Es una época fascinada por los superhéroes en la que todo el mundo quiere ser visto como una víctima. LA víctima. Es lógico: cuando se impone una grilla de lectura de la realidad binaria opresor/oprimido, cada quien busca asegurarse de estar del lado de los buenos. A diferencia de la vieja dicotomía marxista, que divide entre quienes poseen los medios de producción y quienes sólo tienen para vender su fuerza de trabajo, la izquierda identitaria que se impuso en la última década redefinió la separación según características innatas: color de piel, sexo biológico, orientación sexual, religión.
En esta jerarquización, el hombre blanco heterosexual es el opresor en la cumbre de la pirámide, el privilegiado que, por epidermis y pulsiones machistas, ha nacido para aplastar, desde el origen de la humanidad, al resto de las categorías. Quienes presentan varias credenciales de oprimidos suman puntos para alcanzar la base de la inocencia, donde se concentran las supervíctimas. Pero cuidado, el estar inmediatamente debajo del hombre blanco supone una vecindad demasiado peligrosa; para que no haya confusión posible, hay que despegarse ostensiblemente, mostrarse furiosamente aliados de las categorías con el pedigrí de supervíctimas y gritar su indignación ante la injusticia más fuerte que todos. Es de estos seres de luz de los que quiero hablar hoy.
La base de la pirámide
La base de la pirámide de dominación la ocupan hoy, indudablemente, los palestinos. Son percibidos por esta nueva izquierda como los racializados universales. Poseen tres cartas decisivas: son “no blancos”, cultivan la religión de los oprimidos y son perseguidos por hombres blancos. Es decir, los judíos. Estos, según esta concepción del mundo, tienen, por el contrario, tres pésimas cartas: son designados como blancos (no por los extremistas de derecha cristianos, claro), punta de lanza del supremacismo blanco en un espacio “no blanco” y, para peor, exmoradores de la parte baja de la pirámide, por lo que se espera de ellos un comportamiento ejemplar. De algún extraño modo, el Holocausto les dio nuevas obligaciones.
Los judíos sólo pueden ser considerados como víctimas hasta 1948; después, cuando decidieron no dejarse matar más, y sobre todo cuando ganaron la Guerra de los Seis Días en 1967, pasaron al lado oscuro, de David a Goliat. Los cristianos masacrados diariamente en África por islamistas, los musulmanes en campos de concentración en China o los rohinyás que se ahogan para huir en Birmania, tienen menos créditos en el esquema. No cuentan, son noticias marginales que no mueven un pelo. Aunque, objetivamente, por el número de implicados y la voluntad de exterminarlos, deberían ser prioritarios si se tratara de mostrar compasión por la humanidad.
Por supuesto, las preocupaciones por la jerarquización en estas olimpiadas del victimismo son, para hablar en sus términos, un “white people’s problem”. Así lo descubrieron algunos de estos justicieros sociales hace unos días, cuando, equipados con sus matcha latte y protector solar, pretendieron ingresar por tierra a la Franja de Gaza y en la frontera los egipcios los cagaron a palos. Los mismos egipcios que bloquean la frontera sur de Gaza, cerco del que nunca se habla porque es efectuado por otros que ocupan la base racializada. Las imágenes de los white saviors insolados aleccionando a los egipcios sobre la realidad de la región y cómo deberían ser solidarios con sus correligionarios son entrañables. Al menos, hay que ser justos, es más noble que hacer la travesía en yate instagrameable para terminar comiendo sánguches hechos por Tsahal, como Greta Thunberg, quien se ha anotado en estos días para un segundo capítulo de El Crucero del Terror antes de que termine el verano europeo.
Es cierto que era más sencillo perseguir judíos en las universidades más caras de Occidente con el cosplay del pañuelito palestino con las banderas del Hezbolá y la vinchita de la Yihad Islámica mientras juegan a la revolución, atrincherados en campus desde los que exigen víveres vegetarianos y gluten free. Pero algo había que inventar hasta el fin de las vacaciones boreales en los centros de estudios más caros del planeta.
Estos justicieros sociales, que según los viejos parámetros de la izquierda representan la burguesía explotadora, buscan entonces diferenciarse de la cumbre de la pirámide exhibiendo —es una performance— toda su entrega a la base. El palestinismo de campus fue un largo espectáculo. El de las celebrities de Hollywood es un clásico. Y como descubrió Rosalía hace poquito, es obligatorio si no se quiere ser cancelado. Pero me quiero detener en el caso reciente de la best-seller irlandesa Sally Rooney.
