Domingo

#99 | No habló Spagnuolo

Las piedras no eran fake. El secreto nazi de sus ojos.

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El doctor Diego Spagnuolo está y no está al mismo tiempo. Está porque no paramos de hablar de él y cada tanto se cuela un emisario misterioso a mandar mensajes en su nombre . Y no está porque está escondido, refugiado, esperando que pase el chaparrón mediático antes de la tormenta judicial. Los periodistas se mueren de ganas de que hable, no tanto porque son opositores al Gobierno sino porque quieren que pasen cosas. Esa es la ideología principal del periodismo: que haya drama. Y los admiramos más en ese rol honesto que cuando se ponen las máscaras de politólogos o de paladines de la democracia.

¿Cuánto sabe el callado Spagnuolo? Esa es la zanahoria que el acusado hace bailar ante las narices de Javier y Karina. Porque si en el audio boqueó o fanfarroneó para darse aire, sentirse pillo frente a su misterioso interlocutor (escenario ideal para el Gobierno), igual sigue siendo peligroso. Hablar puede hablar, decir cualquier cosa, incluida la verdad, que quizás no sea tan interesante. En el silencio, mientras tanto, su figura va adquiriendo cualidades míticas: un Buda ermitaño que masculla su bronca mientras espera el momento ideal. Cuando finalmente salga, los periodistas podrán decir finalmente eso de que “Spagnuolo rompe el silencio”.

Los gordos teoría conspirativa ya están diciendo que el Gobierno organizó un “autoatentado”, dada la mala semana comunicacional (por decirlo de alguna manera) que tuvo por culpa de los escandalosos audios del ya mencionado Diego Spagnuolo.

En Seúl estamos en contra de las teorías conspirativas por definición. Las cosas suelen ser más simples porque el promedio de la gente no tiene la inteligencia del equipo de guionistas de House of Cards . Si hubo un pésimo manejo de la seguridad, zona liberada de la Federal, intención suicida de Milei para victimizarse, no lo sabemos. Lo más probable es que haya habido una combinación de cosas, en distinta proporción, sumada a una serie nada menor de imponderables. Lo único no imponderable es que los violentos son los de siempre.

Porque, en definitiva, nada hubiera pasado si el peronismo no se hubiera comportado como se comporta el peronismo en general. Por si fuera poco, Javier Alonso, el ministro de Seguridad de la provincia de Buenos Aires, salió a decir —palabras más, palabras menos— que al que le gusta el durazno se tiene que bancar la pelusa: “Fue una visita del presidente en tono electoral. Se organizó una caravana en una camioneta con los candidatos y [Milei] se encontró con las dificultades del territorio. (…) Hay actitudes que no suman para nada. Hubo una provocación de Espert que fue con manifestantes que estaban en contra de la presencia de Milei, haciéndoles gestos, insultándolos… todo eso no suma”.

Para sumar teoría conspirativa, el vocero Manuel Adorni publicó una foto de la piedra volando sobre el presidente, y fue acusado de difundir una fake news. Tuvo que salir Chequeado, con todo el esfuerzo psicológico que eso significa para ellos, a decir que Adorni tenía razón: la foto era real, la había sacado el fotógrafo Juan Mabromata de la agencia AFP.

Fueron detenidos por el ataque Diego Martín Paz (integrante de la barra de Arsenal, ya liberado), Thiago Florentín (militante del Movimiento Teresa Rodríguez, el único que permanece tras las rejas) y José Marcelino Dabrowsky (militante de H.I.J.O.S., ya liberado) Nunca un arquitecto.

Tenían que darse muchas casualidades para que pasara, pero la historia de la Argentina como refugio de jerarcas nazis es poderosa y opera de maneras misteriosas. No pasaron ni tres semanas desde la publicación en Seúl de esta nota acerca de la complicidad de cierto popular general argentino con ciertos señores con acento alemán y prontuarios por demás pesados, cuando el diario holandés AD publicó una noticia sorprendente.
Un periodista de ese medio estaba buscando información sobre Friedrich Kadgien, un oficial de la SS considerado como uno de los mayores expertos en finanzas del régimen nazi. Averiguó que una de las hijas de Kadgien tenía en venta una casa en Mar del Plata y vio el aviso publicado en el sitio web de la inmobiliaria. En la quinta foto del aviso, colgado por encima de un sillón verde, había un cuadro que el periodista reconoció como Retrato de una dama, una obra del pintor italiano Giuseppe Ghislandi, desaparecida hace más de 80 años.

Pues bien, este cuadro había pertenecido a Jacques Goudstikker, el marchante de arte más importante de Holanda, un judío fallecido en 1940 en un barco en altamar al huir de la ocupación de su país. Su valiosa colección fue despojada a los herederos de su familia nada menos que por Hermann Göring, quien en una venta forzada se quedó con el lote completo por apenas un sexto de su valor. Un robo criminal, aunque algo más prolijo que otros tantos similares en la época.

Entra en escena entonces Kadgien, quien luego de la derrota del régimen encontró facilidades para instalarse en Suiza y ejecutar un monumental enjuague de activos robados. Como decía Hans Landa de sí mismo , Kadgien tenía sus apodos bien ganados: “Mago de las finanzas nazis” y “Serpiente”. No sólo estableció legalmente la empresa Imhauka AG para sus operaciones comerciales, sino que a principios de los ’50 instaló una sucursal en Buenos Aires. También fue el dueño de unas módicas 85.000 hectáreas en El Pantanal, un paraje en medio del Mato Grosso brasileño. Una finca del tamaño de Berlín.

Kadgien desde entonces se movió entre Buenos Aires y Río de Janeiro, ciudades en las que compró propiedades en barrios acomodados. Cuando la Deutsche Welle registró este documental en 2013, su empresa Imhauka todavía tenía oficinas en el edificio Safico de la avenida Corrientes. El Mago murió en 1978 y fue enterrado en el cementerio alemán de Chacarita. Más allá de alguna información sobre negocios entre empresas alemanas y los gobiernos de Argentina y de Brasil que Kadgien habría facilitado, es muy poco lo que se sabe hasta ahora sobre su familia y sobre cómo es que llegó el retrato pintado por Ghislandi y robado a Goudstikker a la casa marplatense, en caso de que se trate efectivamente del original.

Desde luego, este hallazgo casual bien podría ser el comienzo de una nueva investigación. Pero no va a resultar nada fácil: en el primer allanamiento los fiscales no encontraron el cuadro visto en la foto del aviso, sino un tapiz con caballos. ¿A dónde fue a parar entonces la dama? Habrá que tener paciencia, porque sucede además que Argentina no firmó los acuerdos internacionales sobre restitución de arte robado durante el Holocausto. La casualidad permanente, que le dicen.

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