni el conjunto arábigo están representados por Hamás, que juraron asesinar y violentar a gente pacífica cono René, ustedes y yo. Somos Occidente, ni machistas ni medievales. Viva el Estado de Israel”, escribió, y luego completó en X tras una felicitación del periodista Dani Lerer: “Soy grande y no me queda un gramo de ingenuidad. Hay límites que no se mueven, no negociables. No esperábamos vivir para ver y leer semejantes bobadas islamo-nazis en Argentina y España”. Su estilo hace trizas la forma ruin que tiene el debate en las redes sociales. Ahí tenemos a Malena Pichot, y su ataque a Calamaro en función a su opinión del problema del financiamiento universitario (“Cerrá el orto Andrés”), y la respuesta del agredido (“Para ser humorista te tomás demasiado en serio”).

Ya se ha dicho, pero va de nuevo: como el salmón, Calamaro no duda en ir siempre contra el mainstream. También ataca contra el estereotipo de la comodidad que brindaría el silencio. Y siempre de la mano de argumentos: en cada una de sus palabras hay un razonamiento. La moral pasa por otro lado: por ser buenas o malas personas, y no por ese macartismo a la inversa tan en boga hoy que hace que la progresía señale con el dedo a quienes, según sus propios e intachables parámetros honorables, tienen una opinión disidente. La sensación es que los roles se han invertido. Ahí está el caso de Quentin Tarantino, increpado en un restaurante en Nueva York por una militonta pro Palestina llamada Crackhead Barney al grito de “¿Por qué eres un sionista de mierda?”, sólo por el hecho de estar casado con la modelo israelí Daniella Pick y de tener una residencia en Tel Aviv. No interesa que en Bastardos sin gloria se haya quemado vivo a Hitler en un cine, ni tampoco que Calamaro haya declarado en 1998 que “apretaría el gatillo para matarlo a Massera y no me temblaría el pulso; seguiría durmiendo bien el resto de las noches de mi vida, que de todas maneras van a ser muchas más que las que les toca vivir a él”. Importa la amplificación instantánea y logarítmica, y una pseudocoherencia biempensante, que puede ser demolida con un poco de trabajo a la vieja usanza porque, como se sabe, no todo está en Internet.

Un té con el sabor del Támesis

Hablamos del mismo Andrés que convocó a Aníbal Fernández para su clip de “Tres Marías”; toma café con Juan Grabois en una mesa de Tabac; vindica a Hebe de Bonafini y habla de su hermana Hebe Rosell, fundadora del grupo de proyección folklórica Huerque Mapu y una de las creadoras en 1974 de la Cantata Montoneros. Todas personas vinculadas con el kirchnerismo, y que le han valido críticas furibundas por parte de quienes no comulgan en lo más mínimo con esa manera de ver el mundo. Algo parecido le ocurre en España, con su defensa de la monarquía y una postura en contra del pago de impuestos, que lo asociaron de inmediato con Vox. “Queridos amigos, soy residente en Argentina, respeto la democracia pero no voto en España. Estoy en el diálogo y siempre amigable con todos los sectores. No puedo comportarme «como si existiera Internet». Para mí la política es una cuestión cultural, nunca un motivo de rencillas personales ni furia. Tengo simpatía por hombres y mujeres en todos los sectores”, escribió en su Facebook.

La asociación entre las figuras de Calamaro y Steven Patrick Morrissey, salvo por el temita no menor de los toros (“The Bullfighter Dies” se llama uno de los últimos hits del mancuniano), no suena caprichosa. Recordemos la actualidad del ex cantante de The Smiths: un inglés, desde Los Ángeles, que lució en la solapa de su saco un pin de For Britain, el partido de extrema derecha que conduce la activista anti-islámica Anne Marie Waters; un tipo que protestó por el accionar de la policía de Nicolás Maduro mientras se mostraba a favor del Brexit; que le dedicó dos canciones (“The Girl from Tel-Aviv Who Wouldn’t Kneel” e “Israel”) a esa nación en Low in High School (en 2017, tras haber recibido cinco años antes las llaves de la ciudad de Tel Aviv) y alguien que, a posteriori, registró California Son, un disco íntegramente compuesto por versiones de canciones de protesta estadounidenses. Sí, la persona que en 2006 fue declarada por la BBC el segundo ícono británico vivo tras Sir David Attenborough, se autodenomina hoy “hijo de California”, gracias entre otras cosas al ataque sostenido que sufre en su país por medios como The Guardian o el New Musical Express.

¿Por qué queremos que los artistas tengan la misma opinión que nosotros? ¿Y por qué consideramos a una opinión más lícita que otra? ¿Sólo por que es igual a la nuestra?

Agarremos las acciones de Calamaro que nos convengan, troquémoslas con las de Morrissey, comparemos sus efectos en la opinión pública y obtendremos resultados muy equivalentes entre ambos, con un hilo conductor: el del respeto por las tradiciones. Porque ese verso que dice “drinking tea with the taste of the Thames” (“bebiendo té con el sabor del Támesis”) de “Come Back to Camden” no difiere mucho al de “a la mañana temprano, me acompaña el mate amargo/ si no hay mate, yo no arranco la jornada evolutiva” de “Diego Armando canciones”.

¿Por qué se les exige coherencia a los artistas y no a los políticos de un país como el nuestro? ¿Por qué se les pide a los músicos populares que repitan la fórmula que les da el éxito y no que investiguen por nuevos rumbos? ¿Cuál es el motivo por el que queremos que esos artistas tengan, en todos los aspectos, la misma opinión que nosotros? ¿Y por qué consideramos a una opinión más lícita que otra? ¿Sólo porque es igual a la nuestra? Ya sabemos, como dijo Claude Lévi-Strauss, que toda clasificación es una simplificación. Pero, si hablamos de Andrés Calamaro, todo es más complejo.

“Si me siguen, entonces me conocen; no tengo que explicar mi cuerpo ideológico. Nuestra raza tiene los mismos enemigos: en la policía, la moral cristiana, el poder judicial, las autoridades, la iglesia, la opinión pública… Venimos de los sótanos. Me defino como ácrata, liberal, socialista y reaccionario. En mi territorio. Que tiren mis discos a la basura es un honor. Nuestro mandato generacional es gustar y ofender. Presumir de principios elevados –o valores más puros– es un delirio. Prefiero una conversación política seria, escuchar y aprender. (…) Mis ripios: los reyes son más aptos y contemporáneos que los políticos profesionales, la tauromaquia es sagrado reducto de la sublimación de las especies, y el amor es para los vulnerables y los marginales. Son cuestiones que escapan a la ilusión de «la izquierda y la derecha». Entre el blanco y el negro, hay miles de grises. Este cuchillo corta transversal”, supo decir no hace mucho. Hay que ser fuerte, contra la corriente, también.

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Pablo Strozza

Nació en Monte Grande en 1971 y ejerce la profesión de periodista (gráfico, radial y web) de forma ininterrumpida en diversos medios desde 1998. Sus obsesiones son The Beatles, Bob Dylan, Julian Cope, Jorge Luis Borges, Philip K. Dick y el Club Atlético San Lorenzo de Almagro.

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