Detrás del palestinismo
La exitosa novelista hace alarde de su apoyo a Palestine Action, declarada “organización terrorista” en julio de 2024 en el vecino Reino Unido por vandalismo contra infraestructuras militares de la Royal Air Force. Este mes, Rooney anunció al Irish Times que destinaría las regalías de sus libros y adaptaciones para TV de sus libros Normal People y Conversations with Friends a estos violentos. Y se justificó: “Apoyo a Palestine Action. Si esto me convierte en un apoyo del terrorismo, que así sea”. Rooney, quien ha ganado entre 10 y 13 millones de dólares con su obra, sobre todo en Reino Unido, se describe a sí misma como “marxista y feminista irlandesa” para explicar las raíces de su solidaridad con Palestina. Ciertamente, Irlanda tiene una historia de opresión y persecución; es también el país que prefirió no elegir entre la Alemania nazi y los Aliados. Su presidente, que parece salido de El señor de los anillos, Michael D. Higgins, ha aprovechado en enero el Día de Conmemoración del Holocausto para dar rienda suelta a su habitual retórica “obsesivamente unilateral” contra Israel, quien poco antes había cerrado su embajada en Dublín por el “ambiente hostil”.
Otros irlandeses, esta vez del Norte, que están en la misma sintonía actualmente son los raperos de Kneekap. Venidos de la comunidad católica nacionalista, se han ilustrado por sacudir una bandera del Hezbolá en el escenario, llevar camisetas de “We are all Palestine Action” y gritar “Fuck Israel” en concierto. Es la forma que toma hoy la camiseta del Che.
Volviendo a Rooney, su postura no es novedosa. Ya en 2021, mucho antes del pogrom de Hamás y la respuesta israelí, había decidido que no quería ser traducida al hebreo. Una suerte de castigo colectivo que tampoco es una novedad. En su momento, otro antiisraelí, el sueco Henning Mankell, también había contemplado esta prohibición después de participar en una de las “Flotillas de la libertad”. El británico Douglas Murray ha apuntado en esta nota en The Spectator cómo esta competencia por ser la primera víctima también se ha convertido en un deporte entre artistas de Escocia y Gales.
El mecanismo de personas “privilegiadas” buscando distinguirse de otros “blancos malos” es algo que he visto a menudo en Europa, en particular en España. Me di cuenta de que en los movimientos separatistas de las ricas regiones de Cataluña o el País Vasco, el desprecio por Madrid siempre iba de la mano del odio a Israel.
Mi teoría es que esto tiene menos que ver con la política que con la psicología. La expresión violenta del odio al Estado español es una manera de tomar distancia del país de larga historia de colonizador. El refugiarse en las identidades regionales minoritarias permite salirse cómodamente del casillero de opresor y acomodarse en el de oprimido sin perder ni un solo privilegio de vivir en una nación próspera, pero con la conciencia tranquila. Un modo de expiar el “white guilt”, el sentimiento de culpa del blanquito.
Esta operación y sus contradicciones quedaron de manifiesto la semana pasada con el escándalo de la heladería DellaOstia en Barcelona, donde una empleada argentina recientemente llegada no supo interpretar el pedido en catalán de la pareja de un militante separatista. El establecimiento fue vandalizado en un escarmiento organizado por redes con inscripciones de “fascismo”. El nivel de victimización, acusando a los argentinos de franquistas, neocolonizadores y otros anacrónicos disparates, mostraba a las claras que no estaban dispuestos a ceder un ápice de victimización fantasiosa de minoría oprimida, porque hubiese supuesto alejarse de la base de la pirámide de los inocentes.
Curiosamente, y no tanto, el día que estalló el escándalo, el alcalde de Barcelona, Jaume Collboni, era rechazado para ingresar a Israel por su activismo contra ese país. Vociferar contra Israel desde las tribunas mediáticas o los balcones, aparte de servir de relacionistas públicos a Hamás, es una rebeldía pueril que busca sublevarse contra la figura paternal de autoridad.
Cuanto más odian lo que son, blancos de países ricos, más buscan diferenciarse buscándose orígenes que los acerquen a la base de la pirámide. El palestinismo y el antisemitismo son una expresión de ese autoodio.
Si te gustó esta nota, hacete socio de Seúl.
Si querés hacer un comentario, mandanos un mail.
Si querés suscribirte a este newsletter, hacé click acá (llega a tu casilla miércoles por medio).
